5. Capítulo 5 #3
—Hay una cosa más que tengo que enseñarte —dice, rompiendo el silencio—. Ven.
Me lleva de nuevo abajo y atravesamos la cocina hasta llegar a unas puertas correderas de cristal. —El jardín trasero.
Salimos a una amplia terraza de madera recién barnizada, con una cocina exterior integrada y espacio de sobra para una mesa y una zona de estar.
—No es gran cosa ahora —dice con las manos metidas en los bolsillos—, pero tengo planes.
Quizá un jacuzzi en esa esquina con guirnaldas de luces sobre la terraza.
—Señala hacia el extremo derecho. Luego apunta hacia un trozo de césped llano cerca de la valla—.
Y allí tengo pensado poner un columpio para Ella.
Me apoyo en la barandilla de la terraza, asimilándolo todo. Las luces del jardín llegan lo bastante lejos como para saber que aquí habrá mucha privacidad. Ella tendrá el espacio perfecto para jugar y crecer.
—¿Qué te parece? —pregunta, con la esperanza clara en su voz—. ¿Podrías verte aquí?
—Claro que sí —digo con una risa amarga—. ¿Cómo no iba a hacerlo? Es el lugar perfecto, Zach. Lo has convertido en todo lo que podría desear.
—Entonces, ¿por qué lloras? —pregunta con dulzura, posando sus manos en mis caderas y agachándose para poder mirarme a los ojos.
Giro la cabeza y me limpio las lágrimas, sintiéndome tonta. —Quieres dármelo todo y no sé si yo podré corresponderte. —Bajo la mirada hacia mis manos, sin querer ver la reacción de Zach—. Es demasiado.
—Lo sé —dice en voz baja, pegando su frente a la mía y dándome estabilidad como siempre hace—. Pero lo nuestro siempre ha sido «demasiado», ¿no? Desde el primer día.
Eso me hace sonreír. —Cierto.
Desde el segundo en que me preguntó si me gustaban los juegos de rol, nada ha sido sencillo entre nosotros.
—Piénsalo, nada más —susurra—. Se acabaron los suelos que crujen. Se acabaron las quejas por ruido. Se acabó el esconderse en tu dormitorio. Quiero que sientas que puedes respirar sin tener que preocuparte de que alguien hable pestes de ti.
—¿Y crees que mudarme va a arreglar eso de repente? ¿Se acabaron los susurros? ¿Se acabaron las miraditas? ¿Me mudo contigo y mágicamente dejo de ser la chica que sale con el soltero más codiciado del campus?
No parpadea ni se inmuta. —No. Pero al menos aquí se te quiere y no duermes a medio metro de gente que te odia.
Mi mirada se suaviza y, por un momento, dudo. Porque tiene razón: aquí se me quiere . Desesperada y completamente. ¿Pero es eso suficiente? ¿Y si esto no funciona? Entonces volveré al punto de partida.
—Puedes construirme la jaula más bonita del mundo, Zach —susurro—, pero sigue siendo una jaula si me pierdo dentro de ella.
Algo cruza sus ojos. Enfado. Dolor. Tal vez ambas cosas.
—¿De verdad crees que se trata de eso? —Su voz es ahora más queda—. ¿Crees que construiría esta vida solo para atraparte en ella?
Bajo la mirada, preocupada por haberlo ofendido.
Él levanta una mano y sus dedos rozan mi mejilla como si intentara recordarme quién soy. Quiénes somos . —No desaparecerías, Honey. Aquí no. Conmigo no. Eres lo único en St. Michael’s que me parece real y solo quiero protegerte.
Y ese es el verdadero problema, porque si acepto entrar en su mundo, no estoy segura de que quiera salir de él alguna vez.
Sin previo aviso, me besa, lenta y profundamente, obligándome a reclinarme contra la barandilla de la terraza. Respondo de inmediato, deslizando mis manos por su pelo mientras lo atraigo hacia mí.
Así, sin más, cada pregunta y cada reserva abandonan mi mente porque lo único que siento es lo bien que estamos juntos y lo correcto que parece esto.
Sus manos se deslizan bajo mi camiseta y sus dedos se clavan en mis caderas mientras me levanta para sentarme en la barandilla. —Deberías estar aquí —murmura contra mi mandíbula—. En esta casa. En la cama de arriba.
Se me entrecorta la respiración mientras intento recuperar el aire, la lógica, la claridad... lo que sea. —Zach...
—Solo tú. Yo. Una puta puerta cerrada y todas las excusas del mundo para tocarte así siempre que quiera. —Sus labios recorren mi cuello antes de que su lengua juegue detrás de mi oreja.
Mi resolución se debilita con cada palabra, con cada caricia. Sería tan fácil decir que sí. Ceder. Dejar que él se encargue de todo, como siempre ha hecho. Como Jamie nunca hizo.
Sus labios trazan un camino pausado por mi garganta mientras sus dedos rozan el botón de mis vaqueros hasta desabrocharlo. El movimiento hace que mis muslos se separen sin pensar y él desliza la mano hacia abajo, siguiendo la costura de mis pantalones.
—No vas a dejarme ganar, ¿verdad? —susurra, mientras sus dedos acarician mi centro a través de la tela y presiona lo justo para que mi espalda se arquee hacia él—. Incluso cuando los dos lo deseamos.
Se me corta el aliento. —No. No puedo mudarme contigo —digo con un poco de vacilación.
Él se ríe entre dientes, mordisqueando mi garganta. —Entonces tendré que hacer que te sea imposible mantenerte alejada.
Presiona su palma hacia abajo de modo que el talón de su mano roza mi clítoris y mis caderas se agitan involuntariamente.
Baja la cremallera de mis vaqueros y, cuando el aire frío muerde mi piel, me doy cuenta de lo que estamos haciendo.
—Zach... —susurro, echando un vistazo al jardín, aunque no alcanzo a ver mucho a estas horas de la noche—. Estamos fuera.
—Nadie puede vernos —dice, besándome detrás de la oreja, sus labios arrastrando calor por mi piel—. Tengo una valla de ocultación y los jardines traseros son tan grandes que prácticamente estamos solos aquí fuera.
Se echa hacia atrás y da a un interruptor en la pared. Una calidez reconfortante acaricia mi piel al encenderse el calefactor del porche. —Y ahora ni siquiera pasaremos frío —dice con una sonrisa.