4. Capítulo 4
Zach
E scaneo el campo mientras mis compañeros intentan colarse por nuestra defensa. Tres segundos. Eso es todo lo que necesito. Un hueco de tres segundos y podré soltar el balón.
Uno. Afianzo los pies.
Dos. Posiciono el cuerpo.
Tres. Suelto.
El balón traza una espiral en el aire y mis ojos no se apartan de la cerrada rotación mientras atraviesa el cielo que empieza a oscurecer. Reese tiene los brazos extendidos, los dedos abiertos, y atrapa el balón sin perder el ritmo.
—¡De eso estoy hablando! —brama el entrenador Summers desde la banda—. ¡Eso ha sido un lanzamiento de puta madre, Evans!
Giro el hombro, ocultando una mueca de dolor.
Llevamos una hora de entrenamiento y mi brazo empieza a parecer espagueti recocido, pero preferiría morir antes que demostrarlo.
A los ojeadores de la NFL que se esperan en nuestro próximo partido les importan un bledo los músculos cansados, lo que significa que a mí tampoco puede importarme.
—¿Estás bien? —Reese vuelve trotando y me lanza el balón mientras me observa.
—Mejor que nunca —miento, atrapándolo y haciéndolo girar en mis manos.
Reese no insiste. Eso es lo que agradezco de él. Lo ve todo y solo dice lo que hay que decir; no como algunos de mis otros compañeros.
—¡Si tus pelotas fueran más bonitas, me casaría con ellas!
—grita Sebi desde el otro lado del campo, con las manos alrededor de la boca.
Algunos jugadores se ríen y el entrenador Summers le lanza una mirada que haría que la mayoría de los hombres se esfumaran.
Sebi no, desde luego. El tío es inmune a la vergüenza.
—Guárdate la propuesta de matrimonio para alguien que vaya a decir que sí —le respondo a gritos, lo que hace que se lleve la mano al pecho de forma dramática.
—Me estás rompiendo el corazón, Evans —se queja Sebi, hincando una rodilla en el campo de entrenamiento—. Pensaba que lo nuestro era especial.
Antes de que pueda responder, Mason pasa por delante de Sebi con el casco en la mano y el sudor brillándole en la frente a pesar del aire fresco de la tarde. La defensa de entrenamiento se está preparando para otro ejercicio, esperando a que nos pongamos las pilas.
—Si habéis terminado con vuestra historia de amor —dice, con los ojos clavados en mí—, algunos estamos intentando ejecutar jugadas de entrenamiento reales aquí.
No hay hostilidad real en sus palabras; Mason es así. El tío es una máquina y solo tiene una configuración: fútbol americano.
—Perdón, ¿te he herido los sentimientos por no lanzarte a ti esa vez? —le pregunto, arqueando una ceja—. ¿Necesitas un poco de atención durante el entrenamiento?
Mason ni se inmuta. —Solo necesito un quarterback que pueda seguirme el ritmo en estos ejercicios.
—Lo tienes —le respondo, escaneando ya el campo y planeando la siguiente jugada—. Corre la ruta cruzada otra vez, pero esta vez quiero que cortes con más fuerza en el quiebro. La defensa te está leyendo.
—Anotado —dice, ajustándose el casco.
Asiento, a punto de cantar la siguiente jugada, pero entonces la veo.
Honey camina por el borde de las gradas, buscando un lugar donde sentarse, y doy las gracias en silencio a todo lo sagrado por llevar puestos mis pantalones de compresión ahora mismo.
Esta. Puta. Chica.
Lleva mi camiseta, pero no una cualquiera. Mi camiseta del South Point Prep. La del instituto. La que grita a los cuatro vientos que me conoce más íntimamente que cualquiera de las otras chicas que hay aquí mirando.
Está descolorida, le queda grande y es mía .
—Tierra llamando a Evans —Dax chasquea los dedos delante de mi cara—. ¿Estás con nosotros o vamos a hacer este ejercicio sin ti? —Su mano se acerca tanto que creo que me va a dar una bofetada, lo que finalmente me saca del hechizo.
—Sí —digo, con los ojos todavía fijos en ella, divertido de que esté tan buena que casi se me ha olvidado cómo respirar—. Dame un segundo.
Sin decir nada a ninguno de mis compañeros, troto hacia la banda, ignorando la mirada de confusión del entrenador.
—¡Panal! —la llamo, deteniéndome en el borde del campo. Ella sonríe con alegría al verme saludar frenéticamente—. Lo has logrado.
Mordiéndose el labio inferior, se apoya en la barandilla. —Dije que vendría, ¿no?
—Sí —alargo la palabra, observándola. Verde y dorado; no la veía con esa combinación desde el último día de instituto y había olvidado cuánto me encanta.
—Y llevas mi camiseta. —Ni siquiera me molesto en ocultar mi satisfacción, porque esta camiseta no solo dice que me pertenece; deja claro que es mi dueña desde el instituto.
Y probablemente por el resto de mi vida, si ella aceptara.
Al notar mi mirada, pone los ojos en blanco y se apoya en la barandilla. —Conozco esa mirada. Estás dejando que se te suba a la cabeza.
—No puedo evitarlo. Solo recuerdo la última vez que te vi con ella puesta. No llevabas nad—
—¡Evans! —la voz del entrenador retumba por todo el campo—. ¡Esto no es la hora de las visitas! ¡Mueve el culo y vuelve a la formación!
—El deber me llama —le digo a Honey con un guiño y un saludo militar—. ¿Te quedas después? Quiero verte bien.
—Aquí estaré —promete.
Vuelvo trotando al rincón, donde Sebi está agarrado a un reacio Mason, lanzándole besos al aire.
—Mirad quién ha convencido por fin a su chica para que venga al entrenamiento —dice Dax, estirando el cuello para mirar hacia las gradas—. Es la primera vez esta temporada, ¿verdad? Joder, Evans. Yo también me distraería si ella me mirara así.
Le lanzo una mirada de advertencia. —Los ojos en el libro de jugadas, no en mi chica. No tiene ningún interés en ti, te lo aseguro.
—Si pudiéramos centrarnos en el fútbol durante cinco minutos —interviene Mason, apartando a Sebi de un empujón—, sería fantástico. La semana que viene vienen ojeadores, por si alguien lo ha olvidado.
—Relájate, Mason —dice Sebi, dándole una palmada en la espalda—. Es solo un juego, ¿recuerdas? Se supone que tiene que ser divertido.
Mason se lo quita de encima. —Juegos con contratos de millones de dólares en juego. No todos podemos depender de acuerdos de patrocinios para mantenernos a flote hasta que tengamos la oportunidad de ser drafteados.
—Siempre tan alegre —murmura Dax.
Doy una palmada para que todos vuelvan a prestarme atención. —Muy bien, basta. Mason tiene razón: tenemos que concentrarnos. Vamos a ejecutar la formación dividida. Reese y Dax abiertos, Sebi en el slot. Mason, tú bloqueas. A mi cuenta.
Al romper el grupo, no puedo evitar echar un vistazo a Honey. Está en lo alto de las gradas, a toda una sección de distancia de las animadoras y de las grupies que vienen a ver nuestro entrenamiento, pero todos sus ojos están puestos en ella.
¿Y por qué no iban a estarlo?
Honey es excepcional, y ni siquiera tiene que esforzarse para ser el centro de atención. Simplemente sucede a su alrededor.
Dejo a un lado el cansancio, con ganas de impresionar a mi chica.
—¡Set! —grito, escaneando la defensa—. ¡Red 42! ¡Red 42! ¡Hut!
El balón golpea mis manos y el mundo se reduce al campo, a los jugadores y a los patrones que hemos practicado mil veces. Retrocedo, buscando un hueco, y encuentro a Dax desmarcándose por la banda.
Lanzo el balón en una espiral perfecta que él atrapa mientras corre. Recorre a toda velocidad las veinte yardas que faltan hasta la zona de anotación antes de levantar el balón triunfalmente sobre su cabeza.
—¡Así se hace! —grita, estampando el balón contra el suelo con tanta fuerza que este rebota por encima de su cabeza.
—Buen lanzamiento —dice Reese en voz baja mientras volvemos trotando a nuestra posición.
—Buen bloqueo —le digo a Mason, que me responde con un breve asentimiento.
Repetimos la jugada una y otra vez, hasta que el entrenador queda satisfecho de que la tenemos dominada.
Para cuando pita el final del entrenamiento, me late el hombro y el sudor me chorrea por la cara, pero me siento bien.
Preparado. Vamos a destrozar a la Universidad de Covey el próximo fin de semana.
—¡A las duchas! —grita el entrenador—. Descansad. Quiero a todo el mundo fresco para la sesión de vídeo de mañana.
Mientras el equipo se dirige al vestuario, me quedo atrás, esperando a que Honey baje de las gradas. Quitándome el casco, me paso una mano por el pelo empapado de sudor, esperando tener un aspecto decente.
—Oh. Honey viene hacia aquí —anuncia Sebi, dándome un codazo al pasar. Por desgracia, no sigue de largo. Se queda justo a mi lado—. Rápido, ¿cómo tengo el pelo? —les pregunta a Reese y Dax, que también se detienen.
—Trágico, como siempre —responde Dax.
Sebi suelta un gruñido de disgusto. —¿A alguien le han entrado unos poquitos celos porque hoy he recibido más atención de nuestro QB que tú? —replica, sacudiendo sus rizos empapados de sudor en dirección a Dax.
Dax resopla, esquivando las gotas de agua como un profesional. —¿En qué universo?
—En el que—
—Chicos —interrumpo—, ¿podéis no ser idiotas durante cinco minutos? Mi chica viene para acá.
—Eso es pedirles mucho —se une Mason, con la bolsa del equipo ya colgada al hombro. Por supuesto, ha sido el primero en la ducha y ya está listo para marcharse. Probablemente se va a casa a cenar unas placas de microchips.
Sebi se lleva la mano al pecho. —Me siento herido. De verdad.
Cuando Honey llega hasta nosotros, nos dedica una pequeña sonrisa, pero me doy cuenta por la forma en que sujeta el dobladillo de mi camiseta de que está un poco nerviosa.
—Hola —dice, pasando la mirada de mí a mis compañeros y otra vez a mí.
—Hola tú. —La atraigo para darle un abrazo con un brazo, sin importarme que mi uniforme de entrenamiento esté empapado de sudor—. Mirad a quién he conseguido traer al entrenamiento, chicos.
—¡Ah, está viva! —exclama Dax dramáticamente, llevándose la mano al pecho—. La novia desaparecida ha regresado. He estado a esto de poner tu cara en un cartón de leche.
Honey pone los ojos en blanco, pero sonríe. —He echado de menos tu humildad, Dax.