Epílogo
Seis meses después
El año para las Taylor cerró con broche de oro.
Fue la primera vez en muchos que la familia pasó las Navidades reunida y cada una con su pareja.
Rachel lo dispuso todo en Ítaca y, tal como habían acordado, todos viajaron a la ciudad para pasar una semana entera celebrando las fiestas.
Dakota y Ashley decoraron The heaven para la ocasión y se encargaron de que no faltara nada para que todos estuvieran a gusto.
Caroline fue la primera en llegar junto a Indira; aquella reconciliación por los senderos cercanos a la casa de su hermana siempre les traerá buenos recuerdos, así que decidieron recorrerlos, ahora de la mano.
Dos días después aparecieron Katherine, Jodie y Warren Taylor.
—Luego dicen que soy una adicta al trabajo —se quejó la mediana de las Taylor. Tuvieron que retrasar el viaje porque Jodie necesitaba dejarlo todo bien atado en la cocina del Magnolis antes de partir a Ítaca—. Y luego a este señor —señaló a su padre—, costó sacarlo de la finca de los Jefferson.
Jodie la besó y la rubia no tuvo más opción que guardar silencio. Katherine sigue tan enganchada a su chica que le es imposible enfadarse con ella.
Ashley presentó oficialmente a Rohan y el muchacho cayó bien de inmediato. Rachel no se equivocó cuando lo vio sonreír aquel día que lo conoció. Caroline lo interrogó y tuvo que ser Indira quien le puso freno a la situación.
—Para un poco, cariño, lo estás poniendo nervioso —le dijo la mayor de las empresarias en cuanto se quedó unos minutos a solas con su novia.
—Tengo que saber si es bueno para mi sobrina.
Caroline no cesó su interrogatorio hasta que estuvo satisfecha, sobre todo cuando vio en Rohan a un hombre cariñoso y atento, capaz de conseguir una de las sonrisas más grandes que había visto en Ashley.
Camila también hizo su aparición. Llegó con Trisha Lohan y, aunque la morena le repitió a Rachel que ella tenía sus tiempos, nadie se sorprendió cuando ambas anunciaron que se irían a vivir juntas.
—Eres una intensa —se mofó Rachel y su exmujer soltó un bufido.
—Nos vemos a diario y lleva semanas durmiendo en casa. Su hija está ahorrando para comprarse una casa y Trisha le ha ofrecido venir a la suya para no gastar en alquiler —explicó como si fuera necesario.
En realidad, Camila está encantada de tener a su lado a una mujer como Trisha y cuando hablaron del tema, ella misma le dijo que se mudara a su casa.
Rachel y Camila se miraron, con amor y fraternidad. Su relación, esa que tienen tras separarse, es una de las cosas más importantes de la que pueden presumir y la felicidad de cada una emociona a la otra.
The heaven se convirtió en un bar de referencia para las nuevas bandas.
Gracias al trabajo de Dakota y la organización de Ashley, todos los fines de semana tienen hasta dos grupos diferentes tocando cada día.
Las visitan gente de todo el estado e incluso saben que groupies de otras ciudades se trasladan para asistir a las presentaciones.
Han contratado a dos camareras. Ahora que Ashley es quien lleva el bar —Rachel sigue bajando cada día, pero se encarga más de la parte administrativa y de que no falte nada— decidió no cerrar los días que tenían estipulados de descanso del personal.
Teniendo a las chicas, se podían rotar y además dar abasto para la cantidad de clientes que visitan cada día el bar.
Dakota sigue en su labor; es quien contacta a managers y grupos para que toquen en el The heaven e incluso han ofrecido ya varios conciertos de bandas conocidas en los que han reventado la taquilla y hecho sold out.
Ahora, y después de bastante tiempo, Rachel Taylor disfruta junto a su novia de unas merecidas vacaciones en Playa del Carmen.
Nunca había viajado a México pese a tenerlo cerca y la mayor de las dos piensa que podría acostumbrarse a estar tirada en una hamaca durante todo el día, sobre todo ahora que su hija dirige el The heaven y ella tiene que preocuparse menos.
—¿Qué haces? —pregunta Rachel a Dakota, haciendo con su mano una especie de visera para tapar el sol.
Dakota la enfoca y sonríe. Llevan una semana en la zona y Rachel tiene la piel bronceada y el gesto tan relajado que parece al menos diez años más joven. La bajista alarga la mano y le deja una caricia en la cara; no puede estar más enamorada.
—Contestándole al jefe de obra, no entiendo por qué están tardando tanto. Es un local pequeño, no uno de los hoteles de tu hermana.
Indira Campbell cumplió con lo que le prometió a Dakota y, a través de sus contactos, la casa familiar que heredó pudo venderse al cabo de un par de meses.
Los de la inmobiliaria hicieron un trabajo fantástico; pintaron, repararon algunos desperfectos y le dieron vida al patio.
Solo con eso, la propiedad se revalorizó y Dakota recibió un buen dinero.
No tuvo que pensarlo demasiado y con parte de la ganancia, compró un local en el centro de Ítaca —que ahora está reformando— con la idea de crear una escuela de música en la zona.
Desde aquel concierto privado que le dedicó Rachel en la terraza del Mallois, la pareja suele tocar junta, solo para ellas dos, y eso ha creado una conexión aún más fuerte entre ellas.
Una noche, después de dejar el bajo, Dakota le contó a Rachel la idea.
—Me encantaría enseñar todo lo que sé. He pensado en abrir una pequeña academia, comenzar a dar clases de expresión musical, partituras, bajo —explicó con la ilusión pintada en su rostro—. Tener un espacio también en el que se puedan hacer grabaciones.
—Hazlo —le contestó enseguida Rachel—. Estoy segura de que no te faltarán alumnos.
Y así Dakota empezó a buscar locales vacíos por el centro de la ciudad.
Tardó lo suyo porque los que había no la convencían y los que se adecuaban a sus planes no estaban en venta y ella no quería un alquiler.
Una tarde la llamaron para ofrecerle uno; no estaba en la ubicación que ella prefería, pero cuando lo vio no tuvo dudas, era perfecto.
Las obras empezaron dos semanas después y están tardando más de lo que han dicho.
—No es tan pequeño, cariño —la corrige Rachel—. Además, el estudio de grabación tiene sus complejidades.
—Espero no tener problemas con la fecha de apertura.
—Lo dudo, todavía hay tiempo —la tranquiliza Rachel.
Dakota asiente y guarda su móvil.
—Por cierto —dice la bajista—. La terapeuta me recomendó ir a Boston. No ahora mismo, pero dice que en unos meses podría ir a pasar un fin de semana.
—¿Y tú qué piensas al respecto? —inquiere Rachel, recordando la última vez que estuvieron en esa ciudad y Dakota no lo soportó .
La mujer se queda unos segundos callada mirando el mar.
—Me parece bien. La doctora Alder dice que es un paso importante reconciliarme con mi ciudad, aunque ya no viva allí.
Dakota empezó a ir a terapia casi a la vez que volvieron de aquel viaje improvisado a Nueva York.
Se sintió a gusto con la doctora —recomendación de Camila— y no ha faltado ni una vez a sus citas.
Comenzó yendo dos veces a la semana y ahora va solo una.
Se siente tan bien con las sesiones que, incluso estando de vacaciones, Dakota ha hecho una videollamada con su terapeuta.
Sabe que lo que le ocurrió no es algo que vaya a olvidar, pero siente que ha avanzado, es más segura y, por supuesto, más feliz.
Reconoce que ella no tuvo la culpa de lo que pasó y por fin ha podido perdonar a su padre.
A su hermano no. No todavía, pero tiene esperanzas de poder pasar página algún día.
—Iremos cuando tú quieras —le dice Rachel y Dakota se lo agradece con una sonrisa. Acerca su mano y entrelaza los dedos con los de su novia, soltando un suspiro de satisfacción a la vez que ambas se relajan escuchando cómo rompen las olas del mar.
Cuando el amor llega, no se puede evitar.
Puedes esconderte, negarte a aceptarlo e incluso huir, pero siempre te alcanza.
Hay un hilo, quizá es rojo, blanco o del color que quieras ponerle, que nos ata a ese alguien que no teníamos ni idea de que existía ni que íbamos a llegar a amar tanto.
Rachel y Dakota viven el momento como lo hacen Katherine y Jodie o Caroline e Indira.
Son felices, cada una a su manera, rompiendo moldes sociales y amando a quien tienen al lado sin importar cómo comenzaron sus historias.
Viven el presente y eso es lo único que les importa .