The False Start (The Four Quarters Collection 3) 31. Capítulo 31
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31. Capítulo 31

Tiff

M e repantingo en el asiento de cuero rojo mientras tomo un sorbo de café.

Probablemente sea una mala decisión tomar tanta cafeína cuando ya soy un manojo de nervios, pero quería estar alerta para esta conversación.

Además, tenía que pedir algo del menú para que no me echaran.

Sé con certeza que mi padre no va a pedir ni una maldita cosa, y necesito que esta conversación sea en un lugar público.

Desde aquí tengo una vista perfecta de la puerta, lo que significa que puedo evaluar su sobriedad antes de que me vea y decidir si esta conversación merece la pena.

Jamie me envía una foto de él y Ella sonriendo en su sesión de fútbol infantil, el equipo que ahora entrena, y eso me ayuda a calmar un poco los nervios.

Todo va encajando. Este es el último cabo suelto.

Jamie: Buena suerte con tu padre. Los dos te queremos hasta la luna y volver.

Escribo rápidamente una respuesta.

Tiff: Gracias. Buena suerte, entrenador. Yo también os quiero a los dos.

Vuelvo a dejar el móvil sobre la mesa y exhalo lentamente.

En la otra punta de la cafetería, hay una niña que no tendrá más de siete años sentada con su familia.

Habla por los codos, moviendo las manos mientras cuenta alguna historia dramática, y sus padres se inclinan hacia ella, escuchando cada una de sus palabras.

No sé por qué me duele ver la adoración en los ojos de sus padres, pero supongo que es porque es un recordatorio de lo que yo no tuve.

Apoyo. Amor. Cuidados.

Incluso cuando más lo necesité, mis padres no estuvieron allí. No porque no pudieran, sino porque no quisieron.

Nunca dejaré que Ella sienta que no vale nada.

Me hago esa promesa a mí misma, sabiendo que la cumpliré. Seré mejor madre de lo que los míos lo fueron nunca.

Cuando suena la campanilla sobre la puerta, mi corazón da un vuelco antes de que se me caiga el alma a los pies.

Ya está aquí.

Es curioso, la última vez que lo vi, estaba tan cargada de adrenalina que no me fijé bien en él. Ahora, a la luz del día, puedo verlo mejor. El hombre que me abandonó hace años y me vendió.

Parece mucho más viejo de lo que recordaba. Tiene la cara hinchada, las mejillas rojizas por los capilares rotos y la ropa le queda grande.

Parece enfermo y, por un segundo, lo entiendo. Entiendo por qué no pudo estar ahí para mí. Mi padre estaba luchando contra sus propios demonios; yo solo fui un daño colateral. Quizá no quería ser así. Quizá quería ser diferente, pero la vida no le dio esa oportunidad.

Se me rompe el corazón, pero luego recuerdo que aceptó encantado el dinero del padre de Jamie para arruinarme la vida, a pesar de que yo ya no dependía de él.

Estuvo dispuesto a destruirme en el juzgado y a quitarle a Ella la única familia que conoce.

No porque estuviera luchando por la verdad, sino porque necesitaba dinero para su siguiente botella.

No. Mi padre me vendería sin pensárselo dos veces, y tengo que dejar a un lado cualquier compasión que sienta por él.

La niña que en su día estuvo herida ha desaparecido; en su lugar hay una mujer forjada a base de coraje y acero.

Yo.

—Tiff. —Mi padre se desliza en el reservado frente a mí y percibo un olor a colonia que intenta desesperadamente enmascarar el rancio alcohol de debajo—. Gracias por venir. No estaba seguro de que lo harías.

No sonrío. No suavizo mi expresión. Me limito a mirarlo fijamente. —Tienes cinco minutos.

—Bien. De acuerdo. —Se aclara la garganta, jugueteando con el menú del que no va a pedir nada—. Mira, sé que las cosas se nos fueron de las manos con el asunto de los Nicks, pero…

—Aceptaste dinero del padre de Jamie. —Mi voz es plana y carente de emoción—. Aceptaste un soborno para testificar contra mí. Para ayudarlos a llevarse a Ella.

Se pone rojo, pero no lo niega. No puede negarlo. —Necesitaba…

—¿Necesitabas qué? ¿Otra botella? —La risa que se me escapa es lo bastante afilada como para cortar la carne—. Vendiste a tu propia hija y a tu nieta por dinero para beber.

—No fue así…

—¿Entonces cómo fue? —Me inclino hacia delante, manteniendo la voz baja pero cortante—. Explícame cómo aceptar dinero del hombre que intenta destruirme en el juzgado fue algo distinto a lo que parece.

Abre la boca y la vuelve a cerrar. ¿Qué puede decir?

—Cometí errores —consigue decir finalmente.

—No. —Niego con la cabeza—. Tomaste una decisión. Elegiste el dinero antes que a tu familia. Otra vez. Como haces siempre.

—Todos cometemos errores.

Aparece la camarera, pero la despacho con un gesto, no quiero que oiga esto. Todo lo que verá será a un padre suplicante y lo que parece una hija desagradecida. Estoy harta de vivir en una narrativa que yo no he creado.

—¿Un error? —Mi voz me traiciona. Hay un quiebro en la pregunta. Esa pequeña señal de debilidad será usada en mi contra si no dejo clara mi postura—. ¿Como cuando me echaste de casa cuando te enteraste de que estaba embarazada?

—Eso fue hace mucho tiempo…

—No. No vas a minimizar lo que hiciste. Me dejaste.

Siempre me has dejado. Podrías haberme llamado en cualquier momento.

Sabías que estaba en casa de Zach. —Parpadeo para contener las lágrimas que amenazan con caer.

Él no se las merece—. Te habría perdonado a ti y a mamá, ¿sabes?

Si tan solo te hubieras molestado en hablar conmigo.

En conocer a tu nieta. Habría aceptado cualquier cosa que me hubieras dado.

Trago saliva con dificultad. —Pero no lo hiciste, y no importa porque he terminado de suplicar por tener un padre y recibirte solo a ti.

—Tiff… —empieza él, pero ya me estoy deslizando fuera del reservado. He terminado de intentar hacer las paces con una familia que no me quería.

—No queda nada más que decir, papá. —Saco un billete de diez y lo dejo sobre la mesa—. No te pongas en contacto conmigo. No aparezcas por casa. No quiero volver a verte la cara nunca más.

—Pero tu madre…

—Tu mujer —corrijo con frialdad—, te eligió a ti antes que a mí hace mucho tiempo. Ya he hecho las paces con eso.

Me doy la vuelta y camino hacia la salida, y esta vez su voz no me detiene. No hay ninguna declaración desesperada de amor, ni súplicas. Solo silencio. Porque él lo sabe. Sabe exactamente lo que hizo y sabe que no hay vuelta atrás.

Cuando estoy fuera, miro por el ventanal y veo a la misma familia de antes levantándose para irse. La niña abraza a su padre, apretando los brazos alrededor de su cuello. Por un segundo, nuestras miradas se cruzan a través del cristal. Ella me sonríe.

Yo le devuelvo la sonrisa.

Esta vez no duele.

Mientras camino hacia el coche, saco el móvil y le escribo a Jamie.

Tiff: Ya está. Le he dicho que no vuelva a contactarme jamás.

Su respuesta es inmediata.

Jamie: ¿Cómo te sientes?

Sonrío, sonrío de verdad, mientras escribo de vuelta.

Tiff: Ahora lo entiendo. Cuando dijiste que sentías que por fin podías respirar.

Jamie: Me alegro. Te lo mereces. Estoy deseando que me lo cuentes todo cuando vengas a verme a mi nuevo

apartamento.

Sonrío a pesar de las lágrimas contenidas, emocionada por ver su apartamento.

Se mudó la semana pasada, pero esta es la primera vez que nos deja verlo a Ella y a mí.

No sé qué ha estado tramando, pero al parecer Zach y Reese lo han estado ayudando.

¿Quién iba a decir que forjarían una amistad a través de todo esto?

Tiff: Genial. Voy a pasar por casa a dejar unas cosas. Luego nos vemos allí con Ella.

Jamie: Ya estoy terminando con el fútbol. Nos vemos allí.

Tiff: Te quiero.

Jamie: Te quiero, siempre.

Para cuando llego a casa, me doy cuenta de que el coche de Zach está en la entrada. Bien. Podré contarle cómo ha ido y compartir este sentimiento de libertad con alguien que ha estado a mi lado durante todo esto.

Abro la puerta, guardo los zapatos en el zapatero, dejo las llaves en el cuenco de al lado y recorro el pasillo hasta la cocina.

—¡Ay Dios mío! —exclamo, dando un paso atrás hacia el pasillo—. Siento muchísimo haber interrumpido.

Me tapo los ojos, pero nada, y me refiero a nada, borrará la imagen de Honey con las piernas enredadas en la cintura de mi primo mientras él la sujeta contra la encimera de granito.

Honey abre los ojos a medio beso y me ve por encima del hombro de Zach.

—¡Mierda! —Empuja a Zach hacia atrás con tanta fuerza que este tropieza, y ella prácticamente salta de la encimera—. ¡Tiff! Pensábamos… dijiste que…

Intenta alisarse el pelo, pero tiene la cara encendida y la camisa desabrochada.

Zach se da la vuelta, con la cara igual de roja y el pelo revuelto. —Mierda, Tiff. Lo siento mucho. ¿Está Ella…?

Levanto ambas manos, reprimiendo una sonrisa. —No hay nada que explicar. Somos adultos. Ella está con Jamie. Siento haber interrumpido.

Ambos se quedan en silencio. Honey apenas puede levantar la vista.

—Pero la próxima vez quizá queráis evitar la encimera… ahí preparamos la comida. —Intento bromear, pero a ninguno de los dos le hace gracia.

Honey ya se está moviendo, cogiendo su bolso de la encimera, murmurando para sí misma. —Debería irme. Tengo que… me tengo que ir.

—Honey, espera… —Ella retrocede cuando Zach intenta alcanzarla, dirigiéndose ya hacia la puerta.

—No, esto ha sido… no deberíamos haber… —Tiene los ojos muy abiertos y no nos mira a ninguno de los dos—. Lo siento. Me tengo que ir.

—Honey, por favor, deja que al menos te lleve a casa… —La voz de Zach se quiebra, pero ella ya se ha ido.

La puerta principal da un portazo tras ella, haciendo vibrar las ventanas.

Silencio.

Es ensordecedor.

Zach se queda petrificado en medio de la cocina, con la mano todavía extendida hacia donde estaba Honey.

—Joder —musita, y entonces se mueve, pasándose las manos por su ya destrozado cabello—. Joder, joder, joder.

—Zach…

—No lo digas. —Se gira para mirarme y veo la desolación en su rostro—. No digas que ha sido un error. No me digas que la he cagado. Lo sé. Lo sé de sobra.

Acorto la distancia entre nosotros lentamente, como si me acercara a un animal herido. —No iba a decir eso.

—Ha salido corriendo. —Su risa es amarga y rota—. Siempre sale corriendo, joder.