25. Capítulo 25
Tiff
— Así que —dice Zach con la boca llena de tortitas de Iced Out , mirando a Jamie, que está ante los fogones—. ¿Vas a empezar a pagar alquiler o esto es una situación de gorroneo a largo plazo?
—¡Zach! —Le doy un golpe en el hombro, dando un sorbo a mi café para ocultar mi risa.
Dos veces.
Mi primo ha pillado a Jamie aquí dos veces y está actuando como si lo nuestro ya fuera permanente.
Me quedo paralizada durante medio segundo. Siento un vuelco en el estómago.
Permanente. Jamie se está convirtiendo en un elemento permanente en nuestras vidas, y esa idea solía darme un miedo atroz, pero al mirarlo ahora, dando la vuelta a otra tortita de Iced Out , no puedo imaginar cómo sería la vida si alguna vez se marchara.
—Es una acusación bastante audaz para un tipo que se está comiendo mis tortitas —dice Jamie con tal naturalidad que ni siquiera levanta la vista.
—Son las tortitas de Tiff —rebate Zach—. Tú solo eres la mano de obra.
Ella suelta una risita desde su silla con la barbilla manchada de sirope, completamente ajena a la idea de quién pertenece a dónde. En su mundo, Jamie ya ha sido asignado a su lugar.
Él sirve otra tortita y se la lleva a Ella, que tiene al Sr. Squishy sentado en la silla con ella.
—Gracias —canturrea ella.
—De nada. —Él le da un beso en la mejilla antes de volver a los fogones.
Se me encoge el pecho ante ese pequeño gesto. Esto. Esto es lo que nunca me permití esperar. Una familia de verdad. No solo Ella y yo contra el mundo, sino alguien que elige estar aquí. Alguien que mira a mi hija como si ella hubiera colgado las estrellas.
Alguien que me mira a mí de la misma manera.
Cuando Jamie siente mi mirada sobre él, levanta la vista, dedicándome un pequeño guiño y una sonrisa.
Sí, lo permanente no parece tan aterrador cuando tiene el aspecto de Jamie Nicks.
Zach suelta el tenedor y se frota las manos antes de consultar su reloj.
—Bueno, me tengo que ir. El entrenamiento empieza en treinta minutos.
—Se levanta, agarrando su bolsa del suelo—.
Intentad no quemar la casa mientras no estoy.
—Luego mira a Jamie por encima del hombro—. Ni dejéis a nadie embarazada otra vez.
—Fuera —digo, empujándolo hacia la puerta, agradecida de que Ella estuviera demasiado absorta en sus tortitas para oír eso.
Cuando sale por la puerta y recupero algo de compostura, vuelvo a la mesa para terminar mi café. Jamie se une a nosotros, colocándose lo bastante cerca de mí como para que nuestros hombros se rocen, y sus pies se acercan a los míos.
Los tres comemos juntos, hablando y riendo de todo lo que hicimos anoche. Por unos segundos, todo parece sencillo y correcto.
Me atrevería a decir que, por primera vez en mi vida, las cosas me parecen perfectas.
Cuando miro a Jamie, ya me está observando. —¿Estás bien? —pregunta en voz baja.
Asiento, tragándome el nudo de la garganta. —Mejor que bien.
—Yo también.
Ella termina sus tortitas y se va al salón; un minuto después, la casa se llena con el sonido de los dibujos animados.
Empiezo a apilar los platos vacíos y los llevo a la encimera para meterlos en el lavavajillas. Mientras limpio, Jamie se acerca y apoya la mano en mi espalda. —¿Puedo preguntarte algo? —pregunta en voz baja, para no molestar a Ella, que está viendo los dibujos.
Levanto la barbilla y le doy el beso más rápido que puedo. —Por supuesto.
Él pone su plato en la encimera y se pasa la mano por el pelo. —¿Qué te parecería si… tal vez nos mudáramos juntos?
Casi se me cae el plato, pero Jamie lo atrapa a tiempo. —¿Qué?
—Sé que es prematuro —se apresura a decir—. Pero no quiero seguir dejándoos a las dos. La idea de volver a mi futuro apartamento no me parece bien sin ti allí. Quiero estar contigo y con Ella. Todas las mañanas, todas las noches.
Abro la boca; tengo la garganta seca porque no estoy muy segura de qué decir.
Lo permanente parece mucho más permanente cuando lo pide así.
Él niega con la cabeza. —No quería decir que tuviéramos que hacerlo ahora mismo. Solo pensaba que sería bonito estar juntos como una familia… cuando estés lista.
El corazón me late tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo.
—Jamie…
—Sí, ha sido una idea estúpida, ¿verdad? Si acabamos de…
Le beso.
Es la única respuesta que soy capaz de dar, porque las palabras se me quedan cortas para lo que siento. Cuando me separo, sus ojos están muy abiertos y llenos de esperanza.
—Lo pensaré —susurro—. Pero Jamie… yo también quiero eso. Lo quiero todo. Algún día.
Todas las facciones del rostro de Jamie se suavizan con alivio. Mantiene la mano en mi espalda, trazando con el pulgar pequeños círculos distraídos sobre mi piel.
—¿Lo dices en serio?
Cuando asiento, él sonríe de oreja a oreja y apoya su frente contra la mía. —Sabes, me pasé años pensando que no volvería a verte, y cuando supe dónde estabas, pensé que ya lo había arruinado todo, pero estar aquí, oyéndote decir eso… me hace sentir que finalmente he encontrado mi hogar.
Hogar.
Este es el nuestro.
—Yo también —digo en voz baja.
Apenas tenemos tiempo para saborear el momento antes de que suene el timbre de la puerta.
—Seguro que es Zach. Probablemente se ha olvidado algo —digo, dirigiéndome al monitor.
Ella sigue en el salón; ahora está sacando sus ceras mientras Jamie se acerca a ella. —Voy a dibujar al Sr. Squishy merendando con la Princesa Blanca y el Sr. Nibbles.
—Eso está muy bien, cariño —digo, encaminándome a la puerta—. Sigue dibujando, ¿vale?
Suena otra vez y, cuando compruebo la cámara, frunzo el ceño. No es Zach, sino dos hombres de traje que hablan entre sí.
—¿Puedo ayudarles? —pregunto a través del interfono.
Uno de ellos levanta la vista hacia la cámara y siento como si sus ojos afilados me atravesaran.
—¿Es esta la residencia de la Srta. Tiffany Bright?
Juro que mi corazón deja de latir durante un segundo.
—¿Hola?
Mis dedos se cierran alrededor del mando. Ya lo sé. No quiero decirlo, pero mi cuerpo reacciona antes de que mi cerebro lo asimile. Las rodillas flojas. La respiración superficial. El impulso instintivo de mirar por encima del hombro, como si necesitara proteger a Ella de algo que aún no puede ver.
—Eh… —logro decir.
El más joven se ajusta el grueso sobre de manila que sostiene.
He visto sobres como ese antes.
Abogados.
Y han venido a por mí.
—Necesitamos hablar urgentemente con usted, Srta. Bright.
No pienso. Si pienso, me quedaré paralizada. Así que pulso el botón y abro la verja, dejando que la memoria muscular tome el control. He hecho esto antes. Demasiadas veces.
Para cuando me obligo a abrir la puerta principal, ya están en el porche, con los maletines a los lados como si esta fuera solo otra parada en su ruta matinal.
Uno mayor. Uno más joven.
Ambos mirándome como si ya conocieran mi destino.
—¿Srta. Tiffany Bright? —pregunta el mayor, aunque algo en su tono dice que ya sabe exactamente quién soy.
Se me seca la boca. —¿Quiénes son?
—Estamos aquí en nombre de Jonathan Nicks. —La voz del hombre es tan profesional que casi parece aburrido.
—V-vale.
—¿Puede confirmar que es Tiffany Bright? —pregunta el más joven.
Dudo medio segundo de más. El corazón me late tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos. —Sí. Soy yo.
Él asiente una vez y luego me tiende el sobre.
—Queda oficialmente notificada.
Por un momento, me limito a mirarlo. A mi nombre mecanografiado con nitidez en el frente. A la rotundidad de que esté allí, entre nosotros.
Cuando lo cojo, me tiemblan las manos. Lo aprieto contra mi pecho como si eso pudiera evitar de algún modo que lo que hay dentro sea real.
Pensé que esto se había acabado.
Pensé que ya no tendría que luchar más.
Detrás de mí, oigo una brusca inspiración de aire.
—¿Jim? ¿Mike? —dice Jamie, con la incredulidad cortándole la voz mientras se sitúa tras de mí—. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Sus palabras se difuminan mientras miro fijamente el sobre, y mi visión se estrecha hasta que es lo único que puedo ver. Mi nombre. Tinta negra. Bordes limpios. Un desastre a punto de ocurrir.
—Se niega a recibir la notificación —espeta Jamie, levantando las manos con agitación.
—Si se niega, se presentará igualmente —responde el hombre mayor con frialdad—. Esto es simplemente una cortesía hacia la Srta. Bright.
—¿Una cortesía? —Jamie suelta una carcajada burlona. Se ha puesto delante de mí, protegiéndome de los dos hombres a los que claramente conoce—. Una cortesía sería dejarnos de una puta vez en paz y decirle que no a mi padre cuando os pidió que hicierais esto.
—Vamos, Jamie. Sabes que no podemos hacer eso.
—Fuera de esta propiedad. —La voz de Jamie está llena de furia, mientras que yo tengo dificultades para mantenerme en pie—. Ahora.
—Estaremos en contacto respecto a la fecha de la vista. Que tenga un buen día, Srta. Bright —dice uno de ellos. No sé cuál.
—¿Tiff? —Puedo oír a Jamie, pero parece que no logro responder—. ¿Estás bien? —Me atrae para darme un abrazo, pero me noto entumecida. Muy, muy entumecida.
¿Cómo ha podido la mejor noche de mi vida convertirse en la mañana del infierno?
Jonathan Nicks ha vuelto.
Me mudé aquí con la intención de que todas mis batallas legales hubieran terminado, pero parece que no se me permite un final feliz. No debería sorprenderme.
—¿Mami? —La vocecita de Ella atraviesa el zumbido de mis oídos—. ¿Quién era ese?
Me suelto del abrazo de Jamie y me doy la vuelta con tanta rapidez que casi pierdo el equilibrio. Ella está de pie en el umbral del salón, con el Sr. Squishy olvidado en el suelo y el rostro arrugado por la confusión.
—Nadie, cariño. —Fuerzo mi voz para que suene normal a pesar de que me tiemblan las manos—. Solo unos señores que se han equivocado de casa.
—Ah. —Parece satisfecha con la respuesta—. ¿Podemos jugar ya?
—Sí, princesa —dice Jamie antes de que yo pueda responder. Su voz es firme, pero cuando lo miro, su cara está pálida—. ¿Por qué no vas a elegir con qué quieres jugar y yo voy contigo en un segundo?
—¡Vale! —Sale corriendo de vuelta al salón, crisis evitada en su mundo de tres años. Ojalá esos fueran mis mayores problemas en la vida.
Cierro la puerta con cuidado y luego me apoyo contra ella un segundo.
—Tiff… —Jamie intenta alcanzarme.
Su voz me pone en movimiento y paso por su lado, rasgando el sobre y leyendo el contenido.
Petición de custodia legal y física total…
Alegando condiciones de vida inseguras…
Peticionario Jonathan Nicks, abuelo de la menor…
Declaración de testigo proporcionada por Charles Bright…
Solicitando custodia temporal inmediata pendiente de investigación…
Las palabras se emborronan, pero un nombre destaca y me destroza.
Charles Bright.
—Mi padre —susurro, mientas las páginas me tiemblan en las manos—. Mi propio padre les está ayudando a destruirme.
—Tiff…
—Por eso te amenazó ayer. Sabía que esto iba a pasar.
—Tiff… —Jamie intenta calmarme, pero nadie puede. No ahora.
—Va a testificar contra mí. —Se me quiebra la voz.
No puedo comprenderlo. Ni siquiera puedo respirar.
—Todo porque tú estás aquí. —No pretendo decirlo en voz alta, pero la acusación queda flotando en el aire entre nosotros.
Jamie se estremece como si le hubiera dado una bofetada. —Tiff…
—Tu padre hace esto para castigarte —digo elevando la voz, y soy vagamente consciente de que tengo que bajar el tono para que Ella no me oiga—. Va a por Ella para dañarte a ti, y mi padre… Dios, mi padre le está ayudando, y yo…
No puedo terminar. No puedo respirar.
Cuatro años. Cuatro años de construir una vida, de demostrar que podía hacerlo, de sentirme por fin a salvo.
Todo esfumado. Destruido en cinco minutos por hombres de traje con sobres de manila.
—No se la van a llevar. —Jamie tiene las manos sobre mis hombros, dándome apoyo corporal—. Tiff, mírame. No se la van a llevar.
—¡No puedes prometer eso! —Le estampo los papeles contra el pecho—. ¡Mira esto! Dicen que soy una madre no apta. Tienen a mi propio padre dispuesto a testificar contra mí. ¿Qué se supone que diga yo ante eso? ¿Que al hombre que echó de casa a su hija embarazada de repente le preocupa su bienestar?
—Eso es exactamente lo que tienes que decir —dice Jamie con firmeza—. Cualquier juez se dará cuenta de eso.
—¿Ah, sí? —Me río, pero suena a algo roto—.
¿O verán exactamente lo que tu padre quiere que vean?
Una madre soltera con dificultades, sin trabajo, sin casa propia, viviendo de la caridad de su primo.
Y ahora con un novio que… —Me detengo, mirándolo, y niego con la cabeza—.
También te van a usar contra mí, ¿verdad?
El novio inestable sin trabajo que abandonó a su propia familia.
Jamie tensa la mandíbula. —Yo no abandoné…
—¡No importa lo que sea verdad! —Las lágrimas me queman los ojos ahora—. Lo que importa es lo que puedan demostrar en el juzgado. Lo que importa es que ellos tienen recursos ilimitados y yo tengo… ¿qué? ¿La casa de mi primo y un título de secundaria que ni siquiera he terminado todavía?
Jamie abre la boca y luego la cierra, porque ¿qué puede decir? Ambos sabemos que tengo razón.
Me hundo en la escalera, con los papeles esparciéndose a mi alrededor. —Esto es culpa mía —susurro—. Me permití creer que podía funcionar. Te dejé entrar. Dejé que Ella se encariñara contigo. Y ahora…
—Para. —Jamie se pone en cuclillas frente a mí, obligándome a mirarlo a los ojos—. Esto no es culpa tuya. Esto es obra de mi padre, que es un cabrón vengativo, y del tuyo, que es… —Su voz se endurece—. Que es exactamente el tipo de hombre que vendería a su propia hija.
—Pero están ganando. —Se me quiebra la voz—. Ya están ganando y ni siquiera hemos empezado todavía.
Desde el salón, oigo a Ella cantar la canción de sus dibujos animados, completamente ajena al hecho de que su mundo entero podría estar a punto de hacerse añicos.
—No, no lo están. Voy a arreglar esto. Lo prometo —dice Jamie apretándome los brazos, pero ¿cómo puede estar tan seguro? Él no ha pasado por el tipo de lucha que hemos pasado nosotros, y su padre quiere eliminarme como problema.
Tengo que llamar a Zach. Y a Honey. Y a nuestra abogada.
Pero primero, tengo que descubrir cómo seguir respirando.
Porque el hombre al que amo me mira con desolación en los ojos y la hija por la que daría la vida está a un juicio de distancia de que me la arrebaten, y no tengo ni la más remota idea de cómo arreglar nada de todo esto.