20. Capítulo 20 #2
—Quiero hacerlo —dice él, y el arrepentimiento en su voz es palpable—. Dios, de verdad que quiero. Pero no puedo. Tengo algo de lo que tengo que ocuparme esta mañana.
La decepción me atraviesa, aguda e inmediata. Es irracional —él tiene derecho a tener otras obligaciones—, pero me gusta tenerlo cerca.
—Vaya. —Doy un sorbo al café para ocultar mi reacción—. No pasa nada. Lo entendemos.
—No, yo... —Deja la espátula y se gira para mirarme de frente—. Es una entrevista para la librería. Podría intentar posponerla, pero...
—La librería. —Arqueo las cejas con sorpresa—. Es una gran oportunidad. Tienes que ir.
Jamie asiente, con aspecto de estar realmente dividido. —Sí, la rechazaría, pero son los únicos que me han ofrecido una entrevista aquí.
Ella frunce el ceño, arrugando su frentita. —¿Entonces no puedes venir al fútbol?
Jamie se agacha junto a ella con voz suave. —Hoy no, pero tengo muchísimas ganas de volver a verte jugar pronto.
—No pasa nada —dice ella tras un momento—. Puedes venir la próxima vez y ayudarme, y también puedes venir a ballet.
La boca de Jamie se curva en una sonrisa dulce. —Hecho. —Se pone en pie y me lanza una mirada nerviosa—. ¿Tenéis planes para luego?
Ladeo la cabeza. —¿Luego?
—Sí. —Se limpia las manos con un trapo, con el amago de una sonrisa tirando de sus labios—. Si estáis libres esta tarde, he pasado por delante de una feria junto al paseo del río. He pensado que quizá podríamos ir. Tienen atracciones, algodón de azúcar, música espantosa... de todo.
Ella jadea, juntando sus manos pegajosas. —¿Podemos, mami? ¿Por favor?
Su emoción es contagiosa, burbujea por toda la habitación, y cuando vuelvo a encontrarme con la mirada de Jamie, es imposible no sonreír.
—Sí, claro que podemos.
La sonrisa de Jamie se ensancha y el alivio se apodera de su expresión. —Entonces es una cita —dice en voz baja.
Se me acelera el pulso ante la palabra « cita». Desde luego, se siente diferente a cuando lo decía Reese.
—Vale —digo, intentando sin éxito que no me tiemble la voz—. Una cita.
—Mami, ¿podemos ver dibujos? —pregunta Ella, rompiendo la tensión por suerte.
—Claro, cariño —digo, agradecida por la distracción—. ¿Por qué no vas a elegir algo mientras me tomo el café? Iré enseguida.
Se baja del taburete, con la cara pegajosa de sirope, y camina hacia el salón. En cuanto deja de oírnos, Jamie y yo nos giramos el uno hacia el otro y hablamos a la vez.
—Sobre lo de anoche...
—Espero que no te importe que...
Nos detenemos, nos reímos con torpeza y él me hace un gesto para que hable yo primero.
—Solo iba a darte las gracias —le digo, rodeando la taza caliente con las manos—. Por cuidar de Ella esta mañana y dejarme dormir.
—Faltaría más —dice de inmediato—. Se ha despertado temprano y yo ya estaba en pie, así que... —Se interrumpe, frotándose la nuca—. Ella me ha enseñado dónde estaba todo. La niña ha nacido para enseñar.
—Eso lo ha heredado de ti —digo sin pensar.
Sus ojos se abren un poco. —¿De mí?
—Sí. ¿No te has dado cuenta? Se te dio genial enseñarle a Ella, y eres la única persona que fue capaz de hacer que ese problema de mates tuviera sentido para mí la otra noche —aclaro, recordando lo paciente que fue—. Tienes un don para explicar las cosas y hacer que se entiendan.
Frunce los labios y arquea las cejas, sorprendido. —Yo, esto... gracias. Significa mucho para mí.
—Es la verdad.
Bajo la mirada hacia mi taza mientras nos sumergimos en un silencio relativamente cómodo. Si no nos hubiéramos acostado, quizá sería un poco más fácil de gestionar.
—Tiff —empieza Jamie, inclinándose sobre la isla de la cocina—. Sobre lo de anoche... —susurra.
Inspiro con fuerza. Sabía que llegaría este momento. Sabía que teníamos que hablar de esto, pero entonces, ¿por qué me siento tan sorprendida?
La puerta principal se abre detrás de nosotros y el sonido de las llaves al caer sobre la mesa de la entrada hace que todos nos giremos.
—¡Tío Z! —grita Ella, prácticamente corriendo hacia él. Cuando lo veo, me quedo helada.
Zach está en el umbral con la misma ropa de ayer —vaqueros y su polo de St. Michael—, con el pelo alborotado, pero eso no es lo que me deja de piedra.
Es su cara.
Está sonriendo . No es esa expresión tensa y controlada que se pone ante los patrocinadores y periodistas. Es una sonrisa real, sincera y radiante que transforma todo su rostro y le hace parecer el primo que recuerdo de antes de que todo se desmoronara.
—¡Hola, princesa! —Coge a Ella en brazos y le da vueltas mientras sus ojos buscan los míos por encima de su cabeza. Hay un desafío ahí, retándome a decir algo—. ¿Has pasado una buena mañana?
—¡Jamie ha hecho tortitas! —anuncia—. ¡Con pepitas de chocolate! ¡Y esta noche vamos a ir a la feria!
—Eso suena genial. —La deja en el suelo, revolviéndole el pelo—. ¿Sabes qué más suena genial? Los dibujos. ¿Crees que puedes enseñarme cuáles vamos a ver hoy?
Ella asiente con entusiasmo. —Es Sir Peepers, el loro que habla.
—¿Te refieres al loro que la princesa Blanca congeló por accidente en su bañera? —Ella asiente—. ¿Ahora tiene su propia serie? Bueno, esto tengo que verlo. ¿La pones y voy en un minuto?
Ella suelta una risita, dirigiéndose ya hacia el sofá. —¡Vale!