20. Capítulo 20
Tiff
M e despierto por un chillido agudo.
—¡Ella! —grito, saltando de la cama y dirigiéndome directa a la puerta.
—¿Estás...? —Con la mano en el pomo, me detengo, dejando que los latidos de mi corazón se ralenticen lo suficiente para que mi cerebro pueda pensar.
La oigo de nuevo, solo que esta vez se está riendo.
—Está bien —me susurro a mí misma.
Entonces oigo una risa más profunda, una que definitivamente no es la de Zach.
Es la de Jamie.
Sonrío distraídamente antes de mirar por encima del hombro y comprobar la cama.
No está aquí. Está abajo, con ella.
Apoyo la cabeza en la madera y cierro los ojos, intentando acostumbrarme a la idea de que alguien más aparte de mí puede cuidar de ella. Ya no estoy sola, pero a mi cuerpo todavía le cuesta aceptarlo.
Girándome contra la puerta, apoyo la espalda en ella y miro la hora.
9:17 de la mañana.
Hace años que no duermo hasta tan tarde, pero lo necesitaba. Me duele el cuerpo y, aunque he dormido ocho horas, me siento destrozada.
Tengo agujetas de la mejor manera posible.
Las piernas todavía me flaquean por el simple hecho de ponerme derecha, y tengo que tomarme mi tiempo mientras vuelvo a la habitación para buscar una de mis sudaderas del North Central High porque sigo sintiéndome un poco mareada.
Incluso ponerme los leggings es un desafío.
Uno ante el que tengo que rendirme y sentarme para terminarlo.
La voz profunda de Jamie resuena desde abajo, y cierro los ojos, dejando que el sonido de su voz me invada.
¿Es patético pensar que ayer fue todo lo que no sabía que necesitaba de un chico en el que nunca pensé que podría confiar?
El pensamiento se asienta con pesadez en mi pecho, seguido de una oleada de ansiedad.
No solo me destrozó físicamente; también me destrozó emocionalmente.
Jamie dijo que me quería, pero no estoy segura de si lo decía en serio o si fue solo por el calor del momento.
Puedo admitir que lo de anoche pareció mucho más que sexo. Jamie y yo tenemos esta conexión innegable que va más allá de tener una hija juntos. Sentí esa misma chispa cuando estábamos en la biblioteca antes siquiera de que Ella existiera.
Es la única razón por la que mandé la precaución al viento y me acosté con él esa noche.
¿Pero llamarlo amor? Eso parece demasiado, demasiado rápido, y me preocupa que la única razón por la que piensa eso sea porque soy lo primero que ha experimentado desde que se alejó de su padre.
¿Qué pasará cuando experimente la libertad de verdad? ¿La clase de libertad que no incluya a su hija?
Me muerdo el labio inferior, esperando que el dolor de eso detenga la ansiedad que me bulle en el cerebro.
¿Puedo confiar en él?
Suelto el aire y sacudo la cabeza.
¿Por qué me empeño siempre tanto en ser infeliz?
Aquí estoy con un chico que está haciendo todo lo posible para demostrar que quiere quedarse, y yo todavía estoy esperando a que se marche.
¿Soy yo? ¿Es que no puedo ser feliz?
Madison y Zach dirían que sí, pero ellos no han pasado por lo que yo he pasado. Su familia nunca los abandonó. Ambos han contado con apoyo y les va de maravilla.
Yo solo soy una chica con una niña que vive con su primo porque no puede permitirse vivir por su cuenta.
¿Cómo puede Jamie querer eso?
Con una respiración profunda, aparto todos esos pensamientos y salgo por la puerta. No tiene sentido darle vueltas a sentimientos y cosas que no puedo cambiar.
Al salir de la habitación, me quedo helada, maldiciendo a Zach entre dientes por haber instalado un espejo enorme justo delante de mi puerta.
Tengo una pinta horrible.
El pelo revuelto, los labios hinchados y los ojos tan abiertos que parece que me han deslumbrado con las largas. Supongo que así es como me siento después de anoche. Una cita con Reese, que terminó con Ella en la bañera, y luego mi intimidad con Jamie. Es demasiado para mí.
Sujetando la barandilla con la mano, bajo las escaleras, para detenerme a mitad del camino al ver lo que está pasando.
Jamie está ante los fogones de espaldas a mí, dándole la vuelta a lo que parece ser una tortita con forma de animal. Lleva ropa de Zach y todavía tiene el pelo alborotado por el sueño.
Mientras tanto, Ella está sentada en la isla de la cocina con las mejillas manchadas de sirope mientras balancea los pies contra el armario. Su sonrisa es enorme mientras lo observa con total atención.
—Tienes que darle la vuelta muy rápido —le instruye con seriedad—, o se le pegarán los bigotes al Sr. Mordiscos.
—¿Así? —pregunta Jamie, ejecutando un giro perfecto que hace que Ella dé palmas de alegría.
—¡Sí! ¡Lo has hecho!
—Todo gracias a tus excelentes enseñanzas —dice él, deslizando la tortita en un plato que ya tiene una pila de ellas—. Ahora, ¿deberíamos hacer una más para mamá, o crees que se va a pasar el día durmiendo?
—Mamá nunca se pasa el día durmiendo —le informa Ella con seguridad—. Dice que dormir es para la gente que no tiene cosas que hacer.
Jamie tensa ligeramente los hombros ante eso, y puedo imaginar su expresión aunque no vea su cara. Es otro recordatorio de todo lo que se ha perdido; de todo lo que no sabe sobre nuestro día a día.
—Bueno —dice con ligereza, recuperándose rápido—, quizá hoy se merezca quedarse un rato más en la cama. Trabaja muy duro.
—Es verdad —asiente Ella, arrancando un trozo de la tortita que tiene al lado y comiéndosela.
Tiene las manos cubiertas de sirope, y por mucho que quiera decirle que use un tenedor, no lo hago.
Quiero que disfruten de este momento—. Me ayuda con las letras y estudia para sus exámenes por la noche cuando yo estoy durmiendo.
El tío Zach dice que es la mejor mamá de todo el mundo.
—Creo que podría tener razón —dice Jamie suavemente.
—Reese dice que mamá es una superheroína —continúa Ella, ajena al efecto que ese nombre le produce a él—. Dice que puede hacerlo todo.
Jamie se queda paralizado un momento, sosteniendo la espátula sobre la sartén. —¿Ah, sí? —pregunta en voz baja—. Eso tiene sentido.
Luego deja la espátula y se gira hacia ella, forzando una pequeña sonrisa. —¿Sabes qué? Creo que tu madre ha usado algunos de sus superpoderes esta mañana.
Ella ladea la cabeza, imitándolo.
Dios, son tan parecidos.
Supongo que nunca me había dado cuenta porque no había pasado tiempo con Jamie antes, pero él es el padre, y ella es muy suya.
—¿Qué ha hecho? —pregunta ella.
Jamie le toca la nariz ligeramente. —Ha usado sus poderes para hacer desaparecer estas tortitas. ¿Cómo si no explicas que yo no pare de hacerlas, pero la pila no crezca?
Ella suelta una risita, levantando sus manos pegajosas. —¡Yo he ayudado!
—¿Ah, sí? —bromea él con una expresión de fingida sorpresa justo antes de hacerle cosquillas—. Entonces supongo que eso significa que eres su compañera de aventuras.
Jamie levanta a Ella mientras ella chilla de risa, y le hace cosquillas hasta que se le entrecorta la risa por el hipo.
Me apoyo contra la barandilla, sintiendo un vuelco en el corazón ante la escena. Los dos, riendo, cubiertos de azúcar, parecen una familia. Mi familia.
Mierda. ¿Acabo de pensar eso?
Me trago las implicaciones de ese pensamiento.
Mi familia.
Él es de ella. Ella es de él, pero ¿soy yo de ellos ?
—¡Mami! ¡Te has despertado! —Ella irradia alegría al verme.
Jamie vuelve la cabeza, su sonrisa flaquea solo un instante antes de suavizarse de nuevo.
—Hola —dice—. Estábamos hablando de tu identidad secreta.
Termino de bajar las escaleras justo cuando Ella se zafa de sus brazos y corre hacia mí. —Jamie ha hecho tortitas de Iced Out y yo he ayudado. No te he despertado porque él ha dicho que necesitabas dormir mucho.
—Ha sido un detalle muy amable por parte de los dos —digo, acercándome para darle un beso en la coronilla. Le compruebo la frente mientras lo hago: fría al tacto, ni rastro de la fiebre de anoche—. ¿Cómo te encuentras esta mañana, cariño?
—¡Mucho mejor! —declara ella.
Levanto la vista y veo a Jamie mirándonos, y puedo sentirlo. La adoración en sus ojos.
No puede ser real, ¿verdad?
Rápidamente vuelve a centrar su atención en la sartén.
—Hemos estado haciendo tortitas del Sr. Mordiscos —dice Ella, radiante de orgullo.
—Ya lo veo. —La siento en la encimera, al lado del plato de tortitas y de su peluche de zorro, el Sr. Mordiscos—. Tienen una pinta deliciosa.
—¿Quieres un café? —se ofrece Jamie, echando ya mano a una taza—. Yo, esto, espero que no te importe que ya haya preparado uno. Y el desayuno. Probablemente debería haber preguntado primero, pero dormías tan plácidamente y Ella tenía hambre, así que...
—Está perfecto —le aseguro, aceptando el café con una sonrisa. Nuestros dedos se rozan durante el intercambio, e incluso ese breve contacto me produce un pequeño escalofrío por la espalda—. Gracias.
Sus ojos se encuentran con los míos y siento que el cuerpo se me calienta mientras sonrío sin querer. —De nada.
Estar en su presencia hace que sea mucho más difícil olvidar lo que pasó entre nosotros anoche. El tacto de sus manos contra mi piel y cómo besó cada parte de mi cuerpo que me acompleja.
Trago saliva, sintiendo el calor acumulándose en una zona que ciertamente no debería mientras tenemos tortitas de por medio.
Maldito sea.
Simplemente tiene esa forma de hacerme sentir sexy con una sola mirada.
—Mira, Jamie. Me lo he comido todo. —Ella le enseña su plato de la Princesa Blanca, muy pegajoso y muy vacío; luego me mira a mí—. Jamie me ha dicho que tenía que desayunar antes de poder ir al fútbol.
—Fútbol para prebenjamines —aclara Jamie, dándole la vuelta a una tortita—. ¿Me ha dicho que por lo visto hoy hay un torneo?
—El partido del campeonato —corrijo, dando un sorbo al café. Está dulce, tal como me gusta—. Lleva toda la semana entusiasmada con el partido.
—¿Puede venir Jamie? —pregunta Ella, mirándonos a los dos con esos grandes ojos verdes—. ¿Por favor? Se le da muy bien enseñarme a atrapar la pelota.
—Me encantaría que estuvieras allí —digo suavemente, encontrándome con su mirada por encima de la cabeza de Ella—. Si quieres venir.