The False Start (The Four Quarters Collection 3) 5. Capítulo 5
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5. Capítulo 5

Jamie

Actualidad

P adre: No me pongas a prueba, hijo. Si vas contra mí, me aseguraré de que no te quede nada.

Me quedo mirando el mensaje de mi padre y tomo un sorbo de café; a estas alturas, su amenaza apenas me afecta. No es como si no lo hubiera oído todo antes.

Vuelve a presionarme y te enseñaré lo que pasa.

Fállame ahora y me aseguraré de que el fracaso te persiga siempre.

Si me obligas a actuar, no dudaré en terminar lo que tú empezaste.

Cada día es otra amenaza manida de un hombre que confunde el control con el amor. No me quiere. Quiere lo que yo hago por él, y esa es la parte que más me duele, ya que he pasado la mayor parte de mi vida intentando convertirme en su viva imagen.

Qué pérdida de tiempo fue aquello. Como si alguna vez pudiera estar a su altura.

Dejo el café sobre el mantel de cuadros rojos del restaurante temático más agresivamente acogedor en el que he puesto un pie. Parece el sueño húmedo nostálgico de alguien sobre la América profunda, y mi idea habitual del infierno, pero estoy aquí y no tengo intención de irme.

Llega otro mensaje con el nombre de mi padre.

Ignorar.

Ha pasado una semana desde que llegué, y durante siete días enteros lo he estado ignorando. Sus mensajes, sus llamadas... todo, y es jodidamente liberador. Patético, en realidad, ya que es uno de los pocos actos de rebeldía que he hecho jamás.

Él no está aquí. No sabe dónde estoy, pero aun así, me sorprendo escrutando a la multitud, tensándome cada vez que veo un SUV negro, esperando a que uno de los guardaespaldas de cara inexpresiva de mi padre se materialice y me arrastre de vuelta a Southern Collegiate.

No va a pasar.

No cuando tengo el mapa del campus de St. Michael mirándome desde la pantalla del ordenador. Las clases empiezan pronto, y todavía me pregunto si tendré las narices de presentarme en la universidad donde Zach Evans es considerado la realeza del fútbol americano.

Tres días. Tengo tres días hasta que empiecen las clases, y necesito estar oficialmente trasladado.

Quiero estar aquí, necesito estar aquí.

¿Entonces qué me impide pulsar el botón?

—¿Más café, cielo? —La camarera, Sandy, según su placa, se acerca con una jarra. No tengo corazón para decirle que sabe a ácido de batería, así que, en su lugar, asiento con la cabeza.

—Claro. Gracias.

Me rellena el café con una mirada de lástima. Sí, lo sé. He estado aquí el tiempo suficiente como para convertirme en parte del mobiliario, pero ¿acaso no se nota qué aspecto tiene alguien que camina voluntariamente hacia el fuego para quemar su vida hasta los cimientos?

Mientras ella se aleja, arrastro el dedo por el ratón táctil y abro la solicitud de traslado de St. Michael.

He estado trabajando en ella desde que descubrí dónde estaba Tiff.

Todo está listo. Las referencias están puestas, los expedientes académicos cargados...

simplemente no he hecho clic en el botón.

Un clic. Eso es todo lo que hará falta para lanzar la bomba nuclear y destruir lo que quede de mi relación con mi padre.

Seré el primer «Nicks» que no termine su carrera en Southern Collegiate.

El primero en no hacerse socio para los treinta y cinco.

El primero en no casarse con la chica que me habían buscado.

Solo un clic y puf… todo habrá desaparecido.

Mi dedo revolotea sobre el botón de enviar.

¿Me atrevo?

Tengo que hacerlo en algún momento, así que ¿por qué no ahora?

Buzzz. Buzzz. Buzzz.

Hago una mueca ante mi estúpido teléfono. Esta vez no es mi padre.

Llamada de Asher

Ah, sí, Thatcher «Asher» Hastings lleva intentando llamarme desde las siete de esta mañana, y cada vez lo he desviado al buzón de voz. Asher siempre ha sido uno de mis amigos más cercanos, pero forma parte de la vida de la que quiero escapar.

El privilegio conlleva un poder que ya no deseo.

Aun así, el teléfono vibra y sé que es un cabrón persistente. Si no respondo, no parará y, sinceramente, me vendría bien una distracción.

Pulso aceptar y me llevo el teléfono al oído. — ¿Dime?

—Por fin —La voz profunda de Asher suena cortante de frustración—. Llevo llamándote toda la mañana. ¿Qué demonios te pasa, tío?

—He estado ocupado —murmuro, mirando la pantalla de mi portátil, releyendo la solicitud de traslado que me sé de memoria.

—¿Ocupado haciendo qué? ¿Pajeándote con tus trágicas elecciones de vida? —Su tono destila burla—. Porque tu padre no deja de abrasarme el teléfono preguntando si he sabido algo de ti.

Me reclino contra el asiento de vinilo, haciéndolo chirriar. —¿Y qué le has dicho?

—Que probablemente estés haciendo el gilipollas dramático en alguna parte, lo cual —sorpresa— parece ser cierto. —Hace una pausa y casi puedo verlo pasándose una mano por su pelo perfectamente repeinado de pijo—. Mira, sabes que te quiero como a un hermano, ¿verdad?

—Ya empezamos.

Asher me ignora. —Bueno, como tu bro , te pido que llames a tu padre. Pronto. Estoy harto de poner excusas por tu lamentable culo.

Una risa amarga sube por mi garganta. —Eso tiene tela viniendo precisamente de ti.

—¿Perdona?

—No te hagas el tonto, Asher. Te ayudé a «secuestrar» a esa chica con la que estás obsesionado. La que, por cierto, no quiere saber nada de ti. Así que a lo mejor deberías bajarte del pedestal antes de darme lecciones sobre…

—Eso tiene tela viniendo de ti. Recuérdame, ¿no le diste a la madre de tu hija mi nombre la noche que la dejaste embarazada?

Aprieto el teléfono con más fuerza mientras mi otra mano arruga una servilleta a mi lado. —Sí, pero por eso estoy aquí intentando arreglar mis errores en lugar de tirarles dinero encima. Eso es más de lo que puedo decir de ti.

Asher suspira. —Claro, San Jamie. ¿Debería nominarte para Padre del Año ya o espero a que te presentes de verdad para su cumpleaños? Dime, ¿valió la pena dejar a Honey por todo esto?

La servilleta es ahora una bola. —Al menos lo estoy intentando de marras —siseo—. A diferencia de ti. Tú naciste con una cuchara de platino tan metida en el culo que te toca las amígdalas y te hace creer que puedes tener a cualquiera cuando, claramente, no te quieren.

Oigo a Asher soltar un resoplido y el silencio se extiende entre nosotros.

—¿Has terminado? —pregunta Asher. Ya está acostumbrado a mis arrebatos. A veces no puedo evitarlos. Es la única persona que conoce la verdad, lo que significa que le toca cargar con muchísimo más equipaje que la mayoría.

—Probablemente no. —Me paso la mano libre por la cara—. Pero no tengo energía para seguir.

—Menos mal, porque sabes que yo no soy el enemigo aquí, ¿verdad? Intento ayudarte. Tu padre no sacará ninguna información de mí. Solo quiero ayudar… monetariamente o de otra forma.

—Lo siento, Asher. Sé que me estoy portando como un imbécil. —La confesión me sabe amarga en la lengua—. Solo que… —Me interrumpo, sin saber cómo explicar el peso constante que me oprime el pecho.

—¿Qué tienes planeado, hermano? —El tono de Asher se suaviza—. Necesito saber si quieres que acceda a esos fondos secretos que tenemos.

Ah, sí, las cuentas con todo el dinero que solíamos usar para aquellas estúpidas apuestas que hacíamos en el instituto.

Una notificación de tiempo de espera aparece en la pantalla.

¿Sigues trabajando en tu solicitud?

Se cerrará la sesión en 60 segundos debido a la inactividad.

Pulsa «Continuar» para mantener la sesión iniciada.

El temporizador está en cuenta atrás.

—Voy a pedir el traslado —digo finalmente—. A St. Michael.

—¿Qué? —La palabra explota a través del altavoz—. ¿Te has vuelto loco? Tu padre va a…

—¿Perder los estribos? Sí, cuento con ello. —Muevo el dedo por el panel táctil hasta el botón de «Continuar»—. He terminado, Asher. He terminado con todo. He terminado de dejar que él controle cada puto aspecto de mi vida. He terminado de intentar encajar en su legado .

Siento esas dos últimas palabras en lo más profundo de mi alma.

Su legado… no el mío. Nunca será el mío. No de verdad.

—¿O sea que vas a renunciar a todo por una hija de cuya existencia te enteraste hace solo seis meses? —No es descortés. Me está lanzando a la cara la realidad de lo que estoy haciendo. Lo que estoy eligiendo. Sin dinero. Sin apoyo. Nada.

Tendré que averiguar de algún modo cómo salir adelante por mi cuenta.

Igual que Tiff.

—Mira, lo entiendo. Intentas hacer lo correcto, pero dinamitar todo tu futuro…

—¿Qué futuro? —lo interrumpo—. ¿Aquel en el que me caso con una chica a la que no quiero, trabajo en un bufete que odio y finjo ser alguien que no soy? —Niego con la cabeza aunque él no pueda verme—. Eso no es un futuro, Asher. Es una puta condena de prisión.

—Vale, pero…

—He encontrado algo que importa —lo corto de nuevo—. Algo real. Por primera vez en mi privilegiada y vacía vida, realmente me importa un comino algo más allá de la próxima fiesta o el saldo de mi fondo fiduciario.

—Lo pillo. Solo que no sé si la solución a la relación con tu padre es huir a Indiana. —El escepticismo gotea de cada palabra.

El calor me sube por el pecho. —Intento ser padre. Conocer a mi hija. Para…

La campana sobre la puerta tintinea antes de que pueda terminar la frase y levanto la vista por hábito.

En ese momento mi corazón se detiene.

Joder.

¿Qué demonios hace ella aquí?

Tiff.

¿Y qué va a pensar cuando me encuentre aquí?

Va a pensar que la estoy acosando. Que he estado vigilando cada uno de sus movimientos desde que aterrizó mi avión y, aunque sea verdad en cierto modo, no quiero que se entere.

Me agacho, usando una de las plantas artificiales que hay sobre mi reservado como cobertura. Luego agarro mi gorra de los Carolina Catfish y me la encasqueto en la cabeza.

Debería irme. Debería salir a hurtadillas justo cuando la camarera le ofrece mesa, pero mi cuerpo no se mueve.

En cambio, me descubro observándola.

Lleva vaqueros y un jersey de punto grande, con el pelo suelto sobre los hombros, igual que aquella noche. La noche que la conocí. La noche que, por lo visto, intenté olvidar.

Porque mi cerebro sabía que nunca conseguiría nada mejor.