The False Start (The Four Quarters Collection 3) 3. Capítulo 3
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3. Capítulo 3

Tiff

H ace cuatro años - El verano previo al penúltimo curso de instituto

—¿Estás segura de que deberíamos estar aquí?— Me coloco el bolso sobre el estómago porque un disfraz de payaso sería más apropiado que el top corto blanco y los vaqueros que llevo puestos.

Mi prima Madison se detiene en seco y me analiza el conjunto. —Estás bien. Sexy, incluso, así que no sé por qué no dejas de quejarte.

Qué fácil es decirlo para ella; Madison es el tipo de chica guapa que no tiene que esforzarse. Es alta, rubia, vibrante, segura de sí misma y todo lo que les gusta a los tíos.

Yo, en cambio, solo soy la chica callada a la que le gusta pasar desapercibida, y a la que solo prestan atención por sus respuestas sarcásticas ante las gilipolleces del instituto que tengo que aguantar.

—¿Bien? —Arqueo una ceja, agitando las manos hacia ella.

—Habría estado bien saber que planeabas ponerte un vestido de gala esta noche.

—Señalo su vestido negro y, sí, estoy exagerando un poco, pero lo que digo es cierto.

Parece una diosa sin esfuerzo, mientras que yo parezco recién salida de un coma de Netflix.

—Oh, por favor, solo me he puesto esto porque Henry me dijo que le gustan los vestidos negros y quiero que se arrepienta de cada pequeña cosa que ha hecho. Créeme, preferiría mil veces ir en vaqueros ahora mismo.

—¿A Henry le gustan los vestidos negros? —pregunto con una ceja levantada. —¿De verdad vamos a seguir fingiendo que el motivo por el que estamos aquí no es para cabrear a tu ex?

Me responde con un gruñido mientras me coge de la mano y procede a arrastrarme por la mansión. Vale, supongo que seguimos viviendo en la negación. Suelos de mármol, techos de catedral... este lugar apesta a dinero y a juicios, dos cosas de las que ando desesperadamente escasa.

—¿Cómo has conseguido que te inviten a este sitio? —susurro mientras pasa por nuestro lado otro niño rico con una camisa elegante, frunciendo el ceño mientras me observa.

Ya lo sé; parezco ridícula, ¿vale? No hace falta que me lo recuerdes.

—¿Está Dash aquí? —Busco entre la multitud al mejor amigo de su hermano, pero no lo encuentro. Sorprendente, ya que es una de las personas más altas que he conocido. —¿Le has contado ya a Cade el «momento» que tuvisteis después de que Dash le diera una paliza de muerte a Henry por ti?

—No hubo ningún momento.

—Ah, ¿entonces por qué esperaste a que Cade estuviera dormido para llamarme y contármelo?

Madison se detiene bruscamente de nuevo para fulminarme con la mirada con toda la intención. No dice nada. No hace falta. Sé que estoy jugando con fuego al mencionarlo.

—¿Pasa algo, prima? —pregunto inocentemente mientras intento ocultar mi sonrisa burlona.

Ella pone los ojos en blanco y sacude la cabeza mientras se sonroja.

—Dash es... da igual. No está interesado en mí, y yo no estoy interesada en perseguir a tíos que no muestran interés.

—Enfatiza su punto de vista echándose su melena rubia por encima del hombro y dándole un aire más arrogante a su paso.

—Vaya, pues qué interesante.

Traducción: Dash la ama, pero tiene demasiado miedo de su hermano como para dar el paso. Es tan obvio. Es la única persona que he visto escuchar una historia entera de Madison sin aburrirse.

—Por si te sirve de algo, Brett nos invitó. Conoce a un tío que conoce al tío que es el dueño de este lugar.

—Parece legítimo —digo con tono impávido.

Cuando Madison me suplicó que viniera esta noche como su amortiguadora, me esperaba que la fiesta fuera en un patético sótano con beer pong, suelos pegajosos y el arrepentimiento macerando en el aire.

En su lugar, estoy paseando por una maldita mansión donde los coches aparcados fuera probablemente cuestan más que la casa de mis padres. Demonios, más que toda mi vida.

—Dale diez minutos. Si es terrible y no encontramos a Henry, nos iremos y veremos una película o algo así.

—Vale.

Dos horas después, Madison sigue sin encontrar a Henry y estamos de pie junto a la piscina como extras no deseados en la porno de otro. Hay cuerpos retorciéndose en el agua, sin dejar nada a la imaginación sobre lo que está pasando debajo.

Sin embargo, mi prima ignora por completo las escenas acuáticas para adultos. Baila de puntillas, escudriñando a la multitud en busca de un tío que, si somos brutalmente sinceros, probablemente no sabría reconocerla en una fila de solo dos personas.

Pero ¿qué diablos sabré yo?

Solo soy la prima que sirve de apoyo emocional. No voy a su instituto, así que nunca he visto realmente cómo la mira ese tío.

—¡Oh! ¡Ahí está! —Aplaude emocionada, prácticamente vibrando ante la oportunidad de enseñarle su «vestido de la venganza».

—Por fin, joder —murmuro, sin molestarme en ocultar mi desdén.

Sinceramente, Madison aprovecharía mucho mejor su tiempo en cualquier otra parte y por cualquier otra parte me refiero a con el melancólico e imponente jugador de hockey que está en la esquina de la sala y que ha estado fielmente al lado de su hermano toda la noche.

Señala con el dedo a un capullo que luce lo que solo puede describirse como un desastre hortícola en la cabeza.

Una fregona de pelo castaño y rizado brota de un rapado lateral.

Mi madre, en su infinita sabiduría de mujer de las afueras, lo llama el «corte brócoli», pero yo siempre he pensado que «alpaca que ha metido la polla en un enchufe» es más preciso.

Sea como sea, es algo mono, pero no le llega a Dash ni a la suela de los zapatos.

Quizá eso fue lo que hizo que se interesara por él en un principio.

Su ex inclina la barbilla en nuestra dirección, que es el gesto universal de «te veo pero me importas una mierda como para querer interactuar contigo». Nada de saludar con la mano. Nada de sonrisas. Lo típico de un ex.

—Vamos. Vayamos a enseñarle lo que se está perdiendo. —Entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí hacia él. Cuando me resisto, se da la vuelta, con la confusión reflejada en su rostro. —¿Qué pasa?

—Nada —miento, pero realmente no soporto la idea de tener que ver a mi prima intentar razonar con un tío que piensa que ese corte de pelo es atractivo. Como no quiero ofender a Madison porque la quiero con locura, señalo hacia atrás con el pulgar. —Solo necesito mear.

—Vale. Iré contigo.

Niego con la cabeza, soltándome de su mano. —No, no. No te preocupes por mí. Estaré bien. Encontraré uno de los dieciséis baños que hay en este lugar y luego te busco.

Me mira fijamente durante unos segundos. Sé por qué. Nunca se me ha dado bien conocer gente nueva y odio que me dejen sola en las fiestas. Sin embargo, mi necesidad de alejarme de tanta vergüenza ajena gana la partida.

—¿Segura? —Sus ojos ya se desvían hacia el grupo de chicos amontonados cerca de la improvisada barra. Un momento, ¿ todos tienen ese corte de pelo? Me alegro de no ir a su instituto.

—Ve. —Fuerzo una sonrisa, dándole un empujoncito. —Estoy bien. Te llamaré si me pierdo.

—Vale. Te quiero. —Me besa en la mejilla antes de desaparecer entre la multitud. La música retumba y los bajos vibran en mis costillas justo cuando una brisa fría me recorre el abdomen al aire, recordándome que no pertenezco a este lugar.

Exhalo un suspiro largo y cansado. Debería haberme quedado en casa.

Examino rápidamente cada puerta por la que paso y pronto mi búsqueda del baño se convierte en lo más entretenido de la noche.

Al menos aquí puedo admirar muebles hermosos en lugar de hablar con jugadores de hockey cuyos pensamientos más profundos giran en torno al manejo del stick y los batidos de proteínas.

Cuando por fin encuentro un baño, me quedo allí sentada más tiempo del necesario y reviso las redes sociales para perder un poco más de tiempo.

Cuando he reunido el impulso suficiente para volver a salir, salgo del baño e intento encontrar el camino de vuelta a la piscina.

Una tarea difícil cuando el lugar es tan grande.

En serio, creo que me he perdido. Debería haberme dejado migas de pan.

Cuando abro otra puerta, me quedo sin aliento. Es una biblioteca. La más grande que he visto en mi vida. Montones y montones de libros preciosos están alineados esperando a ser leídos.

No puedo evitarlo; entro.

—Madre mía —susurro, dirigiéndome al centro de la sala para poder ver lo grande que mide. La habitación está tan silenciosa que puedo oír mis propios pasos.

Este es el tipo de fiesta al que podría acostumbrarme.

Saco el móvil para hacer fotos, necesitando grabar este lugar en mi memoria.

Mientras grabo, oigo alguna discusión afuera y creo oír a alguien decir «cariño», pero lo ignoro en su mayor parte. No es asunto mío ni mi problema. Solo me alegra estar aquí.

—No te había visto nunca por aquí.

La voz surge de la nada. Me estremezco, girándome demasiado rápido, y el móvil se me resbala de los dedos.

Golpea el suelo de madera con un golpe seco. Registro el sonido, la vibración, el hecho de que probablemente debería recogerlo... después nada de eso importa.

Porque él está ahí mismo.

La prueba viviente de que la genética puede ser terriblemente injusta... de la mejor manera posible.

Alto, con unos hombros que tensan su camisa de botones y una mandíbula que parece esculpida en mármol, es el chico más guapo que creo haber visto nunca.

Parpadeo una vez. Dos veces, pero nada cambia.

Sigue allí, observándome intensamente. Su boca tiembla apenas un poco, como si estuviera debatiendo si decir algo más o dejar que me recupere.

—Lo siento —digo, mientras él da unos pasos hacia delante y recoge mi móvil—. No estaba fisgoneando. Solo quería alejarme de la multitud un minuto y los libros me han distraído.

Se incorpora lentamente, con mi móvil descansando en su palma mientras me analiza.