TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Todos cargamos, de un modo u otro, con lo que este pueblo le hizo a esta niña —dijo, mirando a los pocos vecinos presentes—.

La familia Duarte cargó el peso más pesado, el del silencio directo.

Pero el miedo que empezó todo esto no nació en esta casa.

Nació aquí afuera, entre todos nosotros, y ahí también debería terminar hoy.

Elena, cuando le tocó hablar, no preparó nada de antemano. Simplemente dijo lo que había querido decir desde la noche del cuarto sin ventana.

—Te llamabas Camila. Nunca fuiste un secreto que mereciera esconderse. Espero que, dondequiera que estés ahora, sepas que finalmente alguien te dijo tu nombre en voz alta frente a todo el pueblo que alguna vez te tuvo miedo.

Sofía, a su lado, sostenía a Ceniza el gato de porcelana con las dos manos, y en algún momento de la ceremonia, sin que nadie se lo pidiera, empezó a tararear bajito una melodía sin letra, simple, la misma que Elena había escuchado la segunda noche en la casa y que nunca supo, hasta ese momento, que Sofía también conocía.

Los meses que siguieron a la ceremonia tuvieron el ritmo lento y reparador de una convalecencia.

Sofía volvió a la escuela sin ningún incidente que sus padres pudieran atribuir a la casa, floreciendo en las amistades nuevas con una facilidad que a Elena le recordaba, con una punzada agridulce, lo resistentes que son los niños incluso después de haber presenciado cosas que ningún adulto lograría procesar del todo.

Mateo terminó de reparar, uno por uno, los desperfectos de la casa que habían ignorado las primeras semanas, y cada arreglo, cada bisagra aceitada, cada cerradura reemplazada, parecía devolverle a la estructura algo de la normalidad que llevaba sesenta años sin tener del todo.

Decidieron quedarse. No fue una conversación larga ni dramática, sino algo que ambos, Elena y Mateo, entendieron casi al mismo tiempo, unas semanas después de la ceremonia, mientras veían a Sofía jugar en el jardín trasero con dos niñas del pueblo que había conocido en la escuela, riendo de un modo que no habían escuchado en meses.

—Podríamos volver a la ciudad en un par de meses, como planeábamos —dijo Mateo, una noche, en el porche donde meses atrás habían discutido sobre abrir la puerta sellada—. O podríamos quedarnos aquí, de verdad, no como un refugio temporal, sino como nuestra casa.

—Nuestra casa —repitió Elena, probando cómo sonaba la frase en voz alta después de todo lo que habían atravesado bajo ese mismo techo.

—Ya no le tengo miedo —dijo Mateo—. Es raro decirlo después de todo lo que pasó, pero ya no siento lo mismo al subir esa escalera. Se siente como cualquier otra casa vieja ahora.

Elena asintió, aunque una parte pequeña de ella, la misma parte que había aprendido a notar los detalles que los demás pasaban por alto, se preguntó si "cualquier otra casa vieja" era del todo exacto, o si simplemente habían aprendido a vivir con lo que quedaba, del mismo modo en que un pueblo entero había aprendido a vivir con un secreto durante décadas antes de que alguien se atreviera a desenterrarlo.

Mateo consiguió trabajo, meses después, ayudando a Herminio con las instalaciones eléctricas de las casas del pueblo, un trabajo modesto pero estable que le devolvió algo de la dignidad perdida en la quiebra del negocio.

Le gustaba, descubrió con cierta sorpresa, el ritmo del trabajo manual honesto, las manos ocupadas, los problemas concretos con soluciones concretas, tan distinto de la ansiedad constante de administrar un negocio propio al borde del colapso.

Elena empezó a dar clases de apoyo escolar a algunos niños del pueblo por las tardes, incluidas las dos amigas nuevas de Sofía, y descubrió en la enseñanza una calma que no había sentido en ningún trabajo anterior, algo parecido a la sensación de estar, por fin, construyendo en lugar de sobrevivir.

La vida, de un modo lento pero real, empezó a parecerse otra vez a una vida normal.

Celebraron el cumpleaños de Sofía, el primero en la casa, con una fiesta pequeña en el jardín a la que asistieron sus nuevas amigas de la escuela, con globos atados a la misma reja donde, meses atrás, seis hombres furiosos habían amenazado a una mujer viuda sesenta años antes.

Elena, viendo a su hija soplar las velas rodeada de risas infantiles, a pocos metros del cobertizo donde durante sesenta años había descansado, sin nombre, una niña que nunca había llegado a cumplir doce años, sintió una gratitud tan intensa que le costó no llorar frente a los invitados.

La transformación del cuarto sin ventana había sido idea de Sofía, meses atrás, sugerida con una naturalidad que sorprendió a sus padres la primera vez que la propuso.

"Si nadie va a vivir ahí, deberíamos usarlo para algo bonito", había dicho, sentada a la mesa de la cocina una tarde cualquiera, como si la decisión fuera obvia.

Instalaron una ventana nueva, la primera que ese cuarto tenía en toda su historia, abierta hacia el jardín trasero, y pintaron las paredes de un amarillo suave que Sofía eligió ella misma en la ferretería del pueblo.

Doña Custodia, que resultó ser una tejedora experta además de tendera, se ofreció a enseñarle los sábados, y lo que había sido, durante sesenta años, el cuarto más temido de toda la casa, se convirtió, con el tiempo, en el lugar donde Sofía pasaba las tardes de fin de semana con más gusto.