TRES
—Dime otra vez por qué tengo que trabajar con él. —Harlowe se recostó en la silla de la sala de conferencias y miró el reloj de pared. Sabía que estaba actuando como una niña malcriada, pero no había pegado ojo en toda la noche.
Había pasado demasiado tiempo pensando en Zak y en sus muchos... talentos, y por eso se había despertado dolorida y necesitada esa mañana. Pero al menos tenía un plan. Él podía mirar todo lo que quisiera; no iba a dejar que la tocara.
—Porque sí. —La respuesta tajante de Kelsey la devolvió a la realidad.
—Espera, trabajo para ti, ¿verdad? No para TS. ¿No podrías explicarle lo de la nueva cuenta del brewpub que tengo que preparar para la serie de playoffs? Los plazos van a ser muy ajustados.
Kelsey no la miró mientras intentaba escaquearse del proyecto. Ambas sabían que si lo hacía, Harlowe la haría reír, y si conseguía hacerla reír, cabía la posibilidad de que cediera y la dejara salir por la puerta de la sala de conferencias y...
—Harlowe. Necesito que dejes a un lado tus sentimientos personales. Si esto no fuera tan importante, daría la cara por ti...
Harlowe suspiró.
—Eh, esa frase es mía.
—Lo siento. Pero no lo siento. No tiene derechos de autor, solo es patética. En fin, el asunto es este: Zak necesita a alguien que trabaje con él ya. No hay tiempo para investigar los antecedentes de alguien nuevo. Está montando una nueva sede, pero todavía no ha contratado personal de apoyo. Así que TS le ofreció tu ayuda. Lo siento. Ojalá pudiera solucionarte esto, pero sinceramente, ahora mismo eres la mejor opción para él.
Zak iba a quedarse en Pineville. ¿De forma permanente? Cerró los ojos. Vaya, necesitaba un minuto, quizá veinte, para asimilarlo. Y una copa bien cargada.
—Harlowe, ¿podemos contar con que seas profesional? ¿Puedes trabajar con Zak y dejar tus sentimientos personales al margen?
¿Qué tenía Zakary Carter que hacía que se le acelerara el corazón y se le dispararan las terminaciones nerviosas después de tantos años? No se merecía nada de eso. Tenía que encontrar la manera de hacer esto sin que él supiera cuánto la había destrozado.
Zak y TS entraron en la sala de conferencias. Kelsey los saludó, y Harlowe se quedó sin palabras, otra vez. El corte de la camisa de Zak y las mangas remangadas no dejaban lugar a dudas de que debajo había un cuerpo duro como una roca. Sus anchos hombros habían sido una de las muchas cosas que le habían encantado de su cuerpo. Y seguro que todavía tenía los abdominales que ella había pasado horas explorando. Y su trasero... bueno, Reese había tenido razón: era magnífico.
Mientras los hombres se acercaban a la zona del café, Kelsey centró su atención en Harlowe.
—Oye, conozco esa mirada. Diablos, seguramente es la misma cara que ponía yo cuando me di cuenta de que quería el cuerpo de Mav. —Se le escapó una risita antes de mirar por encima del hombro justo cuando Zak y TS se sentaban a la mesa. Kelsey bajó la voz—. ¿Puedes hacer esto por mí?
Maldita sea, no tenía elección. Harlowe miró hacia Zak, se recordó a sí misma el dolor y la inseguridad que él le había dejado, y se irguió en la silla. Podía hacer esto. Y el plan que había trazado la noche anterior para volverlo loco era su mejor opción de venganza, probablemente la única.
Zak podía mirarla y desearla todo lo que quisiera; ella le enseñaría lo que se había perdido y lo que jamás volvería a tener.
Decidida, Harlowe asintió.
—Sabía que podía contar contigo. —Kelsey sonrió y señaló a TS con la cabeza—. Tengo que hablar de algo con TS; quizá podrías aprovechar para darle la bienvenida a Zak antes de que empecemos.
Su jefa se dio la vuelta sin darle a Harlowe la oportunidad de negarse. Jugada inteligente. Intentó darse ánimos. Al no encontrar nada positivo a lo que aferrarse, contó hasta diez, esbozó una sonrisa tan falsa como forzada y buscó a Zak ahora que la sala se estaba llenando de asistentes.
—Si quieres pegarme, quizá podrías esperar a que todos se hayan ido, y te dejaré darme un puñetazo gratis, o dos. Hasta entonces, lo que sea que estés sintiendo, suéltalo. Ahora es tu oportunidad.
—Has vuelto. —Harlowe hizo una mueca ante lo patético de su comentario.
—Eso parece. —Zak cogió una taza, la colocó en la máquina Nespresso y la puso en marcha antes de volverse hacia ella.
Quería rebobinar el momento y empezar de nuevo. Sus pensamientos y sentimientos libraban una batalla campal, y ninguno le servía de nada en ese momento. Después de que él la dejara, había pasado horas soñando con lo que le diría si alguna vez tenía la oportunidad.
Pero los años perfeccionando su venganza se esfumaron en el momento en que él se plantó a su lado, con su loción de afeitado especiada haciéndole cosquillas en la nariz. No era exactamente la misma que recordaba de aquel verano lejano, pero el toque de sándalo bastaba para avivar sus recuerdos.
Harlowe negó con la cabeza y removió el café.
—¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? —susurró.
—Buenas preguntas las dos. Quizá deberíamos quedar esta noche. Yo...
—Eso no va a pasar. Acepté trabajar contigo. Mi tiempo fuera del trabajo es territorio vedado. —Harlowe le sostuvo la mirada inquisitiva. Reprimió el torbellino de emociones y fingió que él no significaba nada para ella. Solo otro compañero de trabajo. Podía hacer esto. Tenía que hacerlo.
—Daré lo mejor de mí mientras trabajemos juntos. No habrá nada personal entre nosotros, Zak. Cero. Lo nuestro no fue más que un parpadeo en mi pasado. Yo puedo con ello, ¿y tú?
—¿Eso es un desafío, Harlee?
Se le tensó la espalda al oír el apodo que solo él usaba. Un nombre que solía susurrarle durante las noches calurosas y las madrugadas contemplando el amanecer a través del ventanal del apartamento frente a la playa. Él había estado de permiso prolongado de los Marines, y la única forma en que podía permitirse aquella casa de verano de lujo era porque conocía a los dueños y le habían hecho un precio especial en el alquiler.
Se había convertido en su oasis y le había dado la falsa ilusión de un para siempre.
No había pretendido que sus palabras sonaran tan duras, pero quizá en el fondo era un golpe a su ego desmesurado. No podía dejar que él pensara que lo suyo aún ocupaba espacio en sus sueños. O que su último día juntos se repetía una y otra vez en su memoria cada verano.
Prácticamente se había mudado con él, pero el día que se marchó había sido una de las pocas veces que se habían quedado en el pequeño apartamento de ella junto al campus universitario. A menudo se preguntaba si él lo había planeado así para poder poner fin a lo suyo sin los momentos incómodos que sin duda habrían surgido si ella hubiera tenido que recoger las cosas que había dejado en su casa.
—He aprendido la lección, Zak. Ya no lanzo desafíos que no pienso cumplir. ¿Y tú? ¿Podrás trabajar conmigo y mantener esto en un plano estrictamente profesional? Porque te aseguro que ya no soy la joven ingenua que conociste hace nueve años —Harlowe se negó a apartar la mirada de su apuesto rostro mientras le decía lo que pensaba. No iba a permitir que la intensa atracción física que sentía hacia Zakary Carter volviera a arrastrarla.
Daba igual lo encantador que fuera. Daba igual la excusa que quisiera dar por haberla abandonado, y desde luego daba igual lo mucho más atractivo y sexy que se había vuelto.
Trabajaría con él porque no tenía otra opción, a menos que quisiera renunciar a su trabajo. Y no quería. Además, con esa lógica retorcida que todos tenemos cuando nos enfrentamos a un ex tras una ruptura desagradable, tenía algo que demostrar. Había sobrevivido perfectamente, muchas gracias, después de que el hombre que creía que sentía la misma conexión intensa que ella la dejara con un millón de preguntas.
Harlowe ya no necesitaba respuestas. Solo necesitaba aguantar las semanas que le llevaría ponerlo al día sobre la organización de los Outlaws y las crecientes amenazas que recibían sus jugadores estrella.
Kelsey llamó su atención y les hizo un gesto para que se unieran al resto del equipo. Harlowe volvió la mirada hacia Zak y lo encontró estudiándola. Tenía los ojos entrecerrados, los labios carnosos fruncidos en un gesto de concentración.
—Los dos hemos madurado desde entonces. Y tengo mucho que compensarte, mucho que explicar sobre por qué me fui. Pero si no me concedes tiempo después del trabajo, tendrá que ser ahora.
No quería escuchar una disculpa, no ahora. No cuando no podía gritarle y maldecirlo por haber destrozado su autoestima. Pero, fiel a su estilo, a Zak le daba igual lo que los demás quisieran, y la mantuvo cautiva con sus hipnóticos ojos castaño oscuro.
—Eres una de las razones por las que he vuelto a Pineville, Harlowe. Sabía que habías dejado Chicago y que te habías mudado aquí, pero no sabía que trabajabas para los Outlaws. Llámalo suerte, destino, lo que quieras, pero es una oportunidad que no pienso desperdiciar —levantó la taza de café recién hecho y dio un sorbo, todo sin romper el contacto visual.
Harlowe no tenía una respuesta rápida para la bomba que acababa de soltar. De hecho, no estaba segura de poder encontrar una aunque le dieran tiempo. Cuando la mirada de él bajó a sus labios, se dio cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta. Cerró la boca de golpe, agarró la taza y dio un sorbo para no tener que ver la sonrisa cómplice de Zak. La misma sonrisa que le había dedicado la noche que se conocieron. La noche en que él le lanzó un desafío similar, cuando su primo los presentó en el club donde ella y sus amigas celebraban que cumplía veintiuno.
Él le había invitado a una copa. Algo afrutado que disimulaba la barbaridad de alcohol que el camarero le había echado al enterarse de que era su cumpleaños.
—Juega a los dardos conmigo. Si ganas, te invito a otra copa —primer desafío lanzado.
Le había fascinado su condición de marine que luchaba por la libertad de su país. Era como algo salido de una película de acción. Desprendía un aire de peligro y misterio que alguien como ella, que nunca había salido de Idaho, jamás había conocido. Se había deleitado contemplando su cuerpo musculoso, su atractivo, y la sensación inmediata de protección que él le ofrecía sin saberlo.
Pero Zak era mucho más que un personaje plano. La cautivó con su falta de ego y su interés genuino por conocerla. Y la forma en que la miraba la hacía sentirse especial, como si fuera la única mujer en el club con la que quería estar. La impulsó a salir de su zona de confort. A perseguir esa emoción que llevaba tiempo anhelando; a perseguirlo a él.
—¿Y si pierdo, te invito yo a una copa?
Se lamió los labios y coqueteó abiertamente con un hombre al que apenas conocía pero por el que se sentía inmediatamente atraída.
Él la guió hacia la diana en la parte trasera del club, donde un grupo ruidoso de universitarios de fraternidad pasó junto a ellos tras haber acaparado la zona. En comparación, parecían jóvenes e inmaduros al lado de Zak. Él le había dicho que tenía veintiséis años y que solo estaba en la ciudad de vacaciones.
No importaba cuánto tiempo fuera a quedarse o si solo tendrían esa noche. Porque, por primera vez, se sintió especial y deseada ante la mirada de un hombre. Aunque acababan de conocerse, la chispa instantánea de atracción la hizo seguirlo adonde él quisiera llevarla.
—Un beso. Es lo único que quiero. Si pierdes, esa será mi recompensa. ¿Te animas?
¿Que si se animaba? Sí, por favor.
—Zak, Harlowe. Estamos listos para empezar.
La voz de TS retumbó en la sala de conferencias y arrancó a Harlowe de su viaje al pasado. Al echar un vistazo rápido al rostro de Zak, encontró una mirada que recordaba bien. Era la expresión que tenía aquella primera noche después de que ella perdiera la partida de dardos, y luego cada vez antes de acostarse juntos. Una advertencia de que estaba a punto de besarla.
Se giró bruscamente y se apresuró hacia una silla junto a Kelsey. Mantuvo los ojos fijos en TS mientras comenzaba la reunión, pero no podía quitarse de encima la emoción que la invadió cuando la risa grave y profunda de Zak la persiguió hasta su asiento.
Por el rabillo del ojo, notó que Kelsey alternaba la mirada entre Zak y ella con el ceño fruncido de preocupación. Por mucho que su jefa la pinchara con lo de encontrar novio, Harlowe no iba a revivir los viejos tiempos con Zak Carter.
Era una tentación a la que su corazón no podía permitirse sucumbir de nuevo.