Tentando a Zak (Protectores de Pineville nº 2) UNO
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Tentando a Zak (Protectores de Pineville nº 2)

Tentando a Zak (Protectores de Pineville nº 2)

Por Debra Elise

© inepub.com

UNO

—Deja de darle vueltas —dijo Kelsey Jansen mientras dejaba una copa de champán frente a Harlowe Kingston y se sentaba. Se ajustó la sencilla falda de corte en A y la blusa de seda a juego en tono rosado. Le dedicó a Harlowe una sonrisa cómplice—. Ya conozco todas, bueno, la mayoría de tus señales. Tómate una copa y cuéntame qué te tiene mirando a tu alrededor como si el matrimonio fuera un resfriado y estuvieras decidida a no contagiarte.

Harlowe se enderezó y echó un vistazo al salón de recepciones.

—No le estoy dando vueltas. Qué va, yo no. Solo estoy pensando. Muy, muy intensamente.

Kelsey era su nueva jefa y se había convertido en una de sus amigas más cercanas a los pocos días de empezar a trabajar, tras mudarse de vuelta a su ciudad natal.

Nadie iba a acusarla de ser una aguafiestas, y menos en la boda de una de sus amigas del instituto.

Si alguna vez hubo una prueba de que el amor siempre encuentra un camino, Amber Wyatt había demostrado que ir a por lo que quieres en lugar de quedarte deseándolo daba resultado. Amber había encontrado al hombre de su vida y había ido a por Royce Kincaid. Y cuando el deseo se convirtió en necesidad, voilà: vida en pareja, convivencia, compromiso y boda, todo en menos de un año.

Incluso con la prueba evidente delante de sus narices, Harlowe seguía siendo escéptica con el amor, el matrimonio, los animalitos del bosque que cantan y los finales felices.

A Harlowe le había pasado exactamente lo contrario, y eso la tenía dando vueltas... bueno, inquieta como mucho. Le habían roto el corazón en la universidad y había jurado no volver a dejar que el amor le gobernara la vida.

Harlowe suspiró, rodeó la copa de cristal tallado con la mano y dio un largo trago. Las burbujas le hicieron cosquillas en la nariz mientras saboreaba el champán seco y fresco. Dejó la copa pero mantuvo la mano en el tallo, consciente de que probablemente vaciaría el líquido dorado en el siguiente sorbo. Apoyó la barbilla en la palma de la otra mano y se encontró con la mirada perspicaz de Kelsey.

—Deja de leerme el pensamiento. ¿Cómo lo haces? Es inquietante.

Harlowe se apartó el largo flequillo de los ojos y recorrió el salón de recepciones con la mirada. Tenía que encontrar una peluquería, sí o sí. Una cosa más que añadir a la lista ahora que se había instalado de nuevo en su ciudad natal. Pineville había crecido el doble desde que se marchó tras sacarse el título en comunicaciones y había pasado los últimos ocho años persiguiendo mejores sueldos y el siguiente gran reto.

—Yo he estado en tu lugar. Antes de que Maverick me desbaratara el plan de reconstruir mi negocio de relaciones públicas, solo me importaba mi carrera, y nada más que mi carrera. Y cada día doy gracias a quien corresponda, en este caso a TS, por habernos juntado. Gracias a eso y a arriesgarme con el amor, ahora tengo una hija preciosa y estamos intentando ir a por el segundo. Es una vida que nunca soñé tener. Y una sin la que no podría vivir.

—¿Otro bebé? Vaya, el estrés y el caos te van que ni pintados, ¿eh?

Harlowe vació la copa y captó un destello de decepción en los ojos de Kelsey. Suspiró. Maldita sea, no deberían dejarla beber en las bodas. Por eso las evitaba, pero esta era la de Amber, y no iba a disgustar a su amiga largándose después de la ceremonia. Solo tenía que aguantar hasta que sirvieran la cena; luego se escabulliría antes del baile y el lanzamiento del ramo. No estaba preparada para pelearse de forma embarazosa por un puñado de flores que no tenía absolutamente nada que ver con encontrar al hombre perfecto ni garantizaba que ella fuera la siguiente en encontrar el amor.

Vaya, vale. No debería haber bebido champán con el estómago vacío.

—Lo siento, Kelsey. Eso me ha salido fatal. Me alegro mucho por ti y por Mav. Hacéis muy buena pareja. Mari va a ser la mejor hermana mayor del mundo.

—Lo sé, y gracias. Aunque es verdad, ¿no? Si puedo con Mari y con Maverick, puedo con otro hijo. Además, los padres de Mav están dejando caer que quieren mudarse aquí para estar más cerca de su única nieta, ya que su hermana Miranda no da señales de sentar cabeza.

—Vale, volvamos a ti. ¿Qué te tiene tan alicaída? Es una faceta tuya que no conocía. ¿Te ha pasado algo, o es que las bodas te hacen desear tener a alguien especial en tu vida?

Harlowe no estaba preparada para entrar en ese tema. Porque, claro, eso era lo que le importaba a todo el mundo cuando tenías casi treinta años y estabas soltera: asegurarse de que fueras feliz y estuvieras emparejada con un tío. Como si esa fuera la respuesta a todos sus problemas.

Intentó ganar tiempo dando otro sorbo de champán, pero la copa estaba vacía. Ah, claro. Un tintineo de cristal sonó desde la parte delantera del salón y se libró de responder a las preguntas certeras de Kelsey.

Mientras el padrino pronunciaba su brindis, Harlowe dejó que la mente le divagara hacia las muchas preguntas que le habían lanzado desde que empezó a trabajar como subdirectora de comunicaciones con Kelsey en la organización de los Outlaws. «¿Con quién estás saliendo? ¿Por qué no sales con nadie? ¿Quieres tener hijos? A lo mejor deberías congelar óvulos, por si acaso». Resopló ante esa última porque su prima Evie también le había soltado esa perla el año pasado, cuando cumplió veintinueve y Harlowe estaba planteándose volver a casa.

El padrino levantó la copa, indicando a los demás que hicieran lo mismo y brindaran por la feliz pareja. Amber parecía feliz, y Royce también, pero si alguna vez hacía sufrir a su amiga, Harlowe sería la primera en ponerlo a caldo. Se puso de pie y cogió la copa; ah, sí, estaba vacía. Bah. Bueno, pensaba pedir un Uber más tarde, así que cogió rápidamente una copa llena de la bandeja de un camarero que pasaba.

—Ahí tienes a uno que podría curarte ese bajón. Guapo, en plena forma, y con la edad suficiente para saber lo que se hace en la cama. ¿Quieres que te presente a Sam? Es todo un partidazo. Es fiscal adjunto —le susurró Kelsey mientras el padrino hacía reír a la sala con una historia embarazosa de cuando Royce era policía novato.

Harlowe negó con la cabeza y dio un largo trago. Ni hablar. Seguramente era un tío muy majo, pero no era su tipo. Y resulta que sí tenía un tipo. A veces deseaba no tenerlo. Y ese tipo, o el hombre que encajaba en él, era un fantasma que acechaba en cada relación que había intentado desde la universidad.

Aparte de que no era su tipo, el padrino estaba demasiado cerca de Amber, y ella no quería salir con nadie de su círculo de amigos. Si algún día estaba lista para volver a salir, sería con alguien que nadie conociera, porque si no funcionaba, no quería malos rollos. No pensaba repetir lo que le había pasado a su relación con su prima cuando el tío al que le había entregado el corazón se largó. Evie había sido quien los presentó, y todavía hoy se disculpa de vez en cuando por ello.

Así que no. Ni de broma iba a repetir eso.

Con los discursos terminados, todos se sentaron mientras los camareros traían la cena. Esa era su señal para marcharse. Quería estar allí por Amber, pero no pensaba ser la solterona de turno cenando sola y dando pena. Se volvió hacia Kelsey con la despedida en la punta de la lengua.

—Mira, sé que es difícil ser la única soltera en un grupo de viejos casados, pero...

—De verdad, no pasa nada. Estoy a gusto con mi vida tal como es. Seguro que Sam es majo, pero no estoy buscando nada… a nadie ahora mismo, y desde luego ni amor ni matrimonio. No sé si volveré a estarlo algún día. —Harlowe se calló. «Maldita sea. Demasiada información».

—Para. ¿Qué quieres decir con eso de «algún día»? —Kelsey se puso las manos en las caderas.

—Oh, mira. Mav te está haciendo señas. No es nada. De verdad. Deberías volver a cenar. Yo me voy ya, nos vemos el lunes, ¿vale? —Harlowe repitió «por favor, por favor, por favor» para sus adentros mientras recogía el chal y el bolso a juego.

En lugar de insistir con lo de «algún día», Kelsey le puso una mano en el brazo y se lo apretó. —No te cierres a las posibilidades, Harlowe. Sé que hay algo detrás de todo esto, pero nunca sabes cuándo el hombre perfecto va a cruzar esa puerta y demostrarte que el amor merece la pena, con sus altos y sus bajos.

—¿Eso es como lo de que cuando una puerta se cierra, otra se abre? Porque, por ahora, la puerta del amor la tengo bien cerrada.

—A veces al corazón le da igual si estás preparada o no, pero ¿no preferirías estar abierta a ello, por si acaso? —Kelsey no se daba por vencida.

—Pero ¿y si no estoy preparada? ¿Y si no lo estoy nunca? —Harlowe notó la desesperación en su propia voz y se encogió por dentro. Sería el champán. Jamás había compartido esa inseguridad de no encontrar a nadie, ni con su familia ni con sus amigas más íntimas.

—Créeme, nadie lo está nunca —Kelsey le dio un abrazo rápido.

—No pretendía ponerte en un aprieto. Te prometo que nunca te buscaré pareja si no quieres. Pero mantente abierta. Ese es mi consejo. Y si alguna vez quieres hablar… aquí me tienes.

Respetaba muchísimo a Kelsey y había congeniado enseguida con su jefa, pero ¿estaba preparada para dar ese paso y pedirle consejo sobre su inexistente vida amorosa?

Lo había considerado cosa del destino cuando se topó con la oferta de empleo de los Outlaws. Y después de que le ofrecieran el puesto, Harlowe se había prometido no hacer amistades en el trabajo. No quería que nada saliera mal. Este empleo significaba demasiado para ella.

Pero Kelsey no lo había permitido. Habían conectado durante la entrevista, y tras solo unos días en el trabajo, Harlowe supo que había tomado la decisión correcta al volver a Pineville después de casi una década evitándolo como la peste.

Este trabajo había llegado en el momento justo y quedaría de maravilla en su currículum para el siguiente. Porque siempre había otro trabajo, otro peldaño hacia su objetivo final: abrir su propia empresa de relaciones públicas.

Ojalá cada vez que una de sus amigas se casaba no le entrara la manía de los «y si». Salió del complejo donde se celebraba la recepción y pidió al portero que le llamara un coche. Vio a una pareja meterse en el suyo y besarse por encima de la consola; luego el hombre, sonriente, cogió la mano de la mujer, se la besó en el dorso y arrancó.

Y ahí estaba otra vez, dándole vueltas a lo que podría haber sido.

«Maldita sea, Zak, sal de mi cabeza».