49 Nova
CUARENTA Y NUEVE
NOVA
Los relámpagos cruzan el horizonte y, diez segundos después, retumban los truenos. El aire vibra con la electricidad estática, esperando el momento perfecto para entrar en combustión.
Si creyera en Dios, diría que se está burlando de mí. Esta tormenta parece una alegoría, un símbolo de la rabia que lucha en mi interior.
Llevo dándole vueltas a esta información las últimas dos horas, desmenuzándola y volviéndola a montar de mil maneras distintas.
Y aun así, el resultado final es siempre el mismo.
Esta revelación es demasiado pesada, demasiado jodida. No puede ser verdad.
No permitiré que sea verdad.
Golpeo la puerta con el puño, ignorando el móvil que me vibra en el bolsillo.
—¡Ya voy, por Dios! —grita ella desde dentro de la casa.
Apoyo ambas manos en el marco de la puerta, dejando caer la cabeza mientras me concentro en la respiración. La puerta se abre, pero no levanto la cabeza. Creo que ni siquiera puedo. Este secreto de dos toneladas es un lastre insoportable.
Sus chanclas negras con pedrería aparecen ante mi vista. Ella las llama su calzado de estar por casa; decía que eran más cómodas que unas zapatillas. —Asher. ¿Por qué demonios estás aporreando mi puerta a estas horas de la noche? ¿Y por qué no has entrado directamente como de costumbre?
Levanto la cabeza y la miro. Y sea cual sea mi expresión, la suya se tensa por el miedo.
Suelta una bocanada de aire. —¿Qué ha pasado?
Mi mirada recorre su rostro, catalogando sus rasgos y comparándolos mentalmente con los míos.
—Ma. —Mi voz sale como un graznido, con la lengua entumecida en la boca.
Ella da un paso adelante; la suave luz de su salón se derrama en el vestíbulo y la envuelve en un resplandor amarillento.
—¿Qué ha pasado? ¿ Hunter o Evangeline? ¿Tu hermano?
Niego con la cabeza, reprimiendo el bufido ante esa palabra. Pero no consigo articular más palabras.
—Dime quién es. Sea lo que sea, podemos arreglarlo —dice, bajando el tono de voz. Alarga la mano hacia mí, como si fuera a agarrarme del hombro para darme un abrazo como ha hecho miles de veces.
Me impulso contra el marco de la puerta y retrocedo un paso, fuera de su alcance. El movimiento no pasa desapercibido y ella entorna los ojos.
—Dímelo. Puedo soportarlo, sea lo que sea. —Hay un temblor en su voz, pero no me veo capaz de consolarla.
Exhalo el aire y miro al cielo por un momento. —Dime quién es mi madre.
—¿Qué? —suelta ella ahogadamente.
Vuelvo a centrarme en ella, encontrando mi pozo de calma en mitad del caos. —Dime quién es mi madre...
Frunce el ceño mientras me mira. —He oído lo que has dicho, pero no sé por qué me preguntas eso. Yo soy tu madre.
Ya estoy negando con la cabeza antes de que termine de hablar. —Mi madre biológica.
Abre la boca y veo cómo busca mentiras, excusas y medias verdades. Es en lo que se ha basado mi vida.
Le tiembla un poco la barbilla, pero mantiene los labios cerrados.
Me doy la vuelta y miro al cielo. Hay demasiadas nubes para que brillen las estrellas, así que se ve de una oscuridad antinatural. Fatídico y ominoso. Igual que la verdad que acecha en las sombras.
—Pensé que estaba drogado, ¿sabes?
—¿Quién? —murmura detrás de mí.
—No le di muchas vueltas entonces. Pensé que estaba drogado o borracho cuando me lo dijo. Probablemente ambas cosas.
Y no he vuelto a pensar en aquella noche en años. Pero volver al hospital esta noche lo ha traído todo de vuelta. Las preguntas, las pruebas y las cirugías.
Si me esfuerzo lo suficiente, puedo recordar cómo parecía sentir dolor físico mientras me contaba la historia de un hombre que se enamoró de otra mujer.
—Me habló de una aventura que tuvo —digo con voz casi átona mientras observo los relámpagos cruzar el cielo.
Ocho segundos después, retumba el trueno. Se está acercando. Ya falta poco.
—Tu padre no era perfecto. Lo sé —dice ella.
Miro por encima del hombro y le digo: —Cuando estaba tumbado en aquella cama de hospital, recién salido de la cirugía para extraer la bala que recibí por él, me dijo que había elegido a la mujer equivocada.
Que la mujer a la que amaba tenía el pelo tan oscuro que era como mirar al cielo.
Se deshizo en elogios sobre lo inteligente y rica que era.
Me arrepiento en el momento en que las palabras salen de mi boca. Se amilana y su rostro se descompone como si mis palabras hubieran sido un golpe físico.
Mierda, quizá lo hayan sido. Aunque no me siento más ligero por haberlas dicho. En todo caso, siento que me están hundiendo todavía más.
—Me dijo que iba a dejarte y que ella debía dejar a su marido. Iban a formar una gran familia ensamblada. Pero entonces, ella volvió con su marido.
Oigo el roce de su chancla contra el suelo al arrastrar los pies para acercarse a mí. Apoya la palma en el centro de mi espalda y su calor, en cierto modo, me calma.
—Para mí es importante que sepas que siempre te he querido. Desde el momento en que supe que ibas a venir a este mundo, fuiste mi niño. Puede que biológicamente seas solo de Ray, pero te he querido como si fueras de mi propia sangre. Y nunca pediré perdón por eso.
Me doy la vuelta, desesperado por verle la cara. —¿Quién era ella?
Parece absolutamente destrozada, pero aprieta los labios con determinación.
—Tu padre tuvo una aventura con una mujer casada.
Alguien que solía ser amiga mía —dice, negando con la cabeza—.
Vino a verme cuando descubrió que estaba embarazada y, todavía a día de hoy, no estoy segura de por qué.
Pero fuimos mejores amigas en su momento y, para entonces, yo ya había tenido tres abortos después de Silas.
Se le llenan los ojos de lágrimas y no sé por quién son. Por ella, por mí, por los dos.
Siento que mi vida se me escapa entre los dedos como la arena.
—Todo lo que había soñado era ser madre, y mi cuerpo me había traicionado de la peor manera, peor que cualquiera de las aventuras de tu padre.
Y de pronto, cuando ya había perdido la esperanza de ampliar la familia, aparece ella.
Afirma que está embarazada del bebé de Ray.
No quería al niño, pero pensó que quizá yo sí.
Fue muy valiente por su parte venir a mí.
Se lo reconozco. Pero cinco días después, recibí una llamada del hospital diciendo que habías nacido.
—Hace una pausa y toma aire con dificultad—.
Y lo único que no dejaba de pensar era: este es mi milagro.
La miro fijamente, con la mente aturdida por el peso de sus palabras. He venido con la intención de exigir respuestas, pero había una pequeña parte de mí que esperaba que se riera de mí y me dijera que estaba diciendo tonterías.
Pero esto parece más bien un golpe en el riñón.
—¿Quién era ella? —pregunto por tercera vez, subiendo el tono con cada palabra.
Ella niega con la cabeza, con los labios trémulos. —Ya no está por aquí.
La desesperación me araña la caja torácica mientras el trueno retumba solo unos segundos después de que el relámpago ilumine el cielo. El clímax de la tormenta está al llegar y me da miedo lo que quede después.
Siento náuseas en el estómago. Se están acumulando demasiadas coincidencias. Mi mente va a mil por hora, uniendo los fragmentos que, de repente, cobran sentido.
Compartimos el mismo grupo sanguíneo raro.
Esa melena oscura y larga tan familiar y reconocible.
Es lista como el hambre y tiene una familia rica.
Creció aquí, más o menos de la misma edad que Ma.
Me brota sudor por la frente y exhalo con fuerza. Miro a mi madre, con el pecho apretado por la ansiedad. Físicamente no puedo guardar las palabras dentro por más tiempo y brotan de mí en un ruego desesperado.
—Por favor, dime que no es verdad. Dime que Virginia Carter no es mi madre.