EXTRA V | TENTACIÓN PROHIBIDA.
AYAZEN
Al principio, Koral no era más que un ruido molesto, una interrupción constante en mi orden cuidadosamente construido.
Recuerdo la primera vez que lo vi; era tan inquieto, tan ruidoso, moviéndose en ese círculo de personas que yo consideraba irrelevantes.
Lo catalogué de inmediato como un beta corriente, alguien que solo buscaba atención, una distracción que prefería ignorar.
Sin embargo, había algo en su mirada, un destello que me irritaba más de lo que debería.
Con el tiempo, la irritación empezó a transformarse en una curiosidad enfermiza.
Me descubrí observándolo cuando creía que nadie me veía.
Me molestaba ver cómo se comportaba ante otros, cómo su risa resonaba en lugares donde yo intentaba mantener el control.
No entendía por qué su presencia se había vuelto tan intrusiva en mis pensamientos.
Cada interacción entre nosotros estaba llena de esa hostilidad que yo mismo alimentaba, una armadura necesaria para ocultar que, poco a poco, él estaba empezando a desmantelar mi indiferencia.
Hubo días en los que desearía no haberme fijado tanto. Intenté mantener la distancia, ser el alfa superior que se suponía que debía ser, pero el desprecio se sentía cada vez más como una mentira que yo mismo me contaba.
Recuerdo una tarde, cuando lo vi distraído, ajeno a mi mirada. No era el ruido que solía ser; había una vulnerabilidad en sus gestos que me descolocó por completo. Fue ahí cuando comprendí que el odio que proyectaba sobre él era, en realidad, el miedo a perder el control sobre mis propios impulsos.
Y lo más peligroso de todo fue darme cuenta de que ya no quería que se alejara.
Cada vez que lo provocaba, cada vez que nuestras palabras chocaban con esa intensidad que nos caracterizaba, en realidad estaba buscando una excusa para acercarme.
Estaba aprendiendo, de la manera más lenta y dolorosa posible, que Koral no era un nada, sino la única persona que realmente lograba ver más allá de la máscara que siempre he tenido que llevar puesta.
No fue un momento único, ni un destello suave. Fue un proceso de erosión. Él fue desgastando mis defensas, una discusión a la vez, una mirada a la vez, hasta que no quedó nada más que esta obsesión creciente que ahora, años después, apenas puedo contener.
Ahora, todo ese caos que alguna vez me pareció una molestia es la base de mi mundo.
Mirar a Koral cuando cree que no lo observo es un ejercicio de reconocimiento; sigo descubriendo facetas de él que me reafirman por qué he dedicado cada día de estos años a asegurar que nada nos falte.
Amo sus creaciones, nuestros ocho hijos.
Es en su dedicación, en su forma de cuidar cada detalle de esas vidas que hemos moldeado juntos, donde encuentro mi calma.
A veces me detengo a pensar en cómo hemos construido esta vida, en cómo pasamos de ser dos personas que apenas soportaban estar en la misma habitación a ser el centro de una familia tan numerosa.
Son ocho vidas que hemos moldeado juntos, una extensión de nosotros mismos que me obliga a ser mejor cada día.
—¿En qué piensas? —me pregunta, su voz sacándome de mis pensamientos mientras se acerca con esa tranquilidad que solo él logra imprimirle a nuestra casa.
Lo observo y, aunque el tiempo ha pasado, aunque la vida nos ha cambiado y las responsabilidades se han multiplicado hasta llenar cada rincón de esta mansión, el sentimiento de devoción sigue siendo el mismo.
Él es mi omega, el madre de mis ocho hijos, la persona que conoce cada una de mis cicatrices y que, aun así, eligió quedarse.
—Pienso en lo lejos que hemos llegado —le respondo, acercándolo hacia mí mientras el sonido de los niños correteando en la planta baja nos recuerda que el silencio es un lujo poco frecuente.
Amarlos, a él y a esta vida que hemos creado, es lo único que realmente me define ahora.
Sigue siendo mi tentación prohibida, el recordatorio constante de que, sin importar cuánto tiempo pase o cuántas vidas hayamos construido juntos, sigo siendo incapaz de apartar la vista de él.
—Te das cuenta de que me estás mirando como si quisieras devorarme —dice Koral con una sonrisa traviesa, esa misma sonrisa que hace años me habría hecho enfurecer, pero que hoy solo acelera mi pulso.
Me acerco, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo y el aroma suave que todavía me vuelve loco. Le rodeo la cintura con los brazos, atrayéndolo hacia mí hasta que no queda ni un milímetro de aire entre nosotros.
—Siempre lo he hecho —murmuro contra sus labios, sintiendo cómo se estremece—. Y nunca me he cansado de hacerlo.
Es un juego antiguo, una danza que perfeccionamos a través de los años.
Sé que él también siente esa chispa, esa urgencia que nos recuerda quiénes éramos antes de la calma, antes de la vida que tenemos y de los niños.
Hay algo en la idea de que, a pesar de todo lo que nos une y la estabilidad que hemos logrado, todavía somos capaces de perder la cabeza el uno por el otro, lo que me hace sentir más vivo que nunca.
Lo beso entonces, no con prisa, sino con lentitud, a la vez, toda la urgencia de poseer lo que es suyo. Koral suspira contra mi boca, sus manos subiendo por mi pecho hasta enredarse en mi cabello, y por un instante, el ruido de la casa, las risas de los niños y el pasado se desvanecen.
Solo somos él y yo. La tentación que, lejos de ser prohibida, se ha convertido en el único hogar que siempre quise habitar.
—Todavía nos queda mucho por hacer —susurra él contra mis labios, aunque no hace ningún esfuerzo por alejarse.
—Que esperen —respondo, y sé que, por esta noche, el mundo exterior puede aguardar mientras me pierdo, una vez más, en la única persona que alguna vez logró que me rindiera por completo.