Tentación Irresistible (Confesiones de bebés nº 7) Capítulo 33 Juliet
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Capítulo 33 Juliet

—Gírate a la izquierda —dijo el agente detrás de la cámara. Hice lo que me indicó, justo antes de que saltara el flash, dejándome casi ciega.

—Ahora a la derecha —dijo. De nuevo, hice lo que me ordenó. Otro flash.

No podía creer que me estuvieran haciendo la foto de la ficha policial.

No se parecía en nada a las películas donde sujetas un cartel con tu nombre y el delito cometido, pero aun así era aterrador.

Contuve las lágrimas todo el tiempo, con la boca apretada en una línea fina.

Cuando me desperté esta mañana, el último lugar donde pensaba que acabaría era en la comisaría, manchándome los dedos con tinta y dejando que me hicieran fotos desde varios ángulos.

—Eso es todo —dijo el agente con desdén, haciendo un gesto para que otro agente entrara en la sala.

—Por aquí, señorita —dijo él, apoyando la mano en la parte superior de mi espalda y guiándome suavemente por un pasillo. Nos detuvimos ante un teléfono colgado en la pared y lo señaló con el pulgar.

—Tienes una llamada. Dos minutos —dijo antes de retroceder unos pasos para darme lo que él consideraba privacidad.

Asentí, recordando que tenía derecho a una llamada telefónica. Descolgué el auricular. Marqué el número de Gabriella, esperando que me lo cogiera. Mientras la línea daba tono una y otra vez, empecé a perder la esperanza, pero finalmente oí un clic al otro lado.

—¿Diga? —respondió ella frenética.

—Gabs. Soy yo. Juliet —dije, dándole la espalda al agente.

—¡Oh, Dios mío! ¿Por qué llamas desde la cárcel? —preguntó con voz chillona.

Debió de sonar una grabación cuando cogió el teléfono, dándole la noticia de que estaba recibiendo una llamada desde un centro penitenciario.

—Estoy bien —dije—. Te lo explicaré todo luego.

—Jules. Estoy muy asustada.

—No pasa nada, Gabs. De verdad. Solo necesito que vengas a la comisaría de la Treinta y Dos. ¿Puedes hacerlo? —Hablé con calma, aunque estaba de todo menos tranquila.

—Sí, sí. Vale —dijo. Podía oírla tirando cosas de fondo, como si estuviera cogiendo el bolso y las llaves.

Sabía que Chester había dicho que solucionaríamos esto, pero no sabía si estaba aquí.

No sabía si se estaba encargando del lío de la oficina.

Todo el mundo me vio ser arrestada y escoltada por la policía a través del edificio.

Probablemente habría un frenesí mediático, por no mencionar a la junta presionando por respuestas.

Cerré los ojos con fuerza. Esto era un desastre.

—Te veo pronto —le dije a Gabriella antes de colgar el teléfono con un clic sordo.

—Ya he terminado —dije en voz baja.

El agente se separó de la pared en la que estaba apoyado y me guio por otro pasillo.

El aire era fresco y las luces fluorescentes resultaban demasiado brillantes.

Quería estar en cualquier lugar menos allí.

Continuamos por el pasillo hasta que llegamos a un bloque de celdas.

Me iban a meter entre rejas. Tragué saliva. Esto se acababa de volver aún más real.

El agente sacó un manojo de llaves de su cinturón y lo hizo girar en la gran cerradura de metal antes de deslizar la puerta de rejas para abrirla.

Extendió la mano, indicándome que entrara en la celda gris de hormigón.

Quise salir corriendo, pero entré justo antes de que la puerta se cerrara tras de mí con un estruendo metálico que me hizo dar un salto.

El agente se alejó, y sus pasos se fueron perdiendo por el pasillo, dejándome sola.

Me estremecí y me froté los brazos mientras daba una vuelta lenta en la pequeña celda.

Había un pequeño banco de metal y eso era todo.

Me desplomé en él y apoyé la espalda contra la pared de hormigón gris, con la pintura desconchada revelando aún más gris debajo.

Empecé a hurgar en ella distraídamente, mientras miraba hacia la celda de enfrente para encontrar a Mia sentada frente a mí en su propio banco de metal frío.

No dijo ni una palabra. Ni siquiera me miró.

Su ojo se estaba volviendo de un rojo violáceo y su pelo negro estaba despeinado y revuelto.

Por muy horroroso que fuera estar en esta celda de la cárcel ahora mismo, no podía evitar sentir una pequeña pizca de satisfacción por lo que me había traído aquí.

Nunca en mi vida había recurrido a la violencia y solo sabía dar un puñetazo porque mi padre insistió en que diera clases de kárate a los diez años.

Nunca había probado ninguno de los movimientos que mi sensei me había enseñado hasta ahora.

Solo hicieron falta dieciocho años para que sirvieran de algo.

Mia se merecía lo que le pasó. Cuando descubrí que ella había sido la que estaba detrás de la foto y de la amenaza intimidatoria, y que le había estado haciendo lo mismo a Chester, me puse furiosa.

No solo me había estado aterrorizando desde que llegué a Brandfield Enterprises, sino que había intentado meterse con el hombre que me importaba.

Y él todavía me importaba.

A pesar de todo, no podía ignorar cómo se me ensanchaba el corazón al verle esta mañana.

Con la gente que me importaba no se jugaba. Mia lo aprendió por las malas al quedar inconsciente. Me había sorprendido mi propia fuerza. Al fin y al cabo, le había dado una advertencia.

Al cabo de un rato, oí pasos por el pasillo y el corazón se me aceleró, esperando que Gabriella hubiera pagado la fianza. Trabajaría para devolvérselo tan pronto como pudiera.

Vi a Mia levantarse y correr hacia la puerta, agarrando los barrotes con los dedos e intentando ver quién venía. Un agente apareció y se puso de espaldas a ella, sacando las llaves de su cinturón y abriendo la puerta de mi celda.

—Juliet Martin. Se ha pagado la fianza.

—¿Pero qué coño? —escupió Mia.

—Puedes irte —dijo el agente, ignorando a Mia, que claramente había pensado que ella era la que iba a ser liberada.

Le di las gracias al agente y sonreí con suficiencia a Mia mientras salía de la celda. Mientras seguía al agente, levanté la mano en un gesto vulgar antes de dejarla atrás.

Después de recoger mis pertenencias en la oficina trasera, me llevaron al vestíbulo principal, donde busqué a Gabriella, pero solo vi a Chester corriendo hacia mí, con el rostro marcado por la preocupación.

—Eres… tú —dije, casi como una pregunta.

—Claro que soy yo —dijo, estrechándome en un abrazo. Al principio me mostré reacia, pero cedí a su abrazo, derritiéndome contra él. Desesperada por sentirme a salvo, y sabiendo que con él lo estaría. Estaba cálido y aspiré el olor familiar a sándalo mientras hundía la cabeza en su pecho.

—Estaba tan asustado —susurró, con los labios apretados contra mi pelo mientras me sujetaba con más fuerza.

—¿Tú lo estabas? —pregunté, apartándome un poco y arqueando una ceja.

Soltó una risita suave y me puso las manos a ambos lados de la cabeza, mirándome como si fuera algo roto.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Sacarte de aquí —dijo como si fuera una pregunta estúpida.

—Pero la oficina… ¿no deberías estar allí? Todo el mundo lo ha visto. Uf, lo siento mucho, Chester.

—Donde necesito estar es aquí —dijo con firmeza.

Torcí la boca mientras le miraba. Había venido a pagar mi fianza. Me había puesto a mí primero, por delante de todo lo demás. Podría haberme puesto a llorar allí mismo.

—¡Juliet! —oí gritar a Gabriella. Miré hacia la puerta y la vi corriendo hacia mí con lágrimas rodando por sus mejillas.

Chester me soltó justo antes de que Gabriella me rodeara con sus brazos.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó.

—Estoy bien —dije, intentando respirar en su apretado abrazo.

—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó, apartándose y mirándome, inspeccionándome tal como había hecho Chester. Le hice un gesto con la mano para que supiera que estaba bien.

—Es una larga historia… pero ya estoy bien. Chester ha pagado mi fianza. —Le miré, dándome cuenta de que aún no conocía a mi mejor amiga. No era exactamente como me había imaginado que sucedería. Gabriella le evaluó en silencio antes de lanzarse a sus brazos.

—Gracias por sacarla —exclamó—. ¡Es un placer conocerte!

Chester miró de ella a mí, con la boca abierta, y yo ahogué una carcajada. La primera risa que soltaba en mucho tiempo.

—¿Igualmente? —dijo Chester, manteniéndose rígido.

—Chester, esta es Gabriella… —indiqué con la palma hacia ella.

Él asintió con incomodidad, lo que lo hizo aún más divertido. Gabriella le soltó y volvió a mirarme a mí.

—Supongo que ya no me necesitas. —Se encogió de hombros, secándose una lágrima de la mejilla y soltando una risa jadeante.

—Siento haberte hecho venir hasta aquí —dije con arrepentimiento.

—Ni hablar. —Me restó importancia con un gesto—. Idos vosotros dos. Seguro que tenéis mucho de qué hablar. —Arqueó las cejas de forma sugerente y yo le lancé una mirada.

—Puedo pedirle a mi chófer que te lleve a casa —ofreció Chester—. Está fuera.

—¿La limusina larga?

—Eh, sí.

Contuve una sonrisa mientras les veía organizar su transporte a casa.

—¿Hay champán? —preguntó ella.

—Sí. —Chester sonrió.

—Bien. Lo necesito.

Le dio las gracias y me abrazó por última vez antes de salir por la puerta principal de la comisaría, ansiosa por calmar sus nervios con unas burbujas y un relajante viaje a casa.

—Es… peculiar —dijo Chester, viéndola marchar.

—¡Oye! Su mejor amiga acababa de estar en la cárcel… —dije, dándole un puñetazo juguetón en el brazo.

—Eh, cuidado —dijo él, mirándome y fingiendo seriedad—. Podría hacer que te arrestaran por eso. —Sus ojos marrones bailaron entonces con diversión.

—No tiene gracia —murmuré.

—¿Demasiado pronto? —preguntó, señalando la puerta.

Rodé los ojos y le seguí fuera de la comisaría, ansiosa por salir de allí; no tenía ninguna intención de volver jamás.

Caminamos en silencio cruzando la calle hasta un parque cercano.

Nos instalamos en un banco de madera y observamos cómo la gente pasaba en bicicleta por un camino de grava fina, mientras otros jugaban con sus perros en un trozo de hierba cercano.

Nos sentamos allí, sin decir palabra durante un rato, hasta que Chester finalmente habló.

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —preguntó suavemente.

Sin necesidad de contexto, supe lo que me estaba preguntando.

—Solo unos días —dije, mirando al frente, a un perro blanco que atrapaba un frisbee.

—Unos días… —repitió en voz baja.

—No te lo iba a decir —dije, mordiéndome el interior de la mejilla—. Pero luego pasó todo lo de Mia, y todo se volvió muy confuso.

—¿No me lo ibas a decir? —preguntó sorprendido, girándose para mirarme. Sus ojos parecían tristes, y odié ser la causa de ello.

—No pensé que querrías… ya sabes. —Me encogí de hombros—. Acabamos de conocernos. Esto parece ir muy rápido. Y no quería que pensaras que… —Me detuve, esforzándome por sacar las palabras mientras se me formaba un nudo en la garganta.

—¿Pensar qué? —preguntó con las cejas fruncidas.

—Que hice esto a propósito. Para atraparte o conseguir tu dinero. Jamás te haría eso.

Chester sacudió la cabeza y tomó mis manos entre las suyas; el tacto familiar de sus callosidades contra mi piel me hizo sentir por fin como si estuviera en casa.

—Nunca pensaría eso de ti, Juliet. Los dos nos perdimos el uno en el otro aquella noche en mi apartamento. Esto no es solo culpa tuya.

Sentí una lágrima resbalar por mi mejilla.

—No me arrepiento ni un segundo —dijo, acercando la mano para secarla. Me incliné ante su contacto y le miré.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó suavemente.

—Quiero tenerlo —dije.

Él asintió, y una expresión de alivio se extendió por su rostro. No me esperaba eso. No me esperaba nada de esto.

—No vas a pasar por esto sola —dijo—. Quiero decir, si tú no quieres…

—No quiero —dije negando con la cabeza.

—Sea como sea que te lo imagines, quiero estar ahí para ti. Para el bebé.

Me tragué un sollozo y vi que sus ojos brillaban con lágrimas. Apoyó su frente contra la mía mientras pasaba el pulgar por mis nudillos.

—Me gustaría eso —dije.

Nos quedamos así un rato, con las cabezas juntas en aquel banco del parque simplemente mirándonos, mientras el resto de la ciudad se movía a nuestro alrededor. Todavía quedaba mucho que resolver, pero en ese momento, eso era suficiente. Era todo lo que necesitaba.

Finalmente, Chester se apartó y me estudió con seriedad.

—¿Qué? —pregunté frunciendo el ceño.

—¿Vas a ser capaz de manejar la tormenta mediática? —preguntó con voz cargada de preocupación—. Esa foto se va a filtrar. No quiero que el estrés te afecte a ti o al embarazo…

Me reí suavemente antes de ladear la cabeza y mirarle. Apoyé mi mano suavemente contra su mejilla. —Chester… ya me conocías antes de encontrarme en persona, ¿recuerdas? Internet ya ha visto mis partes íntimas.

Soltó una carcajada sonora, genuina y estrepitosa.

—Es verdad —dijo, estirando el brazo para sujetar mi mano contra su mejilla. La acarició suavemente, dejándose llevar por su calidez. Su mirada se volvió seria entonces.

—Sabes que… debido a esto, ya no puedes ser mi asistente personal —dijo, apretando los labios con fuerza.

—Ya renuncié, ¿recuerdas?

—Lo sé, pero quizá podría interesarte un papel completamente diferente…

—¿Qué papel es ese? —pregunté, arqueando una ceja con curiosidad.

—El de mi novia. —Me sonrió de oreja a oreja.