Capítulo 27 Juliet
Eché un vistazo por la ventana del restaurante, rodeándome la cara con las manos mientras intentaba distinguir los rostros familiares de mis amigas.
El local estaba a rebosar para ser un domingo por la tarde; los camareros iban de un lado a otro entre las mesas con bandejas de comida y bebida.
Podía oír el murmullo de los clientes, animado y estruendoso, incluso a través del cristal.
Me aparté de la ventana al no ver a nadie y comprobé la hora en el móvil. Eran casi las seis de la tarde.
Encontré un banco cerca y me dejé caer en él, con una vista del atardecer entre los edificios de la ciudad que se alzaban sobre mí.
El sonido del tráfico y las conversaciones de la gente que pasaba llenaron mis oídos mientras observaba cómo el cielo pasaba del naranja al rojo y luego al púrpura en cuestión de minutos.
Me encantaba esta ciudad. Siempre me había encantado. Y siempre me encantaría.
Nunca pensé que criaría a mi bebé aquí; creía que me mudaría a algún barrio residencial antes de formar una familia, pero me estaba acostumbrando a la idea de quedarme en la ciudad.
Había visto a madres cruzando los pasos de cebra empujando sus carritos, con un aire sofisticado, o llevando a sus bebés por Central Park con ropa deportiva.
Esa también podría ser yo. Apoyé la mano en el vientre y sonreí, reclinando la cabeza contra el banco.
Ayer, cuando les dije en voz alta a mis amigas que me quedaría con el bebé, todo se volvió mucho más real. Iba a hacerlo.
—Hola, preciosa —me llamó Sarah, acercándose hacia mí con una sonrisa y el pelo de un tono de púrpura más claro que la última vez que la vi. Llevaba unos vaqueros negros ajustados y una camiseta negra de manga larga que se ceñía a su pequeña figura.
—¡Sarah! —dije poniéndome en pie y atrayéndola para darle un abrazo.
—Siento como si no te hubiera visto en una eternidad —dijo frunciendo el ceño mientras se apartaba y me examinaba, sujetándome por los hombros.
—Lo sé. Lo siento —dije.
—¿Te sigue teniendo ocupada Chester? —preguntó arqueando una ceja.
—Algo así.
—Hoy se lo he mencionado a Mike. La idea de que vuelvas a Contabilidad.
—¿Y? —pregunté, con la voz subiendo una octava de esperanza.
—Está abierto a la idea. Ha dicho que eres una buena contable.
—Solo estuve allí un día —me reí entre dientes.
Sarah se rió y me cogió del brazo.
—Debiste de tener un primer día impresionante, entonces. Pero tiene que consultarlo con el jefazo primero. Todos los traslados pasan por él.
Gruñí, poniendo los ojos en blanco.
—¿No crees que te deje volver a cambiarte?
—Es complicado —murmuré.
Me estudió el rostro con curiosidad, pero antes de que pudiera preguntarme lo que yo pretendía contarle durante la cena, Gabriella y Sadie bajaron de un taxi cercano y caminaron hacia nosotras.
Ambas estaban muy elegantes: Gabriella con un vestido largo y entallado, y Sadie con unos pantalones de pata ancha y una sencilla camiseta blanca de tirantes.
—Hola, chicas —dije, sintiéndome muy feliz de verlas.
Aunque las había visto la noche anterior, y a Gabriella esa misma mañana, tenía que ponerlas al día sobre mi encontronazo con Mia. Y a Sarah tenía que ponerla al día de muchas más cosas todavía.
—Esta es mi amiga Sarah —dije, dándole un empujoncito con el hombro—. Estas son Gabriella y Sadie.
—Te recuerdo del club —le dijo Sarah a Sadie.
—Fue un espectáculo genial —dijo Sadie con entusiasmo.
—¿A que sí? —asintió Sarah, antes de dirigirse a Gabriella—. Encantada de conocerte, Gabriella.
—Por favor, llámame Gabs —le dijo restándole importancia con un gesto.
—¿Entramos? —pregunté mirando a las tres, mientras me rugían las tripas. Estaba muerta de hambre y este restaurante italiano era el sitio de moda en la ciudad. Un restaurante de barrio con una carta que presumía de platos italianos clásicos. El bebé pedía carbohidratos esta noche.
—¡Sí! —dijeron al unísono.
Subimos los pequeños escalones hacia la entrada del restaurante, empujamos la puerta y nos recibieron los olores a ajo, masa de pasta recién hecha y tomates triturados y sazonados.
—Mmmm —dije, se me hacía la boca agua.
—Huele de maravilla —dijo Sarah cerrando los ojos.
Gabriella se acercó al mostrador de recepción y dio el nombre de nuestra reserva. Al ver lo lleno que estaba el lugar, me alegré de que hubiera llamado para reservar esa misma tarde. Solo se veía una mesa vacía y nos llevaron directamente a ella.
Nos sentamos alrededor de la mesa circular de madera, echando un ojo a las cartas y a los platos que servían a nuestro alrededor.
Los camareros hacían equilibrios con bandejas de fettuccine alfredo, ensaladas de antipasto, raviolis con salsa al pesto y pan de ajo del largo de mi brazo.
Todo tenía una pinta estupenda, incluida la botella de vino tinto que estaban sirviendo al lado.
—Necesito un poco de eso —dijo Sarah, señalando el cabernet que llenaba la copa de vino.
—Yo también —dijo Gabriella.
—Digo lo mismo —añadió Sadie.
Sarah me miró. — ¿Pedimos una botella?
—Eh... claro. Sí —dije, tragando saliva.
Gabriella y Sadie me miraron con diversión.
—¿Me he perdido algo? —preguntó ella, ladeando la cabeza y mirándonos a las tres con sus ojos marrones llenos de curiosidad.
—Yo no voy a beber —dije, cogiendo el vaso de agua con hielo que tenía delante y dando un sorbo.
—¿Ah, sí?
—Estoy como... embarazada. —Me mordí el labio y la miré con timidez.
—¿Qué? —casi gritó—. ¿Desde cuándo?
—Desde hace unos días. Al menos, fue cuando me hice el test.
—¡Enhorabuena, Juliet! —dijo ella, rodeando la mesa para darme un fuerte abrazo. Mientras me sujetaba, dijo con cautela—: Espera... ¿quién es el...? —Hizo una pausa—. ¡Dios mío! —exclamó, apartándose de mí y clavando sus ojos en los míos.
Asentí lentamente, confirmando su suposición.
—Vas a tener un bebé Brandfield —susurró con los ojos como platos.
No pude evitar reírme, pero entonces la tristeza volvió a aparecer.
—¿Qué pasa? —preguntó al notar el cambio en mi semblante.
—Él no lo sabe. Y tengo intención de que siga siendo así —dije en voz baja.
—Vale. Mis labios están sellados. Ahora, ¿en qué puedo ayudar? —dijo sin hacer preguntas.
—Me gusta ella —dijo Gabriella, asintiendo hacia Sarah.
—A mí también. —Sonreí.
A pesar de conocer a Sarah desde hacía poco tiempo, la consideraba una buena amiga, y por eso me sentía cómoda contándole lo del embarazo. Reaccionó exactamente como esperaba. Sin preguntas y dispuesta a ayudar.
—Estoy bien por ahora —le aseguré mientras ella rodeaba la mesa para volver a su sitio—. Pero hay más... —dije con vacilación.
Después de pedir la comida y una botella de vino, puse al día a mis amigas sobre lo que había pasado con la foto que me dejaron en el escritorio con la nota amenazante, y mi encontronazo con Mia esa misma mañana.
Me escucharon con los ojos como platos, apretando con fuerza sus copas de vino.
Cuando terminé de contárselo todo, se quedaron con la boca abierta por la impresión.
—¿Pero qué cojones? —preguntó Sadie sacudiendo la cabeza.
Me reí a carcajadas. Todo era tan surrealista que casi parecía gracioso.
—¿Tienes alguna idea de quién dejó la foto y la nota? —preguntó Gabriella.
Negué con la cabeza.
—Dios, Mia es una zorra —refunfuñó Sarah—. No me sorprendería que hubiera sido ella.
No había pensado en esa posibilidad hasta ahora, pero me parecía demasiado diabólico para alguien que solo era la «chica mala» de la oficina. Puede que no le cayera bien o que estuviera celosa de mí, pero no llegaría tan lejos como para amenazarme.
—Todo este estrés no es bueno para ti —dijo Sadie con preocupación.
—Ni para el bebé —añadió Gabriella.
—Lo sé. Tengo que poner orden en mi vida —dije con un suspiro.
Nuestro camarero llegó con los brazos llenos de bandejas, equilibrando nuestros platos.
Habíamos decidido pedir algo diferente cada una para poder probar un bocado de lo de las demás.
También pedimos el pan de ajo, con el que se podría alimentar a un pequeño ejército, y una ensalada de la casa de tamaño grande.
Empezamos a comer en cuanto la comida tocó la mesa; los aromas eran demasiado buenos para esperar.
Sorbí un fideo con salsa carbonara, dejando escapar un leve gemido de satisfacción.
—Cuidado, chica —dijo Sarah, enrollando su tenedor en los espaguetis con albóndigas—. Igual te vuelves a quedar embarazada solo con la comida.
Cogí un trocito de pan de ajo y se lo tiré, haciendo que toda la mesa estallara en carcajadas. Se sentía bien reír. Estar rodeada de amigas. Ya amaba Nueva York, pero ellas lo hacían aún mejor. Podría criar a un bebé aquí.
Una vez pagada la cuenta y con el estómago lleno, hasta el punto de no poder ingerir ni un bocado más, todas salimos a la acera.
La ciudad estaba envuelta por un cielo oscuro y sin nubes.
Nos despedimos con abrazos y me hizo muy feliz ver que todas habían congeniado tan bien.
Subiéndonos en taxis distintos, partimos en todas direcciones hacia nuestras casas.
Sintiéndome somnolienta por toda la comida, me puse inmediatamente un pijama cómodo y holgado al entrar en mi apartamento.
Me aseé rápidamente y caminé sobre el parqué hacia mi cama.
Se veía tan acogedora que estaba deseando quedarme frita en mitad de mi coma alimentario. Retiré las mantas y me deslicé debajo.
Pero el sueño no llegó. Aunque mis párpados pesaban y mi estómago estaba lleno de la mejor comida que había probado en mucho tiempo, no conseguía estar cómoda.
Mi mente vagaba demasiado. Pensamientos sobre el pasado, sobre el futuro.
No asimilaba la idea de ver a Chester mañana.
Sentía como si hubieran pasado meses desde la última vez que lo vi.
Quizá era porque habían cambiado tantas cosas entre nosotros en solo una semana.
Me puse boca abajo, hundiendo la cara en la almohada, probando una nueva postura para dormir. Al no tener éxito, me puse boca arriba con un suspiro de fastidio.
—Duérmete —me susurré a mí misma en la oscuridad.
Necesitaba toda la energía posible para enfrentarme a Chester mañana por la mañana, para sacar fuerzas y seguir adelante con mi dimisión, sabiendo que eso sería realmente el fin de lo nuestro.
¿Es que hubo alguna vez algo nuestro?
Nos conocíamos desde hacía, ¿qué?, ¿dos meses?
Y, sin embargo, se sentía como un dolor de corazón que nunca antes había experimentado.
Ni siquiera en mis dos relaciones largas.
Me pregunté qué significaba eso. Quizá estaba cegada por la lujuria.
La excitación y la pasión que sentía con Chester no tenían parangón.
Pero eso no era real. Era un romance fugaz que resultaba absorbente, pero que terminó demasiado pronto.
Probablemente fuera mejor así, que todo estallara.
Si me sentía así ahora, con más tiempo solo podría ser peor.
Su rostro apareció en mi mente, inoportuno pero atractivo.
Intenté bloquear el color castaño de sus ojos y la forma en que el pelo le caía sobre ellos cuando perdía la compostura.
Sentía como si yo hubiera sido la única persona capaz de ponerlo así, de hacerle perder su actitud profesional ante sus deseos.
Él me hacía sentir de esa forma, como si yo fuera la única capaz de hacerle perder el control.
Como si yo fuera la única persona por la que él tuviera ojos.
Intenté apartar de mi mente la forma en que sus labios se curvaban en una media sonrisa, lo suficientemente leve como para pasar desapercibida, pero lo bastante sexy como para distraerme por completo.
Echaba de menos cómo se sentían sus labios contra los míos, ya fuera en un beso suave y dulce o en un choque apasionado. No había término medio.
Por muy enfadada que estuviera con él, o quisiera estarlo, no podía evitar echarle de menos. No podía evitar desearle. Necesitarle.
Mis ojos se cerraron mientras recordaba la forma en que sus manos me exploraban como si fuera un trofeo que había ganado, con orgullo y posesividad. Sus dedos eran suaves al recorrer mi piel, y fuertes cuando se movían entre mis piernas. Haciendo círculos. Acariciando. Introduciéndose en mí.
Deslicé mi mano por mi abdomen, con los dedos recorriendo la tela de algodón de la parte de arriba de mi pijama y bajando más hasta llegar a la cinturilla del pantalón.
Deslicé la mano bajo la suave tela y me estremecí mientras trazaban ligeramente la parte interna de mis muslos.
Arqueé un poco la espalda, imaginando que era el roce de Chester lo que calentaba mi interior.
Deseaba con todas mis fuerzas que los duros músculos de su cuerpo estuvieran presionados contra mí, envolviéndome en su calor mientras me provocaba con sus dedos delgados.
Pasé el pulgar por mi parte más sensible, rodeándola lentamente, lo que me hizo jadear.
Mi mente era un collage de cada vez que nos habíamos fundido en uno solo, dándome escalofríos a medida que mi pulgar se movía más rápido.
Hundí un dedo en mi apertura húmeda, soltando un gemido entrecortado, imaginando las ondas de su larga polla alcanzando lo más profundo de mi ser.
Grité su nombre, demasiado perdida en el momento como para sentirme estúpida por ello.
Introduje otro dedo, moviéndome más rápido.
No tardé mucho en estremecerme de éxtasis, liberándome contra mi mano bajo las sábanas frescas.
Pronuncié su nombre al llegar al clímax, con la espalda muy arqueada antes de desplomarme sobre el mullido colchón, satisfecha y agotada.
Finalmente me quedé dormida, rendida por mi propia mano, fingiendo que Chester estaba allí abrazado a mí. Casi podía sentir su respiración cálida contra mi hombro, constante mientras dormía a mi lado. Juraría que una lágrima resbaló por mi mejilla mientras me hundía en la oscuridad de mis sueños.