Tentación Irresistible (Confesiones de bebés nº 7) Capítulo 2 Chester
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Capítulo 2 Chester

Me estiré mientras me dirigía al gran ventanal de mi dormitorio y miré hacia la ciudad a mis pies.

La bruma púrpura del cielo centelleaba con las luces circundantes de los edificios, a la espera de que el sol las relevara.

Me puse la mano en la parte baja de la espalda y empujé las caderas hacia delante en un estiramiento matutino.

Ataviado solo con mis calzoncillos bóxer, nadie podía verme a tanta altura en mi torre de ático.

Por eso elegí este lugar. No solo por las vistas, sino por la privacidad de hacer lo que quisiera y con quien quisiera.

El dineral que pagué por él mereció la pena.

Caminé hacia mi vestidor y las luces del techo se encendieron en cuanto abrí la puerta de la cálida habitación revestida de madera.

Me puse unos pantalones cortos de gimnasia y una camiseta de tirantes que había dejado preparados la noche anterior para la sesión de entrenamiento de esta mañana, seguidos de un par de las últimas zapatillas de deporte.

Me apreté bien los cordones blancos y limpios.

El gimnasio del edificio solo estaba ocupado por unos pocos residentes más, los habituales que veía a esta hora de la mañana.

Les dediqué un asentimiento con los labios apretados al pasar, subiendo el volumen de la música en mis auriculares como solía hacer.

No soy muy dado a las charlas triviales.

Por suerte, nadie lo intentaba nunca y el gimnasio era lo bastante espacioso para mantener las distancias y centrarme en mi entrenamiento.

Cogí un juego de pesas del estante de metal negro y me puse frente a los espejos que iban del suelo al techo para empezar mi serie de curls de bíceps.

No tardaron en aparecer gotas de sudor sobre mi frente mientras gruñía durante la última serie, la más pesada.

Mientras tanto, repasaba mentalmente la lista de cosas que tenía que hacer ese día.

Ducha.

Desayuno.

Dominación mundial.

No exactamente, pero bien podría serlo en el tipo de negocio en el que me muevo.

Iba a hacerme cargo de mi tercera empresa en lo que va de año.

La prensa lo llamaba fusión, pero yo lo veía como lo que realmente era: estaba comprando una compañía a precio de saldo.

Estaba siendo liquidada y yo podía comprar sus activos por cuatro duros.

Las organizaciones sin ánimo de lucro no eran precisamente mi fuerte ni algo que me importara demasiado, pero sabía que me daba buena imagen.

El periódico de ayer incluso me llamó hombre caritativo, lo cual era una mentira descarada, pero, de nuevo, bueno para el negocio.

La prensa nunca ha sido tan amable. Los periodistas y mis antiguos empleados solían llamarme «verdugo».

Antiguos por una razón. Yo me lo tomaba como un cumplido, pero otros no lo veían así.

Mi trabajo no consistía en proteger los sentimientos de nadie, ni su medio de vida, para el caso.

Mi trabajo es llegar, ver dónde están los puntos débiles y extirparlos en pos de cosas más grandes y mejores.

Si la gente pudiera entender que es por el bien de la empresa, quizá no sentirían la necesidad de calumniarme.

Pero los números no mienten. Cada empresa que he adquirido o con la que me he «fusionado» ha duplicado sus cifras como mínimo.

Esbocé una media sonrisa para mis adentros mientras cogía el juego de pesas del banco y empezaba a hacer press militar por encima de la cabeza.

Soy bueno en lo mío. La gente simplemente necesita tener un villano o alguien a quien culpar de sus propias carencias.

No me molesta. Vivo en la mejor ciudad del mundo, en este edificio de lujo, con más dinero en mis cuentas bancarias del que sé qué hacer con él.

Tras unos treinta minutos más y mi última serie de remo al mentón, volví a dejar las pesas en el estante con un tintineo sordo y me sequé el sudor de la frente y la nuca con una toalla.

Con la música aún retumbando en mis oídos, me dirigí a las puertas de cristal esmerilado del gimnasio y las empujé para salir, consciente de las miradas puestas en mí.

Es lo que conlleva ser el hombre más rico del edificio.

Qué demonios, el más rico del Upper East Side.

De vuelta arriba en mi apartamento, abrí la ducha y esperé a que el vapor subiera hasta los techos altos.

Me quité la ropa húmeda del gimnasio y me metí en la ducha, dejando que mi piel recibiera el calor del agua mientras impactaba contra mi espalda.

Cerré los ojos y mi lista de tareas volvió a aparecer en mi cabeza, como ocurría tan a menudo.

Los negocios siempre están presentes en mi mente.

Lo primero es lo primero...

Café.

Luego tengo que reunirme con el contable principal.

Necesito un resumen de las finanzas para ver hasta qué punto está en el hoyo esta organización sin ánimo de lucro y dónde tendré que recortar y eliminar.

Esto debe estar hecho antes de ir a la primera gran reunión de la empresa, donde tendré que ponerme una sonrisa de compromiso mientras conozco a los empleados de la oficina, todo ello mientras elijo mentalmente quiénes se van a quedar y quiénes se van a marchar.

Tengo un buen instinto con solo mirar a la gente. O lo tienen o no lo tienen.

Una vez enjuagado y oliendo a sándalo y vetiver, cortesía de una reciente visita a Bloomingdale's donde la mujer tras el mostrador resultó muy convincente, salí de la ducha y me envolví la cintura con una toalla.

Con la palma de la mano, limpié un círculo en el vaho del gran espejo que colgaba sobre la encimera de cuarzo blanco.

Me cepillé rápidamente los dientes y me afeité antes de aplicarme una pomada en el pelo húmedo de color castaño claro.

Me vestí rápido con mi traje azul marino recién planchado que la tintorería me había entregado en la puerta anoche mismo.

Combinado con una camisa blanca impecable y una corbata de seda azul a juego, estaba listo para ir a la oficina más de dos horas antes de lo necesario.

Es mejor llegar temprano que puntual, aunque sea excesivamente temprano.

Hice que el conductor de mi vehículo de lujo me dejara en la cafetería justo al final de la manzana del edificio de oficinas antes de despedirlo con un simple gesto de la mano.

El aroma de los granos recién molidos me rodeó al cruzar el umbral y atravesar la puerta de cristal abierta.

Mi teléfono vibró en el bolsillo de la chaqueta.

Lo saqué y eché un vistazo a la pantalla, curioso por ver quién llamaba tan temprano.

Will.

—Hola, tío—respondí, entrando en la corta fila de la cafetería, con los ojos clavados de inmediato en el firme culo de la pelirroja que tenía delante. Arqueé las cejas, impresionado.

—¡Chester! ¿Ya has empezado a hacer llorar a alguien?—preguntó Will con una sonrisa seguramente dibujada en los labios.

—Todavía no. Pero solo son las cinco y media. Hay tiempo de sobra.

Él soltó una carcajada.

—¿Qué haces tú levantado tan temprano?—pregunté con curiosidad, avanzando un paso en la fila.

—Aún no me he acostado.

—Claro que no.—Me reí entre dientes mientras llegaba al mostrador, donde la camarera me hacía señas para que me acercara.

—Un capuchino para llevar, por favor—dije. Acerqué rápidamente mi tarjeta platino al lector y me hice a un lado para esperar mi bebida.

—Eso suena bien ahora mismo—dijo Will con voz somnolienta al otro lado de la línea.

—¿Qué te ha tenido fuera toda la noche?—pregunté.

—He tocado en un sitio. Un micrófono abierto, más bien.

—¿Y no me has invitado?—le solté, fingiendo dolor en la voz.

—La próxima vez. Primero quería ver qué tal era este bar nuevo—respondió.

—O sea, que querías asegurarte de que no dabas pena antes de invitar a tu mejor amigo a verte—le piqué.

Sabía que Will era bueno. Siempre lo ha sido, desde que tocaba versiones con la guitarra en el segundo piso de nuestra residencia a altas horas de la madrugada. Menos mal que sabía entonar, porque si no el tutor lo habría echado, y yo no quería otro compañero de cuarto.

—Ya sabes que soy increíble—dijo Will con seguridad.

—¡Capuchino para llevar!—anunció la camarera en voz alta al final de la reluciente barra de madera.

Le dediqué un agradecimiento silencioso con la cabeza y cogí el vaso de cartón blanco.

Me encaminé hacia la puerta, pero no sin antes echar otro vistazo al maravilloso culo de la pelirroja mientras echaba leche y azúcar en su taza de café.

—¿Estás nervioso?—preguntó Will, devolviéndome a la realidad.

—¿Por qué?

—Oh, no sé... ¿por hacerse cargo de una nueva empresa?—Casi podía oírle poner los ojos en blanco, mientras probablemente caminaba de vuelta a su ático en Chelsea.

—Ya estoy bastante acostumbrado.—Me encogí de hombros, respirando el aire fresco de la mañana mientras pasaba por delante de varios edificios de cristal hasta llegar al más alto, con grandes columnas de hormigón. Mi edificio.

—Cierto.

—A ti te parece bien, ¿verdad?—pregunté.—Todo esto de la organización sin ánimo de lucro, quiero decir...

—Obviamente. Confío en ti, tío.

Asentí y tomé un sorbo de mi capuchino. Sé que no hace falta preguntar a Will sobre mis movimientos comerciales.

Puede que sea mi socio capitalista, pero sabe que siempre tengo en cuenta sus intereses mientras sigo haciendo crecer mi —nuestro— imperio.

No estaría donde estoy sin él. Yo no crecí precisamente en la abundancia, pero Will venía de familia adinerada, aunque esa fuera la última razón por la que era mi mejor amigo entonces o ahora.

Al salir de la universidad, terminamos montando nuestro primer negocio juntos.

Yo era el cerebro y él el director creativo.

De mejores amigos a socios comerciales, todo encajó a la perfección, sin que ninguno de los dos imaginara a dónde nos llevaría.

Años después, yo continué y él pasó a un segundo plano, cómodo con la fortuna que había amasado y deseoso de perseguir sus otras pasiones, como la música.

—Gracias—dije, con sinceridad en más de un sentido.

—Buena suerte hoy—dijo él.

—Gracias, Will—dije, agarrando el frío tirador metálico de la pesada puerta de cristal y tirando de ella.

Entré en el espacioso vestíbulo, con mis zapatos resonando contra los suelos de mármol recién pulidos.

El lugar estaba vacío, salvo por el conserje que terminaba de limpiar los suelos al fondo a la derecha de la estancia, que justo ahora empezaba a bañarse con los rayos del sol.

Le saludé con la cabeza y me dirigí a los ascensores.

Miré el reloj. Eran poco antes de las 6:00 a.

m. Nadie estaría aquí hasta dentro de al menos dos horas, aunque si alguien estuviera intentando causar una buena impresión a su nuevo jefe, ya estaría aquí.

Ya en mi despacho, me desabroché el botón inferior de la chaqueta y me acomodé en mi gran sillón orejero de cuero.

Recorrí con la mirada mi oficina, los estantes de madera oscura llenos de libros y galardones enmarcados, tamborileando los dedos distraídamente sobre el escritorio.

Revisé mis correos electrónicos y hojeé los papeles de mi mesa que ya había revisado.

Quizá las 6:00 era un poco demasiado temprano, pero estaba ansioso por poner las cosas en marcha.

Ojalá el resto de la oficina también lo estuviera.

Tomé un sorbo de mi capuchino y abrí el móvil.

Navegué sin rumbo un rato antes de buscar una transmisión en directo para tenerla de fondo mientras repasaba mi agenda del día.

Casi me atraganto con el capuchino, tosiendo, cuando mis ojos captaron el vídeo que se reproducía en mi teléfono.

Me limpié la boca y me incliné hacia delante para asegurarme de que realmente estaba viendo lo que creía.

Efectivamente, era una mujer rubia duchándose; tenía una pierna mojada apoyada en el borde, ofreciendo una vista completa de la pulcra belleza entre sus piernas.

Arqueé las cejas mientras la comisura de mi boca se elevaba.

Mi mañana acababa de volverse muchísimo más divertida.

Me eché hacia atrás en la silla del escritorio, llevándome el móvil para disfrutar del espectáculo.

Estaba bronceada y tenía curvas; el agua goteaba de sus pechos turgentes mientras se inclinaba hacia delante.

Llevaba su larga melena rubia recogida en una trenza que le caía por la espalda mientras usaba una cuchilla morada para depilarse.

Parecía estar hablando sola, aunque apenas podía concentrarme en lo que decía.

Y no creía que el otro cuarto de millón de espectadores que estaban conectados pudieran hacerlo tampoco.

De repente, el teléfono se cayó, y con él hubo una visión fugaz de piel bronceada, toallas de baño blancas y gotas de agua.

Pude oír un chillido de maldición y un grito antes de que la transmisión en directo se cortara bruscamente.

Me reí para mis adentros al darme cuenta de que no estaba dando un espectáculo intencionadamente, pero desde luego me había entretenido.

Mi erección presionando contra mis pantalones era prueba de ello.

Decepcionado por no haberme conectado antes, busqué con curiosidad el nombre de la transmisión en directo.

Juliet97.

Toqué el nombre, lo que me llevó a su perfil. Estudié primero su pequeña foto circular. Piel bronceada, ojos azules, pelo rubio pálido y una amplia sonrisa. Atractiva de morir. Seguí leyendo su biografía.

Juliet.

Nueva York.

Cadena de favores.

Vivía aquí, en Nueva York. Interesante.

Entonces me quedé de piedra al leer dónde trabajaba. No podía ser posible. Era empleada de la empresa de la que yo iba a hacerme cargo hoy...