Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

El capitán Gómez volvió a demostrar su valía.

Había conseguido una pista sobre los «forasteros», los que supuestamente realizaban experimentos en la selva.

Justo a tiempo, además. Cabrera y yo habíamos planeado tomar el primer vuelo a Bogotá esa mañana.

En su lugar, nos dirigimos a la comisaría local donde Gómez ejercía su autoridad.

— Hola , agente Abby.

Miré alrededor y vi al capitán saliendo de una habitación a unos cinco metros de donde estábamos.

—Me alegro de pillarlos antes de que se fueran. Tengo información que les interesará.

Cabrera y yo seguimos a Gómez por un pasillo que olía a cerrado.

El interior de la comisaría no se parecía en nada a lo que esperaba.

Normalmente, las paredes de una comisaría están llenas de carteles que indican a la gente adónde ir.

Aquí solo había unas cuantas fotos de personas que supuse que eran políticos locales. Tampoco había muchos agentes por allí.

—¿Dónde está todo el mundo? —le susurré a Cabrera.

Se encogió de hombros. Sus pensamientos parecían estar en otra parte, y su expresión era pétrea. De hecho, en toda la mañana no había visto ni rastro del Cabrera juguetón al que me había acostumbrado. ¿Dónde estaba el hombre que no hacía más que prestarme atención?

—¿Qué te pasa? —pregunté.

—Nada —dijo, esta vez consiguiendo esbozar una sonrisa.

Nunca habíamos hablado de nuestra noche de pasión, pero supuse que las cosas estaban bien entre nosotros. Esperaba que no le hubiera molestado. Tenía suerte de que yo no fuera de las que se pegan. De lo contrario, habría estado analizando esta situación hasta la saciedad.

Gómez nos sostuvo la puerta abierta, y entramos en una pequeña habitación que olía a armario viejo.

«Hecho de madera» era el único detalle arquitectónico de la comisaría. No había mucho más que destacar.

—Tomen asiento, por favor —dijo, señalando un par de sillas.

Se sentó de inmediato frente a un ordenador y empezó a teclear con dos dedos. «Y justo cuando creo que todos en las fuerzas del orden han aprendido a teclear...»

Gómez pulsó intro y la impresora a su lado empezó a traquetear. Cuando escupió un papel, lo cogió y lo puso delante de Cabrera.

—Julio y Elan Ortega. ¿Les suenan?

Cabrera cogió el correo impreso y miró los dos nombres.

—No.

Luego me lo pasó.

—Son científicos especializados en ingeniería genética —dijo Gómez—. Su trabajo ha sido cuestionado en el pasado por la comunidad científica.

—¿En qué sentido? —pregunté.

—Algunos cuestionan su ética y si lo que hacen beneficia realmente a la humanidad.

Mi ceja izquierda se arqueó involuntariamente.

—¿Puede darme más detalles?

Gómez negó con la cabeza.

—Ahora mismo no. Yo también estoy informándome sobre ellos.

—¿Qué le hace pensar que son ellos los que estaban en la selva?

—El hombre al que entrevistó en la selva... le mencionó a Rapau, justo antes de que se fueran, que uno de los científicos tenía una cicatriz muy visible en la mejilla izquierda.

Puse los ojos en blanco sin poder evitarlo. Este tipo de cosas venían pasando mucho desde que llegué a Colombia.

—Me alegro de que se le ocurriera compartir esa información.

—La buena noticia es que uno de nuestros hombres conocía a un vecino con una cicatriz en la mejilla. Viven en el mismo barrio y lo ha visto en el mercado. Así que investigó y tuvo suerte. Así fue como encontramos a Elan y, después, a su hermano.

Gómez abrió entonces un pequeño mapa y marcó con un círculo dos ubicaciones.

—Sus domicilios. ¿Necesitarán ayuda?

Respondí que no sin dudarlo. Mi misión aquí era reunir información, no derribar puertas ni asaltar habitaciones con la unidad táctica local. Le di las gracias a Gómez por su ayuda.

Cuando nos levantamos, Cabrera pidió un coche prestado.

Gómez se metió la mano en el bolsillo y le dio a Cabrera las llaves de su camioneta.

—Devuélvela con el depósito lleno —dijo.

Veinte minutos de viaje nos llevaron hasta un edificio de apartamentos bastante nuevo que destacaba entre las ruinas circundantes.

No pude evitar fijarme en la maraña de cables negros que iban del edificio a varios postes eléctricos.

«¿Cómo saben cuál es de quién?» Cada apartamento tenía un balcón, cada balcón tenía un tendedero, y en cada tendedero parecía haber ropa colgada.

«Por lo visto, aquí las secadoras no se estilan.

» Los buzones estaban dentro, cerca del ascensor.

Un vistazo rápido nos indicó que Julio Ortega vivía en el décimo piso.

Cuando llegamos, di mis tres golpes de rigor en la puerta y esperé. Lo intenté otra vez, más fuerte. Unos segundos después, Cabrera pegó la oreja a la puerta.

—No oigo nada. No hay nadie.

No era lo que quería oír. Chasqueé la lengua mientras miraba a Cabrera.

Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Tengo una idea. Espera aquí.

Antes de que pudiera protestar, se dio la vuelta y se dirigió a toda prisa hacia el ascensor. Volvió después de lo que me pareció una eternidad, pero no venía solo.

Señaló la puerta, y el hombre que lo había seguido sacó un llavero repleto de llaves. Cabrera se inclinó hacia mí.

—Es el administrador del edificio.

—No tenemos orden judicial.

—No estamos en Estados Unidos.

El administrador abrió la puerta. Cabrera le dijo algo en español y le deslizó un billete bien doblado. El administrador asintió y se marchó.

—Tenemos quince minutos.

El interior del apartamento era el típico de un hombre soltero que pasaba todo su tiempo en el trabajo. Estaba relativamente limpio, gracias a su sencillez. El mobiliario y la decoración eran puramente funcionales, sin dar ninguna pista sobre la personalidad del propietario.

Examiné el salón intentando hacerme una idea de nuestro científico.

En una estantería había varias fotos enmarcadas; una mostraba a dos hombres con toga de graduación, cada uno con su título en la mano.

Uno tenía una cicatriz en la mejilla. «Por fin, algo útil.

» «Así que vosotros sois los hermanos Ortega.

» Supuse que eran mellizos, ya que parecían tener la misma edad y aparentemente se habían graduado juntos de la universidad. Cogí la foto y fui a buscar a Cabrera.

Lo encontré a mitad del pasillo, en un despacho.

El lugar era un desastre. Montones de papeles y envoltorios de comida basura cubrían el escritorio y se extendían por buena parte del suelo.

Botellas de refresco vacías se alineaban a un lado del escritorio.

Dos de las paredes estaban ocupadas por estanterías repletas de libros.

Cabrera rebuscaba en un cajón del escritorio.

—Madre mía, dime que no has sido tú.

Levantó la vista.

—¿Eh, qué?

—¿No deberíamos ser un poco más discretos?

Miró alrededor del despacho.

—No te preocupes, ya estaba casi todo así.

Recogió un montón de carpetas, las metió de nuevo en el cajón y lo cerró a la fuerza.

—Aquí no hay nada útil.

—¿Tú crees?

Cabrera no respondió al pasar junto a mí. De repente, su interés en la investigación había pasado de «Acabemos con esto de una vez» a «Estoy en una misión».

—Tengo una foto de los hermanos —anuncié siguiéndolo por el pasillo.

Se detuvo y se volvió.

—Esto nos sirve.

Me arrebató el marco de la mano, lo desmontó y se guardó la foto en el bolsillo trasero.

—Desde luego que aquí abajo hacéis las cosas de otra manera.

La verdad es que creo firmemente en respetar la ley, incluso cuando se trata de las fuerzas del orden. He visto a muchos compañeros saltarse los procedimientos o dejarse llevar por el poder, pero nunca habría imaginado que Cabrera fuera uno de ellos. Lo agarré del brazo.

—¿Qué mosca te ha picado? De repente te interesa el caso y haces cosas que sé que la DEA no aprueba.

—Lo siento —dijo—. La verdad es que no creía que tuviéramos gran cosa hasta que conseguimos esta pista. Supongo que se me ha calentado la sangre.

Me sonrió.

—Veamos qué pinta tiene el dormitorio de este tipo.

Entramos por la última puerta. El dormitorio transmitía la misma impresión que el salón: impersonal. La cama estaba sin hacer y había algunas prendas tiradas por el suelo. Tenía un pequeño baño anexo. Eché un vistazo a la ducha; las baldosas estaban secas, igual que el jabón.

—Parece que nuestro hombre lleva un tiempo sin venir por aquí. O eso, o no se ducha.

El cepillo de dientes también estaba seco.

—Yo diría que no ha pisado su piso en al menos un día, día y medio. No es raro en un adicto al trabajo.

Salí del baño y volví a encontrar a Cabrera revolviendo los cajones de la cómoda. Al menos era concienzudo.

—Intenta no romper nada —dije antes de ir a la cocina.

Cabrera me alcanzó un minuto después.

—¿Has encontrado algo interesante? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Nada que grite «Hice experimentos en la selva».

—Vayamos al piso del otro hermano. Quizá tengamos más suerte allí.