CAPÍTULO QUINCE
Cabrera llegó quince minutos después de que le disparara a mi atacante y lo matara. Estaba en shock.
—Estoy tan confundido como tú. Recibimos amenazas de muerte constantemente, pero ¿qué agencia gubernamental no las recibe? Aun así, esto es lo peor que hemos visto.
—¿Entonces nunca ha pasado nada así? —pregunté.
—No, nada de esta magnitud. Correos electrónicos, notas en la puerta, mierda humana lanzada a las ventanas...
—Qué asco.
—Sí, ya te digo. Echamos a suertes quién lo limpia. De vez en cuando, algún disparo perdido atravesaba la ventana, pero eso se acabó cuando instalamos cristal antibalas. En fin, pensábamos que la mayoría de estas amenazas eran solo bravuconadas.
—¿Crees que venía a por mí?
Cabrera se arrodilló junto al cuerpo.
—¿Cómo iba a venir a por ti? Fredy y yo éramos los únicos que sabíamos que venías.
Se levantó y alzó las manos.
—No reconozco a este tipo, pero tenía que venir a por Fredy o a por mí. Los cárteles nos conocen bien. Les hemos complicado la vida a los narcos. Es lógico que vayamos en su lista.
—¿Entonces podría haber estado esperando a que volviera cualquiera de los dos?
Cabrera se encogió de hombros.
—Es posible. Y la llamada lo asustó.
La policía y el médico forense llegaron poco después y se pusieron manos a la obra.
Cabrera se ocupó de ellos, así que aproveché para salir a llamar a casa.
No es frecuente que el trabajo me afecte, pero ese día sí lo hizo.
En ese momento, nada era más importante para mí que escuchar las voces de mis hijos y de Po Po.
No me molesté en contarles lo que había pasado.
Me bastaba con escuchar lo que tuvieran que decir.
Nada era demasiado trivial. A menudo olvido lo preciosa que es la vida, y solo cuando me dan estos golpes de realidad me acuerdo.
Aunque en una semana... Ay, ¿a quién quiero engañar?
Normalmente lo olvido en un día. Odio eso de mí misma.
Mi sesión de autocompasión no mejoró mucho cuando empecé a pensar en qué les habría pasado si me hubieran matado.
«¿Cuál es el plan, Abby?». No tenía ninguno.
Me sequé las lágrimas que se me habían acumulado.
«Lo primero es lo primero: cuando llegue a casa, tengo que idear un plan B».
Mientras tanto, intentaría no machacarme y canalizar esa energía en disfrutar de mi familia.
Difícil cuando estás a casi seis mil kilómetros de distancia.
Cuando el médico forense terminó y se llevaron el cuerpo, Cabrera llamó a un servicio de limpieza.
Unas horas más tarde, todo olía a pino fresco y parecía que nunca hubiera pasado nada.
Informé a Reilly del atentado y le dije que mi misión de recopilación de información había dado un giro oscuro, pero que podía continuar.
Reilly coincidió en que lo más probable era que yo no fuera el objetivo, pero me pidió que tuviera mucho cuidado.
—Hay muy poco que pueda hacer por ti mientras estés en Bogotá, Abby. Cuanto antes acabes con esto, mejor.
Ya te digo.
Cabrera y yo cerramos y nos fuimos a su bar favorito. Los dos necesitábamos una copa. Nos sentamos en silencio, dándole al botellín y haciendo gluglú con las burbujas. En un momento así, la cerveza era lo que tocaba. Luego pedimos cuatro chupitos, aún más apropiados.
—Es aguardiente . Significa agua de fuego .
Se frotó las manos y se relamió.
—Es como un brandy. Este tiene sabor a cítricos.
Levantó el vasito.
—Por la supervivencia.
Choqué mi vaso contra el suyo y me lo bebí de un trago. El ardor no estuvo mal, y el sabor a naranja se dejó notar.
Enseguida cogió el segundo chupito.
—Mejor meterse dos, teniendo en cuenta...
¿Quién era yo para llevarle la contraria? Empecé a notar un hormigueo en la cara.
Cabrera me miró a los ojos.
—Lo siento mucho. No debería haberte dejado sola.
—¿Cómo íbamos a saberlo? —dije encogiéndome de hombros.
Me cogió la mano derecha, y la vi desaparecer entre las suyas. Eran cálidas, sorprendentemente suaves. No creía que tuviéramos tanta confianza. O quizá los agentes de la DEA se cuidan mucho entre ellos. Fuera cual fuera su motivo, me hizo sentir segura.
—Lo digo en serio, Abby.
—Me alegro de que llamaras en ese momento.
Me escrutó el rostro durante un momento.
—Oye, iba a invitarte a salir esta noche, ya sabes, al club, pero no estoy seguro de que sea buena idea.
—Bien, porque no estoy de humor.
—No hay nada más que podamos hacer hoy. Deberíamos irnos a casa y descansar. Mañana volamos a Mitú.
—Ah, espera. Había algo que quería preguntarte antes de que surgiera todo el asunto de Fredy.
Leí en el informe que había otra víctima con heridas similares a las del agente Riggs y la joven pareja, pero hay muy poca información sobre ese cuerpo o dónde se encontró.
Aunque, si no me equivoco, esa víctima tenía un testigo presencial.
Cabrera desvió la mirada y se mordió el labio inferior.
—Me temía que preguntarías por eso.
—¿Por qué?
—Porque ese se encontró en la selva. Era miembro de una tribu indígena.
—Me estás tomando el pelo, ¿no?
—Qué va. Necesitaremos un guía que hable la lengua de la tribu. Y luego está el equipo y las provisiones que tendremos que conseguir.
—¿Provisiones? ¿Equipo?
—Tendríamos que adentrarnos a pie en la selva. No hay carreteras.
Se me desencajó la mandíbula. Mi reacción debió de hacerme parecer una agente novata.
—¿Sigues interesada en buscar a esa víctima?
—Por supuesto —solté sin pensarlo. No iba a dejar que me vieran como el eslabón débil del equipo. La verdad es que no tenía ni idea de lo que supondría una caminata por la selva, pero no me daba miedo. ¿Tan difícil podía ser?