EPíLOGO
La nueva casa es enorme.
Es de un solo nivel, con ventanales hacia la piscina y habitaciones grandes que parecen salas. A cualquiera le encantaría… menos a mí. Tres meses y medio aquí y aún siento que me asfixia.
Ya me quitaron el yeso y mi pie está sano, pero es la cicatriz en mi rostro la que nunca me deja olvidar: ni el accidente ni a él.
—¿Lista? —pregunta mi tío Gael.
Es la primera vez que lo veo en su faceta de abogado, y nada tiene que ver con el tío que siempre veía en casa. Ahora, hasta usa esmoquin.
Es lo único bueno después de todo. Al fin ha asentado cabeza y se ha establecido en un lugar.
Aunque he escuchado a mi mamá decir más de una vez que sabe que, en algún momento, volverá a alzar el vuelo y se volverá a ir para buscar nuevas aventuras.
Supongo que así ha sido su vida siempre: trabaja, gana buen dinero y luego vive de eso por un tiempo. Y así sucesivamente.
—Sí, ¿y mi papá? —pregunto.
—Llegó hace un mes y medio.
—En una llamada… Pero te cuento un secreto… tenía los ojos rojos, creo que estaba llorando. Después de todo, eres su princesita y te estás yendo lejos —bromea.
Ignoro su comentario, sé con qué intención lo dice.
Pero hay cosas que ya no pueden ser como antes.
Hoy finalmente me voy.
He decidido estudiar psicología en la Universidad Del Sur y las clases comienzan la próxima semana.
No estuvieron felices con la noticia al principio, pero lo terminaron aceptando.
Después de todo, saben que falta poco para que cumpla dieciocho.
Y, especialmente, me tranquiliza saber que no seguiré dependiendo de ellos.
La beca que me ofrecieron cubre buena parte de la carrera, y por lo demás sé que podré arreglármela sola.
—¡Marquitos! —exclama el enfermero de turno.
Marcos frena frente a nosotros.
No siempre está de buen humor, pero cuando lo está, nos damos cuenta al ver correr al enfermero tras él. Se aprovecha de que ya puede mover la mano para darle toda la velocidad a su silla eléctrica, y de que la casa tiene suficiente espacio para poderse movilizar por doquier.
No sé en qué momento se les ocurrió comprarle una silla con velocidades.
Así que, sin duda, hoy está de buen humor.
—¿Ya te vas? —pregunta, serio.
—Sí —veo el reloj—. Tengo que estar en el aeropuerto en una hora.
—¡Qué bueno! —exclama.
Me hace sentir mal.
—¿Estás feliz de que tu hermana se vaya? —duda mi tío.
—Claro, es una buena noticia. Al fin tendremos una psicóloga en esta familia y podrá sacar la locura de esta casa —dice, sonriendo levemente.
—Te quiero mucho, lo sabes, ¿cierto? —Lo abrazo.
—Sí, lo sé. Yo también te quiero —dice, y vuelve a acelerar.
Si no me muevo, me lastima.
El enfermero vuelve a ir tras él.
—¡¿Cosset, Cosset?! ¡¿Ya se fue?!
Escucho a mi mamá. Acaba de llegar.
—No, todavía no —responde mi papá, acercándose.
—¡Qué bueno! —dice aliviada—. Creí que no iba a llegar. La reunión se alargó y hay un tráfico horrible. Por cierto, Estiven, te envié un archivo a tu correo. Necesito que lo revises hoy sin falta.
—Sí, lo vi. Lo reviso luego.
Ambos están trabajando en el área administrativa.
Supongo que les está yendo bien, la casa es muestra de ello. Pero más que eso, ahora tienen horarios más amigables y hay días en que trabajan desde casa.
Eso le ha hecho muy bien a Marcos, porque nunca está solo.
—Recuerda que, aunque estés lejos, sin importar la hora nos puedes llamar para lo que necesites —dice mi mamá.
—Tienes la tarjeta, úsala para todo lo que necesites —agrega mi papá.
La acepté a regañadientes. Sinceramente, espero no tener que usarla y resolver yo sola.
Me despido de ellos con un abrazo, y luego mi tío me lleva al aeropuerto.
La relación con mi familia ha cambiado mucho. Sé que me quieren y saben que los quiero, pero hay cosas que aún no he podido olvidar y ellos tampoco. Supongo que poco a poco las cosas van a volver a ser como antes, o quizás no.
Es la cicatriz entre mis cejas lo que siempre me hace dudar.
***
Tengo un vuelo tranquilo.
Y cuando llego a mi nuevo destino, el clima de agosto me envuelve en un viento caluroso que me hace sentir abrazada. Un clima muy diferente al frío que ya debe hacer para estas fechas en el pueblo.
Son las dos de la tarde y he llegado a la universidad a tiempo para poder recibir el paquete de bienvenida.
Ya me asignaron habitación y ya tengo el código de acceso, así que es el primer lugar al que voy.
Tendré que compartirla. Saberlo no me agradó mucho al principio, pero…
no creo que sea tan malo después de todo.
Cuando entro me gusta, no es tan pequeña como creí.
Tiene buen espacio y una ventana lo suficientemente grande como para disfrutar de la lluvia.
Solo espero que a mi compañera también le guste y no se vaya a poner loca con que quiere poner cortinas.
Como sea, no ha llegado, así que tengo la oportunidad de ser yo quien elija qué lado.
Me inclino por el izquierdo.
Acomodo poco a poco las cosas que tengo. Tomando en cuenta el espacio, es algo que se llenará fácilmente.
Cuando termino, me dirijo a la oficina para pedir mis horarios. Me los enviaron por email, pero pedí un cambio de clase a última hora, así que debo ir personalmente a rectificarlo.
El campus es lindo, aunque por ahora el camino desde las residencias hasta el edificio principal está lleno de maletas y sábanas. Supongo que son los que vienen huyendo de casa como yo.
—¿Física I? —cuestiona la coordinadora un tanto sorprendida, luego de revisar mis clases—. Creo que hay un error. Déjame chequear nuevamente.
—No, no —la corrijo—. Está bien.
—Pero… tu pensum es de psicología. Física no es parte del pensum. Más bien, es una clase extra —dice, bastante confundida.
—Lo sé, pero es que me gusta. Quiero tomarla como un extra.
—Eres muy extraña, Cosset Devon —dice. Frunce el ceño—. Normalmente los estudiantes de psicología huyen de clases como esa y, en cambio, tú la buscas —rezonga con un tono gracioso.
En otra etapa de mi vida también le hubiera huido, pero es una de las pocas maneras en las que puedo sentir a Theo cerca.
He mantenido contacto con Clara y Susan todo este tiempo. No pregunto por él, pero no me he callado cuando lo mencionan. Al menos sé que este año finalmente se graduó, que su casa está siendo reparada y que sigue trabajando en el taller. Es muy poco para lo que quisiera saber.
Pero también sé que pregunta por mí.
Y eso me da esperanza para cuando llegue el día en que nos volvamos a ver, porque sé que lo volveremos a hacer.
Confío en que entonces pueda recibir una respuesta sobre lo que pasó ese día.
—¡¿Cosset?!
Escucho una voz. Me resulta conocida.
Me giro, con el corazón en la garganta.
Es William.
Esta historia no solo vive entre las páginas de este libro.
También es una canción.