Tan cerca de ti Capítulo 1
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Tan cerca de ti

Tan cerca de ti

Por Esther Durand

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Capítulo 1

La lluvia cae sobre Mánchester. Las gotas convierten el enorme ventanal del hotel Whitmore en una superficie líquida y ondulante, donde las luces doradas de la urbe se deforman en destellos temblorosos.

En el interior, el ambiente destila una perfección estudiada: mármol negro que refleja las figuras como espejos oscuros, arreglos florales de un lujo casi ofensivo y camareros que se desplazan con sigilo, portando bandejas de champán mientras las conversaciones se mantienen en un murmullo educado.

Esa noche, el sector sanitario privado británico celebra una de sus galas benéficas más destacadas del año.

Y Seraphina Chapman sonríe como si el mundo le perteneciera por derecho propio.

Lo hace porque lleva toda la vida entrenándose para ello.

—Doctor Hughes —saluda al estrechar la mano de un hombre de unos sesenta años. Su tono es cálido, pero medido—. Mi padre me habló de la nueva clínica en Birmingham. Parece que está siendo todo un éxito.

El médico sonríe al instante, visiblemente complacido de que recuerde aquel detalle.

—Tu padre siempre exagera, como es habitual en él. Aunque reconozco que las cifras son prometedoras.

Seraphina mantiene la expresión perfecta. Sujeta la copa de champán con delicadeza mientras escucha hablar de inversiones, alianzas y proyecciones de crecimiento. Siente cómo el vestido se le clava en las costillas y el peso del tejido y de la noche entera empieza a resultar agobiante.

A su lado, Elliot Chapman interviene con esa naturalidad impecable de quien ha nacido para brillar en eventos como este.

—Hale Medical siempre apuesta por proyectos sólidos —afirma, colocando una mano posesiva en la espalda de Seraphina—. Y el doctor Hughes sabe perfectamente cómo presentar la excelencia.

Los tres ríen con esa complicidad superficial que caracteriza este tipo de veladas. Todo el mundo ríe siempre con Elliot. Su encanto parece infalible.

Seraphina gira la cabeza para observarlo.

El esmoquin negro le sienta como un guante, lleva el pelo rubio peinado hacia atrás y su sonrisa conserva esa mezcla calculada de calidez y superioridad que hace que la gente baje la guardia antes incluso de conocerlo.

Forman la pareja ideal. Todo Mánchester lo piensa.

Ella también lo creyó en su momento, o quizá solo repitió esa idea hasta que dejó de cuestionarla.

—Voy a saludar a los Bennett —murmura Elliot, inclinándose hacia ella con discreción—. ¿Me acompañas?

—Enseguida —responde Seraphina.

Él asiente sin mostrar el menor signo de molestia. Nunca se molestan. Nunca discuten en público. Nunca cometen errores. En los últimos años, su relación ha funcionado como si fuese el mejor acuerdo empresarial: estable, normal y hueco en las cuestiones esenciales.

Cuando Elliot se aleja entre los invitados, Seraphina inspira profundamente. El salón le resulta demasiado cálido, demasiado lleno de gente, pomposidad y ruido. El zumbido constante de las conversaciones le oprime las sienes.

—Lady Chapman.

Se vuelve con automática cortesía hacia una mujer mayor cubierta de diamantes.

—Helen —contesta, esbozando de nuevo su perfecta sonrisa ensayada.

Mientras escucha comentarios sobre fundaciones y futuros compromisos sociales, su mirada vaga por el salón casi por inercia. Trajes oscuros, vestidos de alta costura, sonrisas prefabricadas. Nada cambia nunca en ese mundo cerrado y previsible.

Hasta que todo cambia.

La imagen de Nerissa Ashcombe aparece al otro lado de la sala y el aire abandona sus pulmones de golpe.

Han pasado seis meses desde la última vez que estuvieron a solas.

Seis meses desde lo que ocurrió en Edimburgo.

Desde aquella habitación de hotel donde se despidieron, después de que Seraphina estuviera a punto de derrumbar el perfecto mundo que tenía construido.

La mujer todavía recuerda con dolorosa nitidez la expresión de Nerissa cuando se apartó bruscamente mientras cerraba la puerta tras de sí, huyendo de una historia que siempre llevaría grabada en la piel.

Aquella noche, Seraphina pensó en Elliot, en sus hijos dormidos en casa, en el apellido Chapman, en el escándalo que supondría continuar con su relación —si es que era eso lo que tenían—.

Al día siguiente, incapaz de enfrentarse a las consecuencias, Seraphina solicitó un cambio en los comités de enlace de las clínicas para no tener que coincidir con el departamento de traumatología de Nerissa, imponiendo una distancia profesional fría y radical.

Nerissa, herida en su orgullo y cansada de los amagos, aceptó el silencio.

Sí, aceptó el silencio con una dignidad que todavía la atormenta.

Esos seis meses se han convertido en un desierto para las dos.

Seraphina ha intentado convencerse de que su matrimonio le basta, de que Elliot es un buen hombre y de que la estabilidad familiar debe ser mayor cualquier impulso. Según los rumores, Nerissa ha intentado pasar página con Daphne Mercer. Pero no ha funcionado.

Y ahora está allí, al otro lado del salón, como si el tiempo no hubiera pasado y, al mismo tiempo, hubiera pesado una eternidad.

Nerissa conversa junto a la barra con un hombre al que Seraphina no reconoce.

Lleva un traje negro de corte femenino, líneas limpias y ajustadas a su figura alta y atlética, que se mueve con una seguridad casi peligrosa.

El pelo oscuro le cae en ondas suaves sobre los hombros, y el carmín intenso de sus labios contrasta con su piel clara de un modo que Seraphina recuerda con demasiada claridad.

«Olvídate de ella», se pide.

Pero entonces, Nerissa levanta la vista y sus miradas se encuentran.

El salón entero parece diluirse. Nerissa la observa exactamente igual que antes: como si pudiera atravesar la fachada perfecta y ver todo lo que Seraphina oculta. Como si aún tuviera derecho a hacerlo.

Se despide del hombre con un leve gesto de cabeza y comienza a caminar hacia ella. Cada paso es deliberado, lento, consciente del efecto que provoca en la mujer. Cuando se detiene frente a Seraphina, el perfume familiar la envuelve por completo.

—Seraphina —dice Nerissa. Su voz grave y serena sigue siendo un arma capaz de desestabilizarla con solo pronunciar su nombre.

—No sabía que vendrías —logra responder Seraphina, luchando por mantener la compostura.

Nerissa arquea una ceja con ironía.

—Eso explica la expresión que has puesto al verme.

Seraphina da un pequeño sorbo de champán solo para mover las manos, que empiezan a temblarle.

—Pero ya sabes que Mánchester es pequeño para según qué personas —añade Nerissa, y lo hace con una deliciosa sonrisa en los labios.

Seraphina sostiene su mirada. El ruido del salón regresa poco a poco, pero lejano, amortiguado.

—Estás distinta —suelta antes de poder contenerse.

—Tú no —replica Nerissa.

Las dos palabras le duelen profundamente. Porque Seraphina sabe exactamente qué ve Nerissa: el vestido claro que se ajusta a su cuerpo, el collar de diamantes heredado, la postura impecable y, al fondo, Elliot representando el papel de marido perfecto. La vida ideal. La jaula perfecta.

—Sigues odiando este tipo de eventos —murmura Nerissa, recorriendo el salón con la mirada.

—No los odio —contesta Seraphina, conteniendo una reacción más intensa. Siente un nudo apretado en el estómago.

Nerissa inclina la cabeza, estudiándola con perspicacia.

—Claro que sí.

Un camarero pasa junto a ellas y Seraphina aprovecha para dejar la copa vacía en la bandeja, reprimiendo el impulso absurdo de huir de allí.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en la ciudad? —pregunta, odiando el leve temblor que traiciona su voz.

—Todavía no lo sé —responde Nerissa, y la ambigüedad de la frase queda flotando entre ellas como si fuera una amenaza.

Nerissa da un paso casi imperceptible hacia delante.

—Podemos fingir cordialidad toda la noche si quieres —susurra—. Se nos da bastante bien.

El calor sube por el cuello de Seraphina, y después aprieta la mandíbula con fuerza.

—No empieces.

—¿Empezar con qué? —pregunta Nerissa con fingida inocencia, aunque sus ojos dicen todo lo contrario.

La tensión se estira entre las dos. Seraphina mira de reojo hacia el salón: Elliot sigue conversando con varios inversores, ajeno a todo.

Nadie parece prestarles atención, pero ella siente el peligro con absoluta claridad.

Siempre lo ha sentido con Nerissa. Porque entre ellas nunca ha sido solo deseo.

Nerissa conoce sus rincones más oscuros: la rabia que se le acumula por dentro, el cansancio que tiene hacia ese mundo.

Pero también, el miedo constante a decepcionar a todos y la necesidad desesperada de escapar de una vida que, sobre el papel, debería ser suficiente.

—Necesito un poco de aire —murmura Seraphina.

Nerissa la mira un segundo más y luego asiente.

El balcón privado del ala oeste está casi desierto.

La lluvia golpea suavemente el techo de cristal mientras Mánchester se extiende abajo, convertida en un tapiz de luces húmedas y calles brillantes.

En cuanto salen, el aire frío eriza la piel desnuda de los hombros de Seraphina.

Se apoya en la barandilla, intentando recuperar una calma que se le escapa entre los dedos.

Escucha a Nerissa detenerse detrás de ella, demasiado cerca.

—Sigues haciendo lo mismo —dice Nerissa tras unos segundos.

—¿El qué? —pregunta Seraphina sin volverse, aunque ya sabe la respuesta.

—Huir antes de que las cosas se vuelvan reales.

Seraphina cierra los ojos, y las imágenes vuelven a su cabeza.

—No he venido aquí para discutir —susurra.

—No —la voz de Nerissa se suaviza—. Nunca venimos a discutir.

El silencio se llena de recuerdos. De años de encuentros clandestinos, habitaciones de hotel, aeropuertos, mensajes borrados y despedidas que nunca fueron definitivas. Todo lo que nunca debió existir y que, sin embargo, siempre encuentra el modo de regresar.

Seraphina se gira lentamente hacia ella.

—Te largaste… —se atreve a recriminarle.

Nerissa suelta una carcajada.