23 Elle
ELLE
Eran fans. Todos. Mi madre, mi padre e incluso mi loca hermana pequeña.
Para cuando terminamos de cenar, eran fans aún más rendidos.
Y se sentía bien, estar fuera con Seth, aunque solo fuera en el comedor de mis padres. Como si por una vez no tuviéramos que escondernos del mundo.
Les había dicho simplemente que traía a un amigo a cenar, y como cualquier amigo mío era siempre bienvenido a su mesa, no hicieron preguntas.
Por supuesto, sabían quién era Seth. Le habían conocido años atrás, muchas veces.
Pero si les sorprendió verle cuando llegamos, no lo demostraron.
Le recibieron como si viniera a cenar todas las semanas.
Mientras comíamos, mis padres le acribillaron a preguntas amables, con toda la inocencia, como habrían hecho con cualquier invitado. En realidad, ayudó que fuera otra persona quien llevara la conversación, manteniendo a Seth hablando, para que yo pudiera limitarme a escuchar y empaparme de él.
Estaba increíble, con esos labios carnosos y esos ojos ahumados, reflexivos, y su voz de cantante, suave pero ruda, varonil. Sus manos fuertes y hábiles de guitarrista y su piel morena, de tono aceitunado.
Sobre todo cuando toleró el millón de preguntas de mi hermana pequeña durante el postre con gracia y encanto.
Al menos ella había aguantado los entrantes y el plato principal, dejando que los demás pudiéramos conversar un poco antes de desatarse, pero yo sabía que le había costado morderse la lengua.
Angie tenía veintitrés años, pero al oírla hablar pensarías que tenía trece.
De hecho, para cuando mamá sirvió su famoso cobbler de melocotón, me quedó bastante claro lo que estaba pasando: mi hermana estaba un poco deslumbrada.
Nunca la había visto deslumbrada por Jesse o Zane.
Los conocía de media vida. Dylan, por lo que fuera, era otro cantar.
Angie siempre había estado locamente enamorada de Dylan.
Era desternillante, para mí, y algunos días vivía para verla quedarse tartamudeando y con las piernas temblando cuando él se quitaba la camiseta o se agachaba, ajeno a todo, delante de ella.
Podía reírme porque sabía que nunca actuaría en consecuencia.
En la cabeza de mi hermana pequeña, Dylan era una especie de perfección inalcanzable contra la que medir a todos los tíos normales; ni siquiera quería tocarle y arriesgarse a que la fantasía se desvaneciera. Me lo había dicho tal cual. Sus palabras exactas fueron: Dylan Cope es mi estándar.
Estaba contenta con su enamoramiento no correspondido, adorándole desde una distancia segura.
Pero con Seth, de algún modo, podía estar enamoradita y hablarle, por lo visto —incluso mientras los diminutos corazoncitos de dibujos animados le palpitaban en los ojos.
—¿En cuántos álbumes has tocado? —le preguntó, viéndole beber el café. Su mirada de ojos azules se le iba continuamente a los labios.
Lo entendía; Seth tenía unos labios increíbles.
—Contando el que hice con Dirty —respondió—, cuatro.
—¿Cuál es tu canción favorita? —preguntó.
—¿De todos los tiempos?
—Sí.
—Si tuviera que elegir… Carry On Wayward Son.
—No la conozco.
—Gran canción —intervino mi padre.
—Es de Kansas —le informó Seth a mi hermana—. De mil novecientos setenta y seis.
Angie arrugó un poco la nariz. —¿Has conocido alguna vez a Lady Gaga?
—No.
—¿Katy Perry?
—La vi al otro lado de una sala una vez. ¿Eso cuenta?
—¿Y no te acercaste a ella?
—No. ¿Gran error?
—Eh, sí. ¿Has visto sus tetas?
—Angeline, estamos en la mesa. —Esa fue mi madre. Le sonrió a Seth a modo de disculpa, como diciendo: Perdona que mi hija sea así de salida.
—¿Qué tipo de chicas te gustan? —insistió Angie.
—Las listas.
—¿Te gustan las rubias? —Angie no era rubia; tenía el pelo castaño claro. Yo era la única rubia en la habitación.
Le lancé una mirada de advertencia.
—Alguna que otra vez —dijo Seth.
—¿Cuánto tiempo fuiste adicto a la heroína?
—Angeline —la avisé.
—¿Qué? —protestó—. Está en internet.
—¿O sea que has estado investigando a nuestro invitado?
—No mucho —le respondió Seth—. No tardé mucho en darme cuenta de que era mala idea.
—¿Qué otras drogas te metiste?
—Angeline, basta. —Ese fue mi padre.
—No pasa nada —dijo Seth—. Me metí un montón de cosas. Ni siquiera sé todas las que probé. Y no recomendaría ninguna.
—¿En serio? —dijo Angie—. Yo he probado marihuana, setas, éxtasis y ketamina. —Le lanzó una mirada a mi padre. Mi padre se la devolvió—. Mi padre odia eso. Que tomara ketamina.
—Es un tranquilizante para caballos, hija.
—De verdad, Angie —añadió mi madre—, ¿en qué estabas pensando?
Angie se encogió de hombros. —Fue solo una vez. Una chica tiene que experimentar, ¿sabes?
—¿Más café? —Levanté la cafetera en dirección a Seth. Sus ojos encontraron los míos y asintió. Parecía divertido; su leve sonrisa parecía decir: Tu familia es adorable de cojones. Quizá para él, lo eran.
Para algunas familias, podrían parecer un poco excéntricos o raros.
Pero eran bastante normales de cojones en mi mundo, ya que la mayoría de las personas que yo conocía, en comparación —Seth incluido— venían de familias muy disfuncionales.
Mis padres seguían enamorados tras treinta y tantos años de matrimonio.
Papá era un agente inmobiliario de éxito.
Mamá llevaba la casa y nunca había trabajado fuera, aparte de su trabajo benéfico.
Hacía cobbler de melocotón con un delantal con volantes y llevaba perlas, y podíamos hablar abiertamente de drogas ilegales alrededor de la mesa.
Éramos la estampa perfecta, en un plan moderno de buen rollito familiar, y lo sabía.
Incluso nos llevábamos bien, la mayoría de los días.
Le rellené el café a Seth e intenté lanzarle una mirada que dijera: Manda callar a Angie si hace falta.
—¿Has estado alguna vez en Japón? —le preguntó mi hermana.
—Sí.
—¿Las chicas son más guapas allí?
—Las chicas son guapas en todas partes.
—¿Tú crees que mi hermana es guapa?
—Tu hermana es espectacular.
Seth ya había contestado antes de que yo tuviera oportunidad de pinchar a Angie con un tenedor por debajo de la mesa. Por desgracia, llevaba vaqueros, así que apenas le hizo efecto.
—¿Sigues teniendo groupies tirándosete encima? O sea, desde que dejaste Dirty.
—A veces.
—¿Cómo es eso?
Seth pareció pensárselo. —Incómodo, normalmente.
—¿Por qué?
—Porque algunas chicas son agresivas con eso. Y no les gusta que las rechacen. Y si son fans, la verdad es que no quieres cabrearlas, pero a veces no queda otra.
—Ya. ¿Con cuántas chicas te has acostado?
—¡Angeline! Por el amor de Dios. —La pinché otra vez. Me arrancó el tenedor de la mano por debajo de la mesa.
—Ay, por favor. —Mi madre levantó las manos.
—Nena —advirtió mi padre.
—¿Qué sería una buena respuesta a esa pregunta? —le preguntó Seth a mi hermana.
Angie usó mi tenedor para meterse un trozo de cobbler de melocotón en la boca y lo consideró. —¿Cuántos años tienes?
—Veintinueve —dijo Seth.
—¿Has estado casado alguna vez?
—No.
—Cinco —dijo mi hermana—. Cinco es una buena respuesta. No tantas como para parecer un putón, pero no tan pocas como para parecer un fracasado.
—Pues cinco entonces —dijo Seth.
—Perdona por Angie —dije, cerrando la puerta del dormitorio tras de mí—. Mis padres la han malcriado un poco. El último bebé en abandonar el nido y todo eso. No oye la palabra «no» muy a menudo.
—No pasa nada —dijo Seth—. Es graciosa. —Estaba mirando alrededor, empapándose de todo. Estábamos de pie en mi dormitorio de la infancia, el que había ocupado desde que nací hasta los diecinueve años—. Me recuerda a ti cuando eras más joven.
—Dios. ¿En serio?
Me sonrió. —Tú eras un poco más… respondona. Ya por aquel entonces.
—Tío. Debía de ser insoportable.
—Qué va. —Estaba mirando la cama, donde un montón de peluches descansaban sobre las almohadas, como si alguna niña pequeña siguiera viviendo aquí—.
Según lo recuerdo yo, eras jodidamente encantadora.
Ingeniosa. Sarcástica hasta decir basta.
Divertida. Tenías una risa genial. Y un culo genial, también.
—Me echó una mirada, y sentí la oleada de calor entre las piernas.
Solo tenía que mirarme—. Pequeña rubia explosiva…
Le observé acariciar la colcha con volantes, y me di cuenta de cómo debía de verse todo, para él.
Un huérfano y un niño de acogida; un chaval de la calle.
Las paredes amarillo mantequilla y los pósters de estrellas del rock, los muebles a medida y el vestidor.
Las almohadas con volantes y las cortinas de encaje y todas aquellas cosas brillantes de niña amontonadas en las estanterías.
Insoportable era definitivamente la palabra.
—Así que esto es, ¿eh? Donde pasaba la magia… —Giró sobre sí mismo, mirando la habitación—. No me puedo creer que sea la primera vez que entro en tu dormitorio.
—Has estado en mi dormitorio —dije.
—No en este dormitorio. El dormitorio de Elle Delacroix, sueño adolescente. —Me miró, enarcando una ceja—. ¿Tienes idea de cuántos chicos de tu instituto habrían matado por estar aquí ahora mismo?
—Ya… —dije—. Bastante loco que nunca echara un polvo aquí, ¿no?
Pareció genuinamente sorprendido. —Me estás tomando el pelo.
—No.
—Eso es una puta tragedia —dijo, acercándose a mí.
—Desde luego que sí.
Me levantó en sus brazos y me atrajo para besarme. Como siempre, no tardó mucho antes de que estuviéramos enredados el uno en el otro. Antes de que estuviéramos rodando por mi cama rosa con volantes y quitándonos la ropa.
—Rápido —logré decir, entre besos con lengua—. Angie es un sabueso. Si sospecha que nos lo estamos montando aquí, vendrá a llamar a la puerta.
—Tranquila —dijo—, vengo preparado. —Ya había sacado un condón del bolsillo de sus vaqueros.
—Qué previsor —le pinché, pero me alegraba de que hubiera pensado con antelación. Si no, saldría de aquí tambaleándome, increíblemente insatisfecha.