19 Elle
ELLE
Vale, en serio. ¿Qué coño me pasaba?
Yo era monógama. Mujer de un solo hombre. Había sido así desde mi primer novio del instituto. Estaba con un tío, normalmente un novio serio, o con nadie. Y así me iba bien. Me funcionaba.
Sí, había tenido algún que otro rollo. Y algún que otro polvo de una noche, muy de vez en cuando.
Lo que no tenía era sexo salvaje con mis amigos.
Lo cual, de alguna manera, ¿se había convertido en lo mío?
Primero, me puse a cuatro patas para Ash en la boda de Jesse.
Brillante.
Ahora había dejado que Seth se arrodillara, me subiera la falda, y…
Dios. ¿Qué cojones estaba haciendo?
Este era Seth. Y Seth no era Ash. Ash era un mujeriego, pero al menos eso lo tenía claro.
Seth era… mierda. Seguía sin tener la más puta idea de qué era Seth.
Seth, que nunca había tenido una relación de verdad con una mujer. Seth, que tuvo una relación jodida con Jessa cuando era un adolescente yonqui, y un montón de relaciones jodidas con otros yonquis, y «amigos con derecho a roce» en las dos costas.
Y ahora me tenía a mí. Desnuda en la cama con él.
Y yo no tenía la más mínima idea de cómo manejarlo.
Seth… en mi cama, desnudo y perfecto, con su cuerpo esbelto y bronceado desparramado sobre mis sábanas blancas. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo jodidamente perfecto que era?
Antes pensaba que Jesse Mayes era el espécimen masculino más hermoso que había existido jamás. Y ahora no podía dejar de mirar a Seth.
Simplemente tenía algo. Esbelto y firme, masculino y elegante. Nunca había conocido a un hombre tan cómodo en su propia piel… tanto, que esa tranquilidad se te contagiaba. Era un puto afrodisíaco.
Y la manera en que me tocaba…
Nunca había tenido a un tío arrodillado para adorarme así, nada más empezar.
Y ahora lo único en lo que podía pensar era en lamerle todo el cuerpo, cada centímetro de su piel preciosa. Quería hacerle el amor una vez y otra y otra… simplemente quedarme aquí para siempre, en este lugar donde pudiéramos estar juntos.
Pero no podía hacer eso.
No podíamos hacer eso.
Porque él tenía que levantarse y largarse de aquí.
Yo tenía una vida a la que volver. Una vida en la que Seth Brothers no encajaba… a pesar de que había hecho exactamente lo que él me acusó de hacer anoche: convocarle aquí con la esperanza de que pasara algo entre nosotros.
Y ahora, aquí estaba yo. Paralizada, agarrada a la sábana, observándole dormir. Sin saber qué hacer ni qué decir cuando se despertase. Cómo conseguir que no fuera incómodo y horrible.
En las pocas ocasiones en que había estado lo bastante cachonda —o borracha— como para echar un polvo de una noche con algún fan al azar, había hecho que mi equipo se deshiciera de él por la mañana.
Yo salía a desayunar o lo que fuera antes de que se levantase, y para cuando volvía al hotel, él ya se había ido.
Joanie o Maggie o seguridad se lo habrían llevado.
A veces dejaban un número con la esperanza de que volviera a llamarles. Por supuesto, nunca les llamaba.
Pero no podía hacerle eso a Seth.
Esto no era un hotel de gira, y él no era un fan cualquiera.
Y esto no se sentía como un polvo de una noche.
Se sentía como algo que quería volver a hacer. Una y otra vez.
Por supuesto, era un polvo de una noche. Porque no existía ningún universo conocido en el que Seth y yo pudiéramos ser amantes.
Si, por algún milagro, acababa volviendo a Dirty, que nosotros dos estuviéramos juntos era una idea malísima. Ya había pasado por eso con Jesse. No iba a repetirlo.
Y aunque no volviera a tocar con Dirty jamás… tampoco iba a mantener una aventura con él en secreto y mentir a todas las personas que me importaban.
¿Y a plena luz del día? Unos pocos días en Hawái eran una cosa. Esas fotos de los paparazzi eran sugerentes, pero no concluyentes. Y no nos estábamos acostando entonces.
Ahora sí. O al menos, lo habíamos hecho. Una vez.
Bueno… dos veces.
Si me estaba acostando abiertamente con el exguitarrista de Dirty, ¿cómo iba a funcionar eso? ¿Qué iba a hacer, meterle en un hotel aparte cuando estuviéramos de gira, mi amante despechado escondido donde no molestase a nadie?
Ni de coña.
Simplemente no veía ninguna manera de que esto pudiera funcionar. De que él y yo pudiéramos estar juntos en ningún sentido de la palabra.
Y no necesitaba esta resaca de culpa cada vez que me acostaba con alguien.
Sentada allí, con mi culpa, sabía que tenía que ser mucho más lista que eso. ¿Desde cuándo había empezado a dejar que mi coño tomara las decisiones por mí?
Cuanto más rato pasaba sentada allí, más ansiedad me entraba con todo.
Tenía tantísimo que perder.
Seth… él tenía todo que ganar. Esas fotos no podían hacerle más que bien. La serie documental le vendría bien. Vincularse a mí, de cualquier manera, solo le ayudaría.
Pero esas fotos me exponían a juicios, críticas y a la posibilidad de dañar mis relaciones con los miembros de mi banda, por no hablar de Brody.
De repente, me sentí ridículamente vulnerable.
Por un capricho —un capricho delicioso y estúpido— lo había puesto todo en peligro. Mi banda, mis amistades, mi imagen pública. Quién sabía cómo podrían retorcer todo esto para usarlo en mi contra.
Y sin embargo… no me arrepentía.
No sentía que esto hubiera terminado. Pero tenía que estarlo.
Al final, no le desperté. Simplemente me quedé sentada a su lado hasta que se removió y, quizá al percibir que yo estaba despierta, se despertó.
Se incorporó despacio, parpadeando en la luz tenue de la mañana.
Todavía era temprano, el sol aún no asomaba por el horizonte; la casa no tendría luz plena hasta casi mediodía.
Normalmente me encantaban las mañanas en esta casa.
Mañanas soñolientas y lentas a la sombra de las montañas, en las que podía estar sola para tomar café y tocar el bajo o escuchar música.
Y me di cuenta: nunca había tenido a un hombre en esta cama. Solo había comprado esta casa a principios de año, y nunca había traído a Ash aquí.
Estar sentada allí ahora, con Seth, se sentía especialmente íntimo. Yo tenía la sábana subida hasta el pecho, pero él estaba destapado. Y lo primero que hizo fue inclinarse, despacio, deslizar una mano por detrás de mi cabeza… y besarme.
Suspiré, rindiéndome. Solté la sábana. El calor subió rápido a través de mí, una respuesta instintiva, mientras mi cuerpo recordaba las cosas que habíamos hecho anoche. Y sentí la misma conexión inexplicable e irresistible que había sentido entonces.
Cuando rompió el beso, sus ojos se clavaron en los míos, despiertos y ardiendo de deseo.
—¿Me quieres dentro? —murmuró. Y me di cuenta de que le estaba agarrando de los hombros, con los dedos clavados en sus músculos.
—Sí.
Apartó la sábana hasta que no quedó nada entre nosotros.
Se colocó sobre mí mientras yo me tumbaba para recibirle.
Entonces embistió dentro de mí. Le respondí con embestidas rápidas y frenéticas.
Ya estábamos follando antes de habernos colocado siquiera en una posición cómoda.
Lo único que quería era esa conexión, intensa y rápida, esa fricción enloquecedora, su cuerpo poseyendo el mío…
Se tensó y, antes de que supiera lo que estaba pasando, salió de mí.
—¿Qué…? —jadeé.
—Condón. Mierda. Condón —jadeó él. Tenía los ojos enormes—. Lo siento… no puedo creer que haya hecho eso, joder.
Ya. Yo tampoco.
Aunque lo que me preocupaba un poco más era que yo ni siquiera había notado que había empezado a follarme sin condón.
—Coge uno —dije, señalando la mesilla de noche, donde habíamos dejado la caja de anoche.
Se inclinó para besarme con suavidad en la boca. Luego se dio la vuelta, cogió el condón y se lo puso. Cuando volvió a mí, seguía con los ojos muy abiertos. Parecía presa del pánico.
—Joder. Lo siento, Elle.
Sus ojos en los míos, tan oscuros y arrepentidos, tan llenos de anhelo… parecía que se estuviera disculpando por mucho más que el condón.
—No pasa nada, Seth.
Entonces nos dejamos caer el uno en el otro, besándonos y consolándonos.
Me apartó el pelo de la cara mientras me besaba.
Yo le deslicé una mano por la nuca y le atraje más.
Nos apretamos hasta que empezamos a rozarnos y entonces tuve las piernas envueltas alrededor de su cintura.
Luego se hundió en mí, y el fuego me recorrió entera.
Y lo sentí, cuando nos fundimos…
Los dos… anhelando conexión.
Redención, en cierto modo.
Los dos habíamos sufrido un rechazo brutal. Nos habían roto el corazón, a cada uno a su manera. Y mientras nos perdíamos el uno en el otro —en la cama, en el borde de la cama, y finalmente, en el suelo— conforme el día iba aclarando… fue catártico. Fue más que intenso.
Se sentía como si me estuviera desnudando lentamente, dejando al descubierto todos mis pedazos rotos, inundando mi corazón con un anhelo peligroso… empujando calor y luz a todos mis rincones solitarios y destrozados.
Mientras Seth me follaba en la alfombra peluda junto a mi cama, con la mano apoyada en el armazón de la cama para no empotrarme contra él, sus ojos oscurecidos clavados en los míos… me corrí. Intensamente. Tan intensamente.
Fue, sin lugar a dudas, el orgasmo más intenso que había tenido en mi vida. No fue solo físico; fue puro éxtasis emocional.
Cada parte de mí estaba sintonizada con él, con esto.
Porque Seth me estaba enseñando a sentirme entera otra vez.
Me estaba enseñando, con sus besos, con sus manos en mi cuerpo, con la insistencia paciente de sus embestidas, cómo volver a juntar los pedazos.
Cómo sentirme bien otra vez, de dentro hacia fuera.
No bien como me sentía cuando me acostaba con Ash; una clase de bien vacío.
Este bien lo consumía todo, y con nuestros cuerpos entrelazados, era una unión que nunca había sentido antes.
Una unión que nunca esperé sentir con él.
Una unión que había temido, en mis momentos más oscuros, que quizá nunca sentiría con ningún hombre.
Pero yo ya conocía a este hombre de una manera en que nunca había conocido a otro.
Simplemente había algo aquí, entre nosotros, que no podía ni empezar a explicar.
Un vínculo. Un dolor compartido, quizá. Una inquietud compartida.
Una necesidad compartida de sanar. Algo que quizá solo Seth y yo entenderíamos, pero que era real de todos modos.
Tan verdadero y tan poderoso que se me llenaron los ojos de lágrimas cuando se corrió…
cuando me sujetó, con sus manos entrelazadas con las mías, y se tensó, conteniendo la respiración.
Mientras su cuerpo pulsaba calor dentro del mío.
Se estremeció y gimió. Luego me besó. Sentí el latido de su corazón en sus labios sobre los míos. Su pecho subía y bajaba contra mí.
Le envolví las caderas con las piernas, la espalda con los brazos, y le retuve allí. No podía soltarle.
Esto no tenía que haber pasado. Lo sabía.
Y desde luego no tenía que ser tan bueno.
No tenía que convertirse en algo de lo que no pudiera alejarme. Porque tenía que hacerlo; tenía que alejarme de esto antes de que fuera demasiado tarde.
Antes de estar tan metida que no pudiera salir… y lo jodiera todo entre el resto de mi banda y yo.
Estaba de pie a un lado de la cama, vestida con el vestido de verano de ayer.
Observaba a Seth, al otro lado, buscando su camiseta.
De alguna manera, había acabado debajo de la cama.
Observé su cuerpo mientras la sacaba. La manera en que se movía, fuerte, elegante; la manera en que sus músculos se flexionaban bajo su piel suave mientras se ponía la camiseta. Pero ya me sentía desconectada de todo.
Ya podía sentirme retirándome. Volviéndome fría. Distante.
Era la única manera que conocía de manejar esto.
—No puedo empezar nada contigo —le dije, y me miró. Ya estaba completamente vestido—. Lo sabes. Solo ha sido sexo.
Era más o menos lo mismo que le había dicho a Ash. Pero esta vez no era solo sexo. No era la mayor imbécil del mundo; no había puesto en peligro todo lo que me importaba por sexo.
Quizá él lo sabía, porque se le hundieron los hombros.
—Si es lo que quieres —dijo.
—Es lo que quiero. —Me estaba abrazando a mí misma, con los dedos de los pies apretados contra la alfombra peluda bajo mis pies.
—¿Puedo tener tu número? —me preguntó—. Tengo el de Joanie. No tengo el tuyo.
—No.
—¿No quieres que te llame?
—No.
Silencio. Me miró fijamente, y por un momento pensé que iba a pelear por esto. Luego dijo:
—¿Estás segura?
—Estoy segura.
No parecía creerme. Parecía dolido, en cierto modo. Enfadado, quizá. Pero sobre todo… resignado.
Le vi sacar el móvil del bolsillo de los vaqueros y llamar a un taxi. Luego me miró otra vez, como esperando que dijera algo más.
No lo hice.
—Tú pones las reglas, Elle —dijo con suavidad—. Yo las seguiré. —No hizo ningún intento de rodear la cama. No se movió hacia mí en absoluto.
Solo asentí.
—Joanie tiene mi número de móvil —me dijo—, si cambias de opinión.
Luego se fue. Salió de mi dormitorio y no le seguí. Le oí abajo, saliendo por la puerta principal. No la cerró de un portazo exactamente, pero tampoco la cerró con suavidad.
Me senté en la cama y me quedé mirando la alfombra a mis pies.
Todavía palpitaba, el corazón latiéndome con fuerza, la sangre vibrándome por el cuerpo por el sexo que acabábamos de tener en esa alfombra.
Por esa sensación: la sensación de correrme, de caer por ese precipicio, porque él me hizo correrme.
Me hizo correrme mientras me miraba a los ojos.
Y la sensación de sus besos en mi piel… La manera en que sus manos se movían, tan cuidadosamente, por mi cuerpo.
Un rato después, oí el taxi entrar. Y cuando el coche salió del camino de entrada, cuando Seth se había ido, hice algo que no había hecho desde que Jesse me dejó.
Lloré.