18 Seth
SETH
Llegué a casa de Elle justo cuando se ponía el sol. Era una mansión enorme en la costa, baja, blanca y acristalada, escondida entre los árboles. Para cuando el coche se detuvo en el camino de entrada, estaba hecho un manojo de nervios. El corazón me latía demasiado fuerte. Me sudaban las palmas.
Durante todo el trayecto, me había estado preguntando de qué iba todo esto: un coche con chófer presentándose en casa de Ray y el conductor diciéndome que tenía que llevarme a una casa en Lions Bay, de parte de Joanie.
Sabía perfectamente de quién sería la casa.
En cuanto a por qué Elle me había enviado un coche, solo podía haber una razón: no había terminado conmigo.
No quería que me fuese de casa de Woo; eso lo había dejado claro. También había dicho que se quedaba unos días más en Kauai, pero aquí estaba, al día siguiente. O estaba cabreada conmigo, de verdad, o quería verme por algún otro motivo.
Una sola mirada cuando abrió la puerta de su casa me dijo cuál era ese motivo.
Entré, sintiéndome incómodo. Nunca había estado en esa casa, pero apenas miré a mi alrededor. Había un recibidor blanco y una escalera enorme y grandiosa que subía detrás de ella. Pero lo único que vi de verdad fue a Elle, ahí de pie con su vestido minúsculo.
Era un vestido de verano, inocente a primera vista, blanco, con flores de colores salpicadas.
Pero era fino y apenas cubría nada. Un tirante como un hilo se le había deslizado del hombro.
No llevaba sujetador; sus pechos firmes se apretaban contra la tela suave y vaporosa, con los pezones marcándose.
Me pregunté si llevaría bragas; el dobladillo apenas le cubría el clítoris.
Era pleno verano, hacía bastante calor fuera, y yo no era ningún experto en moda femenina, pero ese no era un vestido que te pones para una reunión de trabajo. Ni para una charla con un amigo platónico.
—¿Cómo estás? —preguntó con cautela.
Arranqué la mirada de sus tetas y le miré fijamente a la cara.
—He estado mejor.
—¿Por qué? —preguntó, cruzando los brazos a la altura de la cintura—. ¿Qué pasa?
¿Cómo contestar a eso, exactamente?
—Supongo que no me gusta que me convoquen.
—¿Convoquen?
—Has mandado un coche a recogerme. ¿Cómo lo llamarías tú?
Se le abrió la boca, pero no dijo nada.
—Mira, entiendo que en tu mundo esto es normal para ti —le dije—. Que estás acostumbrada a chasquear los dedos y que todos a tu alrededor hagan lo que tú quieres. Pero eso no es normal, Elle.
Pareció desconcertada. Ofendida, incluso.
—¿Entonces por qué has venido?
—Supongo que se podría llamar… curiosidad morbosa.
Frunció el ceño.
—¿Sobre qué? —Ladeó un poco la cabeza, el pelo rubio y suelto cayéndole sobre el hombro. Dejé que mi mirada la siguiera, bajando brevemente al escote de su vestido, luego al dobladillo alto.
—Creo que lo sabes. —Cuando volví a mirarla a los ojos, estaban muy abiertos—. ¿Vamos a jugar a jueguecitos también? Porque eso tampoco es normal para mí, y no me va.
—¿De qué coño estás hablando?
—¿Por qué no me dices tú de qué estamos hablando? Tú eres la que me ha traído aquí.
—Sí, para que pudiéramos hablar.
—Claro. Como me llevaste a Hawái para hablar. —Seguí mirándola fijamente; no podía evitarlo, joder. Me atraía, me estaba absorbiendo aquel vestido, sus muslos desnudos, esa expresión enfurruñada y borde—. Hablamos. ¿De qué más hay que hablar?
Se quedó cortada, poniéndose algo nerviosa mientras decía:
—Bueno… de muchas cosas.
Me quedé mirándola un rato más. No continuó.
No ofreció cuáles eran todas esas «cosas» mientras me miraba desde abajo.
Yo le sacaba medio palmo, y estaba lo bastante cerca como para que tuviera que inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para encontrar mis ojos.
Lo que la colocaba en la posición perfecta para ser besada.
—Elle —dije, intentando sacudirme esa idea de la cabeza, aun mientras le estudiaba los labios rosados—. Sabes que el resto de la banda no me va a readmitir. Fue genial tocar contigo otra vez, pero se acabó. Está hecho. Cuanto antes pasemos página, mejor será para todos.
—Eso es lo que estoy intentando hacer —dijo, todavía nerviosa. Se le estaban poniendo las mejillas rosas de verdad—. Pasar página.
—A mí me parece que sigues mirando atrás.
—¿Cómo?
—No sé. No sé si estás mirando al pasado y sintiéndote arrepentida. Si te sientes mal por haberme echado. No sé si te arrepientes de Hawái. De lo que pasó. De lo que no pasó. Pero lo hecho, hecho está.
Había empezado a negar lentamente con la cabeza mientras yo hablaba.
—Puede que no esté hecho, Seth. —Parpadeó mirándome, sus ojos grises escrutándome la cara—. A mí no me parece que esté hecho.
El corazón me latió más fuerte, la garganta apretándoseme un poco mientras hablaba.
—¿Y a ti? —preguntó.
No tenía ni idea de si seguíamos hablando de la banda, en absoluto, o de nosotros dos y lo que había pasado —o casi pasado— en Hawái. Pero le dije:
—Así es como tiene que ser, Elle.
—¿Por qué?
—Porque no hay otra manera.
¿No podía verlo?
—Puede que simplemente tengas miedo —contraatacó— y estés dejando que eso te frene.
—Puede que tú tengas el lujo de hacer lo que te dé la gana, Elle, pero yo no soy tú.
—Puede que tengas miedo de arriesgarte.
—Puede que estés cabreada porque no conseguiste lo que querías en Hawái, y no estés acostumbrada a eso.
Su mirada bajó a mis labios.
—Qué… ¿qué quieres decir?
Era incómodamente consciente de que se había ido acercando cada vez más a mí mientras hablábamos, de que apenas quedaban unos centímetros de aire entre nosotros.
—Elle. Hiciste de todo menos follarme en aquella pista de baile.
—¿Qué? —protestó—. ¡Si ni siquiera nos besamos! —Pero sonó decepcionada.
Y ese tono suyo… medio cabreado, frustrado, ¿excitado?… me fue directo a la polla. Sentí cómo se me hinchaba mientras la sangre me bajaba al sur.
—¿Es eso lo que querías? —Me pasé la lengua por el labio—. ¿Un beso?
Las cejas de Elle se juntaron y sus labios formaron una pequeña O enfadada.
—Bueno… ¿Y qué si sí?
La miré fijamente, el latido del corazón retumbándome por todo el cuerpo, palpitándome en la polla. Pero mi voz salió calmada cuando murmuré:
—Joder. Esta tiene que ser la discusión más estúpida de la historia de las discusiones.
—¿Entonces por qué estamos discutiendo?
—Porque, Elle —dije—. No puedo darte lo que quieres.
—¿Por qué no? —exigió, borde de cojones. Sí; la chica no estaba nada acostumbrada a no conseguir lo que quería.
—Porque es una mala idea —conseguí obligarme a decir.
—¿Por qué?
Dios. Iba en serio.
No estaba ayudando a mi empalmón descomunal; la polla se me estaba haciendo ilusiones de la hostia.
—¿De verdad necesitas que te lo deletree? —dije—. No puedo interponerme entre tú y el resto de Dirty.
—No lo harás.
—Elle.
—Seth. —Se acercó un centímetro más, cogió aire con un escalofrío y dijo—: Quiero que me beses.
Y esas palabras… me hicieron algo.
No esperaba que luchase por esto. Pensé que bastaría con un solo recordatorio de lo mala idea que era, del daño que podría hacerle a ella y a la banda si le ponía las manos encima, y sabría que yo tenía razón.
No pensé que de verdad consideraría asumir este tipo de riesgo conmigo.
No me atreví a soñar, joder, que me desearía tanto. Que insistiría en esto.
Pero estaba insistiendo, sin lugar a dudas, cuando dijo:
—Bésame, Seth. Quiero que lo hagas.
La miré durante un latido mientras asimilaba plenamente sus palabras.
Luego alargué la mano y la agarré. Una mano deslizada bajo su pelo, rodeándole la nuca. La atraje hacia mí. Al mismo tiempo, me estrellé contra ella. La quería pegada a mí en ese vestido diminuto.
Pero cuando la tuve ahí, no le aplasté la boca con la mía como quería.
Iba a hacerlo despacio.
Me acerqué despacio, mirándola a los ojos, mirándole los labios, deteniéndome un momento largo, largo, justo antes de rozar mis labios con los suyos. Tenía que asegurarme de que estaba segura de esto.
Pero esta vez, no había alcohol en su aliento. No había música embriagadora sonando. No había baile.
Éramos solo nosotros dos, de pie aquí en el silencio de su casa blanca, juntos.
Mi boca se fundió, despacio, con la suya… y cuando se abrió para mí, deslicé mi lengua dentro de su boca.
Y algo se rompió, en lo más profundo de mi cerebro.
En ese instante, dejó de importarme todo lo demás. Lo único que me importaba era el cuerpo de Elle apretado contra el mío, su lengua acariciando la mía. Lo único que me importaba era darle lo que quería.
Quizá porque me importaba ella.
Quizá porque era la sensación más erótica que había sentido jamás.
La boca sedosa y húmeda de Elle, su lengua suave, la forma en que me chupaba un poco…
Una mano en mi cintura, la otra abierta sobre mi pecho, con los dedos curvándose y clavándose…
El gemido suave en el fondo de su garganta que me decía que quería más.
Mucho más…
La empujé hacia atrás hasta encontrar la pared. La apoyé contra ella. Luego arranqué mi boca de la suya. Nos quedamos mirando a los ojos, jadeando, durante un momento largo y ardiente.
Luego me dejé caer de rodillas, sin aliento.
Tenía que saborear su coño. Ya.
Mis manos recorrieron su cuerpo… por encima de sus pechos, su estómago, y más allá del dobladillo de su vestido corto. Arrugué la tela endeble en mis manos y se la subí. Llevaba bragas; diminutas y de color rosa pálido.
Con una mano, le sujeté el vestido fuera del camino. Con la otra, le bajé las bragas, pero también lo hice despacio. Muy jodidamente despacio. Y la miré a la cara mientras lo hacía.
Echó la cabeza hacia atrás contra la pared, observándome desde debajo de sus pestañas, con la boca abierta de anticipación. Su pecho subía y bajaba en respiraciones temblorosas.
Alargó la mano y me hundió los dedos en el pelo.
Bajé la mirada. Sus bragas estaban ahora en mi puño, enrolladas alrededor de sus muslos.
El coño de Elle estaba completamente expuesto para mí. Rosado. Tierno.
Mío.
El corazón me golpeaba en el pecho. Fue un subidón total, que quisiera esto.