Tan canalla como Seth
© inepub.com
1 Seth
SETH
Había hecho cosas peligrosas de cojones en mi vida. Peligrosas y estúpidas.
Engancharme a la heroína.
Sufrir una sobredosis.
Casi morirme a los veintidós.
Sí; esas eran, sin duda, el top tres.
Pero esto, ahora mismo, tenía que estar en lo alto de la lista de estupideces peligrosas.
Para empezar, estaba invadiendo una propiedad privada, en el aparcamiento de un bar que pertenecía a un miembro de mi antigua banda, Dirty.
Toda la banda estaba dentro del bar, y aunque no tenían ni idea de que yo estaba aquí, estaban a punto de enterarse.
Y la verdad es que no estaba nada seguro de cómo iban a reaccionar.
Pero de algo estaba seguro: probablemente no iban a ponerme la alfombra roja.
Y por si fuera poco, el bar estaba plagado de seguridad, y los tíos de seguridad que acompañaban a Dirty últimamente eran casi todos exmilitares o moteros. Lo cual significaba un montón de tíos que sabían cómo hacer sangre.
Y por último, pero no menos importante, estaba apoyado en una moto aparcada al fondo del aparcamiento detrás del bar.
Una Harley. Una moto que no era mía pero que claramente pertenecía a un motero serio: uno de los West Coast Kings, a juzgar por la insignia negra y esquelética del rey de picas pintada sobre el depósito.
Era la moto de Jude Grayson. Jefe del equipo de seguridad de Dirty. Al menos, eso era con lo que contaba.
Si no era la de Jude, confiaba en que, como mínimo, fuese la moto de alguien conocido suyo, y que por tanto no fueran a asesinarme en el instante en que el motero en cuestión saliese por la puerta trasera del edificio.
Estaba haciendo lo que siempre hacía cuando me ponía nervioso: tocar la guitarra.
Pero mi cabeza estaba puesta en aquella puerta.
Estaba pintada de rojo, con una cámara de seguridad en la pared encima, apuntando directamente hacia abajo.
No estaba apuntando hacia mí, pero eso no significaba que no hubiera alguna otra que sí.
Estaba cayendo la tarde y el aparcamiento estaba desierto.
Había unos cuantos camiones grandes, de los que transportan equipo de bandas, material de rodaje y mierda para el escenario, y varios vehículos más encajados en las estrechas plazas.
Pero había una valla alta alrededor del recinto con una verja cerrada con llave, y por lo visto nadie en Los Ángeles era lo bastante idiota como para saltar esa valla para entrar.
Nadie salvo yo.
Iba por la mitad de Wish You Were Here de Pink Floyd cuando la puerta roja se entreabrió y asomó la cabeza de un tío.
Abrió la puerta de una patada y salió; se dirigió directo hacia mí, abriéndose paso entre los coches aparcados mientras la pesada puerta se cerraba de golpe tras él.
Y sí, era un motero. Un motero novato. No podía tener más de diecinueve años.
Llevaba un taco rebosante en una mano, a medio comer, así que debí de haberle interrumpido la cena.
Podía haber sido el tío con el pinganillo que se había materializado en la acera poco después de que yo saltara la valla; podía haber sido alguien mirando las cámaras de seguridad.
Pero alguien le había avisado de que yo estaba aquí fuera.
Y como no había sido el propio Jude quien había salido, fuera quien fuese probablemente no me había reconocido.
Alguien nuevo en el equipo.
Este chaval, con un chaleco de cuero negro de los Kings sobre la camiseta, con un parche cosido en el pecho que decía Prospect, parecía más flipado con mi estupidez que cabreado.
No le conocía, y que me reconociera o no parecía lo de menos.
En cualquier caso, los ojos se le salían de las órbitas en dirección a mi culo, que estaba posado sobre el asiento de la moto.
Quizá con un poco de suerte también estaba flipando con mis habilidades musicales, porque no paraba de mirar de la moto a mi guitarra y a mi cara.
—¿Sabes de quién es esa moto? —dijo, con la boca abierta y llena de carne de taco que se había olvidado de terminar de masticar. Por lo visto, le preocupaba más que mi culo invadiera la moto que el resto de mi persona en el aparcamiento.
Seguí tocando, mirándole fijamente a los ojos, y dije:
—Sé de quién es la moto. Puedes decirle que Todd Becker está aquí para verle.
El chaval cerró la boca, masticó despacio un rato y me miró como si estuviera decidiendo si yo era peligroso, idiota o simplemente estaba loco.
Al parecer, se decantó por lo último y negó con la cabeza.
Echó un vistazo al tío de seguridad de paisano en la acera, que hacía como si no escuchara.
Luego me lanzó una mirada de moterillo chulito que decía Allá tú y se metió de nuevo dentro.
Y por primera vez en todo el día, me pregunté de verdad si esto era un puto error monumental.
Lo último que quería era meterle a Jude en ningún marrón.
Cuando me enteré de las audiciones para el nuevo guitarrista rítmico de Dirty, mi plan había sido ir directo a Vancouver a probar suerte.
Pero luego cambié de opinión. Las audiciones solo empezaban en Vancouver, pero terminaban en L.A.
la semana siguiente. Y cuanto más lo pensaba, más sentido tenía esperar.
Entonces llamé a Jude y descubrí que ni siquiera estaba en Vancouver. Ya estaba en L.A. Y eso terminó de decidirme.
Le dije que iba a ir.
Se rio.
La verdad es que no creo que se lo creyera de verdad.
Pero aquí estaba.
Toda la semana había estado pasando el rato en la taquería cutre del otro lado de la calle.
Cada mañana, veía cómo la cola de aspirantes crecía, serpenteando por la acera detrás de la cuerda de terciopelo y doblando la esquina.
Cada tarde, veía cómo la multitud se iba reduciendo hasta que el último guitarrista salía del edificio.
La mayor parte del tiempo me había sentado en la acera, tocando mi acústica, y aunque no estaba tocando en la calle a propósito, la gente me había tirado dinero.
Eso fue raro.
Hubo un tiempo en que tuve un álbum número uno. Ahora tenía billetes arrugados en la funda de la guitarra.
Al final de cada día, había comprado tres tacos y un zumo.
Se los daba al viejo que vivía detrás de la taquería, junto con todo el dinero sobrante.
Quizá eso era solo financiar una adicción, y quizá después de todo lo que yo había pasado con mi propia adicción debería haber tenido cuidado con eso.
Pero el tío tenía setenta y seis años y vivía en un callejón; si quería whisky para desayunar, a mí me parecía que eso era cosa suya.
Pasaron varios días antes de que siquiera vislumbrara a algún miembro de la banda.
El jueves, justo cuando el sol empezaba a ponerse, Dylan Cope salió del recinto vallado de detrás del bar —su bar— a la acera con unos cuantos tíos más.
El tío era absurdamente alto, y además su pelo rojizo e indomable era una llamarada bajo el sol del atardecer, así que era imposible confundirle. Sonreía. Se reía.
El batería de Dirty era sin duda el más tranquilo de todos los miembros de la banda, y no es que no se me hubiera ocurrido apelar a su carácter relajado para conseguir su perdón.
El problema era que nunca iba a ser tan fácil.
Dylan era un jugador de equipo casi en exceso; el tío no se cambiaba los calcetines sin que el resto de la banda le diera antes su aprobación.
Especialmente la de Elle.
A ella también la había visto, esa misma tarde.
Elle Delacroix, la bajista de Dirty. También inconfundible con su larga melena rubio platino recogida hacia atrás en una coleta alta, su figura esbelta y bronceada embutida en un vestido blanco diminuto y botas altas.
Había salido con un pequeño séquito: su asistente, Joanie, un tío tieso vestido de negro que probablemente era de seguridad, y un par de mujeres más.
Ni siquiera pude verle la cara. Habló con los chicos, sobre todo con Dylan, y después de darle un abrazo y un beso en la mejilla, desapareció detrás del edificio.
¿Estaban saliendo ahora? Ni idea.
No era precisamente alguien que estuviera al tanto de las cosas.
Sabía que Elle había salido con Jesse Mayes, el guitarrista principal de Dirty, hacía un tiempo; eso lo sabía todo el mundo.
Así que quizá todo era posible. Pero Dylan se quedó en la acera con un grupo de tíos, hablando, algunos fumando, mucho después de que el todoterreno de cristales tintados se llevara a Elle.
Hoy, el último día de audiciones, había esperado al otro lado de la calle hasta el final del día.
Hasta que el último de los aspirantes fue rechazado y se marchó, guitarra en mano.
Recordaba esa sensación con una nitidez brutal.
Darlo todo tocando con la esperanza de que te vieran, de que te volvieran a llamar, sin tener ni idea de si eso iba a pasar o no.
Yo había estado en esa situación varias veces en mi vida.
Ninguna más estresante que cuando conocí a Dirty a los diecinueve años.
Cuando su vocalista, Zane Traynor, me llevó a su casa, al garaje de su abuela, a conocer a la banda.
En cuanto los conocí y los oí tocar, supe que tenía que hacer lo que fuera para que me dejaran quedarme.
Ya había tocado con bandas de garaje antes.
Pero estos tíos eran otra cosa. Y ya tenían un guitarrista de la hostia en Jesse.
Así que sabía que tenía que aportar algo diferente.
Los siguientes tres años de mi vida los pasé empeñado en hacer exactamente eso.
Desde aquella primera audición informal hasta el último concierto que toqué como miembro de Dirty —la noche que me echaron de la banda— supe que tenía que petarlo.
Currar como un animal para ganarme la oportunidad que me habían dado.
Tenía que devolverles algo que no hubieran visto nunca, que no hubieran oído… algo sin lo que no pudieran vivir.
Igual que tenía que hacer ahora.
Y para eso, había decidido que tenía que ser la última persona que vieran hoy. La última persona que oyeran. El último guitarrista en hacer la audición para el puesto. Mi antiguo puesto.