13 Roni #5
Me follaba tan jodidamente despacio. Profundo pero despacio, con los brazos inmovilizados por encima de mi cabeza, las caderas meciéndose lentamente entre mis muslos, su peso aplastándome.
—¿Te gusta? —me preguntó, cuando había pillado un ritmo constante y profundo.
—Sí —respiré—. Sí, Jude, me gusta.
Y todo el rato seguía mirándome. Me estudiaba, enganchado a mis reacciones. Mientras hacía eso, también me besaba. Me arrastraba los labios sobre los míos. Me mordisqueaba la oreja con los dientes. Me chupaba el cuello.
Y todo el rato, me tenía justo al borde. Mi cuerpo entero era un remolino de éxtasis. Mi orgasmo se arremolinaba en la oscuridad, amenazando con arrastrarme.
Pero nunca lo hacía.
Empujé contra él, encontrando sus embestidas, pero él seguía a ese ritmo tan lento… si no aceleraba o aumentaba la presión… no creía que pudiera llegar.
Tortura.
—Pensaba que habías dicho… que ibas a hacerme correr… —jadeé después de un rato.
—Y lo haré —dijo—. Cuando yo quiera.
Madre del amor hermoso.
—Mientras tanto… —murmuró entre besos— ¿qué tal si simplemente coges lo que te doy?
Así que me quedé allí tumbada y lo recibí mientras su precioso cuerpo se movía contra el mío.
Nunca había sido de hacer esto durante el sexo.
Quedarme tumbada y dejar que el tío tomara el mando, tomara el control, me dominara.
Mi primera vez absoluta, sí, fui bastante pasiva; estaba supernerviosa, dolía un poco, y no sabía exactamente qué esperar.
Pero a la segunda vez, ya lo tenía bastante pillado.
Había descubierto el poder que tenía sobre los hombres.
Sobre sus pollas, al menos.
Pero con él…
Sentía un poder diferente. No en tomar el control, sino en quedarme tumbada y sentirle moverse sobre mí, esperando ver y sentir todo lo que quería hacerle a mi cuerpo… y simplemente dándole permiso para hacerlo.
Estaba mucho más acostumbrada a la carrera hasta la meta, intentando hacer que un tío se corriera primero porque me excitaba lo mucho que podía ponerles.
Había descubierto que a la mayoría de los tíos les importaba hacerme correr, incluso si yo les hacía correr primero; incluso si no les importaba demasiado yo, su ego sí se preocupaba de llevarme a la meta también.
Con Jude, no era una carrera.
Con Jude, quería que durara toda la noche y todo el día.
Aunque me estuviera matando.
Escalofríos me recorrían todo el cuerpo mientras me follaba. Su piel tenía el color de la mantequilla de cacahuete en el resplandor de las velas. Quería lamerle de arriba abajo, pero de verdad que no me dejaba.
Para cuando por fin empezó a acelerar el ritmo, respirando más fuerte, follándome más fuerte, yo estaba tan al límite que lo único que tuvo que hacer fue mirarme y decir:
—¿Sí, cariño? ¿Te quieres correr en esa polla?
A esas alturas estaba prácticamente hiperventilando, y me tomé sus palabras como una invitación para restregarme contra él y apretar con todo lo que tenía.
Cuando hice eso, me embistió fuerte unas cuantas veces, y eso me hizo estallar.
Grité y jadeé y me retorcí. Él se quedó quieto, la polla clavada bien dentro de mí.
El coño me palpitó entero alrededor de él y me dio vueltas la cabeza.
Nunca un tío me había hecho correrme tan jodidamente fuerte.
—Sí, V —suspiró sobre mí. Sentí su mano apretar mis muñecas mientras me las sujetaba por encima de la cabeza. Gimió y empujó dentro de mí un par de veces, y sentí cómo se soltaba. Sentí su polla contraerse y sentí cómo se dejaba ir… de verdad se dejaba ir por primera vez en toda la noche.
Luego gimió otra vez y se desplomó sobre mí, las manos aflojándose en mis muñecas.
Mientras recuperaba el aliento, sintonicé con todas las sensaciones que no había notado antes.
El sudor por todo su cuerpo, que le hacía resbaladizo contra mí.
Su latido, golpeando fuerte bajo la superficie de su piel suave.
La suavidad de su pelo cuando hundió la cara en mi cuello y me besó otra vez.
Se rodó de encima, más o menos, pero apenas tenía a dónde ir. Se tumbó de costado, pegado a mí, las piernas enredadas con las mías. Me echó el brazo pesado por encima del estómago, apoyó la cabeza contra la mía y suspiró.
Y yo probablemente podría haber muerto feliz.
Le había esperado mucho, mucho tiempo. En mi mente de dieciocho años, era como si le hubiera esperado toda la vida.
Y mereció tanto, tanto la pena.
Esa noche, me hizo sentir como la única mujer en el mundo. La única mujer que le había importado jamás.
Por primera vez en mi vida, supe que estaba enamorada. En ese momento, no tenía duda. Si Jude Grayson me hubiera preguntado justo entonces, ¿Te casas conmigo, cariño?, literalmente habría gritado de alegría y le habría dicho SÍ, JODER, MIL VECES SÍ.
Pero era joven.
Pensaba que sabía mucho más de hombres, y del mundo en general, de lo que en realidad sabía.
Y aparentemente, pensaba que él sentía mucho más por mí de lo que sentía.
Después, me llevó a casa en la moto y me dio un beso de buenas noches.
Y esperé a que me llamara. De verdad creí que llamaría.
Al día siguiente. O al otro.
Así que esperé.
Y esperé.
Le esperé, pero nunca llamó.