Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 13 Roni #4
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13 Roni #4

Me daba igual lo que dijeran algunas de mis amigas sobre que las pollas eran raras. Esas chicas estaban equivocadas. O quizá nunca habían visto la polla de Jude. Porque si la hubieran visto, obviamente habrían entendido que el órgano sexual masculino era una obra de arte.

Estaba dura en su mano y, como el resto de él, era grande y preciosa.

Y como el resto de él, la quería encima de mí entera.

Se acarició un poco, deslizando la mano despacio arriba y abajo por su miembro mientras me miraba desde arriba, todo abdominales y músculos flexionados y tatuajes. Todavía tenía los vaqueros puestos, pero medio bajados por las caderas, y era sin ninguna duda lo más sexy que había visto en mi vida.

—¿Cómo lo quieres? —me preguntó, con la voz, como los ojos, un poco aturdida y nublada de deseo.

Le contesté devolviéndole la pregunta:

—¿Cómo lo quieres tú?

—Podría besarte toda la noche —dijo, aún acariciándose.

Gemí.

—Te gusta torturarme.

—Podría ser divertido —dijo—. Pero prefiero hacerte correr. ¿Quieres eso?

—No creo que tenga opción, la verdad —dije, tragando saliva. Porque de verdad no creía que pudiera resistirme a correrme con este hombre encima de mí, hiciera lo que hiciera.

—Mmm. —Volvió a bajar sobre mí y durante sabe Dios cuánto tiempo me torturó: con su boca y sus manos, sus dientes y su lengua. Me quitó las bragas y me besó, lamió y chupó cada puto sitio de mi cuerpo, excepto el coño.

Casi estaba llegando al punto en que, en el fondo de mi mente, empecé a preguntarme si había algún problema.

O sea, ¿era de esos tíos raros a los que no les gustaba bajar?

Porque de ser así, iba a tener que solucionarlo de alguna manera.

Después de soportar el baño de lengua por todo el cuerpo, quería su cara entre mis piernas tan desesperadamente que podría haber gritado.

Ya estaba gritando suavemente, contra su boca, mientras me metía los dedos entre las piernas… luego deslizaba gradualmente un par de ellos dentro de mí. Me trabajaba como un hombre muy cómodo con el cuerpo femenino. Y yo siempre me mantenía arregladita ahí abajo. ¿Entonces cuál era el problema?

—Jude —jadeé cuando interrumpió nuestro beso para devorarme los pechos, otra vez—, ¿puedes bajar a comérmelo, por favor? Solo un segundo. Es que me duele de las ganas. O al menos métemela en la boca. Me estás matando.

Soltó una risita y me mordió suavemente el pezón antes de arrastrar sus preciosos labios por mi pecho y volver a besarme.

—Cielo —susurró contra mis labios—, si bajo a ese coño dulce que tienes, me voy a correr ahí mismo. —Debía de ser una forma de hablar, ya que la polla ya estaba fuera de los pantalones, pero le pillé el sentido; sus dedos seguían dentro de mí y los curvó mientras hablaba.

Grité.

—Joder. Vale. Entonces quítate los puñeteros pantalones de una vez.

Se rio.

—¿Vas drogado o algo? ¿Cómo tienes tanta paciencia? —En serio, no creo que jamás me hubiera enrollado con un tío ni la mitad de tiempo que este sin que se corriera.

—Ya te lo he dicho —dijo, mientras sacaba los dedos de mí y por fin se quitaba los vaqueros de una patada—, podría besarte toda la noche.

Trepó sobre mí otra vez. Probablemente era una de las cosas más bonitas que un tío me había dicho, pero yo seguía retorciéndome de impaciencia.

—¿Quieres que te suplique? —Le pasé las manos por el estómago y le agarré la polla, suavemente, y le acaricié mientras hablaba, encantada de ver cómo se le entrecerraban los ojos y la respiración se le hacía más pesada.

Me reí tontamente por la tensión extraña.

De verdad que no estaba acostumbrada a esta clase de tensión sexual con un tío—. Porque suplico…

—No —dijo, deslizando los dedos dentro de mí otra vez—. No quiero que supliques, V.

Luego empezó a follarme con los dedos, de verdad, y casi me corrí ahí mismo. Clavé los talones en el futón y me escurrí hacia arriba para alejarme de su mano, aliviando la presión de su pulgar o su nudillo o lo que cojones me estuviera presionando el clítoris.

—Ponte un condón —le ordené—. Ahora mismo.

Así que se levantó y encontró uno, y cuando volvió, se lo puso. Le miré, hipnotizada por todo su atractivo sexual, anclándome un poco al momento. Al hecho de que estaba aquí, en la cama de Jude, y estábamos a punto de estar juntos por primera vez.

Me separó los muslos alrededor de sus caderas, y fue bastante suave a la hora de metérmela.

Estaba empapada, pero él era grande, y esos primeros segundos cuando empujó dentro de mí fueron una mezcla de placer e incomodidad.

Fue despacio, deslizándose poco a poco, hasta que le di un cachete en el culo.

—No me voy a romper.

Me agarró las muñecas y me las inmovilizó encima de la cabeza otra vez. Luego empujó más adentro, haciéndome jadear.

—¿Esto es lo que quieres? —preguntó, con sus ojos oscuros en los míos.

—Sí. Eso es lo que quiero…

Pero una vez dentro de mí, la tortura no disminuyó.

Solo empeoró.