13 Roni #2
Entonces un par de manos se posaron en mis hombros. Suavemente. Manos de hombre, grandes y cálidas, los dedos curvándose sobre mí.
—Briboncilla —dijo Jude, justo detrás de mí, con esa voz baja y áspera suya, y un escalofrío me recorrió la espalda… y me llegó justo entre las piernas.
Jessa puso los ojos en blanco otra vez; últimamente estaba muy borde.
—Jude.
—Dolly está aquí —dijo—. Te está buscando. —Cogí aire; sus manos seguían en mis hombros.
La expresión de briboncilla de Jessa se suavizó.
—Voy a buscarla.
Se fue, dejándome a solas con Jude y mi vaso de ponche de frutas. Que, al girarme hacia él, le cayó encima.
No fue del todo culpa mía. Él quitó las manos de mis hombros cuando me giré, probablemente no sabía que tenía el vaso en la mano, y hubo un choque torpe en el aire entre sus nudillos y mi vaso… que resultó en ponche por toda la parte delantera de su camiseta.
—Ay. Dios. Mío —tartamudeé, horrorizada.
El ponche de frutas era rojo brillante. Por suerte, Jude iba de negro.
—¿Eso significa que te alegras de verme?
Cuando le miré a la cara, estaba sonriendo un poco. Los hoyuelos le asomaron y las rodillas se me volvieron de goma.
—Mierda. Lo siento mucho.
—Tranquila. Buscaré otra camiseta.
—Ah… bien. —Me quedé allí de pie, incómoda, sin saber qué hacer ni qué decir mientras él me miraba fijamente, con esa insinuación de sonrisa en la cara.
Entonces me agarró la mano, entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí hacia la casa.
El corazón se me hinchó, como en un dibujo animado, y me apresuré a seguirle hasta la cocina, donde la madre de Dylan y un montón de tías estaban preparando comida para la barbacoa.
Cuando vio a Jude, Mrs. Cope inmediatamente nos indicó dónde estaba la habitación de Dylan y le dijo que buscara una camiseta limpia.
Jude no me soltó la mano mientras me guiaba escaleras abajo al sótano y a un dormitorio donde parecía que había estallado una pequeña bomba hacía mucho, y nadie se había molestado en limpiar, así que el desorden se había alimentado a sí mismo.
Jude me soltó la mano y esperé mientras sacaba una camiseta limpia del armario de Dylan.
Le vi quitarse la chaqueta de cuero. Me miró, y yo hice todo lo posible por parecer absorta en examinar los pósteres de las paredes.
Dylan tenía un gusto musical raro, eso sí.
Ni siquiera sabía quiénes o qué eran Thin Lizzy, pero tenían un sentido de la moda horrible.
Con el rabillo del ojo, vi a Jude quitarse la camiseta y ponerse la limpia.
Volví a mirarle cuando se puso la chaqueta de nuevo.
Y luego nos quedamos los dos ahí de pie, con la cama gigante y sin hacer de Dylan entre nosotros. No era exactamente incómodo, pero era… algo.
—Perdona por la camiseta —dije otra vez.
—También me ha llegado a los vaqueros.
Bajé la mirada a la parte delantera de sus vaqueros. Eran negros, y no distinguía bien si estaban mojados, pero sí podía ver claramente el bulto de sus partes masculinas, y el estómago se me llenó de mariposas.
Encontré sus ojos oscuros, que estaban fijos en los míos.
—Perdona.
—Sobreviviré. —Los hoyuelos le volvieron a asomar.
Sonreí un poco.
—Bueno…
—Bueno.
—Te he echado de menos. —Lo dijo en el mismo instante exacto en que lo dije yo.
Sonreí despacio, sin poder evitarlo.
—¿Me has echado de menos?
—Sí. Tócate las narices. —Me estaba mirando fijamente y, como siempre, no podía saber del todo si me estaba tomando el pelo, flirteando conmigo o simplemente dándome actitud de tipo duro.
Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.
—Bueno, no está mal tenerte por aquí.
Siguió mirándome. Sus ojos bajaron por mi camiseta; era negra y caída por un hombro. Luego recorrieron mis vaqueros antes de volver a mis ojos. El calor me recorrió el cuerpo mientras me miraba así.
Dios, las cosas que quería hacer con ese tío… desnudos y ahora mismo.
—¿Qué haces después de esto?
Miré alrededor de la habitación de Dylan.
—¿Después de… esto?
—Después de la barbacoa.
—Ah. Yo… eh… he traído a Jessa en coche. Así que…
—Pues la llevamos a casa.
Le miré fijamente.
—Y luego te llevo a dar ese paseo en mi moto.
Ya no estaba sonriendo. Tuve mucho cuidado de no sonreír, de conservar algo de dignidad en esto, cuando lo único que quería de verdad era dar saltos. Y saltarle encima.
—¿Qué paseo en tu moto?
—Uno que me pediste, hace siglos.
—Dijiste que no.
Sus ojos oscuros sostuvieron los míos.
—He cambiado de opinión.
Esa noche, después de que Jude me siguiera por toda la ciudad en su moto y yo dejara a Jessa en su casa, y luego dejara el coche de mi madre en mi piso, me monté en su moto.
Tenía un casco de más en la alforja que me quedaba bien, pero no quería pensar que lo llevaba ahí para todas las chicas aleatorias que subía a la moto.
En vez de eso, me dejé creer que lo había puesto ahí ese día porque quería llevarme a dar una vuelta esa noche.
No era la primera vez que iba en la parte de atrás de la moto de un tío mientras volábamos por la ciudad…
pero era la mejor. El pecho pegado a su espalda, los muslos ceñidos a sus caderas, los brazos apretados alrededor de su cintura mientras la moto vibraba bajo nosotros.
Unas cuantas veces, cuando paramos en un semáforo, puso su mano enguantada en mi muslo, el pulgar acariciando de un lado a otro…
y esa pequeña caricia me aceleró el corazón más que la adrenalina de correr por la calle en su Harley de noche.
Después de cruzar uno de los puentes hacia Richmond y recorrer un montón de carreteras vacías entre las granjas que se fundían con la ciudad, y luego volver a cruzar el agua hacia Vancouver, se detuvo y me preguntó:
—¿Te llevo a casa?
Era tarde, probablemente cerca de medianoche. Tenía que trabajar mañana. Pero dije:
—No.
Así que me llevó a su piso; el que seguía compartiendo con Jesse, Brody y Zane.
—Los chicos probablemente siguen en casa de Dylan —dijo mientras me abría la puerta y entrábamos en el piso a oscuras.
—¿Habéis mantenido este piso mientras estabais de gira? —Sabía que sí; Jessa me había contado que lo habían subalquilado a unos conocidos y lo habían recuperado en cuanto volvieron.
—Sí —dijo, dejando su chaqueta y las llaves en una mesa—.
Parecía más fácil que buscar uno nuevo y tener que guardar todas nuestras cosas en algún sitio.
El alquiler no está mal. —Encendió una lámpara en el salón.
Había unas bragas en la pantalla, y las arrancó y las lanzó a la cama de Zane—.
Joder. —Me lanzó una mirada de disculpa.
Yo simplemente me quité la chaqueta y la dejé junto a la suya.
Luego él fue a lavarse las manos, lo cual era tierno y probablemente buena idea.
—Perdona que esto no sea gran cosa —dijo cuando volvió al salón.
—Me da igual. —Y era verdad. Si él supiera cómo era mi casa… Apenas un paso por encima de la caravana cutre en la que habíamos vivido hasta que yo tenía dieciséis años y nos mudamos a la ciudad—. Tiene buena energía.
Soltó una risita mientras quitaba algo de ropa de su futón.
—¿Qué, como olor a tíos y fantasmas de cajas viejas de comida para llevar?
—No. Como buena energía masculina. —Le miré; me estaba mirando fijamente y me encogí de hombros—. Me gusta.
Recogió unos envases de comida para llevar de la mesita del café y los tiró en la cocina.
—Esta mierda es de Zane y Jesse. Yo no soy tan cerdo, de verdad.
—Ya lo sé. —Se veía bastante claro.
Donde la esquina del salón de Zane era bastante caótica, con las mantas tiradas por el suelo, fotos de mujeres desnudas arrancadas de revistas pegadas en la pared, su mesilla atestada de bolsitas de hierba, ceniceros sucios, un bong gigante y unas cuantas botellas de cerveza vacías, la de Jude era mucho más ordenada y limpia.
Nada de tías desnudas en la pared, solo un póster de Harley-Davidson con una moto reluciente.
Incluso había hecho la cama, más o menos, con la manta puesta por encima deprisa.
—¿Todavía te gusta Good Charlotte? —preguntó mientras iba hacia el equipo de música. El tono de su voz me dejaba claro que ni de broma tenía nada de eso.
—¿A ti todavía te gusta Rage Against the Machine? —repliqué.
Me miró.
—¿Nos encontramos a medio camino?
—Claro. —Me senté en su futón, echando un vistazo a los pósteres de grupos en la pared de enfrente, en la pequeña zona de comedor abarrotada de equipo musical—. Solo que nada de Pink Floyd. Me da sueño.
Sonrió mientras pasaba una fila de CD en la estantería.
—Ey. ¿Tienes algo de White Stripes?
—¿Cómo te hacen sentir? —preguntó.
—Increíblemente calentita y feliz, la verdad. Sobre todo si tienes «Little Cream Soda».
Me miró y sonreí de oreja a oreja. Puso un CD y «Little Cream Soda» empezó a retumbar por los altavoces.
—Me encanta este disco —dije entusiasmada—. El mejor disco del año pasado. —Me hundí en el futón. Estaba plegado como un sofá y me recosté contra el respaldo, subiendo las rodillas.
Jude estaba mirando por ahí, rebuscando en la estantería.
—Tenemos velas por algún sitio…
Le sonreí.
—¿Estás intentando conquistarme?
Podría jurar que se le veía un poco cohibido cuando sus ojos encontraron los míos.
—Puede.
—Me gustan las velas —dije rápidamente.
Rebuscó en un armario del recibidor mientras yo disfrutaba de la música. Al final, sacó unas velitas verdes que obviamente nunca se habían usado.
—Regalo de Navidad de Dolly —explicó—. Seguramente fue una indirecta después de que Zane la llevara a casa y viera su montaña de ropa sucia. Son aromáticas. «Tarta de lima».
—Mmm. —Le vi encender unas cuantas y ponerlas en la mesita del café. Luego apagó la lámpara y nos quedamos a la luz titilante de las pequeñas llamas.
Se sentó a mi lado en el futón, justo cuando cambiaba la canción. El CD debía estar en aleatorio, porque «Conquest» empezó a sonar. Le miré. Él me miró mientras Jack White cantaba las primeras líneas sobre, bueno, una conquista. De la variedad sexual.
—Madre mía —dijo, abriendo un poco los ojos oscuros.
Casi me reí, tan consternado parecía.