4 Jude #2
Por qué tenía una pelota de béisbol, ni idea. La lancé a una de las macetas que alguna mujer de su pasado había dejado en el salón, aferrándose a la vida.
Regué las puñeteras plantas abandonadas con una botella de Coca-Cola que encontré en la cocina. Parecía que Piper no había fregado los platos en una semana. El sitio era un desastre.
En su defensa, rara vez estaba en casa.
Pero el hecho era que mi hermano era bastante cerdo, en más de un sentido.
Limpié un poco su cocina asquerosa. Solo por él.
Nunca había querido a alguien con tanta ferocidad como a mi hermano, ni siquiera a Jesse, y mataría por Jesse. Quería a mucha gente, me pondría delante de una bala por mucha gente, y no solo porque me pagasen por hacerlo. Pero a mi hermano le quería más.
Pasé un invierno particularmente oscuro, hacía nueve años, odiándole con ferocidad. Pero eso nunca podía durar. Sobre todo cuando me recordaba tantísimo a papá.
Mi hermano mayor, Jeremy «Piper» Grayson, era esa contradicción de grande e intimidante, músculos y tatuajes, cicatrices, y esa puñetera cara de ángel. Igual que nuestro padre.
Curioso cómo funcionaba la genética.
Piper era la viva imagen de nuestro padre —rubio y con hoyuelos, ojos azules, todo pómulos nórdico-británicos de realeza, pero los labios carnosos de nuestra madre— y la personalidad de mamá.
Apasionado y afilado, feroz, intenso, dado a arrebatos de imaginación.
Soñaba a lo grande, quizá demasiado a lo grande.
Yo, en cambio, me parecía a nuestra madre.
Los padres de mamá eran hawaianos y brasileños, y yo había heredado todo lo que venía con eso. Mi hermano sacó un bronceado brutal para acompañar sus ojos azules. Parecía un chaval de California.
Yo parecía el único niño medio moreno en un pueblucho blanquísimo de montaña, y me daban palizas regularmente por ello.
Odiaba crecer en aquel pueblo de mierda, y después de que nuestros padres se separasen, odiaba tener que volver, pasar los veranos en casa de papá.
Vivía para mi nueva vida en la ciudad con mamá, aunque ella y Piper eran como el agua y el aceite para entonces: demasiado parecidos, demasiado puñeteramente incompatibles.
Y aunque yo me parecía a ella, mamá me calaba de un vistazo. Hasta mi padre.
Me decía, a menudo, que Dios había hecho una copia al carbón de la personalidad de mi padre, y que esa copia era yo. A pesar de que una vez se enamoró de ese hombre y le dio dos hijos, no era un cumplido.
Sabía que tenía razón. Tenía el sentido del humor renuente de mi padre, su inquietud, su lealtad. Su cabezonería. Su corazón.
Su negativa a cambiar.
Como mi padre, era un lobo solitario en medio de una manada, luchando por equilibrar esos dos lados dispares de sí mismo.
A diferencia de mi padre, yo tenía dos manadas entre las que moverme.
2:27 de la tarde.
Piper colgó su puñetero teléfono y fuimos en moto a la sede del club.
Y esos momentos… En mi moto, en el viento, con mi hermano. Esos eran los momentos en que me sentía más vivo.
Más libre.
2:48 de la tarde.
Me senté a comer con los chicos en la sede del club. El bar estaba a reventar, un montón de tíos de capítulos cercanos llegando, algunos para la reunión, otros solo para la fiesta de después.
Me senté justo al lado de Ben, apodo Blazer.
No porque «quemara» la carretera ni nada de eso.
Porque una vez llevó una americana a una fiesta de los Kings y nadie le dejaría olvidarlo jamás.
Buen tío, viejo amigo al que no había visto en un tiempo.
También era el secretario de los Kings de Vancouver, le di el respeto que se merecía.
¿Me encantaba estar sentado al lado de un hombre —estar en una habitación con dos hombres, en realidad— que una vez se había follado a Roni Webber? No precisamente.
Pero me había visto obligado a hacer las paces con esa incómoda realidad hacía años.
Eran mis hermanos.
Nada cambiaría eso jamás.
3:28 de la tarde.
Jesse escribió.
Flynn contactó otra vez desde Whistler.
Borrar.
Borrar.
La rutina.
El horario en mi cabeza.
El recuento mental de todos los que me necesitaban.
4:00 de la tarde.
Misa: reunión del club en una sala en la parte trasera de la sede que llamábamos la capilla. Catorce hombres presentes. No todo el club, solo los oficiales locales y semilocales.
Y yo.
Ni local, ni oficial. Solo un Nomad con privilegios especiales. Porque todos sabían que si fuera local, si fuera un King de Vancouver, mi hermano me subiría de rango y me pondría un parche en el pecho para el que no estaba preparado. Para el que quizá no estaría preparado nunca.
Así que me aguantaban, sentado en sus reuniones. Porque, en verdad, me necesitaban.
Nos necesitaban a todos.
Una mierda gorda se avecinaba. Mierda en la que no quería pensar, con la que no quería lidiar, pero tenía que hacerlo.
Yo no necesitaba a los Kings. Tenía a Dirty. Siempre había tenido a Dirty.
Los Kings me necesitaban a mí.
Mi hermano me necesitaba.
4:41 de la tarde.
Reunión levantada.
Pasé junto a la foto de mi padre colgada en la pared del pasillo fuera de la capilla: miembros caídos de los Kings MC.
Mi padre llevaba en esa pared cinco años.
Sabía que significaba algo para mis hermanos del club, que era importante tener las fotos ahí, la foto de mi padre ahí.
Pero seguía siendo difícil para mí verla cada vez que venía.
A veces ni siquiera miraba. Era demasiado duro ver esa cara, esa cara que podría ser la de mi hermano, que un día muy posiblemente sería la de mi hermano, sonriéndome desde arriba.
Hoy miré.
Cuando salí al bar del club, las mujeres empezaban a llegar. A preparar la barbacoa familiar. En verano, la fiesta sería en el jardín de atrás; esta noche, sería en el bar.
Seth me había mandado una foto. Una imagen borrosa de una cosa amorfa que se parecía vagamente a un alienígena humanoide, obviamente de la ecografía que Elle se había hecho ayer.
Le respondí. Se parece a ti.
Luego borré la conversación.
Era consciente de que mi operador de móvil siempre podía verse obligado a entregar mis registros telefónicos.
No podía hacer mucho al respecto. Pero la idea de que se me cayera el móvil y algún imbécil lo cogiera, lo desbloqueara y viera la mierda personal de mis amigos, como fotos de la ecografía del bebé de Seth y Elle, y se lo filtrara a alguna revista basura para ponerlo en portada —¡Primeras fotos del bebé de la estrella de rock! —, me perturbaba de cojones.
Cínico.
Paranoico.
Astuto.
5:23 de la tarde.
Estaba de pie en el bar entre las familias que habían convergido en este lugar improbable, bebiendo mi cerveza a sorbos. Se cenaría. Las familias se quedarían un rato. Al final, se irían.
Las chicas llegarían.
La fiesta duraría toda la noche.
Lo.
De.
Siempre.
No bebería mucho. Nunca lo hacía.
Puede que no me quedara mucho rato.
Todos los del grupo estaban prácticamente recogidos por hoy. Jesse estaba recogido. Con Katie. Había perdido oficialmente a mi compañero de correrías. Compañeros. No recordaba la última vez que Zane había salido de caza.
Miraras donde mirases, los solteros caían como moscas. Se habían tragado el cuento del romanticismo.
Shady escribió. Había venido a la sede del club a comer pero se fue cuando empezó la reunión, ahora estaba con Zane por la noche. Trenzándose las barbas mutuamente o lo que fuera.
Bromance.
Borrar.
Lex: V. Casa.
Era sábado por la tarde. Seguramente estaba en casa para cenar, arreglarse para lo que fuera que hiciera esta noche. Roni Webber no era la clase de chica que se quedaba en casa un sábado por la noche.
A no ser, quizá, que Taze fuera a ir.
Borrar.
7:06 de la tarde.
Brody mandó un mensaje de grupo, con fotos: Nick ha vomitado en mi camioneta. Hay vómito de leche de bebé entre los asientos.
Las respuestas llegaron bastante rápido.
Dylan: BUEN CHICO. (Emoji de puño.)
Jesse: Tío. Cómprate una camioneta nueva.
Zane: Menos mal que estamos en noviembre.
Jesse: ??
Zane: Si fuera verano el calor cocería el olor a vómito.
Brody: Joder.
Las quejas insignificantes de mis amigos ricos. Brody tenía un bebé sano y a la mujer de sus sueños —Jessa Mayes era modelo de lencería, joder— y podía comprarse una camioneta nueva, si llegaba el caso.
Además, yo conocía a un genio de la limpieza de coches que se encargaría. Si podía hacer desaparecer ADN, podía con un poco de vómito de bebé.
Yo: Llévala a mi tío. Que Bishop vuelva a recogerte.
Borré la conversación.
7:18 de la tarde.
Miré a mi alrededor, a mis hermanos en el bar. Las vidas más duras vividas. Hombres con quejas mayores, pero que no necesariamente estaban peor, en cuanto a familia. Amor.
Miré a sus seres queridos —las mujeres, los niños. La gente que no quería saber ni la mitad de lo que sus hombres acababan de hablar en aquella sala del fondo.
No era una vida a la que quisiera traer a una mujer, y mucho menos a hijos.
Demasiados secretos.
Demasiada oscuridad.
Demasiado riesgo.
Pero esta vida no era algo que pudiera dejar nunca. Piper era vicepresidente ahora. Tenía una diana en la espalda.
Siempre la tendría.
Estaba metido hasta el cuello. Yo estaba metido hasta el cuello. Y nunca le daría la espalda a mi hermano. Nuestro padre sería muchas cosas, pero nos crió bien.
Mi hermano me enseñó bien.
Lobo solitario.
Dos manadas.
Familia.
11:17 de la noche.
Estaba sentado en el bar, sin beber, sin escuchar realmente de qué hablaban mis hermanos a mi alrededor. Ignorando a las mujeres que se subían a sus regazos, que intentaban subirse al mío.
Ni siquiera sabía si quería estar aquí. Si quería echar un polvo. Si quería estar solo.
Si quería irme a dormir e ignorar el móvil durante doce horas, apagar el reloj en mi cabeza.
Miré fijamente el mensaje de Lex en el móvil.
V, decía. Artemis Club.