…también puede besar con la mirada Capítulo 1
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…también puede besar con la mirada

…también puede besar con la mirada

Por Ana álvarez, Anne R. Aband, Mayeda Laurens

© inepub.com

Capítulo 1

E l instituto olía a humedad y fotocopias recién hechas. Se encontraba situado en la ciudad de Cuenca, bella pero también fría y poco hospitalaria en invierno. A Denise Beaumont le había tocado incorporarse a su nuevo puesto como profesora de Francés en pleno invierno.

La habían contratado para sustituir —no sabía si de forma eventual o indefinida— a la profesora que llevaba años impartiendo la asignatura. Le habían dicho que, por el momento, el contrato sería para aquel curso y que ya verían si se lo renovaban el año siguiente o no.

Tampoco ella sabía si desearía quedarse de forma más permanente en la ciudad española, o querría regresar a su Toulouse natal y buscar un puesto más cerca de su familia y amigos.

De momento, la contratación había venido a solucionar un periodo de desempleo que ya duraba demasiado.

Tenía por delante unos meses de trabajo que tal vez pudieran alargarse.

Se detuvo frente a la verja antes de entrar. El cielo gris de noviembre, que amenazaba lluvia o tal vez nieve, oscurecía los edificios bajos de la ciudad y el viento le movía el pañuelo atado al cuello.

Empujó la verja y entró, ajustándose el abrigo, y atravesó el patio donde grupos de alumnos formaban corrillos.

Unos jugaban con una pelota, pero la mayoría se limitaba a charlar o a mirar el teléfono móvil.

Denise se preguntó si el uso de esos dispositivos estaría permitido en las aulas. Ella, desde luego, no los consentiría.

Entró en el edificio y buscó el despacho de la directora. Esta la recibió acompañada de una mujer rubia y bastante joven.

—Denise Beaumont, bienvenida por fin. Te presento a Abril Moreno, la profesora que vienes a sustituir.

—Encantada. Perdón por el retraso, pero el tren ha tenido dificultad para llegar puntual debido al mal tiempo.

—No te preocupes. Has llegado a la hora del descanso de media mañana, lo que me permitirá presentarte al resto del departamento.

—Vete acostumbrando al mal tiempo, el invierno es duro aquí —comentó Abril, siguiendo a ambas mujeres por los largos y desiertos pasillos, cubiertos de murales, horarios y carteles de diversa índole. Había también fotografías de promociones pasadas, concursos literarios y actividades culturales.

Una vez presentada al resto del profesorado, que se mostraron muy amables, Abril la acompañó a la clase. En espera de que los alumnos llegaran le explicó:

—Lamento si te ha causado algún trastorno incorporarte con el curso ya empezado, pero me veo obligada a dejar Cuenca. Mi marido es natural de Verona y nos trasladamos allí en cuestión de días. Me sabe mal dejar el instituto, llevo en él desde que terminé la carrera, pero las circunstancias mandan.

—¿Os mudáis por trabajo?

Abril no quiso decirle que su marido era el famoso escritor de novela romántica Steve Norton y que podía escribir desde cualquier lugar. No solía presumir de él más que en privado. [1]

—No. Pero añora su tierra y a mí me da igual vivir en un sitio o en otro.

—No me ha causado ningún trastorno incorporarme ahora. Y me viene bien practicar mi español.

—Lo hablas muy bien, sin apenas acento.

—Mi madre es española y siempre me habla en este idioma. Soy bilingüe.

—Yo estoy estudiando italiano. También se me dan bien las lenguas.

—¿Alguna cosa que reseñar con respecto a los alumnos? ¿Hay algo que deba saber?

—Prefiero que te formes tu propia opinión. Solo te daré un consejo: no dejes que te comparen conmigo ni sigas mi trayectoria. Con toda seguridad te dirán que yo hacía esto o lo otro. No les hagas caso. Crea tu propio método y, desde el principio, déjales claro que eres tú quien manda.

—¡Me estás asustando!

—No es para tanto.

Los alumnos empezaron a llegar y a ocupar las mesas vacías. Algunos la miraban con suspicacia; otros, con curiosidad.

—Hola, chicos —dijo Abril en francés—. Como sabéis, me marcho del instituto por motivos personales. Os presento a Denise Beaumont, que será mi sustituta a partir de mañana.

Un murmullo tenue se extendió por la clase y veinticinco miradas la analizaron con detenimiento. Denise aguantó de forma estoica, pero no pudo evitar detectar cierta suspicacia en algunas.

—¿Es francesa? —preguntó una chica en español.

— Oui —respondió Denise—. Y os agradecería que en la clase solo hablarais en francés.

—No sabemos tanto —respondió otro alumno.

—Es la mejor forma de aprender.

Nadie hizo ningún comentario.

—Bueno, nos vamos y os dejamos con la siguiente clase. Mañana ya no vendré yo —informó Abril.

Un murmullo se extendió por el aula. Las dos mujeres salieron y enfilaron el pasillo.

—En mi clase no permitiré el español —aclaró Denise.

—Yo tampoco lo hacía en la mía.

—¿Entonces por qué han dicho eso?

—Solo tratan de camelarte.

—No entiendo esa palabra.

—Quiere decir que tratarán de convencerte de que yo hacía las cosas de determinada forma, pero no te creas nada.

—¿Han intentado engañarme?

—Más o menos. Pero ya veo que tienes las ideas claras, así que no tendrás problemas. Ahora familiarízate con el edificio y con los demás profesores, yo tengo que marcharme. He venido solo para recibirte.

—Gracias.

—Suerte.

—También para ti en Verona. Me han dicho que es una ciudad preciosa.

—Lo es.

Abril se alejó y Denise permaneció unos minutos viendo cómo se marchaba, dejándola sola frente a su nuevo destino: nuevo trabajo, nueva ciudad y nuevo país. Todo un reto.