Sígueme el juego (Desastres 4) 17
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Davis

H

an pasado tres días desde que le envié ese mensaje a Riley. Tres días de silencio que se sienten más pesados que cualquier golpe que haya recibido en el campo. Pidió tiempo, y aunque sé que eso es lo que le prometí, no puedo evitar que la ansiedad me esté jodiendo la cabeza.

Estoy sentado en el sofá, mirando una pantalla que no me dice nada.

Mi atención sigue atrapada en ella, en ese momento en la puerta del vestuario, justo después del partido, cuando nos miramos y algo se rompió dentro de mí.

Dejo escapar un suspiro, levantándome con la esperanza de que moverme me saque a Riley de la cabeza.

Pero me engano a mí mismo. Camino hacia mi escritorio y, casi sin darme cuenta, abro el cajón donde guardo las fotos.

Las fotos. Las que tomaron de nosotros cuando estábamos frente a la prensa, antes y después del beso.

Las cojo con cuidado, como si el papel fuera frágil, aunque sé que lo que realmente el frágil aquí soy yo.

La primera foto me muestra mirándola antes de que nuestros labios se encontraran.

Hay algo en su expresión, en la manera en que sus ojos me sostienen, como si estuviera viendo más allá del tipo que siempre ha tenido todo lo que ha querido sin mover un dedo.

Me siento expuesto. ¿Desde cuándo una simple mirada puede hacerme sentir así?

La segunda foto es la del beso. Joder. Nunca había sentido algo tan intenso en mi vida.

A veces pienso que ese beso fue una locura.

Fue el tipo de locura que te hace preguntarte si lo que estás viviendo es real o solo un juego de tu imaginación.

Mis labios aún recuerdan la sensación de los suyos.

Suave, cálido... pero tan jodidamente confuso.

Dejo esa foto y agarro la última, justo después del beso.

En ella, Riley tiene una expresión de sorpresa, pero también una sonrisa, como si se hubiera dado cuenta de algo nuevo.

Hay una chispa en sus ojos que me hace dudar de todo lo que creía saber hasta ese momento.

Esto no es solo un juego, lo sé desde ese instante, pero. .. ¿qué significa eso para mí?

A veces me pregunto si ella lo siente también.

Quizá sí. O tal vez soy solo un idiota que ha dejado que un par de fotos y una serie de momentos lo afecten más de lo que debería.

La verdad es que nunca he tenido que esforzarme en las relaciones.

Las chicas siempre llegaban, y yo solo seguía la corriente.

Pero Riley…, ella es distinta. Es fuerte, valiente, joder, ¿por qué no lo está siendo ahora?

Dejo las fotos sobre la mesa y me dejo caer en el sofá, sintiendo el peso del silencio en el aire.

¿Cómo puede algo tan simple sentirse tan complicado?

Siempre he sabido lo que quería, pero ahora.

.. todo es diferente. Quiero volver a verla, quiero que me explique por qué se siente tan jodidamente bien y tan aterrador al mismo tiempo.

El teléfono vibra, interrumpiendo mis pensamientos. Es la alarma que tengo puesta, avisándome que debería ir saliendo para el entrenamiento de hoy. La apago y me obligo a levantarme. El fútbol siempre ha sido mi escape, mi forma de centrarme, así que tal vez eso es lo que necesito ahora.

El camino al estadio es un recorrido habitual, pero todo se siente distinto. Me detengo un segundo frente a una de las vitrinas de trofeo, donde me veo reflejado. El tipo que me mira es Dean Davis, el running back

que lo tiene todo: fama, dinero, éxito..

. pero por primera vez, no tengo ni idea de cómo manejar algo.

Tal vez es porque el único amor que conocí fue el de mi hermana.

Crecimos viendo a una madre que era solo una figura decorativa, incapaz de mostrar afecto, y eso dejó cicatrices.

El único amor genuino era el de Jacklyn, y quizá por eso ahora me siento tan jodidamente perdido.

El ambiente en el vestuario cambia cuando llego. Los gritos y las risas de mis companeros llenan el espacio mientras se preparan para el entrenamiento. Intento conectarme con esa energía, pero me siento fuera de lugar, como si ya no perteneciera completamente a este mundo.

—¡Eh, Texano! —grita Travis, el quarterback

y capitán del equipo, mientras se acerca—. ¿Estás listo para que te destrocen hoy?

—Siempre listo —respondo, intentando parecer más confiado de lo que realmente me siento.

El entrenamiento comienza, y las jugadas fluyen con rapidez.

Me lanzo al campo con mis companeros, pero mi mente sigue vagando.

¿Por qué no me atrevo a llamarla? La incertidumbre me está volviendo loco.

Estoy acostumbrado a controlar las cosas, a tener siempre el control en el campo y fuera de él, pero esto es diferente.

Las bromas de mis companeros sobre mi relación con Riley no tardan en llegar.

—¿Qué, Davis? ¿Ya te ha vuelto loco la nueva chica? —bromea Madoc, dándome un codazo.

—Sí, seguro que ella ya te tiene atrapado —anade Travis con una sonrisa de complicidad.

Las risas siguen mientras continúan haciéndome preguntas sobre Riley, sobre si las cosas entre nosotros van en serio.

Me río con ellos, pero por dentro, las preguntas se acumulan.

Porque lo que ellos no saben es que ni siquiera yo sé lo que está pasando.

La relación con Riley comenzó como una farsa, pero ahora.

.. no tengo ni idea de en qué se está convirtiendo.

Finalmente, el silbato suena, y el entrenador Mike Broadbent se acerca para hacernos una revisión del entrenamiento.

—Dejad de comportaros como marujas, muchachos —dice, mirándome a mí y a Travis—. No quiero distracciones en el campo, especialmente de ti, Davis. Mantente enfocado. ¿Está claro?

—Sí, entrenador —respondemos a coro, aunque mi mente sigue en otro lugar.

A medida que nos separamos para las charlas finales, siento que es el momento de hablar con mi hermana.

Siempre ha sido mi ancla, la única que puede decirme las cosas como son.

Necesito contarle como me siento, que me ayude, porque lo que realmente me asusta es que, a pesar de todo, sigo pensando en cómo estará Riley.

Así que decido que es momento de llamar a mi Jackie.

Después de un entrenamiento agotador, vuelvo a los vestuarios con el sudor pegado a mi piel y el cansancio acumulado en cada músculo.

Mis companeros, entre risas y bromas, parecen ajenos a la tormenta que tengo en la cabeza.

Me quito las botas y las dejo caer en la taquilla con un golpe seco, mientras los comentarios empiezan a llegar como siempre.

—Oye, Texano, ¿vienes a tomar unas cervezas? —me pregunta Luca, secándose la cara con una toalla.

Me río para mis adentros, sabiendo lo que va a venir. Todos están esperando mi respuesta, y cuando niego con la cabeza, tal y como esperaba, las risas no se hacen esperar.

—¡Ahí lo tenéis, chicos! El novato ha cambiado, se ha vuelto como Travis. Todo casero ahora que tiene una chica en su vida —bromea Madoc, mientras Travis, el quarterback

, se ríe entre dientes, sacudiendo la cabeza.

—¡Cuidado, Davis! —grita Travis desde el otro extremo del vestuario—. No te conviertas en mí tan rápido. Tienes que ganar al menos un par de SuperBowls antes de volverte casero del todo.

—Lo dudo —respondo con una sonrisa—. Aún me queda mucho para ser tan aburrido como tú, Travis.

La risa se expande por el vestuario mientras todos bromean sobre cómo estoy «sentando la cabeza».

Lo curioso es que, aunque siempre he sido el tipo de tipo que disfruta de las salidas, las discotecas y la atención de las chicas, ahora esas bromas no me molestan tanto como antes. Algo ha cambiado. Riley lo ha cambiado.

Me ducho rápido, intentando aclarar mi cabeza con el agua fría, pero las preguntas siguen ahí, latentes. A pesar de las risas y las bromas, hay algo en mí que sigue buscando respuestas. Cuando salgo de la ducha, me visto y me despido del equipo, rechazando por segunda vez la invitación a salir.

Subo al coche y me pongo el manos libres antes de arrancar. Sé que hay alguien con quien necesito hablar, alguien que, aunque me cueste admitirlo, siempre tiene la respuesta cuando yo no puedo encontrarla.

—¿Dean? —la voz de Jackie suena sorprendida al otro lado de la línea—. ¿Qué pasa? Normalmente me cuesta la vida que llames tú primero.

Suelto una pequena risa, sabiendo que tiene razón. Las llamadas siempre han sido más cosa de ella, pero esta vez soy yo quien necesita una conversación.

—Nada, solo... no sé. Supongo que necesitaba hablar contigo —admito, mientras enciendo el coche y tomo rumbo a casa.

—Es por ella, ¿verdad? —su tono se suaviza de inmediato, y no me sorprende que haya dado en el clavo.

—Sí, es por ella.

—Sabes que te cuesta menos lanzarte a por un balón que aclarar tus sentimientos, ¿no? —ríe suavemente al otro lado.

—No es tan fácil, Jackie. —Mis manos aprietan el volante—. Ella me pidió tiempo, y siento que soy yo el único que está dando el primer paso en todo. No quiero parecer desesperado.

—Dean, no puedes comparar a Riley con las chicas que has conocido antes. Ella no lo ha tenido fácil, y quizá por eso necesita más tiempo del que tú estás acostumbrado. —Su tono es suave, pero me llega como una advertencia.

Me quedo en silencio, procesando lo que ha dicho. No puedo evitar sentir que sabe más de lo que me está diciendo.

—¿Qué quieres decir con eso de que «no lo ha tenido fácil»? —pregunto, con un tono más serio. Ella se queda callada un momento, y sé que estoy pisando terreno delicado.

—Solo que... se nota, ¿no? —responde, esquivando—. No sé mucho, pero... que Riley no es como las otras chicas con las que has salido hasta ahora. Es obvio por lo que me has contado que hay cosas que aún no sabes, que no ha tenido una vida sencilla.

Su comentario me deja pensativo. No ha tenido una vida sencilla. Esas palabras se quedan resonando en mi cabeza. ¿Qué es lo que ella sabe y que yo no? Juego con la idea de seguir preguntando, pero algo me detiene.