Sígueme el juego (Desastres 4) 15
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Davis

E

l rugido del estadio aún retumba en mis oídos mientras camino hacia el vestuario. El partido ha sido intenso, pero lo único que puedo pensar es en el beso. Ese beso. No fue solo para la prensa. Al menos, no lo fue para mí.

Mientras los chicos celebran, se siente el alivio de la victoria. Travis es el primero en acercarse a mí, con esa sonrisa de capitán que siempre lleva consigo.

—¡Buen partido, Texano! —dice dándome una palmada en la espalda—. Como siempre, dándolo todo en el campo.

Madoc y Luca se acercan también, hablando de jugadas y riendo sobre las celebraciones de los fans. Afortunadamente, no mencionan nada sobre Riley ni el beso. Es lo último de lo que quiero hablar en este momento, aunque mi mente no puede dejar de volver a ello.

—Estabas increíble en la jugada final, hermano —dice Luca, lanzándome una toalla mientras me quito la camiseta empapada—. Los Eagles no sabían por dónde les venías.

—Gracias, tío —respondo, intentando seguir el ritmo de la conversación, pero mi mente sigue atrapada en otra parte.

Me dirijo hacia las duchas, pero los gritos y risas del equipo me rodean.

El ambiente es festivo, todos están llenos de energía por la victoria.

Normalmente, estaría riéndome con ellos, pero hoy todo se siente diferente.

Me siento diferente. El beso, el contacto con Riley.

.. sigue rondando en mi cabeza, y no puedo evitar pensar en lo que significó, o en lo que puede significar.

El agua caliente cae sobre mí, pero no alivia la tensión que siento en el pecho.

Intento convencerme de que todo fue parte del plan.

¿Verdad? Pero sé que fue más que eso. El beso no fue solo una actuación para la prensa.

Fue algo que me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

¿Qué estará pensando Riley ahora? Me pregunto, pero no tengo una respuesta.

Salgo de la ducha y empiezo a vestirme cuando mi teléfono vibra. Miro la pantalla. Jacklyn. Mi hermana siempre me llama después de los partidos, una costumbre que hemos mantenido desde que comencé a jugar profesionalmente.

—¿Qué pasa, Jackie? —respondo, con una sonrisa, intentando sonar relajado.

—¡Dean, qué partidazo! —grita al otro lado de la línea—. Te vi en todas las jugadas importantes. ¡Dios mío, no puedo creer lo bien que lo hiciste!

Me río. Siempre me felicita así, como si fuera la primera vez que jugara.

—Gracias, Jackie. Ya sabes, solo haciendo mi trabajo. —Intento desviar la conversación para mantenerla en el terreno del partido. Lo último que necesito es que saque a colación el beso con Riley.

—¿Haciendo tu trabajo? ¡Vamos, Dean! Hiciste magia en ese campo. —Su risa me calma un poco, recordándome por qué siempre he apreciado estas conversaciones post-partido. Pero justo cuando pienso que la llamada va a ser solo sobre fútbol, ella cambia el tono.

—Y bueno, vi algo interesante después del partido… —Jacklyn suelta la frase con un tono juguetón, y sé exactamente a qué se refiere.

—¿Ah, sí? —respondo, fingiendo indiferencia.

—Sí, un pequeno detalle. Algo sobre un beso. —Su voz es más pícara ahora, como si estuviera disfrutando de esto.

Me paso la mano por el pelo, sin saber exactamente cómo responder.

—Eso... fue solo parte del show, Jack. La prensa siempre está encima, ya sabes cómo es. —Intento sonar casual, pero sé que no la estoy enganando.

—Ajá. Seguro. —Jacklyn ríe suavemente—. Bueno, pareció algo más que una actuación. ¿Quién es esta chica, Dean? ¿Es algo serio?

Dudo por un momento, pero decido seguir el juego de la conversación. No puedo decirle toda la verdad. No todavía.

—Se llama Riley —le digo, tratando de sonar natural—. Es... es una chica con la que he estado saliendo.

Jacklyn guarda silencio unos segundos, como si estuviera procesando lo que acabo de decir.

—¿Riley? ¿De dónde es? —pregunta, curiosa, aunque siento que en el fondo ya sabe la respuesta.

—Es de San Angelo —respondo sin pensar mucho, y el nombre del pueblo parece resonar en mi mente como un eco lejano.

—¿San Angelo? —pregunta Jacklyn, con un tono curioso que no esperaba. Mi corazón se acelera un poco.

—Sí, lo mencionó el otro día —respondo, tratando de mantener la conversación ligera—. Tiene más o menos tu edad. ¿La conoces?

Jacklyn guarda silencio por un momento, y siento cómo mi pecho se tensa un poco más. ¿La conoces, Jackie? Me pregunto a mí mismo, pero no obtengo respuesta de ella.

—No sé, quizá... —dice finalmente, con una sonrisa en la voz—. Ya sabes que el pueblo no es muy grande, Dean. Tal vez sí la conozca, pero no lo recuerdo. Debería prestar más atención cuando me mencionas estas cosas.

Me río, intentando aliviar la tensión que siento dentro de mí.

—Lo harás la próxima vez, hermana —respondo, y noto cómo Jacklyn cambia de tema rápidamente, regresando a hablar del partido.

Colgamos después de unos minutos, y aunque la conversación parece haber terminado, mis pensamientos no lo han hecho. ¿Qué está pasando realmente?

Me quedo de pie unos segundos, pensando en lo que Jacklyn dijo, pero algo dentro de mí me dice que hay más de lo que ella está revelando. Me pregunto si debería preguntarle directamente, pero descarto la idea rápidamente. No quiero levantar sospechas, al menos no todavía.

Me meto en el coche y, en lugar de conducir hacia mi apartamento, me encuentro dirigiéndome al de Riley. Necesito verla. Necesito saber qué está pensando, cómo está llevando todo esto. ¿Le habrá afectado tanto como a mí?

No le aviso. No lo pienso dos veces. Solo sé que necesito verla. Cuando llego, estaciono el coche y subo las escaleras. El latido de mi corazón se acelera con cada paso. ¿Y si no quiere verme?

Toco la puerta, y cuando Riley abre, puedo ver la sorpresa en su rostro.

—¿Dean? —pregunta, con una mezcla de confusión y sorpresa, aunque no parece molesta.

—Lo siento, no quería presentarme así sin avisar —digo rápidamente, sin saber cómo justificar mi visita—. Solo... necesitaba verte.

Ella parpadea un par de veces, claramente desconcertada por mi repentina aparición. Me siento como un completo idiota, pero ya estoy aquí.

—¿Necesitabas verme? —Riley repite mis palabras, todavía intentando entender qué estoy haciendo allí.

Doy un paso hacia ella, mis ojos atrapados en los suyos. La conexión entre nosotros es innegable, aunque todo haya comenzado como un juego. No puedo fingir que no me afecta.

—Sí —respondo finalmente, mi voz baja pero firme—. Necesitaba hablar contigo sobre el beso. Y sobre lo que está pasando entre nosotros... porque para mí, esto ya no es solo un juego.

La puerta de Riley se abre, y ahí está, mirándome con sorpresa en los ojos. ¿Qué demonios hago aquí?. Necesitaba verla, pero ni siquiera yo tengo claro qué le voy a decir.

—¿Dean? —pregunta, claramente sorprendida, pero antes de que pueda responder, otra voz resuena desde dentro.

—¡Ah, ya sabía yo que había algo interesante aquí! —dice Julie, la vecina de Riley, apareciendo detrás de ella.

Julie está vestida con un pijama que parece más caro que cualquier traje que yo tenga. La seda brilla a la luz, y su cabello está perfectamente peinado, como si acabara de salir de un salón de belleza. Esta mujer tiene estilo, no lo voy a negar.

—Ay, nina —dice mirando a Riley—, si llego a saber que tenías a un muchacho tan guapo de visita, me habría puesto algo más decente. —Ríe, lanzándome una mirada descarada de arriba abajo, y siento cómo la situación se vuelve incómoda en un segundo.

Riley se lleva una mano a la cara, mortificada.

—Julie... —murmura, suplicando con la mirada que la vecina se largue, pero Julie no parece tener prisa por irse.

—Tranquila, tranquila. Ya sé que no pinto nada aquí —dice Julie, levantando las manos—. Aunque, para ser sincera, me encantaría quedarme un rato. Las conversaciones interesantes no se escuchan todos los días, y ya sabes que soy buena oyente.

Intento sonreír, aunque la incomodidad está ahí, presente. No tenía un plan cuando vine, pero esto no era lo que imaginaba.

—Julie, en serio... —empieza Riley, más firme esta vez, pero Julie sigue en su mundo.

—Vale, vale, ya me largo. No soy tan vieja como para no darme cuenta de cuándo sobro —dice finalmente Julie, dándose la vuelta para salir, pero no antes de lanzarme una última mirada juguetona—. Y si necesitas algún consejo para tratar a una dama, ya sabes dónde vivo, guapo.

Riley suspira cuando Julie finalmente cierra la puerta.

—Lo siento... —murmura, sin atreverse a mirarme directamente—. Ella es... bueno, es Julie.

Me río, sacudiendo la cabeza.

—No te preocupes, le pone un poco de color a la situación.

Riley se relaja un poco, pero la tensión en el aire sigue ahí. Doy un paso hacia ella, sintiendo cómo la distancia entre nosotros se reduce. No estoy seguro de qué decir. El beso... todo lo que pasó antes, me tiene en un bucle del que no logro salir.

—¿Por qué has venido, Dean? —pregunta Riley, su voz suave pero directa.

Buena pregunta. Me paso una mano por el pelo, tratando de encontrar una respuesta que tenga sentido.

—No lo sé exactamente —admito finalmente—. Solo... necesitaba verte. Después de lo que pasó en la puerta de los vestuarios, no podía dejarlo así.

Riley me mira con una mezcla de confusión y algo más que no logro identificar. Tampoco sé lo que espero de esta conversación. No estoy seguro de nada en este momento.

—El beso, ¿no? —pregunta, su tono más bajo de lo normal, como si estuviera tratando de medir mi reacción.

—Sí —respondo, pero sin saber cómo continuar. El beso fue real, al menos para mí, pero no sé si Riley sintió lo mismo o si fue solo parte del juego para ella.

El silencio se instala de nuevo. Siento que debería decir algo más, pero las palabras no salen. Nos miramos, sin saber cómo manejar lo que está pasando entre nosotros.

—Lo hicimos bien, ¿no? —le pregunto, tratando de aliviar la tensión con una sonrisa, pero sé que la pregunta lleva un doble sentido.