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Riley

L

a multitud ante nosotros brilla con las luces de las cámaras.

Los flashes son deslumbrantes, y aunque trato de mantener una sonrisa confiada, por dentro estoy temblando.

Esta es la primera vez que me siento expuesta de esta manera, y un pequeno nudo de miedo se aferra a mi estómago.

Pero no puedo dejar que lo vean. No ahora. No aquí.

Nos enfrentamos a la prensa con una actitud que intento que sea fuerte. Dean se ve increíblemente atractivo, y eso, de alguna manera, me da fuerzas. No puedo evitar recordar que ha sido mi crush

durante toda la vida, y ahora estoy aquí, a su lado, en este cuento de hadas que, sé muy bien, podría desmoronarse en cualquier momento. Al igual que en la historia de Cenicienta, esta carroza podría convertirse en calabaza cuando el último evento de la temporada llegue a su fin.

Pero por un momento, decido dejar de lado mis miedos. Le he prometido a Dean que iba a seguirle el juego y siempre cumplo mis promesas. Mientras caminamos hacia el photocall

, siento que un torrente de adrenalina recorre mi cuerpo.

—Dean, ¿quién es esta hermosa dama que te acompana? —pregunta uno de los reporteros, apuntando su micrófono hacia nosotros.

Dean permaneces en silencio mirándome con una mezcla de orgullo y complicidad que me hace sentir especial. Aun así no responde al reportero ni a los que le secundan preguntando quien soy.

Su mano firme sobre mi brazo me da una sensación de protección.

Mientras le hacen preguntas, me doy cuenta de que hay un murmullo entre la multitud.

Nunca antes habían visto al novato de los Patriots acompanado de una mujer en un evento oficial, y eso me llena de una extrana mezcla de orgullo y vulnerabilidad.

Aunque no debo de olvidar que esto es solo un acuerdo entre él y yo.

—¿Cómo te sientes Dean, siendo parte de un equipo tan grande? —pregunta otro reportero.

—Es un honor —responde Dean, sin soltarme—. Estoy agradecido por la oportunidad de jugar para los Patriots.

Mientras habla con la prensa, un grupo de companeros de Dean se acerca, riendo y bromeando entre ellos.

Reconozco a Travis Mitchell, Madoc Johnson, y Luca Martínez, todos ellos también acompanados por mujeres preciosas.

Ellos son figuras importantes en el equipo y, de alguna manera, también forman parte de esta atmósfera glamurosa.

—¡Dean! —grita Travis, dándome una rápida mirada de arriba a abajo—. No puedo creer que hayas traído a alguien tan espectacular.

La presión de sus ojos sobre mí me hace sentir como si estuviera en el centro del escenario, pero intento mantenerme firme.

—Esta es Riley —dice Dean, y me presenta a cada uno de ellos mientras nos retiramos de la presencia de la prensa—. Chicos, esta es Riley Grant.

—Un placer, Riley —dice Madoc, con una sonrisa amplia.

Río nerviosamente, intentando relajarme.

—El placer el totalmente mío —respondo, mientras el sudor comienza a acumularse en la palma de mi mano.

—Y dinos, como conociste a este inútil. —Ahora el que se dirige a mi es Travis, que es el quarterback

de equipo, además del capitán y uno de los mas mayores del equipo, todo eso se traduce en que es la persona que más respetan en el equipo, después del presidente y el entrenador.

El salón sigue deslumbrando con su elegancia, una burbuja de lujo que apenas puedo asimilar.

A mi lado, Dean avanza con una confianza que parece natural en él, mientras yo lucho por mantener una fachada tranquila.

Pero, aunque mi exterior es fuerte, por dentro no puedo evitar sentirme como una impostora, alguien que no pertenece aquí.

Me esfuerzo por mantener una sonrisa mientras nos acomodamos en la mesa. Travis, Madoc, y Luca ya están sentados, riendo y bromeando como si todo esto fuera completamente normal para ellos. Me siento una intrusa, tratando de encajar en un mundo que no es el mío.

—¿De dónde eres, Riley? —pregunta Luca con una sonrisa curiosa.

La pregunta llega tan rápido y casual que mi respuesta sale de mis labios antes de que pueda detenerme.

—De San Angelo, Texas —respondo automáticamente.

Un segundo después, siento cómo el aire a mi alrededor cambia. La tensión me golpea con fuerza cuando veo a Dean detenerse por completo, su mirada fija en mí, como si no pudiera procesar lo que acaba de escuchar.

El silencio entre nosotros es casi palpable. Mis palabras flotan en el aire, y me doy cuenta de que he cometido un error. Dean no había mencionado San Angelo desde que nos conocimos, pero yo lo sabía. Sabía que él era de allí porque ha sido mi crush

durante toda mi vida. Pero lo que no había planeado era soltar esa información tan casualmente, como si no fuera importante. Y lo es. Al menos, para mí.

Dean me mira, sus ojos muestran una mezcla de sorpresa y algo que no puedo identificar. Sabe que algo no encaja.

—¿San Angelo? —murmura, repitiendo el nombre como si no pudiera creerlo.

Me obligo a mantener la calma, aunque el pánico amenaza con apoderarse de mí.

¿Cómo he podido ser tan descuidada? Decidí desde el principio que no le contaría que ya lo conocía, no solo como jugador de la NFL, sino de nuestro pequeno pueblo.

No quiero recordar San Angelo. No quiero volver a ese lugar, a los recuerdos que enterré cuando me fui a los catorce anos.

Pero aquí estoy, revelando lo que no debería.

—Sí... —respondo, intentando parecer casual, como si no significara nada.

Pero Dean no parece convencido. Sus ojos se oscurecen por un momento mientras me observa detenidamente, como si estuviera intentando unir piezas que no terminan de encajar.

—Es curioso que no lo mencionaras antes —dice, su tono intentando ser ligero, pero la curiosidad en su voz es innegable—. San Angelo no es precisamente grande.

Su comentario hace que me tense aún más. San Angelo es pequeno, una ciudad donde casi todos se conocen. Y aunque Dean ha pasado los últimos anos en el centro de atención, en la nfl, yo preferiría que no recordara lo que pasó en aquel lugar cuando éramos más jóvenes. No todavía.

—No pensé que fuera relevante —digo, forzando una sonrisa—. Supongo que no salió en la conversación.

Dean asiente lentamente, pero sigue mirándome con esa intensidad que me hace sentir expuesta. Él también es de San Angelo, y aunque no lo dije con esa intención, ahora he sembrado una semilla. Poco a poco, irá uniendo los puntos, y me aterra pensar en lo que descubrirá.

Travis, Madoc, y Luca continúan charlando y riendo, ajenos a la tensión que se ha generado entre nosotros. A medida que las risas fluyen, intento seguir el ritmo, pero el peso de lo que acabo de decir cuelga sobre mí como una nube.

Dean no aparta la mirada de mí por completo, y sé que no ha terminado con el tema. Está procesando lo que acaba de escuchar, y aunque no sabe por qué, puedo ver que algo ha cambiado.

El camarero llega con nuestras bebidas, y durante un momento de silencio en la conversación, Dean se inclina ligeramente hacia mí.

—San Angelo…, ¿en serio? —susurra con cuidado.

La manera en que lo dice, casi como si estuviera probando la idea en su mente, me deja en claro que esto no es algo que pueda dejar pasar tan fácilmente.

—Sí —respondo, intentando que mi tono suene despreocupado, aunque por dentro siento cómo los nervios se apoderan de mí—. ¿Por qué te sorprende tanto?

Dean sonríe, pero la sorpresa sigue reflejada en su mirada.

—Es solo... raro. San Angelo no es tan grande. No pensé que alguien más de allí apareciera en mi vida de esta manera.

Asiento, sin saber muy bien qué decir. Él tiene razón, claro. Es raro. Pero no puedo permitir que se dé cuenta de cuánto más hay detrás de todo esto.

—Ya ves —le digo, con una sonrisa forzada—. El mundo es un panuelo.

Dean me mira un poco más antes de finalmente volver a la conversación con sus companeros, pero sé que algo ha quedado sembrado en su mente.

Y, aunque he tratado de mantener el control, el hecho de haber mencionado San Angelo sin pensarlo podría ser el primer paso hacia la revelación de algo que llevo mucho tiempo intentando enterrar.

Mientras las conversaciones y las risas continúan, mi mente no puede dejar de pensar en lo que vendrá después. Dean irá uniendo las piezas, poco a poco, y yo tendré que estar preparada para lo que suceda cuando finalmente descubra quién soy realmente.

El salón sigue vibrando con la energía de la noche, las risas y las conversaciones llenan el aire mientras las copas de champán circulan entre los invitados.

Todo parece tener un brillo exagerado, como si cada detalle estuviera disenado para destacar la riqueza y el poder de quienes asisten.

A mi lado, Dean sigue en modo «todo bajo control,» pero después de la revelación de que ambos somos de San Angelo, noto que sigue lanzándome miradas de reojo, como si tratara de encontrar en mí alguna respuesta que aún no está clara.

Trato de mantener mi fachada, pero por dentro, cada minuto que pasa siento que estoy perdiendo el control de la situación.

He revelado algo que nunca tuve intención de contarle, y sé que es solo cuestión de tiempo antes de que él comience a atar cabos.

Pero, por ahora, el contrato sigue vigente, y nuestra farsa debe mantenerse.

De repente, noto que una mujer se nos aproxima con una sonrisa tan grande que casi parece irreal.

Su porte es impecable, su cabello rubio está perfectamente peinado y su vestido de satén rojo parece brillar bajo la luz de los candelabros.

La reconozco de inmediato: Elizabeth Harrington, la organizadora de la gala y una de las filántropas más conocidas del país.

Todos en la sala parecen moverse con cautela a su alrededor, como si fuera la estrella indiscutible de la noche.

—¡Dean! —exclama Elizabeth, extendiendo sus brazos con familiaridad—. ¡Qué placer verte aquí, y tan bien acompanado!

Mi estómago se revuelve un poco mientras me preparo para lo que viene. Elizabeth se detiene frente a nosotros y su mirada se desliza de Dean hacia mí con una curiosidad inconfundible. Es una mirada que he visto antes en las personas que quieren saber más de lo que les toca.

—Y tú debes ser... Riley, ¿verdad? —pregunta, aunque no espera una respuesta mientras me analiza detenidamente—. ¡Oh, pero son una pareja tan hermosa! —anade con entusiasmo, su mirada ahora totalmente sobre nosotros.

Siento que la presión sube de inmediato. Dean y yo hemos pactado que tenemos que demostrar afecto en público, pero este es el primer momento real en el que se nos exige actuar como pareja. Me siento rígida, sin saber exactamente cómo proceder.

Dean, sin perder su compostura, se inclina ligeramente hacia mí, su brazo se desliza suavemente alrededor de mi cintura, acercándome un poco más a él.

El calor de su mano contra mi espalda desnuda me provoca un pequeno escalofrío que intento disimular.

Me recuerda lo poderoso que es el contacto físico, aunque sea fingido.

—Sí, esta es Riley —responde Dean con una sonrisa encantadora—. Hemos estado disfrutando mucho de la gala. ¿Verdad, carino? —me mira con esos ojos que siempre me han hecho sentir como si pudiera perderme en ellos.

Lo miro por un segundo, sintiendo el peso de su brazo sobre mí y la necesidad de corresponderle. No sé cómo lo hace, pero en ese momento parece tan auténtico que casi me convence de que esto es real.

—Sí, ha sido una noche... inolvidable —respondo, devolviéndole la sonrisa mientras siento la presión de los ojos de Elizabeth sobre nosotros.

Ella ríe, claramente encantada con nuestra interacción, y me doy cuenta de que estamos cumpliendo nuestro papel a la perfección. Sin embargo, esa pequena chispa de ansiedad sigue latente en mi estómago.

—Bueno, Dean, ya sabes cómo funcionan estas cosas —continúa Elizabeth, moviendo su mano en el aire de manera exagerada—. Las parejas hermosas como ustedes siempre atraen a las cámaras. Deberían hacerse una foto juntos, estoy segura de que todos estarían encantados de verlos.

No puedo evitar sentir cómo mi corazón se acelera. ¿Una foto? Las cámaras ya nos han capturado al llegar, pero posar intencionalmente como pareja es algo distinto. Es la prueba definitiva de nuestro falso acuerdo, y aunque sé que es parte del contrato, no puedo evitar sentirme un poco atrapada.

Dean, como si no fuera nada, asiente y sonríe.

—Por supuesto —dice con facilidad, volviéndose hacia mí antes de anadir—. ¿Te parece, amor?

Hay algo en la forma en que lo dice que me descoloca. Es casi como si, por un segundo, fuera auténtico. Trago saliva y asiento, intentando que mi sonrisa no se vea forzada.

Nos movemos hacia el centro del salón, donde varios fotógrafos se congregan rápidamente al vernos. Dean mantiene su brazo alrededor de mi cintura mientras posamos para las cámaras, y yo, con una mezcla de nerviosismo y control, apoyo mi mano en su pecho, tratando de parecer relajada.

Cada flash de las cámaras parece amplificar la tensión que siento.

La mano de Dean permanece firme sobre mí, y aunque sé que esto es un espectáculo, hay algo en el contacto que me hace sentir diferente.

Es solo un juego, me repito, un contrato que estamos cumpliendo.

Pero la línea entre lo real y lo falso parece difuminarse con cada segundo que paso a su lado.

—¡Son perfectos! —grita Elizabeth desde el fondo, su sonrisa es tan amplia que parece irreal.

Finalmente, los fotógrafos nos dejan en paz, y puedo sentir cómo la tensión en mi cuerpo disminuye, aunque solo un poco.

Nos alejamos del centro del salón y Dean baja su brazo lentamente, pero no antes de lanzarme una mirada rápida, una que parece decir mucho más de lo que está dispuesto a verbalizar.

—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja, con una leve sonrisa en los labios.

—Sí... —respondo, aunque no estoy segura de qué más decir.

Dean parece querer decir algo más, pero antes de que pueda continuar, somos interrumpidos por otro grupo de invitados que se acerca a saludarlo.

El momento se rompe, pero no puedo dejar de pensar en lo que acaba de pasar.

Las muestras de afecto eran parte del trato, pero por primera vez, siento que hay algo más en juego, algo que ni Dean ni yo hemos reconocido completamente.

Y mientras sigo caminando junto a él, con los ojos de toda la sala todavía sobre nosotros, no puedo evitar preguntarme qué pasará cuando la farsa termine y tenga que enfrentar la realidad de lo que siento.