5
Davis
¿E
stoy seguro de lo que voy a hacer? Sí, no me queda otra si quiero acallar a toda la maldita prensa y, además, quiero que mi representante no sufra un infarto al corazón con tan solo cuarenta anos porque yo sea un ninato de mierda. Palabras suyas, no mías.
¿Va a salir todo esto bien? No, no lo creo, y aun así no dejo de darle vueltas a la cabeza mientras mis ojos están fijos en sus manos, pequenas y ágiles, mientras sostiene el cuchillo con una concentración que parece de otro mundo.
Sus dedos son finos, casi delicados, como si estuvieran hechos para algo mucho más suave que cortar fruta.
Cada movimiento es preciso, pero… maldita sea, el cuchillo está demasiado cerca de sus dedos.
Aprieto la mandíbula cuando veo cómo su pulgar roza peligrosamente el filo de la manzana.
¿Cómo algo tan pequeno puede parecer tan frágil y fuerte a la vez?
Esos dedos... parecen tan delicados que podrían romperse con una mirada demasiado dura.
Y ahí está, manejando el cuchillo como si no tuviera idea de lo que puede pasar en un solo segundo de descuido.
Me inclino un poco, queriendo intervenir, pero ella levanta la vista y me sonríe, como si el peligro no existiera. Y entonces lo veo: el filo del cuchillo apenas toca su piel, pero, como si el universo le diera una segunda oportunidad, no la corta. Mi corazón se detiene por un segundo.
Ella sigue cortando fruta, completamente ajena a mi alarma silenciosa. Pero yo... no puedo dejar de mirar sus manos. Finas, gráciles, y cerca de convertirse en el centro de una tragedia que nunca ocurre.
—¿Siempre cortas la fruta como si fuera un deporte extremo? —le digo, intentando romper el silencio que se ha instalado entre nosotros.
—¿Tienes miedo de que me corte? He hecho esto mil veces, Dean —responde, mirándome con esa mezcla de confianza y desafío que me resulta tanto atractiva como desconcertante.
No puedo evitar sonreír ante su respuesta.
Es cierto que parece cómoda, como si estuviera en su elemento.
Tal vez eso es lo que más me llama la atención.
Es completamente diferente a las chicas que suelen rodearme.
En este momento, me gustaría poder dejar de pensar en las cámaras, en Marlon y en todo lo que me presiona.
Ella termina de preparar el batido y lo vierte en un vaso alto, sirviéndolo con un toque de canela en la parte superior. Me lo entrega y, al contacto, siento una chispa que recorre mi brazo.
—Aquí tienes, un batido de frutas —dice, cruzando los brazos y observándome mientras lo pruebo.
Doy un sorbo y la mezcla de sabores explota en mi boca. Me sorprende lo bueno que está.
—Esto es... increíble —admito, dejando que una sonrisa se dibuje en mi rostro.
—¿Ves? Te dije que estaba bueno —responde con un brillo en sus ojos, disfrutando de mi reacción.
Por un momento, me olvido del mundo exterior. Solo estamos nosotros dos en esta pequena burbuja, y es raro sentirme así. Este lugar, su risa, la manera en que parece tan tranquila y confiada. Es casi como si la realidad no tuviera cabida aquí.
—La verdad es que me gusta venir aquí —digo, buscando un tema que nos conecte un poco más—. Este sitio tiene algo especial.
—Lo mismo digo. —Sus ojos se iluminan—. La gente que viene aquí suele ser agradable. Creo que es parte del ambiente.
Apenas me doy cuenta de que la conversación ha girado hacia un lado más personal. Dejo que la atmósfera fluya, disfrutando de la companía.
—¿No es extrano? —pregunto, inclinándome hacia adelante—. La gente siempre parece querer catalogarte, encasillarte en una caja.
Ella asiente, su expresión se vuelven más seria por un instante.
—Sí, a veces es abrumador. Pero aquí, en este lugar, me siento más... libre, supongo.
El aire se carga de una tensión no dicha. Hay algo en su mirada que me hace querer saber más.
Quiero rasgar las capas de su vida, entender lo que hay detrás de esa fachada tan tranquila.
—A veces me gustaría tener esa libertad —le confieso, sintiendo que estoy abriendo una puerta que no debería—. Mi vida está llena de expectativas, y a menudo no sé cómo manejarlo.
Riley me observa, y por un momento, parece entenderme de una manera que otros no. La conexión que siento es palpable, como si las palabras no fueran necesarias.
—Quizá todos luchamos contra eso de alguna manera —dice al final, rompiendo el silencio.
Sonrío, sin saber qué más agregar. Este momento, aquí, en su presencia, me hace dudar sobre todo. ¿Es correcto seguir adelante con la idea de una relación falsa?
El instante se siente pesado, lleno de promesas y posibilidades. Y aunque sé que la propuesta está en mi mente, este no es el momento de compartirla.
Pero algo en su sonrisa me dice que no puedo evitarlo por mucho tiempo.
La idea de lo que podría ser, de lo que siento por ella, se asienta en el fondo de mi mente.
No puedo dejar de pensar que, al final, tal vez lo que estoy buscando no sea solo una salida de mi lío mediático, sino algo mucho más profundo. Algo que no había anticipado.
Mientras ella sigue hablando, escuchando su voz y observando sus manos en movimiento, me doy cuenta de que, sea lo que sea que tenga que suceder, no quiero que este momento termine.
—Oye, una pregunta —digo de repente, sintiendo que ahora es el momento—. ¿Sabes quién soy, verdad? —Mi humor se filtra en la pregunta, aunque una parte de mí está genuinamente interesado.
Ella me mira, sorprendida.
—¿Eres... un cliente habitual? —dice, con un tono juguetón, pero veo la curiosidad en su mirada.
—Vamos, no te hagas la desentendida —bromeo—. Soy Dean Davis, el novato de los Patriots. Aunque, viendo cómo cortas fruta, me pregunto si has oído mi nombre en alguna parte.
Riley me observa, su expresión cambia por un momento, como si estuviera procesando la información. Pero no dice nada.
—¿De verdad no sabes quién soy? —insisto, riendo por dentro—. La fama y la atención de la prensa son un poco difíciles de ignorar, incluso para alguien como tú.
Ella me lanza una mirada traviesa, casi desafiante.
—No sé, a veces las noticias deportivas se pierden entre las recetas de pasteles.
—Tienes razón, la cocina es más importante —concedo, sintiendo cómo me encanta su respuesta.
El tiempo avanza, y el sonido del reloj de la pared me recuerda que no tengo mucho tiempo antes de que cierren. Me inclino hacia adelante, sintiendo que debo aprovechar cada segundo.
—Escucha, ¿quieres que te acompane a casa después de cerrar? —sugiero, intentando que suene casual aunque Julie, la mujer de antes, casi me lo haya ordenado.
Riley se detiene un momento, y la sorpresa aparece en su rostro.
—No es necesario, Dean.
—No me incomoda en absoluto —le aseguro—. Julie me dijo que compraste algunas cosas y que vas a ir cargada. Así que puedo hacer de caballero y ayudarte.
Ella parece pensarlo, y aunque me gustaría conocer más de su vida, no me atrevo a forzarla.
Finalmente, asiente con una sonrisa.
—Está bien, entonces. Gracias, solo espero que no te sientas obligado por ella, puede llegar a ser una mujer muy intensa.
El tiempo que queda, seguimos hablando de trivialidades, de lo que nos gusta y lo que no. Es fácil, casi como si nos conociéramos de antes. Cuando la hora de cierre se acerca, siento una extrana mezcla de satisfacción y ansiedad.
La pastelería está vacía, y Riley empieza a guardar las cosas en la parte trasera del local. Mientras lo hace, me ofrezco a ayudarla, pero ella se niega.
—No te preocupes, Dean, he hecho esto muchas veces —dice mientras se mueve con agilidad, organizando todo rápidamente.
—Aun así, déjame ayudar —insisto.
Al final, conseguimos cerrar la pastelería en unos minutos. Salimos juntos y el aire fresco de la tarde me da un nuevo impulso. La luz del sol comienza a descender, tinendo el cielo con tonos anaranjados y rosados.
—Es un bonito barrio —comento mientras caminamos.
Riley asiente, mirando alrededor.
—Sí, es sencillo, pero tiene su encanto. Cada apartamento tiene su propia historia, ya sabes.
—No puedo decir que tenga muchas historias en el vecindario donde vivo. Es más bien... aburrido —bromeo, intentando esbozar una sonrisa.
—Al menos no tienes que lidiar con la vida de las personas —responde, su mirada ahora más seria.
Caminamos en silencio durante unos momentos, sintiendo la conexión que se va formando entre nosotros. Mi mente da vueltas a la idea de que este paseo no es solo para acompanarla. Estoy disfrutando de cada momento.
Finalmente, llegamos a su edificio, un sencillo bloque de apartamentos en el centro de Foxborough. Aunque no es lujoso, está bien cuidado, y eso le da un toque acogedor. Ella se detiene frente a la puerta y, por un momento, la miro, sintiendo una extrana mezcla de satisfacción y nerviosismo.
—Gracias por acompanarme —dice, sonrojándose un poco—. No suelo tener a nadie que me traiga a casa.
La frase me coge desprevenido, porque noto cierta melancolía en su tono. Quiero decir algo, pero antes de que la frase salga de mi boca, ella continua hablando, como si se hubiera dado cuenta de lo que ha dicho hace un momento.
—Deberías ir a la pastelería más a menudo —sugiere, sonriendo.
—Lo haré. Cuento con un batido especial para cada visita, ¿no? —bromeo, intentando hacer la atmósfera más ligera.
Nos despedimos con una sonrisa, y mientras la miro entrar en su apartamento, me doy cuenta de que, aunque no estaba buscando esto, he encontrado algo en ella que me atrae más de lo que esperaba.
Mientras me alejo, pienso que no será la última vez que pase por aquí.
No puede ser. Algo en Riley me llama a regresar, y por primera vez en mucho tiempo, me siento esperanzado.
Mientras me alejo, el aire fresco de la noche me envuelve, pero no puedo evitar sentir una punzada de nostalgia al pensar en lo que dejé atrás en la pastelería.
Riley ha despertado algo en mí, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Al llegar a mi apartamento, me sorprende darme cuenta que, una vez más, he logrado esquivar a los fans
y a la prensa. La sensación de alivio se mezcla con la realidad que me espera en el interior.
La casa está en silencio, con las luces apagadas, como siempre.
La soledad de mi hogar se siente más intensa esta noche.
Dejo las llaves sobre la mesa y me desplomo en el sofá, dejando escapar un suspiro profundo.
A mi lado, una caja de pasteles se asienta como un recordatorio de la tarde.
Enciendo la televisión, intentando distraerme.
La pantalla parpadea antes de mostrar un gran logo de la cadena deportiva.
Me acomodo, sintiendo la suavidad del sofá de cuero negro, y mis ojos se quedan pegados a la pantalla.
La imagen que aparece es la mía. Un titular escandaloso en la parte inferior: «¿Conquistador o Corazón Roto?
La vida amorosa de Dean Davis en el punto de mira».
La presentadora, una mujer con una sonrisa brillante y una mirada afilada, está hablando sobre mí, mientras un par de fotos mías aparecen en la pantalla. En una de ellas, estoy en el campo, enfocado en el juego, y en la otra, estoy saliendo de un evento con una chica cuya cara no reconozco.
—Hoy entrevistamos a la amiga de una chica con la que se ha relacionado románticamente a Dean, quien asegura conocer detalles jugosos sobre su vida privada —dice ella, y puedo sentir cómo mi mandíbula se tensa.
Mientras continúan con la charla, la mujer empieza a mencionar rumores sobre mi vida amorosa, y mis instintos de protección se disparan.
La presión que siento en el pecho aumenta.
La idea de que alguien intente aprovecharse de mi fama, mezclándose con chismes, me provoca un malestar que no puedo ignorar.
La imagen de Riley, su risa, y la conexión que sentimos en la pastelería vuelven a mi mente.
Me doy cuenta de que necesito algo que me saque de este lío.
La idea de pedirle a Riley que sea mi novia falsa toma fuerza en mi mente, pero todavía tengo que pensar en cómo proponerlo.
No quiero que piense que solo la estoy utilizando.
El ruido de la televisión se convierte en un murmullo mientras mis pensamientos giran en torno a lo que puedo ofrecerle. ¿Qué podría hacer que aceptara? Puede que no tenga mucho, pero lo que sí tengo es la promesa de que no le faltará nada mientras esté conmigo.
Me echo hacia atrás en el sofá, mirando al techo, la caja de pasteles a un lado.
Este día con Riley fue refrescante, y ahora se siente como un oasis en medio de este caos.
Pero, por otro lado, la realidad me golpea con fuerza, recordándome que no puedo dejar que se convierta en otra chica más en mi vida, una que solo está ahí para los titulares.
Mientras el programa sigue, me concentro en la idea de cómo plantearle la propuesta. Necesito que vea que hay algo más en mí, que no soy solo el jugador de la NFL que aparece en las portadas.
Con cada palabra que escucho en la televisión, la determinación crece dentro de mí. Manana volveré a la pastelería. No solo porque necesito a Riley, sino porque, en este caos que me rodea, ella es lo único que me da un atisbo de normalidad.
Me quedo allí, mirando la pantalla, sin realmente ver lo que está pasando. La imagen de Riley sigue flotando en mi mente, y me doy cuenta de que, si esto va a funcionar, debo encontrar una manera de pedirle que se convierta en mi aliada en este juego.