10
Mientras yacíamos juntos en el interior de la bañera, el agua templada caía sin interrupción desde el grifo superior.
El chorro constante modulaba poco a poco la temperatura de la masa líquida que se había acumulado allí desde el inicio de la noche.
Jairo, quien se encontraba posicionado de espaldas a mi pecho, tarareaba una melodía suave y difusa en voz baja.
Yo aprovechaba su quietud para enjabonar la piel de su espalda con movimientos pausados, al observar cómo su superficie pálida brillaba bajo el reflejo directo de la luz tenue y amarillenta del cuarto de baño.
—Auch... —se quejó el chico de repente, al encogerse de hombros debido al ardor inmediato de las marcas postes cena—. Por favor, hazlo un poco más suave, amo.
—Apenas te toqué con la esponja, Jairo. Eso es lo que pasa cuando insistes en recibir el castigo con el azotador pesado antes que con la fusta flexible —le reproché en un tono monocorde, aunque reduje la intensidad para no lastimarlo—. ¿Cómo sientes la temperatura del agua ahora?
—Me gusta mucho... está perfecta —se giró de manera parcial sobre el agua para mostrarme una sonrisa relajada—.
Sabía que era una excelente idea que nos bañáramos juntos después de terminar.
El amo debe limpiar siempre a su sumiso —repitió la última frase al agudizar el tono de su voz, en un intento por sonar adorable y desarmar mi severidad.
—Tú no eres mi mascota, Jairo —dejé salir una corta carcajada ante su ocurrencia—. Al menos no recuerdo haberte comprado accesorios de animal para el cuarto.
—Eso sería excitante para la próxima vez, si lo piensa bien, señor. Podría ser un lindo gatito para usted. Miau —expresó de forma juguetona, al arquear el cuerpo húmedo.
—No es mi estilo de juego, mi pequeño cachorro —le respondí con firmeza mientras usaba mis manos para enjuagar los restos de espuma de su piel—. No soy esa clase de dominante que disfruta con esos roles. Lo sabes bien.
—Usted es un hombre aburrido entonces, profesor.
—¿Ah, sí? ¿De verdad piensas que soy alguien aburrido, Jairo? —me incliné hacia adelante y besé con deliberada lentitud la piel sensible de su cuello, lo que logró que su cuerpo respondiera al estímulo con un gemido ahogado.
—No use esos trucos corporales contra mí, señor... no vale —bufó de forma exagerada, aunque dejó caer la cabeza hacia atrás—. Usted sabe lo sensible que soy en esa zona.
—Sé con precisión milimétrica cada lugar donde eres sensible, pequeño —volví a besar la zona húmeda mientras dejaba caer pequeñas cascadas de agua templada sobre sus hombros—. Por lo menos, eso es lo que me gusta creer de mi dominio sobre ti.
—Profesor...
—¿Qué pasa, Jairo? Dime.
—Olvídelo, señor... es una tontería mía. Algo verdadero tonto —sonrió de forma débil, al desviar los ojos hacia las burbujas.
—Sabes que en este espacio puedes preguntarme lo que desees, sin restricciones de ningún tipo. Habla.
Jairo se giró por completo en la bañera hasta quedar de frente, al mirarme a los ojos.
Su cabello estaba mojado por el agua y la fuerza de la gravedad lo había puesto lacio y pegado a la frente, a diferencia de cómo lucía en el aula de clases.
Era extraño observarlo de esa manera tan desprovista de artificios, pero no por ello dejaba de verse bello ante mis ojos.
Ese muchacho podría usar lo que quisiera sobre el cuerpo; siempre terminaría por ser lo más hermoso de cualquier lugar en el que estuviera.
—Sé que es una pregunta tonta... —dudó por varios segundos, al esquivar mi mirada analítica—. Sé que no soy el primer sumiso que pasa por su vida o por su cama, profesor. Pero... ¿hubo muchos otros antes de mí en su pasado?
—Fueron cuatro personas en total, al contarte a ti de forma oficial —le respondí sin el menor rastro de vacilación—. Pero ten por seguro que, de entre todos ellos, tú eres indudablemente el más hermoso que he tenido bajo mi control.
—¿De verdad lo piensa así? Oh, yo... —sus mejillas se tiñeron de un intenso color rosa de forma instantánea—. Siento que escuchar eso es como recibir un auténtico premio de su parte, señor.
Lo acaricié con suavidad en la mejilla antes de que él se recostara en el tacto de mi mano, al imitar el gesto de quien busca afecto. Entonces me observó de lado con los ojos brillantes y me acerqué de forma pausada para depositar un beso tierno sobre sus labios.
—Ahora, según las reglas de la conversación, déjame preguntarte algo a ti —él asintió con la cabeza—.
¿Quién fue tu último dominante en el plano personal?
Porque estoy seguro de que tuviste a uno en el pasado.
Puedo creer en la existencia de un dominante que descubrió su tendencia sádica en la adultez, pero en el caso de los masoquistas el autodescubrimiento es algo más complejo.
—No se trataba de un dominante real del ambiente, señor. Tampoco era un sádico consciente. La verdad fue algo que ocurrió por casualidad en mi infancia.
—Explícate mejor, Jairo —le ordené de forma estricta, al sentirme confuso por el rumbo que tomaba su declaración.
—Verá... cuando yo tenía seis años, mis padres tenían vidas profesionales ocupadas como para dedicarse a criar a su hijo, por lo que decidieron contratar los servicios de una niñera.
Era una mujer de origen ruso que se caracterizaba por ser estricta en sus métodos de crianza —confesó el chico con la vista fija en el agua.
—Esto resulta ser un trasfondo más oscuro de lo que pensé —admití, al asombrarme por la revelación.
—No es lo que usted piensa en este momento, profesor —sonrió con sutil ironía, al poner los ojos en blanco de forma divertida—.
Ella aprobaba el uso de los castigos físicos de la vieja escuela para la educación de los niños.
Su especialidad era golpear mis piernas con una fusta de montar que traía en su bolso; repetía que aquello me convertiría en un hombre de bien en el futuro.
No sé la razón exacta, pero lo que al principio me causaba un dolor terrible se transformó en una extraña sensación de placer más tarde.
Un día mi padre la descubrió en la casa y por ese motivo la despidieron de inmediato; se pasó horas al explicarme por qué estaba mal que aquella mujer me golpeara.
Por culpa de eso, creí que estaba enfermo de la mente porque aquello me gustaba, o por la profunda tristeza que experimenté cuando ella se fue de mi vida.
Todo continuó así hasta que crecí, conocí el mundo del BDSM y comprendí que no tenía nada de malo si se realizaba de forma consensuada, adulta y segura.
—Pero estamos de acuerdo en que no existía ningún componente sexual en ese entonces —aclaré de inmediato, al buscar los límites de la historia.
—Por el amor de Dios, claro que no, señor —sonrió apenado por la mención—.
Yo era un niño, y ella jamás tuvo la intención de que eso pasara por ese lado.
Yo era el único que adoraba de forma secreta que me azotara; pero creo que incluso yo mismo lo hubiera hecho en la intimidad si no se sintiera tan diferente cuando lo hace otra persona —hizo una sutil mueca de lado.
—Entonces... la realidad es que soy tu primer dominante real —algo muy parecido al gozo absoluto y a una profunda tranquilidad se instauró en mi pecho al escuchar los detalles de su confesión.
—Usted es el primero en muchas cosas de mi vida, profesor... pero me gustaría que fuera el primero en muchas más cosas a partir de ahora —confesó, al observarme con una mirada cargada de timidez.
Nos quedamos al mirarnos en silencio bajo la escasa iluminación del cuarto de baño, al disfrutar de la cercanía física. Entonces, él volvió a romper la quietud con otra interrogante.
—Su último sumiso... ¿por qué motivo terminó la relación con usted? —preguntó de imprevisto, al tomarme por completo con la guardia baja—. Quiero decir... ¿cuál fue la razón exacta por la que dejó de ser su sumiso en el pasado?
En ese preciso segundo, mi corazón dolió con una intensidad física desgarradora, al recordar de golpe un pasado turbio del que había intentado huir con desesperación durante mucho tiempo.
Aquel escenario oscuro en donde solo observé botellas vacías sobre la mesa y una profunda tristeza humana que parecía no tener fin.
—Ella —le corrigí en el acto, al sentir cómo se me formaba un nudo amargo y opresivo en la garganta.
Los ojos de Jairo se abrieron ante el cambio de pronombre, lo que reflejó la sorpresa de quien no espera aquella respuesta del libreto. Quizás había todavía muchas cosas que aclarar entre nosotros.
¿Cuánto nos conocíamos en la vida real?
La respuesta era simple: prácticamente nada.
—¿Ella? —repitió con una voz sutilmente temblorosa—. Yo... no tenía idea de que usted fuera bisexual, profesor.
—Es que tú no sabes muchas cosas sobre mi vida privada, Jairo. Así como yo tampoco sé demasiado sobre la tuya fuera de este cuarto.
Jairo desvió la mirada y observó el agua de la bañera durante unos largos momentos, al pensar en absoluto silencio.
—La verdad es que yo tampoco sé con certeza qué orientación sexual tengo —se rió de forma vaga y desganada—. Jamás en la vida me había gustado nadie en la facultad, e incluso llegué a pensar con seriedad en la posibilidad de ser asexual... hasta que caí en el error de leer sus libros.
—Lamento pervertir tu mente de esa manera irrevocable con mis escritos —intenté bromear para aligerar la pesadez del ambiente, pero Jairo continuó impávido, inmóvil al observar el fondo de la bañera.
—¿Usted... de verdad la amó a ella? —preguntó de repente, al levantar la vista y denotar un marcado rastro de tristeza e inseguridad en sus ojos.
—Yo... —dudé por primera vez en toda la noche, al sentir cómo las palabras se me atascaban en los labios.
Hasta ese instante, había querido pensar que la olvidé por completo; tal como intenté convencerme durante los últimos dos años de mi vida. Quería creer que Sara era solo un recuerdo marchito de aquellos que ya no producen más que una fría indiferencia al traerlos a la mente.
Fueron años de una relación que yo consideraba perfecta, pero que se desvaneció de la noche a la mañana, justo en el momento en que observé el taxi alejarse con sus maletas hacia el sur de la ciudad y contemplé su espacio vacío en el interior del armario de mi habitación.
Ahora, por culpa de la pregunta de Jairo, su nombre volvía a doler en medio de mi pecho.
—Usted todavía la ama a ella, ¿verdad? —aquello sonó en sus labios más como una afirmación dolorosa que como una pregunta de rutina.
—Es una parte muerta de mi pasado, Jairo —respondí, al encogerme de hombros en un gesto de desdén—. ¿Qué más da lo que pasara con ella en ese entonces?
—Y si de casualidad ella decidiera volver algún día...
—¡Ella no va a volver nunca, Jairo! —respondí con más enojo y volumen del que pude modular en el baño.
Ante la violencia repentina de mi voz, el pequeño cuerpo del chico se estremeció en el agua. Al ver su reacción de temor, cerré los ojos con frustración.
—Lo siento... perdóname —me disculpé de inmediato, al adoptar un tono más calmo y controlado.
Él no dijo nada; se acercó despacio a mi posición para abrazarme con fuerza, al apoyar su cabeza sobre mi hombro húmedo. Percibí el olor a jazmín que desprendía su cabello mojado, lo que produjo una sensación de calma en mi ser alterado.
—Si la herida del pasado todavía no cerró en su interior, profesor, es porque usted jamás dejó de tocarla en la intimidad —susurró Jairo con una voz calmada y madura en mi oído—. Creo que ya es tiempo de dejarla ir de forma definitiva.
—Lo he intentado con todas mis fuerzas, Jairo... es solo que no resulta una tarea fácil de concretar en la realidad —dejé salir un largo suspiro de cansancio—. A mi corazón todavía le faltan pedazos que no pude encontrar después de la forma destructiva en que ella lo rompió.
—Yo le puedo dar los pedazos que le hagan falta en el pecho entonces, señor —respondió el muchacho, al depositar un beso suave en mi hombro.
Al escuchar sus palabras, me separé de su agarre para mirarlo a los ojos. Su respiración se convirtió en algo pesado por un instante ante mi mirada seria.
—Eso es lo que no quiero que pase entre nosotros, Jairo. Tú no tienes la obligación de hacer nada por mí que no te genere un beneficio directo a ti como sumiso —le aclaré con frialdad, al serenar mis emociones para recuperar la postura del dominante en control de la situación.
—No se preocupe por eso, señor... tómelo como si fuera un préstamo de mi parte.
Al menos hasta que usted logre encontrar las partes reales que le faltan en el interior —sonrió de forma sutil—.
Si en el futuro alguien llega a romper el mío, espero contar con usted para que me ayude a repararlo, profesor.
—Siempre voy a cuidarte con mi vida, mi pequeño cachorro —acaricié su mejilla húmeda con mi dedo pulgar—. Siempre será de esa manera entre nosotros.