25 Epílogo
EPÍLOGO
CARLOTTA
El día siguiente amanece soleado y con una calidez inusual para la época.
No podría haber pedido un día más perfecto para casarme.
Mi madre corre las paredes de cristal traseras, que abren toda la mitad de atrás de la casa y la conectan directamente con el patio de adoquines.
Una pérgola da sombra al patio y está cubierta de flores y enredaderas.
Una fuente murmura y hay un arco hecho de ramas de hoja perenne salpicadas de acebo.
Damon y yo nos colocaremos debajo para la ceremonia e intercambiaremos nuestros votos.
Se palpa la emoción en el ambiente y yo estoy más que lista y emocionada.
Las chicas me ayudan con el pelo y el maquillaje, y luego me pongo un vestido largo y blanco, del satén más suave.
Alessia me retoca el brillo de labios mientras Hannah me ajusta las ramitas de acebo esparcidas por el pelo, que llevo recogido hacia atrás en un montón de ondas sobre la nuca.
—Estás deslumbrante —dice Gabriella, y todas asienten.
—Ese hombre no va a saber ni de dónde le ha venido —añade Blake, y todas nos reímos.
Tengo las manos entrelazadas y me doy cuenta de que las estoy retorciendo con nerviosismo.
—¿Estás lista? —pregunta Alessia.
—Listísima. Pero estoy nerviosa —admito.
—No estés nerviosa —dice Gabriella—. Estás a punto de casarte con el hombre que amas, con tus amigos y tu familia aquí contigo. Estamos muy felices por ti.
—Muy, muy felices —afirma Gia. Me alegro mucho de que la hermana de Alessia y Leo también hayan venido. Todas las personas que más quiero en este mundo están aquí y Gabriella tiene razón: no hay necesidad de estresarse o preocuparse porque este es, de verdad, el día más feliz de mi vida.
—Muchas gracias a todos por estar aquí. Significa muchísimo para mí… y para Damon. Sus padres fallecieron, así que ahora nosotros somos su familia.
—Y estamos encantados de acogerlo en nuestro redil —dice mi madre y me abraza.
Siento que se me saltan las lágrimas, pero no puedo permitirme llorar o me estropearé el maquillaje.
—Ni se te ocurra llorar —me advierte Alessia, y esbozo una sonrisa.
—No lo haré. Al menos, no todavía.
—Por lo menos espera a después de dar el «sí, quiero» y así podré retocarte.
—Vale —digo con una risita.
—¡Eh! —llama Angelo desde el pasillo—. ¿Estáis todas decentes ahí dentro?
—¡Sí! —respondo, y mi hermano entra pavoneándose, con las manos en los bolsillos, guapísimo con su traje. Me echa un vistazo y silba por lo bajo.
—Joder, hermanita, Archer es un hombre con mucha suerte.
—Gracias —susurro, de nuevo con las lágrimas a punto de brotar.
—Ni se te ocurra llorar —dice, y todos se ríen.
—¡No lo haré!
Me da un abrazo y luego señala con la cabeza hacia el patio trasero. —Tu hombre te está esperando. ¿Estás lista?
Asiento con la cabeza. —Estoy lista.
—¡No te olvides el ramo! —Hannah me entrega el pequeño arreglo de hoja perenne y acebo, intercalado con rosas blancas y muérdago. Es perfecto y se lo cojo con una sonrisa de agradecimiento.
Entonces Angelo me ofrece el brazo y me acompaña al pasillo mientras las chicas y mi madre me desean otra ronda de buena suerte y van a ocupar sus asientos.
Mi padre me espera y Ang me entrega a él. —Nos vemos en el altar —dice con un guiño.
—Estás preciosa —dice mi padre, y sonrío.
—Gracias, papá.
—Vamos —dice, pasando mi brazo por el suyo—. Vamos a casarte. Quiero ver a mi niña casarse con el hombre que ama. Y también quiero un poco de esa tarta de bodas que tiene una pinta deliciosa.
Sonrío, riendo, mientras los suaves acordes de la música llenan el aire. —Vamos a ello.
Una suave brisa me agita los mechones sueltos alrededor de la cara cuando salimos al patio.
Mi mirada va directa al arco donde mi Archer me espera, guapísimo con un traje negro.
Miceli está a su lado, como su padrino, y Angelo me espera a mí.
En lugar de una dama de honor, le pregunté a Ang si sería mi «caballero de honor» y me dijo que sería un honor para él.
Mi padre me lleva por el pasillo y, cuanto más me acerco a Damon, más rápido y fuerte me late el corazón.
Este es el momento. El momento con el que sueña toda niña.
Estoy muy feliz de poder celebrar este instante con las personas que más quiero en el mundo.
Al pasar junto a mi familia, veo a Vincentius y a Enzo, a todas las esposas de mis hermanos, a sus hijos, y este momento no podría ser más perfecto.
Mi mirada se posa en Damon. Ese hombre es más que la perfección. Cuando llegamos a su lado bajo el hermoso arco, me dedica una mirada de arriba abajo llena de admiración y una sonrisa preciosa. Mi padre me entrega diciendo: —Cuida de mi hija.
—Lo haré, señor —promete él.
Con mi mano en la de Damon, se toma otro momento para admirarme de nuevo y luego susurra: —Estás tan guapa, Carlotta.
—Y tú estás muy guapo —le digo.
El cura de la iglesia de mis padres espera para casarnos y siento que empiezan a dolerme las mejillas de tanto sonreír. Juntos, nos giramos para mirarlo y me parece que apenas respiro antes de estar intercambiando los votos nupciales.
Mientras nos miramos, mis manos tiemblan ligeramente y Damon les da una pequeña sacudida. —¿Quieres que empiece yo? —pregunta, y asiento agradecida.
Siento que todo el mundo nos mira y, para calmar los nervios, me concentro en los ojos oscuros y brillantes de Damon y me olvido de todo salvo de sus preciosas palabras.
—Desde el segundo en que te vi en la fiesta de máscaras, me sentí intrigado. Captaste toda mi atención desde ese primer momento… y ahora has capturado mi corazón. Sé que todo entre nosotros ha pasado muy rápido, pero nunca nada me había parecido tan correcto.
Se me llena el corazón y noto cómo se me humedecen los ojos.
Bueno, qué se le va a hacer. Supongo que era inevitable llorar cuando el hombre al que amo me está declarando su amor delante de todo el mundo.
—No tienes ni idea de lo mucho que te quiero, cariño, y lo agradecido que estoy.
Me salvaste de un futuro muy solitario...
, uno que creía inevitable. Me has vuelto a dar una familia...
, y un motivo..., un propósito. Nunca podré agradecértelo lo suficiente, pero voy a pasar el resto de mi vida intentándolo.
Te quiero, Lottie, mi Reina de Corazones, mi para siempre.
Sorbeteando por la nariz, pierdo la batalla contra las lágrimas, que empiezan a escapárseme de los ojos. Damon se acerca y me las seca. Tomo una bocanada de aire temblorosa, sabiendo que ahora es mi turno.
—Damon, me-niego-a-llamarte-Archer —empiezo, y las risas llenan el aire—, eres el hombre más increíble que he conocido. Nunca dudaste en protegerme y, cuando necesité que me rescataran..., dos veces..., viniste corriendo. Gracias, mi amor.
—Siempre te rescataré —susurra, y yo le aprieto las manos.
—La noche de la fiesta de máscaras tuve el presentimiento de que podría conocer a alguien especial. No imaginaba que me llevaría a la aventura de mi vida, pero también me dio el amor de mi vida. Y no cambiaría nada. Te quiero, Damon, y estoy deseando compartir más aventuras contigo.
Angelo me da un golpecito en el brazo y me entrega la alianza de Damon, mientras Miceli le da a Damon mi anillo. Después de intercambiar nuestros votos y ponernos los anillos, nos declaran marido y mujer.
—Puede besar a la novia —dice el sacerdote.
Damon me rodea con sus brazos, me inclina hacia atrás y me besa.
Un amor y una alegría infinitos me inundan y me agarro a él con fuerza mientras nuestras bocas se funden, sellando nuestra promesa de amarnos para siempre.
Estallan los vítores y entonces Damon me endereza, me levanta del suelo en volandas y vuelve a besarme.
Todos se ríen y los silbidos atraviesan el aire.
Cuando por fin me baja, me siento totalmente eufórica.
Cogidos de la mano, empezamos a bajar por el pequeño sendero de adoquines mientras todos siguen vitoreando y lanzando pétalos de rosa.
Al final del pasillito, vuelve a cogerme en brazos y me hace girar.
Echo la cabeza hacia atrás y me río, sabiendo que recordaré este momento el resto de mi vida.
—¡Venga! —grita Angelo y le da una palmada en la espalda a Damon—. ¡Que empiece la fiesta!
Volvemos todos a la casa, donde han preparado la comida: una gran cena tradicional italiana, por supuesto. Nos sentamos todos a la gran mesa y no podría haber pedido una velada mejor. Las risas, la conversación y el vino fluyen.
Después de la cena, Damon y yo cortamos la tarta nupcial y está absolutamente deliciosa.
No hay nada que supere la tarta casera de almendra y vainilla de mi madre.
Vin está encargado de hacer las fotos y no ha parado de disparar como un loco.
Damon me da un trozo de la esponjosa tarta blanca y luego yo le devuelvo el favor mientras Vin inmortaliza el momento.
Una mezcla de villancicos cantados por grandes del jazz suena por los altavoces repartidos por toda la primera planta y, en un momento dado, Damon y yo compartimos nuestro primer baile como marido y mujer.
—¿Eres feliz? —pregunta, apretando sus brazos alrededor de mi cintura.
—¿Hablamos en una escala del uno al diez? —bromeo.
—Claro —dice con una risa.
—Entonces ahora mismo estoy rondando el millón —declaro.
—Bien. Yo también.
Nuestros labios se encuentran en otro beso y la energía entre nosotros se vuelve ardiente al instante. Cuando por fin nos separamos, decido que es hora de irnos. —¿Estás listo para empezar nuestra luna de miel, señor Archer? —pregunto y tiro juguetonamente de su corbata.
—Dios, pensé que no lo ibas a pedir nunca.
Por muy maravilloso que haya sido nuestro día y todo este tiempo en casa de mis padres, estoy lista para empezar mi vida con Damon.
Nos despedimos entre abrazos y bromas, cogemos las maletas y nos dirigimos al todoterreno que nos llevará directamente al aeropuerto y al jet familiar que espera para llevarnos a las islas Jónicas.
—Nunca he sido tan feliz en toda mi vida —le digo a Damon una vez que estamos instalados en el avión—. Y todo es gracias a ti.
—Te quiero, cariño, y creo que lo mejor está por llegar —susurra, inclinándose para besarme. Es lento, seductor y tan ardiente que se me eriza la piel.
Y Damon tiene razón. Nuestro tiempo en las islas Jónicas está lleno de conexión, exploración y sexo interminable que es tan jodidamente bueno que sé que nunca lo olvidaré.
Decidimos buscar un nuevo lugar para vivir y, no mucho después de regresar a Nueva York, descubro que estoy embarazada.
De un mes exactamente, lo que significa que lo más probable es que concibiera a nuestro hijo mientras estábamos escondidos en la cabaña.
Ocho meses después, conocemos a nuestro bebé, Alexander, y es exactamente igual que su padre. Ya tiene más encanto en su dedo meñique de lo que se puede imaginar y, cuando sea mayor, no me cabe duda de que va a ser un pequeño rompecorazones.
La familia Rossi ha crecido aún más y me alegro mucho de que Xander tenga a todos sus primos para jugar y crecer con ellos. Tengo la sensación de que él y Nico, el hijo de Miceli y Alessia, serán íntimos y causarán todo tipo de estragos. Y, por supuesto, tendrán a las chicas persiguiéndolos.
En la víspera del primer aniversario de cuando Damon y yo nos conocimos en la fiesta de máscaras, estamos sentados juntos en el sofá, bebiendo champán y recordando todo lo que nos llevó a donde estamos ahora.
Xander duerme profundamente en el moisés a nuestro lado, sorbiendo suavemente entre sueños.
Habíamos hablado de ir esta noche al acto benéfico, pero al final decidimos que preferíamos no tener que lidiar con la búsqueda de disfraces, una niñera y todo el follón.
—¿Estás segura de que no quieres ir? —me pregunta Damon.
—Segurísima —le digo—. Además, tengo todo lo que necesito aquí mismo.
—Igual me pasa a mí —susurra, cogiendo mi copa y dejándola en la mesa de centro junto a la suya. Se acerca y me sienta en su regazo—. Ahora ven aquí y bésate con tu marido.
Me río suavemente y le acaricio la cara con barba incipiente. —Será un placer.
Nuestros labios se encuentran en un beso que habla de mucho amor y promete un para siempre. Antes de que la cosa se ponga demasiado ardiente, me aparto y miro a los oscuros y excitantes ojos de mi marido.
—Gracias, Damon, por darme el «y vivieron felices para siempre» definitivo.
Me sonríe y mi corazón se derrite. —Siempre, Lottie.
Entonces nos besamos una y otra y otra vez.
Y Damon tenía razón. Lo mejor no deja de llegar. He encontrado mi amor, mi propósito, y no podría ser más feliz.