Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 1 Carlotta
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Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5)

Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5)

Por Ava Gray

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1 Carlotta

CARLOTTA

Me inclino hacia delante, me aplico más eyeliner y lo difumino bajo las pestañas.

Es jueves por la noche, lo que significa que es noche de chicas y, por primera vez desde que empezamos con esta tradición, no tengo ningunas ganas de quedar con Alessia, Hannah, Gabriella y Blake.

Aunque las quiero como si fueran mis hermanas, últimamente me resulta un poco difícil estar cerca de ellas.

Supongo que, en el fondo, me siento desplazada. Y un poco celosa. Vale, muy celosa.

Mis hermanos mayores y sus parejas son todos maravillosa y empalagosamente felices, y están locamente enamorados los unos de los otros. Por muy fabuloso que eso sea para ellos, bueno, para mí… me he sentido muy sola últimamente.

Me guste o no, soy la última que queda. La única hermana soltera que queda y la hermana pequeña de la poderosa familia Rossi.

Con un profundo suspiro, levanto el aplicador de rímel y lo paso por mis largas pestañas, preguntándome por qué.

Estudio mi reflejo en el espejo con ojo crítico, preguntándome por millonésima vez qué me pasa.

No es por ser arrogante, pero no estoy mal en cuanto al físico.

Claro, a veces me siento cohibida como cualquier otra mujer, pero sé que estoy bendecida con buenos genes italianos: pelo largo, grueso y castaño oscuro; ojos aún más oscuros, y un tono de piel permanentemente bronceado.

Y a pesar de toda la pasta que soy capaz de comer, consigo mantener la figura y mis curvas están en su sitio.

Y eso me lleva a empezar a cuestionarme otras cosas, cosas que no son tan fáciles de arreglar.

¿Tengo mal carácter? ¿Es por eso que los hombres parecen mantener las distancias?

¿Tengo cara de vinagre? «No lo creo», decido, mirando mi reflejo.

Quizá sea mi personalidad descarada lo que los asusta. Angelo a veces me llama torbellino.

Últimamente, parece que me he estado cuestionando muchas cosas, sobre todo las decisiones que he tomado en los últimos años. Todas, por supuesto, me han llevado a este punto: dolorosamente sola.

Quizá sea porque Angelo, mi hermano más cercano, acaba de casarse, y era el que yo pensaba que siempre se quedaría soltero.

Ang siempre había declarado que sería un soltero de oro hasta el día de su muerte, lo juró y perjuró, y yo me lo creí.

Todos lo hicimos. Es demasiado guapo, más que encantador, y solía decir que las relaciones serias debían evitarse a toda costa y que la sola idea de tener una le provocaba urticaria.

Pues vaya con eso.

Blake, una cazarrecompensas, lo secuestró accidentalmente en lugar de a su objetivo y el resto, como se suele decir, es historia. La semana pasada, en el banquete de bodas, ya anunciaron que Blake está embarazada. Eso sí que es un giro de ciento ochenta grados.

Por supuesto, me va a encantar ser tía… otra vez… y me alegro de verdad por mis hermanos, sus esposas y sus hijos.

Creo que debe de ser el miedo a quedarme atrás lo que me tiene tan revuelta últimamente.

O eso, o que quizá mi reloj biológico esté haciendo tictac.

Pero si solo tengo veinticinco años, me recuerdo a mí misma.

No hay por qué tener prisa por quedarse preñada.

Conozco a gente que no formó su familia hasta bien entrada la treintena, incluso los cuarenta hoy en día.

Aunque siempre me había hecho ilusión ser una madre joven. Cuando todavía tuviera energía y pudiera hacer que mi hijo creciera con todos sus primos. Porque, seamos sinceros, mis hermanos y sus mujeres están teniendo hijos como churros.

Cojo el rizador caliente, tomo un mechón de mi pelo castaño oscuro y lo enrollo alrededor del cilindro, contemplando la raíz del problema. No es que tenga prisa por casarme y tener hijos, es más bien que quiero empezar a vivir la vida. Cosas como el amor y el sexo son misterios para mí.

Misterios muy tentadores que quiero explorar.

Mientras sigo trabajando en mi cabeza, rizando mi pelo normalmente liso, inevitablemente pienso en el único hombre con el que salí en serio.

Rendall Smith. Dios, qué imbécil. Una imagen de su estúpida cara aparece en mi cabeza.

Pelo rubio ceniza, ojos verdosos, altura y complexión normales.

Nada que ver con mis imponentes hermanos.

Rendall era mediocre en todos los sentidos. Excepto, por supuesto, en la escala de gilipollas. Ahí se salía de la tabla.

Dios, todavía me siento tan estúpida por haber pasado tanto tiempo con él, por haberle creído, por casi haberle entregado mi virginidad.

Qué completo y absoluto desperdicio habría sido.

Sí, quiero acostarme con un hombre, pero quiero que sea un buen tío.

O, al menos, que no me trate como una mierda.

Agitada por los recuerdos de lo que pasó, la mano se me resbala y el rizador caliente me quema la frente.

—¡Ay! ¡Mierda! —grito. Con un sonido de frustración, lo dejo sobre la encimera con un golpe seco y me quedo mirando fijamente mi reflejo en el espejo de nuevo.

Quizá sea mi aspecto. Quizá no soy lo bastante guapa.

Dios, odio que la inseguridad me invada, pero no puedo evitarlo.

Como mis hermanos, tengo el pelo oscuro y los ojos marrones.

Bueno, excepto Vin, que tiene el tono de ojos verdes más increíble, que no puede pasar desapercibido ni ignorarse de lo impresionantes que son.

Para ser sincera, no suelo recordar el color de los ojos de la gente.

Cuando hablo con alguien, sobre todo con un hombre, tiendo a mirar a todas partes menos a sus ojos.

Por alguna razón, me incomoda muchísimo.

Quizá porque los ojos son realmente las ventanas del alma, y me siento expuesta y vulnerable.

Entrecerrando los ojos, intento recordar de qué color eran los de Rendall; creía que verdosos, pero ahora dudo de mí misma.

Tal vez fueran más bien marrones. ¿O de color avellana?

O espera, no. Grises. Mmm, no estoy segura.

Bueno, da igual, porque es un completo capullo al que no quiero volver a ver ni encontrarme nunca más.

Trazo ligeramente un dedo sobre la marca roja de la quemadura que ahora afea mi frente y frunzo el ceño. Genial. Cojo un poco de corrector, la cubro ligeramente lo mejor que puedo y luego miro la hora en mi móvil. Debería salir en diez minutos, así que me voy a mi dormitorio a vestirme.

Mi apartamento es pequeño y mono y está en Greenwich Village.

Aunque mis hermanos viven en casas mucho más grandes y lujosas, a mí me gusta mi rinconcito acogedor.

Va conmigo. Últimamente, he pasado la mayor parte del tiempo en el rincón de lectura que me monté, perdida en novelas románticas.

Consiste en un gran sillón mullido cerca de la ventana para que haya mucha luz natural, una lámpara de pie por si la necesito, y estanterías del suelo al techo que Vin me ayudó a instalar.

Me encanta leer, y me pasé días organizando mi colección de libros de bolsillo por sagas y por autores.

Últimamente, es lo único que me da una alegría inmensa: acurrucarme en mi sillón de color cerceta, sorbiendo un café de sabores de mi taza favorita y leyendo sobre gente que se enamora.

Porque me imagino que o es eso o nada. ¿Qué le voy a hacer? La cosa está muy mal.

Creo que parte de la razón por la que me siento perdida es porque no estoy muy segura de qué debería hacer con mi vida.

Mis padres viven en Sicilia, en un viñedo, y nuestra familia es dueña de una próspera empresa vinícola, Viñedos Rossi; Vincentius se encarga de la gestión del día a día.

Miceli, mi hermano mayor, se ocupa de los asuntos de la mafia y está metido en todo.

Es prácticamente el don de Nueva York y lo controla todo.

No se le escapa una. Y Enzo es un genio en lo que respecta a las acciones y las inversiones.

Ese hombre gana tanto dinero que probablemente podría comprar la ciudad entera y a todos sus habitantes.

Angelo siempre se ha parecido más a mí. Tampoco estaba muy seguro de su propósito, pero ahora que ha encontrado a Blake, parece tan feliz, tan absolutamente satisfecho.

Pero yo… Últimamente me ha costado mucho averiguar cuál es mi sitio y no estoy segura.

Soy mucho más creativa que mis hermanos, que tienen mentalidad de empresarios, pero cuando pienso en una carrera profesional y en lo que quiero hacer durante los próximos treinta o cuarenta años, me quedo en blanco.

Menos mal que el dinero no es un problema, si no ya estaría de vuelta en Sicilia viviendo con mis padres.

Pero como nos han hecho a mis hermanos y a mí accionistas de la empresa, cada trimestre nos ingresan dinero en nuestras cuentas.

El vino da una fortuna y luego dejo que Enzo juegue con mi parte y me saque más dinero.

Así que el dinero no es un problema. Pero el amor y encontrar algo en lo que sea buena parecen ser mi mayor dilema.

Más que nada, me encantaría encontrar a mi alma gemela y mi lugar en el mundo.

Por muy cursi que suene, siento que no estoy cumpliendo con mi destino, que no estoy haciendo lo que se supone que debería hacer.

Ojalá supiera qué es exactamente.

Después de ponerme un vestidito negro y unos tacones, cojo el bolso y salgo. Me viene bien salir de casa y la verdad es que me gusta charlar con mis cuñadas. Quizá puedan ayudarme a poner mi vida en orden. Porque ahora mismo me siento perdida. Más perdida, confusa y sola que nunca.

Levanto una mano, paro un taxi amarillo y me subo.

Le digo el nombre del pequeño y mono restaurante donde hemos quedado, me acomodo en el asiento y cotilleo el móvil.

El tráfico a esta hora de la noche siempre es una pesadilla, así que me pongo cómoda para la espera.

Por suerte, el sitio donde hemos quedado no está muy lejos y, en cuanto llegamos, pago la carrera y me bajo.

Aunque hoy en día todo el mundo use Uber, a mí me siguen gustando mis viejos y destartalados taxis neoyorquinos. Supongo que soy una clásica.