Susurros secretos (Los misterios de la bruja de la armonía 3)
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CAPÍTULO 1
L ara St Clair, con sus siete años recién cumplidos, dio una patada en el suelo.
Su hermano mayor Max no debería haberse ido sin ella.
Con las manos en las caderas, plantada en medio del patio polvoriento y el labio inferior sobresaliendo, Lara clavó la mirada en el camino vacío que se alejaba de la granja.
El repiqueteo de los cascos se iba apagando, engullido por los amplios pastizales de Queensland. Max sabía que a ella le gustaba acompañarle porque se lo pedía insistentemente cada vez. Era una injusticia mayúscula.
—¡Max! —llamó de todos modos, entretejiendo un poco de magia de la armonía en la palabra. El hechizo se aferró a su voz y la mandó a la carrera tras él. Solo necesitaba alcanzar los bordes de la magia de Max para que el resto se ocupara de sí mismo.
Pero él no regresó.
Eso lo decidía todo. Si no iba a llevarla, iría ella sola.
Lara giró sobre sus talones y marchó hacia los establos con toda la determinación que fue capaz de reunir.
El aire dentro era un poco más fresco, denso con el olor a heno y animales. Los caballos se movieron en sus boxes al entrar ella, con las orejas apuntando en su dirección.
—Ya voy —les anunció.
Mamá estaba en el pueblo comprando provisiones, y Papá andaba por los pastizales en algún lugar, lo que significaba que no había nadie para detenerla.
La escalera apoyada contra la pared se alzaba imponente, pero eso no la frenó.
Tras abrir la puerta del box, se impulsó peldaño a peldaño, con los zapatitos resbalando contra la madera y los dedos aferrados con fuerza. Cuando alcanzó la altura correcta, se asomó al box de abajo, donde la yegua alazana estaba parada moviendo la cola con pereza.
—Ven aquí, Daisy —la animó Lara, bajando con cuidado—. Buena chica. Vamos. —Se puso a cantar «You Are My Sunshine».
La yegua giró la cabeza, pensativa, y luego se acercó con un suave resoplido.
—¿Ves? Facilísimo.
Lara se inclinó hacia delante para alcanzar las crines. Con mucho contoneo, mucho esfuerzo y la absoluta convicción de que aquello era una idea brillante, pasó la pierna por encima y se acomodó sobre el lomo de la yegua.
Por un momento se quedó muy quieta. Llevaba montando desde los tres años: primero ponis, luego caballos un par de años atrás. Era una niña mayor ahora, dijera lo que dijera Max.
Los hermanos no sabían nada.
Ya había montado a pelo otras veces, y de todos modos no había manera de que pudiera subir la silla. Aquello iría bien.
Las orejas de la yegua se agitaron. Los caballos la querían. En realidad, todos los animales.
Sonrió de oreja a oreja.
—Voy a encontrarle.
Le dio un toque a Daisy con los talones y un poco de magia. La yegua echó a andar, y con un paso tranquilo salieron del establo y se adentraron en el amplio pastizal bañado de sol, persiguiendo a un hermano que no tenía ni idea de que ella venía.
Daisy cogió un trote ligero, y Lara se movió con él, inclinándose hacia delante como le había enseñado Mamá, con las manos firmes en las crines de la yegua.
El otoño se había instalado en la granja sin pedir permiso, tiñendo los pastizales de un mosaico de oro polvoriento y verde cansado.
Las hojas secas cruzaban el suelo arrastradas por la brisa, y el aire traía ese olor cálido y áspero a tierra cocida por el sol y a heno.
Desde algún lugar cercano, una urraca australiana gorjeó, y el sonido se extendió por la tierra abierta.
—Vamos, Daisy —dijo Lara—. A ver si le localizamos.
En lo alto de la colina más próxima, Lara convenció a Daisy de que se detuviera y miró hacia el arroyo que había abajo.
El caballo de Max, Billy, estaba junto al agua con la cabeza baja mientras bebía. A su lado había otro caballo, uno que desde luego no era de ellos.
Los ojos de Lara se entornaron.
—Quieta —le dijo a Daisy, deslizándose de su lomo. La yegua no puso ninguna objeción y de inmediato hundió el hocico en el parche de hierba más cercano.
Lara avanzó sigilosa, abriéndose paso entre los helechos cuesta abajo, apartándolos con cuidado para que no crujieran demasiado. La pendiente era pronunciada y se tomó su tiempo, poniendo cada pie despacio y en silencio.
A mitad de la bajada se detuvo y se agachó, separando los helechos lo justo para ver.
Max estaba junto al arroyo, pero no estaba solo.
Frunció la nariz.
¿Era Zelda? ¡Anda ya! En serio, Max…
Zelda era de la escuela del pueblo, el mismo curso que Max, y se creía mejor que todo el mundo. Era igual de engreída que de mala.
Por desgracia, también era guapa.
Lo cual explicaba por qué Max estaba allí cogido de su mano y mirándola como… como eso .
Lara hizo una mueca.
Claro que probablemente se olvidaría de ella en un mes o dos y encontraría a la siguiente chica guapa y le escribiría una canción y todo lo demás, pero aun así.
¿Zelda?
Ni hablar.
—¡Hola! —llamó Lara, en voz alta y alegre, mientras se acercaba a ellos.
Zelda pegó un brinco al instante, y Lara sintió una pequeña oleada de satisfacción.
Max se giró, la vio y suspiró. Bien alto.
—¿Qué haces aquí, Laly?
Lara levantó la barbilla. —No sé. ¿Qué haces tú ?
Daisy eligió ese momento para relinchar.
Los ojos de Max se abrieron de par en par. —¡Madre mía! Has venido a caballo. ¿Cómo has…?
Lara se balanceó sobre los talones, tarareando por lo bajo.
Max se pasó una mano por la cara antes de mirar de reojo a Zelda, que había cruzado los brazos y ahora miraba a Lara como si hubiera pisado una boñiga fresca de vaca.
A Lara le daba igual.
Bueno. Más o menos.
Pero quizá tendría que andarse con ojo en el colegio una temporada.
Zelda era una bruja, y solían pasarles cosas a quienes se ponían a malas con ella.
Como que la tinta se convirtiera en baba a mitad de clase, o que los cordones de los zapatos se anudaran solos para que la gente tropezara y se quedaran tan apretados que no había forma de desatarlos en todo el día.
A alguien le había brillado el pelo en verde durante una semana entera.
¡Ja! Seguía mereciendo la pena.
Además, Max haría de escudo. Un poco pesado, pero eso era lo que tocaba con los hermanos mayores, eso decía Tully, y ella tenía tres.
—Max —gimoteó Zelda, y Lara hizo un esfuerzo por no taparse los oídos.
La chica tenía ese tono nasal. Puede que creyera que la hacía sonar mayor, pero para Lara era como una cancela oxidada chillando cada vez que soplaba el viento.
—Lo prometiste —añadió Zelda.
Anda . Max podía estar de mal humor un momento, pero tenía un corazón de oro.
Zelda parpadeó varias veces, y Lara se preguntó si se le habría metido algo en los ojos, pero en vez de ayudarla, Max se irguió.
—Lo sé. —Max se tiró del pelo color trigo, del mismo tono que el de Lara—. Dámelo y lo tendré listo antes de clase mañana.
—Ah, perfecto. ¡Toma! —Zelda le tendió un cuaderno—. Hay que entregarlo a primera hora, así que tendrás que quedar conmigo antes del colegio.
Max se metió el cuaderno bajo el brazo y se inclinó hacia delante, luego se detuvo y lanzó una mirada de soslayo a Lara.
Zelda hizo un mohín. —¿Por qué no puedes mandarla de vuelta? —dijo, señalando a Lara con el dedo—. Así podríamos quedarnos un rato aquí.
A Lara le habría ido bien sola, pero Papá se enfadaría si sabía que Max la había dejado. Y Max se sentiría mal. De todas formas, tampoco se habría quedado mucho tiempo.
Lara tamborileó con el pie.
—No puedo, Zelda, lo siento. —Se le quebró la voz y se ruborizó.
Ocurría cada vez más, y Mamá había dicho que era algo normal en los chicos cuando crecen. Por eso ya casi no cantaba y tocaba el violín en su lugar.
—Te veo mañana, ¿vale?
Le dedicó a Zelda una de esas grandes sonrisas suyas, de las que conseguían calmar hasta al gallo más bravo de la granja.
—Hasta luego —dijo Zelda sin dignarse mirar a Lara. Lara le sacó la lengua. A mí me parece bien .
Max cogió a Lara de la mano y la llevó hasta Billy, que había terminado de beber y ahora mordisqueaba la hierba.
Entrelazó los dedos y los tendió hacia abajo. Lara apoyó el pie en sus manos y él la impulsó hasta la silla antes de subir detrás. Le hizo un gesto rápido de despedida a Zelda, que ya se alejaba por la orilla del arroyo.
—No deberías hacerle los deberes —dijo Lara cuando emprendieron el camino de vuelta hacia Daisy.
—Cállate, Lara. Zelda solo necesita un poco de ayuda, nada más.
Lara dejó el tema, aunque no le gustaba. Algún día, Max iba a meterse en un lío con tanto ayudar.
* * *
En la actualidad
El teléfono de Lara sonó.
Sopesó la posibilidad de ignorarlo: el lugar del picnic con vistas a Berowra Waters era tranquilo, la comida excelente, y los brazos de Rhys la envolvían con calidez. Pero el tono de llamada era inconfundible: «Gavotte en Rondeau».
Su hermano.
Lara sacó el teléfono del bolsillo y se lo llevó al oído.
—Max, ¿cómo estás?
—Lara. —Su voz sonaba vacilante.
La sonrisa de ella se apagó un poco. —¿Sí?
Max suspiró; a través de la línea llegó una mezcla de frustración y algo más oscuro.
—Estoy en un aprieto.
Lara frunció el ceño.
Para Max, esa expresión podía abarcar desde una cuerda de violín rota hasta una catástrofe mágica.
—¿Qué pasa?
—¿Te acuerdas de que te hablé de Aimee?
No, Lara no se acordaba, pero las novias de Max iban y venían, y hacía mucho tiempo que había aprendido a no molestarse en memorizar sus nombres.
Max y ella se llevaban bien, pero desde que se había mudado a Sídney sus conversaciones habían ido reduciéndose a alguna que otra llamada quincenal, y todavía no le había contado lo de su incipiente relación con Rhys.
En el fondo se escuchó el chirrido de una silla de metal. Lara se tensó. —Max, ¿dónde estás?
—Pues… estoy en la comisaría de Maroochydore.
Todas las alarmas se le encendieron.
—¿Estás en un lío?
—¿Más o menos?
A veces Lara se sentía como si fuera la hermana mayor, a pesar de que Max le llevaba seis años. Max era maravilloso, amable y tranquilo, pero iba por la vida a la deriva a menos que estuviera con sus instrumentos. Los ensayos y los conciertos se los tomaba en serio. Todo lo demás… mucho menos.