Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 64 Soren
100%

64 Soren

Soren

Luego de los interminables saludos y agradecimientos de la manada en la plaza, por fin había logrado llevar a Amber a mi propia casa. No a mi habitación en la casa de la manada, sino a mi verdadero hogar.

Al igual que Bastian, Orion y Rhys, cada uno de los Alfas y Betas habíamos construido nuestra propia casa privada en las afueras del sector residencial para ocuparla una vez que encontráramos a nuestras respectivas compañeras predestinadas.

A lo largo de los años, este lugar me había ofrecido un refugio seguro e íntimo en aquellos días oscuros en los que el peso del trabajo y las expectativas sobre mi rol eran demasiado sofocantes. Hoy, en cambio, la disfrutaría por primera vez en mi vida junto a mi verdadera Luna.

—¿Te gusta la casa? —le pregunté con cierta aprensión en la voz mientras ella comenzaba a explorar lentamente cada una de las habitaciones del lugar.

Se dio la vuelta hacia mí, regalándome una de sus sonrisas más hermosas, radiantes y sinceras.

—Me encanta, Soren... es tan cálida... La verdad es que podría pasarme una vida entera aquí adentro sin extrañar en lo más mínimo el bullicio cotidiano de la manada.

—Vaya Luna irreponsable que me conseguí... —comenté con una media sonrisa juguetona—: prefiere echarse una siesta en el sillón antes que ocuparse de sus solemnes deberes...

—¡OH! ¿Así que hay deberes oficiales? —me respondió sarcástica, llevándose un dedo al mentón e impostando una expresión profundamente pensativa—.

Pensé que la figura de la Luna era algo así como una “compañera trofeo”…

ya sabes, para que los lobos machos grandes y fuertes presuman de sus fortalezas y exhiban a sus bellas esposas ante la sociedad.

Me acerqué a ella con pasos felinos, como una pantera que acecha a su presa. La tomé suavemente por la cintura con ambas manos y, antes de capturar sus labios, le susurré directamente al oído:

—Tengo la inmensa suerte de poder presumir de la belleza, de la inteligencia y de la valentía sin límites de mi compañera ante cualquiera que quiera escuchar.

—¡Qué afortunado eres, Alfa! ¿Tu Luna es verdaderamente todo eso? —me respondió, sonriendo contra mis labios.

—Es todo eso y muchísimo más... y si quieres, puedo demostrarte exactamente cuán afortunado me siento en este instante.

No le di el menor tiempo a responder. La besé volcando absolutamente todos mis sentimientos contenidos, mi ternura y toda la necesidad física que tenía de ella.

Habíamos unido nuestras almas mediante las marcas, pero mi instinto aún no era suficiente.

Necesitaba sentir cada pensamiento, cada emoción y cada sensación que brotara de su ser.

Necesitaba memorizar cada centímetro de su piel.

Una leyenda sumamente antigua de nuestra especie narra que la Diosa de la Luna quería que sus guardianes, los lobos, pudiesen comunicarse directamente con ella; así que unió la mitad del alma de un humano junto con la mitad del alma de uno de sus lobos primigenios.

Y para que esa alma estuviese siempre completa en la tierra, creó con las otras dos mitades a su compañero predestinado.

De esta forma, las almas estarían siempre conectadas y jamás volverían a sentirse solas en la oscuridad.

Haber encontrado a Amber en esta vida fue literalmente como encontrarme a mí mismo. Fue sentirme completo, pleno y profundamente amado. Seguro y feliz. Y gracias al canal abierto del vínculo, sabía con absoluta certeza que ella se sentía exactamente igual a mí.

Hacer el amor con ella era afianzar y fortalecer ese vínculo mágico. Si antes de entrar a la casa el vínculo de la marca se sentía como una soga gruesa, ahora se transformaba en un cable de alta tensión resplandeciente. Irrompible, fuerte y lleno de vida por dentro. Nuestra propia vida compartida.

Había tenido sexo con otras lobas en el pasado, pero nada en este mundo se comparaba con esto; jamás había experimentado semejante nivel de conexión espiritual y física.

La levanté suavemente en brazos y ella rodeó mi cintura con sus piernas, dejándose llevar y riendo dulcemente contra mi cuello antes de que sus labios volviesen a encontrar los míos con pasión.

La llevé hasta mi habitación —ahora nuestra— y la deposité con extrema delicadeza sobre la cama, como si temiera romper algo infinitamente preciado.

—Soren... —susurró mi nombre de esa forma tan única que solo ella sabía articular, mitad pregunta, mitad promesa.

—Aquí estoy, mi compañera. Contigo, para siempre.

Fui despacio, disfrutando cada segundo. Cada prenda que caía al suelo era una ofrenda; cada centímetro de piel descubierta, un territorio sagrado que aprender de memoria.

El vínculo entre nosotros vibraba con una intensidad desbordante, como si nuestras almas quisieran fundirse tanto como nuestros cuerpos.

Sentía su ligero nerviosismo mezclado con un deseo puro, su total confianza en mí, y respondí a cada matiz con la misma entrega absoluta.

Recorrí su cuerpo con manos reverentes, memorizando la suave curva de su cintura, el latido acelerado de su corazón bajo la piel y la forma en que se arqueaba hacia mí buscando más contacto, más cercanía.

Cuando finalmente fuimos uno solo, el universo entero se redujo únicamente a nosotros dos: su respiración entrecortada contra mi oído, mi nombre en sus labios como una plegaria sincera y el vínculo de nuestras almas encendiéndose como nunca antes.

No había la menor prisa. Solo el descubrimiento mutuo, la inmensa ternura de dos almas que por fin encontraban su otra mitad y un placer entrelazado con algo muchísimo más profundo: la certeza absoluta de pertenecerse el uno al otro.

El ritmo entre nosotros fue creciendo con fluidez, la ternura dando paso a una urgencia que nacía del alma tanto como del cuerpo. Sentía cada reacción suya como si fuera propia, el vínculo transmitiendo su placer directo a mi pecho y multiplicando el mío.

Amber se aferró a mis hombros, su respiración quebrada mezclándose con la mía, y cuando susurró mi nombre entre jadeos supe que ningún otro sonido podría compararse jamás a ese.

Nos movimos como si lleváramos toda una existencia haciéndolo, como si nuestros cuerpos hubiesen sido moldeados por la Diosa para encajar exactamente de esta manera; y cuando finalmente alcanzamos juntos el límite, el vínculo estalló en algo luminoso, sagrado e innombrable que nos dejó temblando de felicidad, completamente realizados el uno en el otro.

Después, con ella acurrucada plácidamente sobre mi pecho y mis dedos trazando distraídos dibujos sobre su espalda desnuda, entendí que ninguna leyenda antigua habría sido capaz de describir con precisión esto que sentía.

Ninguna palabra humana o lupina alcanzaba para nombrar lo que era tenerla así: completamente mía, completamente suyo, mientras el vínculo entre nuestros pechos latía fuerte y constante, como un segundo corazón compartido.

—Te amo, Amber —murmuré contra su cabello.

Ella sintió mi voz vibrar en mi pecho y sonrió dulcemente sin abrir los ojos.

—Y yo a ti, mi lobo responsable y caballeroso.

Me reí bajito, besando su frente con devoción.

Y mientras la noche avanzaba entre besos robados, caricias cada vez más íntimas y promesas susurradas al oído, comprendí con absoluta claridad que había pasado demasiado tiempo buscando mi lugar en el mundo.

Porque mi lugar nunca había sido un territorio geográfico. Ni una posición de poder dentro de la manada. Ni siquiera el título distinguido de Alfa.

Mi único y verdadero lugar en este mundo estaba allí.

Con Amber entre mis brazos.