Sustituida en el altar CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

«Hay un segundo, antes de cualquier sí, en el que todavía podríamos haber dicho que no. Me pasé años buscando el mío. Nunca lo encontré.»

MARLENE KRAUS

Dijo ahora como quien lee la hora.

Sin prisa, sin promesa, sin ninguna de las cosas que esa palabra suele llevar consigo. Como si hubiera mirado el reloj y comprobado que eran las once y cuarenta y siete, y que a las once y cuarenta y siete yo iba a casarme con él.

Lo miré de cerca por primera vez.

Era más alto de lo que ningún hombre tenía derecho a ser en una iglesia, y el traje oscuro no se esforzaba lo más mínimo en anunciar lo que costaba.

Sienes canosas. Una mandíbula que parecía cerrada con llave.

Y los ojos: grises. No un gris de nube, ni de piedra, ni de nada que yo conociera.

Un gris de hielo fino sobre agua profunda, de ese que una sabe que no aguantará el peso y que, aun así, pisa.

¿Quién eres?

No le pregunté eso. La gerente no pregunta el nombre. La gerente pregunta el precio.

—¿Por qué? —La voz me salió más baja de lo que quería.

No parpadeó.

—¿Importa hoy?

Era una pregunta respondida con otra, y otro día, en otra vida, le habría pagado con la misma moneda.

Se me daba bien. Pero allí, con el velo tirándome de la nuca y el ramo inmóvil en la mano, no me quedaba moneda alguna.

Tenía una carpeta azul en un despacho de Regensburg.

Tenía a doce personas que llegaban a las seis de la mañana para encender una caldera de cobre.

Tenía a un hombre en la primera fila con la mano abierta sobre la pierna, sin nada a lo que agarrarse.

Miré a mi padre.

Otto Kraus me miraba como quien ve arder su propia casa y no sabe si correr hacia dentro o hacia fuera. No hizo ninguna señal. Ni asintió ni negó. Solo me miró, y en aquella mirada cabía todo lo que no había dicho nunca desde que enterramos a mi madre: ya no sé qué hacer, hija. No lo sé.

Yo lo sé, papá.

Siempre lo sé. Es mi defecto.

Respiré hondo. El incienso bajó amargo. El silencio de la iglesia había dejado de subir y ahora solo esperaba, cuatrocientas personas suspendidas en un mismo aliento, y pensé —en un rincón estúpido de mi cabeza— que nunca había tenido a tanta gente pendiente de mí, y que era una pena que fuera por esto.

—Sí.

Salió firme. Más firme que el por qué. La gerente había tomado el mando.

Algo se movió en su cara. No fue una sonrisa. No era un hombre que sonriera, eso ya lo había entendido; fue una especie de reajuste, como cuando una pieza encaja en un hueco que no se hizo para ella y, aun así, encaja. Se volvió despacio hacia el cura.

—Konstantin von Hagen —dijo—. Estoy a su disposición.

Oí cómo la iglesia entera oía aquel nombre.

Fue un murmullo bajo y largo, el de cuatrocientas personas cambiando de tema sin abrir la boca.

Von Hagen. Sabía quién era. Todo el mundo en Baviera sabía quién era: la fábrica de componentes, los contratos con los fabricantes de coches, la fortuna que los periódicos calculaban a ojo sin acertar nunca.

El viudo. El hombre que, según la Bunte, llevaba seis años sin salir sonriendo en una foto, y la Bunte se había tomado la molestia de buscar.

¿Qué quiere un Von Hagen de una cervecería en quiebra?

¿Importa hoy?

No importaba. Yo había dicho que sí.

El cura lo miró a él, me miró a mí, miró el crucifijo. El crucifijo no ayudó. Se recolocó las gafas, abrió el misal por la página equivocada, lo cerró, volvió a abrirlo.

—Esto… Esto es sumamente irregular —murmuró.

—La señorita Kraus es socia de la Brauerei Kraus y mayor de edad.

Yo soy viudo y libre. —Von Hagen hablaba en voz baja, y la iglesia entera se esforzaba por oírlo—.

La licencia está a su nombre. Las amonestaciones se han publicado.

Usted puede celebrar la boda o puede explicarle al obispo por qué no la ha celebrado.

El cura tragó saliva.

En el lado derecho, el Barón von Arnim ni se sentó ni habló.

Se desabrochó la chaqueta —el gesto inverso, el único que le quedaba— y salió por el pasillo lateral con el paso de quien ya tiene una llamada que hacer.

La mitad de la tercera fila salió tras él.

La otra mitad se quedó, porque en Múnich no hay nada más fuerte que la curiosidad.

Frieda me tiró del encaje.

—Te has vuelto loca —susurró. Tenía los ojos enormes—. Marlene. Tú. Te has vuelto loca.

—Lo sé.

—Podría ser cualquiera.

—Es Konstantin von Hagen.

—Peor me lo pones.

Tenía razón, y yo no tenía tiempo para que la tuviera. Extendí la mano. Ella me miró la mano, miró la bolsita de satén, y vi a mi hermana pequeña entender, con dos segundos de retraso, lo que le estaba pidiendo.

Las alianzas. Las alianzas que compré en julio con la tarjeta de la cervecería. Una para mí. Una para Philipp.

Le temblaba la mano al abrir la bolsita. Sacó primero el anillo pequeño, el mío, y me lo puso en la palma. Con el otro tardó. Los dedos se le quedaron quietos dentro del satén, como si el anillo grande se hubiera vuelto de repente demasiado pesado.

—Frieda.

Lo sacó. Un aro de oro amarillo, sencillo, de la medida de un dedo que no estaba en aquella iglesia.

El cura empezó. Yo no lo oí. Sé que habló de Dios, de testigos, de libre voluntad; sé que preguntó algo y que respondí, porque la voz que respondió era la mía. Sé que Konstantin von Hagen dijo sí con el mismo tono con que había dicho ahora. Lo que recuerdo es su mano.

Grande. Seca. Sin prisa. Cogió el anillo pequeño de mi palma y me lo deslizó en el dedo despacio, con un cuidado técnico, como quien monta algo y sabe que no debe forzarlo. Entró. Claro que entró: era el mío.

Entonces me tocó a mí.

Le tomé la mano. Era la primera vez que tocaba a aquel hombre, y el calor de su piel me sorprendió: esperaba frío, no sé por qué. Llevé el anillo de Philipp hasta su dedo.

No pasó de la segunda falange.

Me detuve. Él bajó la vista. Yo la levanté. Los ojos gris hielo encontraron los míos a una distancia que ningún desconocido debería permitirse, y por un instante la iglesia entera pareció saber que aquel anillo se había hecho para otra mano.

Devuélvelo. Di que no te vale. Di que ya compraremos otro.

No dijo nada. Giró un poco la mano, cerró los dedos en torno al anillo…

y lo empujó. Él solo. Hasta el fondo. Oí el oro rasparle la piel.

Vi la carne ponerse blanca alrededor del aro y luego roja.

No hizo una mueca. No vaciló. Abrió de nuevo la mano, con el anillo equivocado apretado en el sitio correcto, y volvió a mirar al cura como si no hubiera pasado nada.

Sabe que no es suyo. Y aun así se lo ha quedado.

No sabía qué hacer con aquello. Lo guardé.

—Yo os declaro marido y mujer —dijo el cura, y la voz se le quebró en mujer.

Nadie aplaudió. Alguien, al fondo, dejó caer un sombrero.

En la sacristía, el libro parroquial estaba abierto por una página con el nombre de Philipp ya escrito a lápiz, a la espera de la tinta.

El sacristán lo borró con una goma mientras esperábamos.

Dejó una mancha gris. Von Hagen firmó encima de la mancha con una letra recta y pequeña que no decía nada de él. Después me pasó la pluma.

Escribí Marlene. Me detuve.

Kraus. Veinticuatro años de Kraus. Una cervecería entera de Kraus.

Escribí von Hagen. La tinta se secó antes de que entendiera lo que había hecho.

—Señora Von Hagen —dijo, guardándose la pluma en el bolsillo interior, y fue la primera vez que oí mi nombre nuevo en voz alta. No sonó como un nombre. Sonó como un cargo.

Salimos por la puerta principal porque no había otra.

El sol de Múnich ocupaba toda la Odeonsplatz, dorado e indecente, ajeno a todo.

Los peldaños de la Theatinerkirche bajaban hacia la plaza, y en la plaza había gente —turistas, ciclistas, un hombre con un perro— y todos se habían detenido, y todos tenían el móvil en alto, y comprendí que la noticia había salido de la iglesia antes que yo.

Claro. Cuatrocientas personas y un solo tema.

Me ofreció el brazo. No la mano: el brazo, doblado en el ángulo exacto, un gesto de otro siglo. Apoyé la mano en él porque la alternativa era bajar una escalinata de piedra con un vestido de tres metros y la ciudad entera mirando.

Y fue en el tercer peldaño donde me pilló.

No fue el llanto. Ya había decidido que no iba a ser el llanto.

Fue el reverso: la risa. Me subió del estómago sin pedir permiso, fuerte, absurda, mi risa de cervecería, que nunca supo qué volumen pedía cada sitio, y resonó en la fachada de la iglesia, en las columnas, en la plaza entera.

Una turista bajó el móvil. El hombre del perro sonrió sin entender.

Había entrado en aquella iglesia para casarme por amor e iba a salir casada por contrato. El mismo vestido. El mismo velo. Los mismos zapatos.

Solo el hombre era distinto.

Konstantin von Hagen no se rio. Se detuvo en el peldaño, con mi mano en su brazo, y giró la cabeza para mirarme.

No como si yo fuera graciosa. No como si estuviera loca.

Me miró como imaginé que miraría una pieza en su fábrica: midiendo.

Calculando. Intentando entender por qué aquella cosa hacía aquel ruido y si el ruido era un defecto o una característica.

La risa se apagó sola. Alcé la barbilla.

—Siga —dijo.

—¿Que siga qué?

—Bajando.

Bajamos.

El coche esperaba en la esquina de la Theatinerstraße: negro, largo, sin nada escrito.

Un chófer de mediana edad abrió la puerta trasera sin mirar mi vestido, con cara de haberles abierto la puerta a cosas más raras.

Entré yo primero. El encaje ocupó todo el asiento.

Él entró después y se sentó en el hueco que quedaba, con la rodilla a un palmo de la mía y el anillo equivocado brillando en la mano apoyada sobre la pierna.

La puerta se cerró. El ruido de la plaza desapareció de golpe, como si alguien hubiera apagado la ciudad.

Silencio. De ese que hace falta valor para romper.

Yo tenía valor para muchas cosas. Para aquello, solo me dio para la pregunta más pequeña.

—¿Y ahora?

Miró el reloj. Giró la muñeca hacia abajo.

—Ahora vive usted en mi casa —dijo—. Desde hoy.