1. Adalid #3
—A ver si lo entiendo, hijo. Que yo sepa, y llevo un tiempo en esto, uno siente cuánto poder tiene.
—Miró a Argonauta como buscando apoyo. Él se encogió de hombros, motivo por el cual el alcalde volvió a ignorarle.
Argonauta nunca había sido un factor en sus ecuaciones, pero, en ese momento, seguro que lo habría borrado de la pizarra de cálculo de no ser porque aquello habría resultado tremendamente inadecuado—.
Uno siente su poder —insistió—. Lo siente.
No es distinto de la propia fuerza de los otros, ya sabéis…
, las personas normales. Vamos a llamarlas así.
Saben si están flojas de forma, saben si están pletóricas, la fuerza de que disponen en cada momento.
«Lo siento, cariño, hoy me duele la cabeza» y toda esa mierda.
Yo sé cuánto poder suprahumano tengo. —Cerró uno de sus enormes puños y se lo colocó delante de la cara—.
Sé cuánto puedo levantar y cuánto no. Un autobús sí, un tren no.
Sé si puedo volar o no. Nunca lo he hecho, ¿cierto?
¡Porque sabía que no! Y sé, cuando la acaricio, que no voy a lastimar a mi esposa porque controlo mi fuerza y sé utilizarla convenientemente.
Sí, con las manos desnudas podría aplastarle el tórax como si fuera un cubo vacío de palomitas.
Nunca ha pasado, pero sé que podría pasar.
Sin duda, al alcalde de Odeon le gustaban los símiles y yo iba a tirárselos a la cara a puñados. Así que decidí insistir con el símil de antes y llevarlo un poco más allá.
—Capitán, yo… estoy haciéndole el rodaje al coche, lo he comprado hace poco.
No he podido comprobar cuántos caballos hay bajo el capó.
—Comprendí entonces que debía jugar mi primer as, ganar los primeros puntos con el ilustre Capitán Insignia.
Para eso estábamos allí—. El problema es que en ninguno de los muchos trabajos que Argonauta y yo hemos realizado hasta la fecha me he esforzado demasiado. Creo que sería capaz de… mucho más.
—Mucho más… ¿hasta el punto de haber ofrecido al mundo un Nivel 6 siendo un Nivel 10?
—Eso ya no se lo podría decir.
El alcalde Carpi se recostó en su inmenso asiento y recuperó el habano del cenicero.
—Lo comprobaremos muy pronto. Es hora de entrar en materia. —Se pasó una mano por ese pelo cano y ya escaso y puso cara de desagrado. Se acabó el tanteo. Iba al meollo del asunto—. Hablemos de un trabajito que voy a pediros.
Fue muy sutil. Eligió bien los argumentos. No habló en términos de ilegalidad, aunque estaba proponiéndonos claramente un crimen.
En el ámbito de los suprAdalides existía una delgada línea roja que, más tarde o más temprano, se le presentaba a todo el mundo. Cruzarla o no definía el destino de cada cual en esta profesión.
Al menos el ochenta por ciento de los suprAdalides oficiales estaba tocado por la corrupción. El sesenta de ese ochenta por ciento directamente estaba corrupto hasta la médula. El porcentaje restante acababa de llegar.
Sabía que esto tenía que pasarme. Y tenía mis dudas sobre lo que convendría hacer.
¿Sería honorable? ¿Me convertiría en esa minoría que nunca ha escondido ningún cadáver en el armario?
Algo en mi interior aseguraba que un grado milimétrico de corrupción venía bien.
Me gustaba considerarlo incluso saludable.
Pero, cuando la puerta de lo inmoral la abría el legendario Capitán Insignia, lanzarse de cabeza era lo suyo.
Podía suponer el ingreso inmediato en la primera división de los suprAdalides.
Adiós al rumor, a la leyenda urbana. Hola, fama y prestigio.
Negarse, por otra parte, colocaría a la dupla compuesta por Argonauta y Decurión en una lista negra en la que nadie quería estar. Y se estaba en esas listas muy poco tiempo, antes de ser tachado para siempre.
Así que aceptamos.
Fuimos a la casa de ese periodista tan osado.
El mismo que había dedicado varios artículos reprobatorios al alcalde de Odeon.
Con unos uniformes negros que ocultaban nuestras dos identidades, la civil y la superheroica.
Manifestamos nuestro poder en un grado mínimo, le causamos un grave daño calculado y le advertimos de lo que podría pasar en esa casa llena de niños pequeños, niños no tan pequeños, con una esposa fiel, perros y cosas que se pueden quemar si él seguía escribiendo aquellos artículos tan desfavorables sobre el señor Carpi.
Y ya está. Fácil. Una prueba que servía para medir nuestros redaños y compromiso por la causa. Así empezó, con un pequeño encargo. Luego vinieron trabajos más grandes. Las recomendaciones de todo un Capitán Insignia atrajeron encargos de personajes más importantes aún.
Y puedo decir que Decurión pasó de ser un joven y nuevo suprAdalid a convertirse en toda una promesa.
Mi querido Argonauta se perdió por el camino; él mismo optó por un mutis por el foro.
Un año más tarde fiché por los Protectores.
Llegué a dirigirlos en menos de diez meses.
Estaba pisando a fondo ese alegórico acelerador e iba demostrando poco a poco que aquella alineación de metahumanos estaba descompensada.
Se me quedaron pequeños. Era un Júpiter entre Mercurios.
Dos años después ingresé en Facción Zero.
Y así, no exactamente de golpe, aunque sí de forma muy rápida, había tocado techo.
Tenía veinticuatro años.
Aún había solución para mí. Podía corregir todo lo que había hecho mal. Redimirme. Quedaba tiempo para que me transformara en un genuino y auténtico superhéroe.
El problema era que el mundo acostumbraba a ser complicado.