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Por Antonio Runa

© inepub.com

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Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .

Dirigida y moderada por el generador de contenido Shawn Labianca.

Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.

—Ya sabe lo que dicen. Concéntrese en mí y no mire a la cámara.

—¿Debo tener el micrófono tan cerca?

—Grabando, grabando. Tres, dos, uno. Vale. ¿Todo bien, Ferdi? Genial. Disculpe, señor Diamandis, sí, a esa distancia se le escucha con absoluta claridad. Silencio ahora, por favor. Grabación: ciento sesenta, veintisiete. ¿Podría decir su nombre?

—¿Mi nombre? Julek.

—Completo, si no le importa.

—Julek Diamandis.

—¿Podría decir su nombre en clave, por favor?

—… Decurión.

—Estupendo. Pues, si no le importa, vamos a empezar. Usted hizo muy popular la afirmación de que hay dos clases de personas.

—En efecto: las que serían capaces de sacrificar a su ser más querido para salvar a toda la Humanidad y las que serían capaces de sacrificar a toda la Humanidad para salvar a su ser más querido.

—¿A qué grupo pertenece usted?

—Creía saberlo. Ahora no lo tengo tan claro. No me gusta esa pregunta.

—Y tampoco es importante. Comencemos por el punto de inflexión. El primero de ellos: ¿cuándo cree que fue?

—Recuerdo el día exacto en que las cosas pasaron a ser diferentes. Todo cambió esa mañana. Todo.

En realidad, no fue hace tanto tiempo, pero mi memoria me dice que fue hace mucho.

Aunque sé, y es importante tener esa certeza, que mi mente no es fiable.

Casi todo se ha sobredimensionado psíquicamente.

Ninguna experiencia vital no insertada o modificada mediante telepatía puede permanecer en el recuerdo tan nítidamente.

Sin rasgos de niebla, con un notable exceso de detalles insignificantes.

Desde la colonia barata que usaban los tipos de traje negro y gafas de espejo que nos abrieron la puerta del despacho hasta matices exageradamente concretos de los motivos de la alfombra.

Yo nunca he sido tan observador. Nunca he tenido tan buena memoria.

El alcalde de Odeon se levantó para recibirnos, salió de detrás de su inmenso escritorio con una sonrisa enorme y, cuando aún lo teníamos a siete metros de distancia, alzó los brazos efusivamente.

Todo teatro, ensayado mil veces, efectista y efectivo.

Depositó una enorme mano con anillos aparatosos en el hombro de Dan, ya sabe, Dan Mollux, mi fiel compañero, y otra en mi hombro.

Dan sonrió más de la cuenta, yo solo lo necesario.

El alcalde me taladró con la mirada. La sostuve con tranquilidad. «No pasa nada», me dije.

—Tenía tantas ganas de conoceros al fin —dijo el alcalde—. Debo decir que habéis llegado hasta aquí recomendados con insistencia.

Nos habían indicado que asistiéramos enmascarados, lo cual hacía que todo fuera más raro.

El caso es que asentimos y enseñamos un poco más nuestras sonrisas perfectas.

Cinco años antes los dos habíamos sido tan atolondrados como impresionables.

En aquel momento, únicamente Dan encajaba en esta descripción.

El alcalde regresó a su escritorio, señaló las dos sillas dispuestas para que nos sentáramos y nos ofreció algo de beber.

Creo que aquel hombre habría tenido cualquier cosa que le hubiéramos pedido.

Incluso hidromiel, zarzaparrilla o icor olímpico.

No quisimos abusar de su hospitalidad. Con todo, dejó ante nosotros dos vasos de cristal, sobre aquella mesa de superficie de ébano recién terminada de encerar, y nos aclaró que la botella de bourbon que acababa de sacar del cajón le había costado dos mil doscientas eurolibras. A precio de amigo.

Aquel bourbon había que probarlo. No sabría decir si valía el precio que costaba, pero, al saborearlo, sí reconocí que el licor tenía mucha personalidad.

—No os acostumbréis —continuó nuestro anfitrión—. Es mejor meterse en la heroína, os lo digo en serio. Ciertos caprichos es mejor no catarlos nunca. —Soltó una carcajada en cuanto vio cómo torcíamos el gesto—. ¡Terminaos la copa! ¡Sólo bromeaba!

Probablemente no lo hiciera.

Reparé entonces en el tríceps que destacaba por debajo de aquel traje hecho a medida.

El hombre estaba en forma, a pesar de su edad.

El tiempo había brindado más kilos y más rotundidad a su tipo corporal, a pesar de que el legendario Capitán Insignia de los años sesenta siempre había gozado de una musculatura tosca y voluminosa.

Un suprAdalid de los más clásicos, metido a político.

Antaño su gancho de izquierda se consideró legendario por derecho propio.

Su característica primordial. Había sido un tipo duro.

En su presentación oficial como político, el primer y principal poder del alcalde Carpi no había sido otra cosa que el despliegue de oraciones directas y fáciles de recordar.

Sus discursos bien podrían catalogarse como una simple recopilación de lemas, consignas y diálogos de héroe de acción cinematográfico cuyo único objetivo era ganar titulares con expresiones impactantes que, en el fondo, no decían mucho.

Su antifaz azul se exhibía en una estantería próxima, dentro de una campana de cristal, sujeto por una aguja casi invisible encima de sus míticos guantes rojos. Del resto del traje no había ni rastro.

El alcalde me sorprendió observando aquellos objetos.

—Seguro que vuestros padres os han contado muchas historias sobre mí.

Justo delante de nosotros, en una placa de oro con letras negras en relieve se podía leer su cargo y su auténtico nombre: A LCALDE F URIO C ARPI .

Tenía nombre de piloto de Fórmula 1. Un piloto de los setenta de escudería italiana.

Bien podría haber sido un joven que hubiera ganado un par de campeonatos mundiales antes de perder la vida estampándose contra un muro a doscientos cuarenta kilómetros por hora.

Y hoy en día no sería descabellado encontrar una curva de ese circuito con su nombre.

Furio Carpi. Un nombre genial para el hombre que se ocultaba bajo el antifaz de Capitán Insignia.

Aunque la mayoría de la gente había apostado durante décadas por algo más anglosajón.

—Se cuenta por ahí —dijo— que estáis haciendo un trabajo magnífico en los bajos fondos de la ciudad. Al parecer tenéis un sistema de aplicar correctivos… de lo más singular.

En realidad, el alcalde era alemán. Me enteré al leerlo en algún sitio.

Podía imaginar a familias alemanas de lo más teutónicas que, a la hora de bautizar a sus hijos, cansados de la fonética germánica, acababan por elegir nombres diametralmente opuestos a su consanguinidad.

Quizá en Italia haya también algún Klaus Langenegger.

Incluso un Hideo Matsuyama francés, ¿y por qué no?

No encontraba otra explicación. Si bien, desde la federalización de Eurotania, las identidades patrias se perdían de una generación a la siguiente.

—Aunque debo deciros, chicos —prosiguió el alcalde—, que es posible que se os haya ido la mano un poco estas últimas semanas.

—Si se refiere a la banda de los Spetsnaz de… —empezó a decir Dan.

Furio Carpi prosiguió hablando como si nadie le hubiera interrumpido.

—No digo en absoluto que me incomoden esos métodos.

—Hizo una pausa intencionadamente incómoda para oler un puro cubano que se pegó directamente a los orificios nasales.

Después lo encendió y expulsó una cantidad de humo que parecía superior a la que había inhalado—.

Es más, debo confesaros que eso me gusta.

—Señor Carpi, es un halago…

Dan quería arruinarnos la mañana, así que el alcalde, con un guiño de ojo y un chasquido de lengua, le selló los labios como si tuvieran cremallera.

—Tú eres Argonauta, supongo —dijo.

Mi compañero afirmó con la cabeza. Después me miró a mí y mostró una media sonrisa de depredador.

—Entonces, tú eres Decurión.

—Sí, señor.

—¿Sabéis qué? —empezó a decir, utilizando el tiempo verbal en plural por pura cortesía, aunque supe con certeza que estaba hablando solo conmigo—.

Tengo aquí unos informes muy precisos sobre la trayectoria que habéis llevado desde que empezasteis, hace poco más de un año.

Habéis estado ocultando bien vuestra identidad de cara al público, pero se diría que el Espolón sabe sobre vosotros lo que estima que necesita saber sobre cualquiera, lo que viene a ser, en resumidas cuentas, todo.

No voy a llamarte Julek ni a él Dan. Me gusta Decurión.

Me gusta mucho. Tiene estilo. ¡Argonauta también, por supuesto!

Quizá sea más facilongo. Decurión, en cambio…

¿Sabéis lo que era un decurión en la antigua Roma?

Me había pillado. Elegí ese nombre clave porque sonaba bien. Me avergüenza reconocerlo ahora. Decurión, en fin, me encantaba su contundencia. No había nada más. Entonces resultó que significaba algo, y me lo iba a decir aquel hombre, que suponía que yo lo había elegido por ese mismo motivo.

—Era un rango militar —aclaró—. No empezó siendo gran cosa, pero acabó convirtiéndose en un puesto de suma relevancia.

Incluso trascendió los límites de la legión romana para llegar a la estructura social del pueblo llano.

Un decurión podía ser mucho o prácticamente casi nada. Eso, chicos, seguro que ya lo sabíais.

Dan hizo un ademán que interpreté como el inicio de otra intervención oral nada acertada y le pisé un pie con disimulo. El alcalde continuó.

—Supongo que todos elegimos nuestras metas. Y yo podría ayudar a que dierais un salto importante…, si alcanzáramos algún tipo de entendimiento. Mejor ahora, que sois jóvenes, entiendo yo. Nada peor que desaprovechar la sangre nueva y fuerte cuando se nos presenta.

Enarcó una ceja y se puso a tamborilear con los dedos sobre la mesa. No había dejado de mirarme en ningún momento.

—¿Qué podemos hacer por usted, señor Carpi?