25. CAPÍTULO 25
El tiempo se para, el mundo desaparece, solo existe ella mirándome con sus ojos verdes.
He venido a decirle que quiero intentar algo con ella, que quiero saltar al vacío y al final ha sido ella la que me lo ha dicho a mí.
Solo puedo escuchar los latidos de mi corazón mientras ella me sonríe…
Y así, sin más, el tiempo vuelve a acelerar y vuelvo a la realidad.
Oigo cómo el estadio entero empieza a gritar y a vitorear su nombre mientras ella saluda marchándose del escenario, también puedo ver cómo antes de desaparecer por uno de los laterales me echa una última mirada.
—¡Tío, ha sido brutal! —me dice Jesús.
—Esa canción está llena de indirectas y de cosas que habéis hecho, esa canción era para ti —me dice Lidia mirándome a los ojos.
—Ha acabado la canción —digo más para mí mismo que para ellos.
—Alonso, están preguntando si alguien tiene entrada al backstage , tú tenías una, ¿verdad? —me dice Jesús.
—Sí, tengo una.
—Pues a qué esperas, ve y bésala —dice Lidia mientras me empuja hacia donde se están marchando los que tienen esa entrada.
—Sí, sí, claro —balbuceo mientras mil pensamientos invaden mi mente.
Los de seguridad me paran en el acceso al backstage .
—¿Alonso, es usted?
—Sí, soy yo —digo confundido.
—Acompáñeme.
—Pero los demás van por ahí —digo aún más confundido.
—Usted tiene prioridad, acompáñeme.
Sigo al de seguridad por varios pasillos. Uno nunca ve estas cosas, pero estos sitios son verdaderos laberintos, al fin llegamos a una puerta y el de seguridad me para mientras llama.
—Tengo al chaval —dice por el pinganillo—. Afirmativo —dice asintiendo—. Puedes pasar, chico.
—Voy —digo sintiendo cómo los nervios me suben del estómago a la garganta… Tengo miedo, pero no sé de qué.
Abro la puerta y entro, cierro la puerta con cuidado y trago. No me da tiempo a más, según me giro noto cómo cinco dedos impactan con mi mejilla.
—¡¡¡¿Pero qué cojones?!!! —alcanzo a decir.
—Gilipollas, mentiroso, traidor, pichabrava —dice Lía pegándome mientras juramenta.
—¡¿Pero qué cojones?! —vuelvo a decir confuso.
—Eso digo yo, ¿quién cojones era esa? Yo queriéndote cantar esa canción durante todo el concierto, concierto que te has perdido prácticamente entero, por estar con esa seguro —Lía carga el brazo para darme otro guantazo—. Te voy a reventar.
—¿Pero qué cojones? —digo mientras esquivo—. Estate quieta, coño, déjame hablar —me toco la cara—. Vaya hostias pegas para lo enana que eres.
—Me vas a vacilar… —se me acerca para darme otra.
—Vamos a calmarnos, por favor —digo sorprendido por su agresividad—. ¿Me dejas, por favor, hablar?
—Tienes un minuto —amenaza Lía.
—Gracias, no me hace falta tanto. A ver, para empezar, Lidia es mi amiga… —intento explicar.
—Con una amiga no se baila tan pegado —dice Lía sin dejarme acabar.
—Pues yo sí, y si me dejas continuar quería decir algo más —digo intentando calmarla.
—¿El qué? —pregunta Lía con mala leche.
—¿Esa canción me la has cantado a mí? —digo con dulzura.
—No lo sé, puede —dice cruzándose de brazos y dando un paso atrás, sonrojándose.
—¿Sí o no? —insisto.
—¿Por qué quieres saberlo, Ricky Martin? —contesta ella molesta.
—Porque si es así, lo que dice la canción significa que tú…
—Sí, tú la has inspirado, y para ti era —dice otra vez interrumpiéndome.
—¿Era? —pregunto nervioso.
—Sí, era, hasta que te he vis…
Interrumpo su frase acercándome a ella y besándola.
Al principio su cuerpo sigue en tensión, pero no tarda en dejarse llevar y relajarse.
Lía pasa sus brazos por encima de mis hombros y yo la aprieto aún más entre los míos, nuestros cuerpos se convierten en uno mientras nos fundimos en un beso que, para bien y para mal, es el comienzo de algo.
Nuestros labios se separan y nos miramos.
—¿Y ahora qué? —pregunta Lía.
—Ahora vamos a acabar lo que empezamos ese veinticinco de diciembre.
Llaman a la puerta.
—Señorita Romero, las demás entradas de backstage están llegando.
—Vale, gracias, Luis.
Lía me mira.
—Parece que hoy tampoco va a ser… —dice con una sonrisa triste.
—La noche es joven aún, te espero —digo excitado mientras la agarro con fuerza.
—No —Lía niega con la cabeza—, después de recibir a los fans cojo un vuelo a Argentina, tengo un par de conciertos ahí, estaré un mes fuera.
—¿Un mes? ¿Estamos locos? Eso es demasiado —me quejo separándome de ella.
—Después de eso tengo una semana libre… Quizás…
—Esa semana eres mía, y no es una petición, es una promesa —interrumpo rápidamente.
—Puedo llamarte si quieres… —dice Lía insegura.
—Lo que quiero es que no te veas obligada a irte y poder hacerte mía de una maldita vez —digo acercándome a ella de nuevo.
—Me encantaría —me dice estremeciéndose.
Llaman a la puerta de nuevo.
—Están aquí, señorita Romero, ¿les hago pasar?
Lía me mira.
—¿Sientes lo mismo que yo? —me pregunta.
—¿Lo descubrimos juntos?