23. CAPÍTULO 23
—Alonso, sabes lo que hay mañana, ¿no? —me dice Enrique en la sala de descanso.
—No, ¿qué hay? —pregunto intentando recordar.
—Mañana es sábado… —dice Enrique con una sonrisa traviesa.
—Sí, y hay mucho curro. Me ha puesto Marcos de tarde para que todo funcione en el fin de semana —digo concentrado en el trabajo.
—No, monguer, mañana es sábado de concierto —me dice Enrique pegándome una colleja.
—Es verdad, el concierto de Lía —digo dándome un golpe con el puño en la frente.
—Muy bien, mi niño, parece que la colleja te ha juntado las dos neuronas que te quedan —dice Enrique divertido.
—Pues no voy a poder ir. Dale mi entrada a Amelia, estará deseando ir —me excuso rápidamente.
—Tío, mira que yo soy nulo para los amoríos y tal, doy gracias al universo por mandarme a Amelia, pero es que tú eres peor que nulo… —dice molesto Enrique mientras le da un sorbo a su café.
—¿A qué te refieres? —finjo no saber de qué habla.
—Sabes perfectamente que de esas entradas, una era para ti seguro. ¿No ves que le gustas a Lía? —dice mi amigo girándose hacia mí, intentando volver a sacudirme.
—Y a mí ella me gusta también, joder, Jenry, a quién no le gustaría, una rubiaza de ojos verdes, preciosa, divertida, interesante —digo acelerado—, pero ¿sabes qué?
Viene en pack . ¿Tú sabes lo expuesto, lo vulnerable que me sentí cuando nos persiguieron por la calle esos putos paparazzis ?
—digo intentando calmarme mientras le doy un sorbo a mi café.
—Alonso, en el amor hay que hacer sacrificios… —dice Enrique con su tono místico de sabiduría particular.
—¿Y quién te dice que estoy enamorado? Gracias a Nuria aprendí a ver todo el pastel en conjunto, no compensa, por muy increíble que sea —confieso a mi amigo, frunciendo los labios.
—A ti lo que te pasa es que estás cagado de miedo, porque creías que después de Nuria no habría ninguna —dice Enrique con calma—, pero sé que Lía te acelera el corazón, que cuando estás con ella eres tú, el Alonso que echábamos Jesús y yo de menos —dice Enrique con una sonrisa cariñosa—.
Tenías que haber visto la cara que ponías cuando ella decía algo, la cara que pusiste cuando viste cómo iba vestida…
Tío, ahí hay algo, tenéis una conexión más profunda de la que tenías con Nuria.
Tío, lo mismo ella es el amor de tu vida —dice Enrique ilusionado.
—Jenry, la mochila que lleva ella es muy pesada. La fama, el que te persigan a todos lados, el que no puedas ir a ningún sitio con relativa normalidad… El que todo lo que hagas se va a analizar con lupa… Tío, eso es mucho —digo abrumado solo de pensarlo.
—Alonsillo, si algo me ha enseñado el estar con Amelia es que la carga de una mochila es más ligera cuando son dos los que la llevan. ¡Juégatela, hostia! ¿Qué es lo que dice siempre tu abuelo? —dice Enrique cogiéndome del hombro.
—El no ya lo tienes —cito a mi abuelo.
—Pues eso, el no ya lo tienes. No condenes al fracaso algo que aún no has intentado —sentencia Enrique con firmeza.
—Eres gilipollas, de verdad, y por ser así voy a tener que pedirte algo… —digo sonriendo con alegría.
—Ya le dije a Marcos que habíamos cambiado el turno mañana, que tenías algo que hacer —dice Enrique con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sobra una entrada ahora entonces… —digo confuso.
—Eso también está solucionado —dice Enrique con aires de grandeza.
—No os merezco, Jenry —mis ojos se humedecen—. Gracias.
—Alonsillo —dice Enrique sonriendo.
—Dime.
—De ese concierto no vuelves sin ella, y si lo haces después de perderme su concierto, te reviento —me amenaza muy serio.
Lo mejor de todo es que sé que lo dice de verdad, sé lo mucho que le gusta la música de Lía y más aún desde que descubrió que a Amelia también.
—Por cierto, ¿quién tiene la tercera entrada? —pregunto curioso.
—Lidia, la única persona de confianza que tienes aparte de nosotros —dice Enrique sin mirarme.
El sábado por la tarde llega en un abrir y cerrar de ojos.
Estoy nervioso, muy nervioso. Llego media hora antes a casa de Lidia para meterle prisa y que no tarde mucho, hoy tiene que salir todo perfecto.
Lidia cumple y está preparada para cuando habíamos dicho, nos montamos en el coche y voy a toda pastilla a casa de Jesús, no puedo llegar tarde.
En casa de Jesús me desespero, el cabrón no está ni duchado.
—Vamos, cabrón, que llegamos tarde —apuro a Jesús con nerviosismo.
—Tranqui, Alonsillo, keep calm and take it easy —responde Jesús excesivamente tranquilo.
— Keep pollas, vístete rapidito o te avío —le amenazo levantando un brazo.
—Llegamos de sobra —dice Jesús riéndose de mi nerviosismo.
—Ahora que lo dices sí, porque Lidia y yo nos vamos ya y tú te buscas transporte —digo dándome la vuelta y dirigiéndome a la puerta de su casa.
—Eh, eh, eh, tranquilo, ya me visto corriendo —me dice Jesús sabiendo que no amenazo en vano.
—Pues venga, capullo, no ves que Alonso está de los nervios —añade Lidia apoyándome.
Me cago en todo, llegamos tarde, hay muchísimo tráfico.
—Quién te manda ir en coche… —se queja Jesús.
—Tenemos parking privado, precisamente para no llegar tarde buscando dónde aparcar, mierda seca. Si no hubiéramos salido tan tarde porque el señorito no sabía qué ponerse para Olivia…
—Calma, chavales, hoy venimos a pasarlo bien… —intenta conciliar Lidia—. Mira, gira aquí, Alonso, es algo más largo el camino pero sin tanto tráfico.
Hago caso a Lidia, y gracias a ella no llegamos mucho más tarde. Según nos bajamos, un miembro del equipo de Lía nos conduce hasta nuestro sitio y por fin la veo cantando, es una diosa.