Superestrella
© inepub.com
1. CAPÍTULO 1
Hace una mañana de invierno demasiado bonita como para ir a trabajar, hace más un día de mantita y Netflix que de ir al curro en el centro de Madrid.
Madrid y sus interminables atascos por la mañana, ya me da pereza solo con pensar todo lo que me voy a comer de retenciones.
Me levanto de la cama para empezar a prepararme, miro la hora, las siete menos diez, voy bien. Hoy me da tiempo a desayunar, aunque toca primero ducha, esta noche he sudado bastante y no ha sido en la que mejor he dormido.
Después de la ducha me pesa menos el cuerpo, o eso creo.
—Vale, Alonso, día grande hoy, te has preparado a conciencia —me digo a mí mismo mirando al espejo.
Se supone que hoy nos dicen si nos dan el aumento en el curro o no.
—Eres sexy, guapo, un titán, mira qué ojos más bonitos que tienes… —tiro un beso al espejo y me guiño el ojo.
Miro la hora y me doy cuenta de que ya voy tarde.
—Mierda, mierda, mierda —digo mientras corro a vestirme.
Sé que no va a servir de nada intentar motivarme, bueno sí… para llegar tarde.
Maldita sea, si no me hubiera entretenido no estaría aquí retenido, ¿por qué la gente es tan inútil conduciendo?
Parece que dan el carnet a cualquiera hoy en día, mira a ese viejo, si parece que se va a morir al volante, ¿qué tiene?
Ciento setenta años, ¿quién narices le ha renovado el permiso de conducir?
Por fin avanza el tráfico, menos mal que sé cómo moverme por aquí, callejeo por un par de calles y consigo esquivar todas las retenciones. Decidido, mañana me vengo con la moto aunque llueva, voy a llegar más relajado, ahora mismo estoy más estresado que un Teletubbie en un sofá de velcro.
Por fin llego, menos mal… ¿qué hora es?
—Mierda, mierda, mierda —maldigo mientras corro.
Entro a la cafetería como un toro entra al torero.
—Alonso —dice mi jefe.
—Dime, Marcos —sonrío como puedo.
—Llegas tarde —dice Marcos mientras se señala el reloj.
No me digas genio, ¿te crees que corro porque me gusta? Correr es para cobardes, si alguien me ve corriendo algún día es porque hay una catástrofe o unos aliens nos invaden.
—Sí, lo siento, Marcos, el tráfico de Madrid —me excuso mientras me rasco la cabeza.
—Si ya sabes cómo se pone, sal antes —me dice enfadado.
No me digas máquina, no lo había pensado, si es que tiene una hostia que nos matamos los dos, él de la hostia y yo de la onda expansiva.
—Tienes razón, no volverá a pasar —digo bajando la mirada para que me deje ir a cambiarme.
—Eso espero, ahora ayuda a Lidia y a Enrique a limpiar ese desastre al que llamáis mostrador —me ordena mientras se mete en la oficina.
—Voy —digo negando con la cabeza a la vez que voy corriendo a cambiarme primero.
Me cambio como Speedy Gonzales. Llego a tiempo para ver cómo Enrique, aka Jenry, le da con la bayeta al cristal del mostrador.
—Eh —digo mientras llego corriendo al mostrador.
—Eh —me saluda él también sin mirarme.
—¿Qué pasa, tú? ¿Cómo estás? —pregunto a Enrique mientras me pongo a ayudarle.
—Reventado, Amelia me tiene como un esclavo sexual —dice Enrique riéndose.
—Si es que estás mayor, a partir de los treinta todo va pa’ bajo —digo vacilón mientras cojo una bayeta.
—Sabes que eres mayor que yo, ¿o se te olvida, payaso? —dice mientras me mira sonriendo.
—Sabes que me conservo mejor que tú, esto de estar soltero es vivir relajado sin darle cuentas a nadie —respondo con superioridad.
No sé si me lo creo, soy un romántico, pero sí sabe bien la libertad de vez en cuando, ¿no?
—Podéis dejar de decir tonterías y daros prisa, Marcos, está nervioso, algo le pasa —dice Lidia que acaba de llegar.
—La que faltaba, mi amante bandida, mi morena, mi diosa —digo burlonamente mientras la miro.
—Subnormal —me insulta ella sonriéndome.
—¡Subnormal! —decimos Enrique y yo al unísono.
—No, sí de verdad que al jefe le dan ayudas por teneros a vosotros dos —dice Lidia aguantándose la risa mientras se va al almacén a reponer los cafés.
La verdad que mi diosa podría ser, si hay alguien en quien pueda confiar aparte de Enrique es Lidia.
—Tío, no sé como no te ha dado ya dos leches bien pegadas —dice Jenry riéndose.
—Soy encantador —sonrío como un niño antes de Navidad.
—Eres tonto, yo creo que ahí hay algo, ataca coño, que Amelia y yo necesitamos más amigos en pareja.
—Ni de broma, Jenry, está buena, muy buena, una morenaza de ojos verdes en toda regla, de la vieja escuela, pero tío hemos compartido ya tantas cosas que es como una hermana más que otra cosa.
Sabes que me encanta, nos reímos mucho y puedo hablar con ella con confianza, pero que no. —Un escalofrío recorre mi espalda.
—Sí, sí, lo que tú digas, pero bien que le miras el culo cada vez que entra en el almacén a por café —dice Enrique riéndose mientras me da un codazo.
—Qué va, se te ha pirado, tío —respondo riéndome a carcajadas mientras le miro el culo por culpa de mi amigo justo cuando se gira y nos pilla con los ojos en la masa.
—¡¡¡Seréis!!! —Lidia corre hacia nosotros.
Mierda, no me da tiempo a reaccionar, la colleja me la llevo de seguro.
—¡Jenry, huye, sálvate tú que puedes! —no me da tiempo a decir nada más antes de recibir el merecido collejón.
Gracias a mí Enrique reacciona a tiempo como para evitar recibir la colleja. Si no fuera por estos momentos, no sé qué sería de mí en este curro.
—Bueno, ¿qué es este cachondeo? Aquí se viene a trabajar no a hacer el gilipollas —dice Marcos con ira contenida.
Cuando tiene razón, tiene razón, volvemos corriendo a nuestros quehaceres.
La mañana está siendo larga, se nota que estamos ya en diciembre la gente está de vacaciones, no sé por qué no cerramos en esta época del año, las personas que compran aquí son los trabajadores de la zona.
A ver si viene ya Enrique que tengo hambre.
¡Ostras! Justo aparece, vamos a intentarlo otra vez.
—Podría aparecer un maletín de un millón de euros, no, no, que entre por la puerta el amor de mi vida —susurro mientras cierro un ojo y miro a la puerta con el otro.
Instantáneo no tiene pinta de que sea, que lástima, merecía la pena intentarlo, habría sido un bonito regalo de Navidad.
—Bueno, tío, me piro al descanso —le digo a Enrique justo cuando ficha.
Tengo hambre, voy a acelerar antes de que pase el descanso que solo tengo veinte minutos escasos. Llego corriendo a caja con un café y una magdalena.
—Venga ya, tío —me lamento mordiéndome el labio inferior a la vez que me doy con el puño en la frente.
—¿Qué pasa Al? —me dice Lidia con curiosidad.
—La cartera, me la he dejado en el coche, dame un segundo, ahora vengo, déjamelo ahí detrás en la caja anda —digo mientras le entrego mi desayuno a Lidia.
No, si cuando no sale nada, no sale nada, verás cómo me toca desayunar en cinco minutos.
Corre Forrest, corre, llego al coche, cojo la cartera, cruzo la calle y me dirijo a la cafetería.
Hoy la calle está llena de gente que está de compras de Navidad, ya podría entrar alguien para no aburrirnos tanto.
Miro a la gente mientras ando, me llama la atención una chica, lleva puesta una gorra y una sudadera negra y un vaquero del mismo color.
Veo cómo se le escapa un mechón rosa de la gorra que recoge con urgencia.
No puedo evitar acercarme a ella justo antes de llegar a la cafetería.
Un momento, ¿esa chica es quien creo que es?
Ella me ve, se da cuenta de que la he reconocido, nos vamos a cruzar, es inevitable.
—No digas nada, por favor —me dice con ojos suplicantes.
—Tú eres…—susurro perdiéndome en su mirada.
—Sí, lo soy… por favor no montes una escena —dice mirando a todos lados nerviosa.
A lo lejos veo cómo un montón de paparazzis corren por la calle.
—Huyes de ellos, ¿verdad? —señalo con la cabeza.
—Sí, ya que no vas a liarla al menos déjame pasar —dice intentando andar hacia mí.
—Creo que será mejor que te ayude —digo sonriendo cálidamente.
—¿Conoces algún sitio donde pueda esconderme? —pregunta intrigada dejando de intentar esquivarme.
—Mi coche está ahí, si te sirve —le indico con un dedo.
—Ahora mismo me vale cualquier cosa —dice mientras mira el coche.
—Vamos entonces —digo poniendo una mano en su espalda pero sin tocarla.
Nos dirigimos hacia mi coche, saco la llave rápidamente y abro a distancia. Ella entra a toda prisa en el coche a la vez que lo hago yo.
—Gracias de verdad —sus ojos muestran verdadera gratitud.
—No hay de qué, pero, para estar huyendo, ¿no has confiado muy rápido en mí? podría ser un asesino en serie.
—¿Lo eres? —pregunta despreocupada.
—No, que yo sepa —respondo vacilón mientras la sonrío con picardía.
—Mejor, así no tendré que sacar a Pikachu —dice tranquila mientras rebusca en su bolso.
—¿Pika…? —saca un taser del bolso— Hostia no, no, déjalo en el bolso —digo levantando las manos a modo de rendición.
—Me parece bien, pero voy a dejarlo a mano, por si las moscas —dice juguetonamente— ¿Conoces algún sitio tranquilo? Necesito desaparecer por unas horas, estar tranquila —dice pesadamente mientras se pasa una mano por el pelo.
—Conozco un parque, no está lejos, ¿te llevo? —pregunto con la esperanza de que acepte.
—Sí, por favor —contesta ella con una sonrisa amable.
¿Qué coño haces, tío? que estás en el descanso, la vas a liar… ¿Qué me pasa? Ahora mismo la llevaría a cualquier sitio con tal de que esté segura. Arranco el coche, el parque está a unas pocas calles, voy a poner el GPS , para que ella sepa a dónde vamos y no se ponga nerviosa.
—Toma, ¿puedes poner “Refugio” en el GPS ? —digo entregándole mi móvil.
—Vale —dice ella cogiéndolo sin pestañear.
Voy a fingir que tengo que seguir un poco el GPS para no parecer un psicópata que la lleva al matadero. Tengo que romper este silencio, pero ¿qué digo?
— Bueno,¿mi salvador tiene nombre? —me dice ella mientras pone la dirección en el GPS .
—Al —contesto mirando la carretera atento al tráfico de Madrid.
—¿Al? es la abreviatura de…—me pregunta intrigada entrecerrando los ojos.
—Alonso, ¿y tú eres? Déjame pensar, Lía —contesto vacilón.