Sully (La Hermandad 3) 29 Alaina
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29 Alaina

VEINTINUEVE

ALAINA

—¿Hola?

—Espéranos. Estaremos allí en una hora —dice sin un saludo en condiciones.

—¡No puedo esperar, Rush! ¡Alguien tiene a Maddie! ¡Es mi familia y no sé qué le están haciendo! ¡N-no sabemos qué le están haciendo! —grito, con la angustia y el miedo desgarrándome por dentro.

—¡Somos tu maldita familia! —ruge Rush.

Siento a través del teléfono la rabia que tanto se esfuerza por ocultar, y me duele el corazón por él. Odia perder el control.

Asiento, aunque no puede verme, mientras me doy la vuelta y contemplo la ajetreada calle de la ciudad.

La gente se mueve a mi alrededor en la acera, ajena al estado de miedo, rabia y pánico en el que me estoy ahogando.

Aunque supongo que ese podría ser el caso de cualquier persona en Nueva York en un momento dado.

—Tienes razón. Sois mi familia. Pero ella también lo es.

Y no sé por qué se la llevaron, ¡pero siento que es culpa mía!

Alguien sacó esa foto y nos la envió a todos.

Y ella..., se parece tanto a mí... —la voz se me quiebra y tengo que parar para aclararme la garganta—. No puedo dejarla allí, sin más.

—Solo te pido que nos esperes..., que me esperes a mí, nena. Por favor —suplica Rush, prácticamente.

Suspiro, y el sonido es audible incluso en medio del ruido de la multitud que me rodea. —Vale, pero daos prisa, por favor.

Rush exhala al otro lado de la línea; su alivio es palpable. —¿Vale? ¿Vale? Tú espérame, ¿sí? Vuelve a entrar en esa cafetería. Wolf y yo ya estamos de camino. ¿Y dónde coño está Sully?

Me doy la vuelta y esquivo a unas cuantas personas para volver a la cafetería.

—No lo sé. Me dejó aquí hace una hora, dijo que tenía que resolver un asunto rápido. —Aparto el móvil para mirar la hora—. Pero tendría que haber vuelto hace veinte minutos.

La preocupación se me instala en el estómago al pensar en todo lo que dijo antes de dejarme.

—Alaina, escúchame. —Las palabras de Rush son duras pero no crueles, y me disparan la adrenalina.

Me detengo en medio de la acera, mirando los escaparates de la cafetería—.

Wolf acaba de intentar llamar a Sully de nuevo y no ha contestado.

Su localización de Find My Phone está desactivada —o su móvil está apagado—, así que voy a intentar saltármela.

Pero eso significa que tengo que coger mi portátil, ¿vale?

Quiero que entres en la cafetería, te sientes en la mesa más alejada y no te muevas un puto pelo hasta que yo llegue. ¿Entendido?

—¿Qué está pasando, Rush? —Mi voz sale más baja de lo que pretendía, pero no puedo evitarlo.

Siempre dijo que tiene un sexto sentido para las cosas malas que están a punto de suceder, y no puedo evitar pensar que este es uno de esos momentos.

Pero no estoy segura de si es por mí, por ellos o por Sully.

El pecho se me oprime ante la idea de que les hagan daño.

—No estoy seguro. Tú haz lo que te pido, ¿sí? Estaremos allí pronto. —Rush suena distraído y oigo a Wolf de fondo pidiendo un favor—. Ten cuidado, Alaina.

Sus palabras suenan ominosas en mi oído cuando la llamada termina.

Abro los ajustes de ubicación y me aseguro de que sigo compartiendo mi localización con mis tres chicos mientras espero a que se despeje el camino hacia la cafetería.

Veo un hueco y doy un paso adelante, pero una mano en mi hombro me detiene en seco.

Miro por encima del hombro, esperando ver a Sully.

El corazón se me acelera cuando veo a mi madre.

Mi mirada se posa en todas partes de ella, incapaz de centrarse en una sola cosa.

No sé si alguna vez le he visto el pelo suelto así, con ondas sueltas enmarcando su rostro.

La máscara de pestañas cubre sus pestañas; por lo demás, su cara está al natural.

Me doy cuenta con una sacudida de que mi madre tiene las mismas pecas que yo.

O yo tengo las mismas pecas que ella, supongo.

El pensamiento me deprime por más de una razón: no veo a mi madre lo suficiente como para darme cuenta de que tenemos similitudes como esa, y ella nunca se presenta ante mí sin ir completamente maquillada.

Repaso a mi madre con la mirada y me fijo en el resto de su aspecto. Vestida con una camiseta blanca de Blondie y unos shorts vaqueros rotos, me doy cuenta con una sacudida de que va vestida como yo.

Literalmente.

Llevo una camiseta blanca del grupo Florence + The Machine que me compré en su concierto del año pasado, unos shorts vaqueros claros y unas Vans. Exhalo al ver las Chuck Taylor negras que lleva en los pies.

El corazón me martillea y siento la boca seca mientras observo a mi madre.

—Mamá, ¿qué demonios está pasando? ¿Qué haces aquí? —pregunto mientras me doy la vuelta para encararla.

No me suelta el brazo y su mirada se desvía frenéticamente. —¿Dónde están esos chicos? Esos que te siguen a todas partes como perritos falderos.

Frunzo el ceño ante su suposición. No son para nada perritos falderos. —¿Por qué? ¿Qué está pasando?

La alarma me recorre la espina dorsal y el vello de la nuca se me eriza cuanto más tarda en responderme.

Me pilla por sorpresa cuando me zarandea al agarrarme por el hombro. —¡Maldita sea, Alaina! ¡¿No puedes hacer lo que se te dice por una vez?!

Le sostengo la mirada e instintivamente doy un paso atrás ante la mirada enloquecida de sus ojos. Me cambia el agarre a la muñeca y yo gano otro paso más cerca de la cafetería.

Al más puro estilo de Nueva York, el torrente de gente simplemente se abre a nuestro alrededor y sigue caminando, sin que una sola persona se detenga.

—Creía que habías quedado con tus primas a las dos. —Prácticamente gruñe las palabras, con acusación y sorna goteando de cada una de ellas.

Un sudor frío me cubre la piel y todos mis instintos me gritan que corra. Pero no puedo dejar a Mary dentro.

—Yo nunca te dije eso. —Mis palabras son tranquilas, mesuradas.

No sé qué demonios está pasando y no sé en quién confiar..., aunque eso no es del todo cierto. Sé que puedo confiar en Rush, Sully y Wolf.

Si nada más, al menos sé eso.

Vale, vale, así que solo tengo que retrasar... lo que sea que sea esto... durante una hora hasta que lleguen. Puedo hacerlo.

—Claro que no. Te pinché el teléfono. —Se burla y me lanza una mirada insufrible.

—¡¿Qué hiciste qué?!

—¡Shhh! —Me aprieta el brazo y me acerca más para sisearme el ruido en la cara—. ¡Deja de llamar la atención! ¡Fue algo temporal y lo quité, obviamente, o si no habría sabido que cambiaste de planes!

Tiro de mi brazo, con mi instinto de lucha o huida activándose. —Suéltame —digo entre dientes—. ¿Qué más has estado haciendo a mis espaldas?

El ardiente sol de verano cae sobre nosotras, y siento como si me estuvieran cociendo en la acera en medio de una multitud.

—Cállate, Alaina. Jesús. O se llevarán a Mary y a ti también, y todo lo que he hecho no habrá servido de nada —me sisea mi madre en la cara—. ¿Sabes cuántas horas pasé uniendo fragmentos de sonido para que esa llamada pareciera creíble? ¡Y aun así no te fuiste!

Sus palabras me congelan más que su creciente agarre en mi brazo.

—¿De qué estás hablando? ¿Sabes quién se llevó a Maddie? ¿Y falsificaste esa grabación? —Mi voz es dura, y mamá levanta las cejas en respuesta antes de volver a bufar.

—Oh, Alaina, déjate de hacerte la dura. Deja que los adultos trabajen, ¿vale?

No eres más que una princesa que ha escapado de su torre de marfil.

—Mi madre pone los ojos en blanco—. Me he asegurado de eso a lo largo de los años, pero ahora me doy cuenta de que no fue la decisión correcta —murmura, más para sí misma que para mí.

Sus palabras cortan como ella pretendía; siempre se le ha dado bien. Pero hay algo en lo que ha dicho que hace que me hierva la sangre.

Es tan reminiscente de lo que Sully me escupió a la cara que no sé si esto es una señal del universo para que me sumerja de cabeza en mi nueva vida —y en la oscuridad que acecha— o para que vuelva arrastrándome a mi torre de marfil.

—No tenemos mucho tiempo. Necesito que te vayas. Y...

—Lana. Qué... interesante sorpresa —dice una voz masculina a mi espalda. El tenor bajo sería casi agradable si no fuera por el cosquilleo de alerta que se dispara.

El pavor se me acumula en el bajo vientre, y sé perfectamente que si me doy la vuelta, veré unos ojos rojos y un rostro tallado en mármol.

No necesito darme la vuelta para darme cuenta de que una de mis pesadillas se ha hecho realidad. Ahí, caminando despreocupadamente a mi alrededor como si estuviera inspeccionando un mueble nuevo, se encuentra el tío demoníaco de la trastienda del O’Malley’s.

El miedo lame mis nervios, chispeando con cada latido del corazón, y me humedezco los labios repentinamente secos.

—Vamos, vamos, Lana. Este no era nuestro trato. —Chasquea la lengua.

Mi madre cambia, joder, se transforma ante mis propios ojos. Se yergue un poco más, echa los hombros hacia atrás y lo mira fijamente con el rostro inexpresivo y perfeccionado que he llegado a conocer bien.

—La tienes, ¿verdad?

Contengo un jadeo ante la confirmación de que mi madre tuvo algo que ver en todo este asunto. En que se llevaran a Maddie.

El hombre de los ojos rojos lleva un pantalón de traje de color carbón y una camisa de botones de un blanco brillante con las mangas arremangadas hasta los codos.

Unas Ray-Ban negras descansan sobre su pelo negro azabache y unas botas negras cubren sus pies.

Es una elección interesante en pleno verano de récord.

Pasea lentamente a nuestro alrededor con los brazos entrelazados a la espalda, y el flujo de tráfico circundante se aparta sin dudarlo un segundo.

—Qué interesante verte aquí, Lana. Y tu atuendo parece drásticamente diferente de lo que sueles llevar, ¿no? ¿Vas... —dirige su mirada hacia mí de forma deliberada— de sport hoy?

—Sí. De hecho, estoy haciendo recados con mi sobrina. —Mi madre me señala—. Y por si no te habías dado cuenta, hay una advertencia por calor hoy. Así que me he vestido en consecuencia —dice mientras señala su ropa.

Me cuesta todo mi ser reprimir mis emociones para que no se reflejen en mi cara. Pero, joder, qué difícil es.

Tengo tantas preguntas —y acusaciones, sinceramente— que no sé por dónde empezar. La cabeza me da un poco de vueltas, y no estoy segura de si es por esta conversación o por el calor.

El tío demoníaco camina a nuestro alrededor una vez más antes de pararse frente a mí, lo suficientemente cerca como para que pueda olerle: granos de café tostado. Es un olor extraño para asociar con una persona, pero es uno que nunca olvidaré.

—Mmm. ¿Sabías, Lana, que tu sobrina se parece notablemente a ti? —Su mirada recorre todo mi rostro, evaluándome.

—¿A dónde quieres llegar, Liam? Sabes que tengo una gemela. —Mi madre se burla, pero oigo el temblor en su voz—. Tienes a mi hija, así que deja a mi sobrina en paz. Tenemos que irnos. —Mi madre me rodea con su brazo, acercándome a su lado y apartándome de su mirada directa.

La conmoción y la incredulidad me hacen doblegarme, y mi hombro choca contra mi madre. Mis labios se entreabren mientras la implicación de lo que acaba de decir cala en mí.

¿Mi madre participó en la desaparición de Maddie?

El tío demoníaco —Liam— chasquea la lengua y da un paso hacia mí. Extiende la mano y me traza el pómulo con el dedo índice. Un segundo después, le aparto la mano de un manotazo y sacudo la cabeza hacia un lado.

—Peleona. Me gusta. —La sonrisa de Liam parece la manía personificada. Gira todo su cuerpo para encarar a mi madre.

—Oh, Lana. Sabes lo que les hacemos a los mentirosos, ¿verdad?

Mi madre palidece visiblemente, pero mantiene los hombros erguidos y la cabeza alta. No sé qué hacer; no tengo suficiente información para tomar la mejor decisión.

Pero sé que necesito recuperar a Maddie.

—Yo no...

Liam levanta una mano. —Déjalo. No te creerá cuando la vea —dice inclinando la cabeza en mi dirección—. Verás, Lana, te has olvidado de una cosa muy importante. Tiene los ojos de los Gallagher.