Sully (La Hermandad 3) 28 Alaina
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VEINTIOCHO

ALAINA

Dos días después, Rush hace que Sully me lleve de vuelta a la ciudad para comer con Maddie y Mary.

Tiene que verse con alguien de la reunión improvisada de hace unos días.

Me puse los cascos y escuché un audiolibro durante el trayecto, y las únicas palabras que intercambiamos fueron cuando me preguntó qué quería tomar en una cafetería.

Ni siquiera estoy segura de lo que estoy haciendo, pero lo único que sé es que tiene que ser él quien tome la decisión de seguir adelante con esto conmigo, con nosotros.

No puedo seguir provocándolo, por muy divertido que sea.

Así que, por ahora, me conformo con dejar que luche solo contra sus demonios en su cabeza.

Y, cuando esté listo, voy a hacer que me lo suplique.

Las hermanas King también se han marchado esta mañana.

Ha sido sorprendentemente divertido estar con ellas estos dos últimos días.

Como prometieron, me dieron un curso intensivo de todas las cosas que hacen; básicamente, lecciones sobre cómo ser una tía dura.

He intercambiado el número de teléfono con todas ellas y, aunque no creo que lleguemos a estar tan unidas como mis primas y yo, creo que podríamos ser amigas.

Llego a la cafetería que Mary ha elegido para comer unos minutos antes. Sully ha aparcado al final de la calle y me ha acompañado hasta la puerta. Tras charlar brevemente con un tipo que no he visto en mi vida detrás del mostrador, me hace un gesto con la cabeza y se da dos golpecitos en la muñeca.

Volverá en treinta minutos, tal y como habíamos planeado.

No me sorprende su silencio absoluto, pero sí me decepciona. Había pensado que estábamos empezando a avanzar en nuestra… especie de relación. Pero entonces hace una de las suyas, como en mi dormitorio, y es como si hubiéramos vuelto a la casilla de salida otra vez.

Diviso el inconfundible pelo de Mary en el reservado del fondo y voy derecha hacia ella.

Antes siquiera de que mi culo toque el asiento de cuero agrietado del reservado del fondo de la pizzería, Mary empieza a hablar.

—He hecho una estupidez muy grande. Una gilipollez, vaya. No estaba pensando y ahora estoy muy jodida —se le quiebra la voz y sorbe por la nariz.

En un solo movimiento, me deslizo en el reservado; las piernas se me pegan al asiento por la humedad. El verano en Nueva York puede ser un verdadero coñazo. Me paso la correa del bolso por la cabeza y lo dejo en el asiento a mi lado. Es entonces cuando me fijo bien en mi prima.

Tiene el pelo sucio y recogido en una coleta, lo cual es inusual; no la coleta, sino el pelo sucio. Nunca le ha gustado el champú en seco como a Maddie y a mí, así que se lava el pelo todos los días, sin falta. Lleva la ropa arrugada y gafas de sol.

—Vale. Sea lo que sea, podemos arreglarlo. A Maddie se le da genial arreglar cosas —saco el móvil para ver si tengo algún mensaje suyo que se me haya pasado—. Por cierto, ¿dónde está? No suele llegar tarde.

Mary rompe a llorar; es un sonido horrible, quebrado, que me pone los pelos de punta.

—Se va a enfadar mucho conmigo, Lainey. M-muchísimo.

—Vaya —niego con la cabeza—. Empieza de nuevo. ¿Qué está pasando?

Mary asiente varias veces mientras se seca las lágrimas de debajo de los ojos.

—Pensé que era un encanto, ¿sabes? —mira hacia un lado del restaurante—.

Pero —niega con la cabeza y se vuelve para mirarme de nuevo— era todo mentira.

Todo era mentira. Ni siquiera sé cuántos años tiene o dónde fue realmente a la universidad.

¡Mierda, ni siquiera sé si ese es su verdadero nombre o no!

—¿Quién, Mary? —Su pánico empieza a contagiarse.

Me mira a los ojos y dice:—Mi novio.

Las cejas se me disparan hasta la raíz del pelo.—¿Novio?

Asiente.—Max. Nos conocimos por internet en una sala de chat de los colegios privados. ¿Sabes los folletos que están colgados por toda la cafetería de St. Rita?

Niego con la cabeza. No recuerdo haber visto folletos de algo así, pero claro, tampoco miro mucho esos tablones.

—Bueno, pues empieza de forma sencilla. Es como una especie de Facebook, pero para la red de colegios privados...

y es solo un perfil con la opción de chatear —suspira—.

Entonces, un día, un chico me envía un mensaje, dice que soy mona o lo que sea.

Dijo que iba al St. Joseph y, como la prima de Pam fue allí el año pasado, le pedí que le preguntara a su prima por él.

Quería asegurarme de que era de fiar antes que nada, ¿sabes?

—los ojos se le llenan de lágrimas mientras me mira directamente—.

Quería asegurarme de que no estaba haciendo una estupidez.

—Vale. ¿Y qué pasó?

Mary se aclara la garganta.—Bueno, la prima de Pam dijo que se acordaba de este chico, que era un buen tío. Así que le respondí al mensaje.

—¿Cuándo fue eso? —me recuesto en el reservado, intentando adivinar a dónde va a parar esta historia.

—En marzo —contesta en voz baja, mirando a la mesa.

—¿Y luego?

Se encoge de hombros y me mira de reojo, con la cara pintada de dolor y culpa.

—Luego empezamos a chatear. Al principio eran cosas sin importancia.

Como nuestras películas y aficiones favoritas.

Luego la cosa se puso un poco más profunda y, antes de darme cuenta, estábamos hablando todo el tiempo.

Cada vez que le pedía hacer una videollamada o quedar para cenar, estaba ocupado o tenía planes.

Me pareció raro, pero entonces me enviaba flores o hacía que me trajeran el almuerzo o me mandaba un mensaje bonito —hace una pausa para servirse más agua en el vaso de la jarra que hay en la mesa y bebe un trago—.

Pero entonces, eh, entonces me pidió algunas fotos.

Ya sabes, fotos sexis —me mira fijamente con las cejas levantadas.

—¿Le enviaste fotos desnuda a un tío que no conoces de nada? —siento que ambas cejas se me disparan hasta la raíz del pelo—. No te estoy juzgando. Solo estoy sorprendida.

Se le sonrojan las mejillas y vuelve a mirar la superficie de la mesa.—Me siento tan estúpida, pero en ese momento, yo… no sé qué pensé. Me sentía sexi, más madura, más… no importa.

—Eh —le tiendo la mano y se la cojo—. Te prometo que no te estoy juzgando. Estoy segura de que últimamente he hecho algunas cosas que a ti también te sorprenderían. Así que, no te preocupes, ¿vale?

Sorbe por la nariz y asiente varias veces.—Vale.

—¿Qué pasó después?

Me mira con los labios temblorosos.—Empezó a hacer preguntas.

Al principio, eran cosas pequeñas, como siempre.

Pero luego… luego empezó a hacer preguntas sobre Maddie…

y sobre ti. Pedía fotos de todas nosotras, tonterías como selfis.

Yo pensaba que quería conocerme, ya que vosotras sois las personas más importantes de mi vida.

Pero entonces empezó a ponerse insistente con sus preguntas.

Exigiendo saber dónde estaba… y dónde estabais tú y Maddie.

Así que, eh, le dije que necesitaba un poco de espacio.

—¿Qué tipo de preguntas?

Se encoge de hombros y otra lágrima le resbala por la mejilla.—Al principio, cosas sin importancia, como vuestros grupos de música favoritos, y luego cosas más serias como… vuestros horarios.

Me quedo boquiabierta y sin palabras.—Mary, eso es…

—Lo sé, lo sé —dice entre sollozos.

—Pero ¿por qué se lo diste? La información, las fotos.

Con la boca temblorosa, dice:—No lo sé. Era tan encantador, tan guay y tan amable… Dios, me colmaba de atenciones, Lainey. Y me hacía sentir guapa e importante y deseada. Y estaba tan… tan desesperada por un afecto que fuera únicamente mío que tenía miedo de lo que pasaría si dejaba de dárselo.

Aparto mi mano de la suya y me la paso por el pelo con una profunda exhalación. Siento como si mi cerebro diera vueltas en torno a la información, incapaz de asentarse lo suficiente como para entender lo que está pasando realmente.

—He sido una gemela toda mi vida, siempre en segundo lugar después de Maddie. Y quiero a mi hermana, de verdad que sí, pero esto era solo mío. Y no quería perderlo.

—Así que le contaste cosas sobre Maddie, sobre mí —saco el móvil del bolsillo y abro un mensaje de texto con Wolf—.

Vale. Pues se lo diré a Wolf. Probablemente él sea el más indicado para llevar esto.

Él puede ser el más… persuasivo. Se asegurará de que ese tal Max olvide todo lo que sabe de nosotras.

—Espera —dice, con unas palabras que restallan en el aire como un látigo.

Me detengo con el pulgar sobre el teclado.

—Hay más —dice mientras aparta la mirada—. Después de un tiempo, fue demasiado, y le dije que necesitaba espacio.

—Y déjame adivinar: ¿te amenazó con publicar tus fotos?

Mary asiente, con el rostro contraído por el dolor.

—Menudo capullo.

—Entré en pánico. No sabía qué hacer, así que fui a O’Malley’s a buscar a Jack para pedirle ayuda.

—¡¿Has hecho qué?! ¿Por qué no me llamaste?

Mary se echa hacia atrás y se cruza de brazos con fuerza sobre el pecho.—Era mi problema, Lainey. Estaba cansada de que Maddie y tú siempre tuvierais que arreglarlo todo por mí. Quería encargarme yo de mi propio lío esta vez.

—Lo entiendo. Pero esto era muy gordo. Y había más gente implicada que tú. ¡Jesús, Mary, le enviaste fotos nuestras, de todas nosotras!

Asiente lentamente, una única lágrima le resbala por la mejilla.

—Lo sé. Por eso fui a pedirle ayuda a Jack.

Pero no estaba, así que acabé esperándolo un rato —se humedece los labios y mira a un lado—.

Me tomé una copa y se me soltó la lengua —vuelve a mirarme—.

Acabé contándoselo todo a Benny y me prometió que me ayudaría.

—¿Benny? ¿El Benny portero de O'Malley's?

—Sí. Ese mismo.

—Vale —me froto las sienes.

—Bueno, pues Benny me ayudó con Max. Dijo que le dio una paliza y borró las fotos del móvil de Max, de la nube y de las copias de seguridad. Y no he vuelto a saber nada de Max.

—Qué… caballeroso por parte de Benny.

—No exactamente… Le prometí una cita contigo —dice mientras cierra los ojos con fuerza.

La miro parpadeando, sintiendo cómo la ira y la incredulidad se arremolinan en mi interior.—¿Por qué has hecho eso? Sabes que estoy saliendo con alguien. Con más de un alguien.

—Lo sé, y se lo dije a Benny. Pero dijo que tendría que convencerte, o que se cobraría su cita de una forma u otra. Y supuse que a Wolf no le importaría o algo así. Ya sabes, como es para ayudarme.

Niego con la cabeza antes incluso de que termine de hablar.—¿No has escuchado nada de lo que te he contado sobre ellos? Son unos gilipollas de machos alfa que están más predispuestos a disparar primero y no preguntar nunca —resoplo.

Mi móvil vibra con un nuevo mensaje de texto antes de que pueda decir nada más. Le echo un vistazo, pensando que es Maddie con su hora de llegada. Pero es de un número desconocido y hay una miniatura en la vista previa.

Abro el mensaje y veo que es un chat de grupo entre el número desconocido, Wolf, Sully, Rush y yo.

Tardo tres intentos en leer el mensaje porque no puedo dejar de mirar la foto.

Número desconocido: He pensado que deberíais saberlo.

Me tiemblan las manos y forcejeo con el móvil. Cae con estrépito sobre la mesa y Mary alcanza a ver el mensaje y la foto.

—¡Dios mío, Lainey! ¿E-es Maddie? ¿Dónde está? ¡¿Crees que esto es culpa mía?! —empieza a llorar, y unos lagrimones enormes le resbalan por las mejillas y gotean sobre la mesa—. ¡Dios mío! ¡Tenemos que ir a la policía! —Mary se levanta de un salto.

—Siéntate, Mary. Yo solo… No sé qué pensar, pero sé que no podemos ir a la policía —miro fijamente la foto de una de mis mejores amigas, mi prima, mi hermana en todos los sentidos, y el pecho se me parte en dos.

Maddie está atada y amordazada, sujeta a una silla metálica con bridas. Tiene la cabeza desplomada hacia delante y un reguero de sangre le nace en la raíz del pelo.

Rush me dijo una vez que estaba dispuesto a prenderle fuego a la ciudad para recuperarme, y creí que entendía lo que quería decir con eso.

Pero no era así. En realidad, no.

No podría haberlo entendido, por muchas veces que lo hubiera supuesto o hablado en teorías.

Pero ahora lo entiendo.

Porque la rabia que se ha estado cociendo a fuego lento muy, muy dentro de mí desde aquella fatídica noche en que cumplí dieciocho años empieza a crecer. Lentamente al principio, como si despertara tras haber hibernado toda mi vida.

Luego fluye más fácil y más rápido, y sé que estoy a punto de estallar.

Mi móvil suena, la vibración es fuerte contra la superficie de la mesa.

Rush.

Por supuesto, debe de haber visto la foto.

—Tengo que coger esto —le murmuro a Mary mientras salgo del reservado y de la cafetería. Cada paso se siente como el redoble de un tambor que solo yo puedo oír. Un grito de guerra que estoy golpeando contra la tierra.

Me apoyo en el árbol junto al escaparate y contesto a su llamada.