Sully (La Hermandad 3) 26 Alaina
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26 Alaina

VEINTISÉIS

ALAINA

A la mañana siguiente, me despierto temprano y me escabullo de la cama. A pesar de mi pequeño arrebato de ayer, Rush no apareció anoche. No estoy segura de si estuvo ocupado trabajando o qué pasó.

Decido ir a la cocina para hacerme un café. Las mañanas son lo bastante frescas como para que tomarse un café en el porche mientras sale el sol sea la forma perfecta de empezar el día.

Me acomodo en una tumbona del patio y pongo el teléfono boca arriba junto a mi taza de café.

Afortunadamente, Rush pudo hacer su magia y cambiarme la pantalla. Cuando llegamos aquí, me explicó que cuando no estuviéramos en el piso franco, podíamos usar nuestros teléfonos habituales.

Suena mi teléfono y el ruido me sobresalta.

—¿Mamá? —respondo a la llamada y pongo el manos libres.

El sonido de una respiración llena la línea, pero no oigo nada más.

El corazón me late con fuerza y la adrenalina me recorre las venas—.

¿Mamá? ¿Estás bien? ¿Dónde estás? —Agarro el teléfono con fuerza.

Solo hay una razón por la que mi madre me llamaría tan temprano por voluntad propia.

Hay algo de estática al otro lado antes de que oiga su voz. —Estoy bien, Alaina. Pero tengo noticias.

—Vale. Dios, por un momento me has asustado —digo con el corazón en un puño. Como un mal presagio de la vida real, un cuervo cruza volando el patio trasero, graznando todo el camino.

—No seas tan dramática. Escucha, la cosa no va a funcionar con Cormac, así que...

tenemos que irnos. Bueno, yo ya me he ido.

Así que tú también deberías hacerlo. De hecho, ¿por qué no vienes a quedarte conmigo aquí?

—Sus palabras son rápidas pero no atropelladas, y la desesperación se filtra en cada una de ellas.

—¿Qué? Mamá, no. Eso es una locura. ¿Qué está pasando? —Tengo los ojos muy abiertos y siento que no me llega el aire.

—Lo que pasa es que me he marchado y tú también deberías hacerlo. —Su tono es firme, y se oyen cláxones de fondo.

El recelo aguijonea mi conciencia y se me eriza el vello de la nuca—. ¿Dónde estás?

—No te preocupes por eso todavía. Estoy de camino a mi nuevo sitio. —Parece distraída—. Necesito que vengas conmigo.

—¿Qué? No me voy a marchar. ¿Tienes algún tipo de problema? Sea lo que sea, mamá, ellos pueden ayudar...

—¡Oh, por Dios, Alaina! Despierta —me espeta, interrumpiéndome—.

A esos chicos no les importas, no puedes creer de verdad que les importes.

Fuiste un capricho pasajero, como mucho.

Por eso te dije que no lo aprobaba. —Hace ese ruido en la parte posterior de la garganta y casi puedo imaginar su cara arrugada como si hubiera chupado un limón—.

Pero tú tenías que salir con tu hermanastro solo para fastidiarme. —Resopla.

La vergüenza me calienta la piel, y tengo que aclararme la garganta un par de veces antes de poder hablar.

—No sabes de lo que estás hablando —digo con los dientes apretados—. Solo vuelve, mamá. Estoy segura de que puedes arreglar las cosas con Cormac.

—No. De esto no se vuelve —dice.

Gimo—. ¿Qué has hecho que sea tan grave como para no poder volver?

—Escucha, Alaina, no quería contarte esto, de verdad que no, pero creo que deberías saberlo. Cormac me ha estado mintiendo, Rush te ha estado acosando, Sully está casado y Wolf solo fue a por ti por una apuesta.

Me río. No puedo evitarlo. Es todo tan ridículo, un intento descarado de que haga su voluntad. —No me lo trago, mamá, lo siento, pero no. Ninguna de esas cosas es verdad. Y me quedo. Pero, por favor, dime qué está pasando. Quiero ayudarte.

Suspira, un sonido húmedo directamente al altavoz. —Recuerda, yo no quería hacer esto. Esto es cosa tuya, ¿vale?

—¿Vale? —Frunzo el ceño mientras miro el teléfono, tratando de dar sentido a lo que está pasando.

La voz de Rush llena el aire, y tardo un momento en darme cuenta de que sale de mi teléfono.

—¿Qué es esto, mamá?

—Shhh. Escucha. Los oí hablar la noche antes de que nos fuéramos. Ahora escucha —me hace callar.

—¿Quieres decirme qué está pasando, muchacho? —dice Cormac.

—¿A qué te refieres, padre? —pregunta Rush.

Algo golpea una mesa, ¿un cuaderno o un montón de papeles, tal vez?

—¿Qué es esto? —pregunta Rush, tan frío como siempre.

—Recibos de la seguridad que instalaste en la Academia Femenina de Santa Rita y en las calles circundantes el año pasado. ¿Quieres contarme algo de eso?

Cormac no parece enfadado, pero hay algo en su voz que no consigo identificar.

—Nada que contar, padre. Solo... protegía una inversión.

Hay una pausa y oigo un crujido a través de la línea.

—¿Una inversión? ¿Así es como lo llaman los chicos hoy en día?

—¿Y qué? ¿Acaso no puedo tener una chica, o es que eso tampoco está permitido ya?

Algo golpea con fuerza una superficie dura, y me los imagino sentados en su cocina teniendo esta conversación.

—Más vale que cuides tu puto tono conmigo, muchacho. Soy tu maldito presidente, ¿o se te ha olvidado?

Rush se ríe; es una risa cáustica y sin pizca de gracia.

—No te preocupes, padre. No se me ha olvidado. Pero que yo sepa, con quién me acuesto no es asunto de la Hermandad.

—Lo es si se trata de Maeve King —escupe Cormac.

El corazón me da un vuelco al oír su nombre, y no me doy cuenta de que estoy conteniendo el aliento para oír lo que dice Rush.

—No lo es. —Rush dice las palabras entre dientes.

—Seguro, muchacho, pero solo espero por tu bien que no sea otra Maeve.

—El mundo no está preparado para dos Maeves. No te preocupes tanto, viejo, ella no se parece en nada a Maeve.

Ella no se parece en nada a Maeve.

Ella no se parece en nada a Maeve.

Ella no se parece en nada a Maeve.

La inseguridad me abruma, pero oír a Rush decir que no me parezco en nada a Maeve aniquila los pedazos rotos de mi corazón. Ya estaban toscamente cosidos, pero con cinco simples palabras, Rush les ha lanzado una bomba de relojería.

Lo malo es que... no le falta razón.

No me parezco en nada a ella.

Ella puede desactivar una bomba y yo puedo hacer un café con leche. Ella es fuerte, guapísima y... y agradable. ¿Y no es esa la peor parte? Es jodidamente agradable.

La vergüenza me calienta las mejillas al darme cuenta de que, en este momento, me he convertido en una de esas chicas. De las que dejan que las emociones se impongan a la lógica y arremeten contra los demás.

Pero, Dios mío, no puedo evitar que mis pensamientos y emociones entren en una espiral. Esto está sacando a la luz cosas viejas que creía haber enterrado hace tiempo, cosas en las que no había pensado conscientemente en años.

Creo que anoche pude haber abierto la caja de Pandora y ahora no puedo cerrarla, y toda esa mierda de hace siglos está aflorando.

Ni siquiera consigo que mi propia madre me vea, que me elija a mí.

¡Y aquí estoy yo esperando que no uno, sino tres de los hombres más atractivos que he visto en mi vida me elijan a mí...

por encima de ellas, las increíblemente hermosas y talentosas hermanas King!

Sinceramente, no veo que eso vaya a suceder.

Reconozco que mis inseguridades me están asfixiando, pero no puedo detener la espiral descendente.

Lógicamente, sé que tengo muchas cualidades buenas, pero la verdad es que Rush encajaría mucho mejor con una chica como Maeve.

Y probablemente ni siquiera tendría que compartirla.

Tengo un dolor en el pecho que se irradia hacia fuera, y te juro que puedo verlo ondular en el aire, llenando toda la habitación.

¿Qué derecho tengo yo a ser egoísta y a que estos hombres me compartan cuando hay alguien como Maeve —a la que conocen desde hace siglos, que literalmente patea traseros, que forma parte de esta vida— justo aquí? Les estaría privando de una vida plena.

Simplemente... no puedo. No puedo hacerles eso.

—¿Ves? ¿Lo ves, Alaina? Te dije que no podías confiar en esos chicos —dice mi madre, sacándome de mis pensamientos melancólicos.

Suspiro, con el sonido de mi corazón resquebrajándose. —¿Por qué me has puesto eso?

Ella chasquea la lengua. —Te lo dije: no puedes confiar en ellos y no les importas. Te he ahorrado el resto de la conversación en la que Rush le dice a Cormac que eras algo para pasar el rato. —Olfatea—. He hecho eso porque eres mi hija y me importas. Y a nadie le importas tanto como a mí.

—Yo... ni siquiera sé qué decir a eso, mamá. —Mis palabras suenan vacías. ¿Cómo puede una madre decirle cosas así a su hija?

No estoy segura de si llegaré a entender nunca a mi madre, pero tengo la certeza de que ella nunca me entenderá a mí. Ni a la antigua yo —la de antes de que me secuestraran— y definitivamente tampoco a la nueva.

Si estuviéramos teniendo esta conversación hace un año —o incluso hace seis meses—, puede que me la hubiera creído ciegamente. Habría recogido mi espíritu quebrado y mi corazón goteante y me habría marchado sin decir palabra a nadie. Habría curado mi corazón roto a solas.

Pero algo cambió en mi interior aquella noche en la cabaña. La antigua yo ha desaparecido —se quemó en las llamas— y he vuelto a ser creada.

—Bueno, ya he cumplido con mi parte. No puedo obligarte a marcharte, pero realmente creo que deberías hacerlo. Llámame cuando lo hagas. —Corta la llamada antes de que pueda decir nada más.

Coloco el teléfono boca abajo sobre la mesa, golpeando la funda con el dedo índice unas cuantas veces.

Exhalo y me quedo mirando las vetas del mármol, debatiendo mi próximo movimiento.

Después de otro momento, sé lo que tengo que hacer.

Miro por encima del hombro y veo tres figuras en el arco que lleva al pasillo.

Rush tiene los brazos cruzados sobre el pecho, con los bíceps hinchados por la tensión.

Sully está demasiado quieto, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros.

Y Wolf está apoyado contra la pared con una falsa apariencia de calma, con un pie apoyado en la pared detrás de él.