Sujetadores en la oficina EPÍLOGO Hora de salir #4
100%

EPÍLOGO Hora de salir #4

Tommaso redujo el ritmo. Ella apoyó la frente en su hombro mientras él mantenía círculos pequeños, sin perseguir velocidad. Después de unos minutos, Chiara le tomó dos dedos y los llevó a su entrada.

—Ahora.

Él los deslizó dentro y siguió estimulándola con el pulgar.

Chiara se sostuvo en sus hombros y empezó a mover las caderas contra su mano, corrigiendo profundidad con el cuerpo.

Tommaso conocía la tensión que aparecía en sus muslos cuando estaba cerca y la forma en que dejaba de besar para concentrarse.

No aceleró. Cuando ella apretó su muñeca, mantuvo exactamente el ángulo.

El orgasmo le llegó con un sonido bajo y una contracción fuerte alrededor de sus dedos. Chiara cerró los ojos, apoyada contra él, y Tommaso se quedó quieto hasta que la presión de su mano disminuyó. Entonces retiró los dedos y la besó en la sien.

Chiara levantó la cabeza y buscó su boca otra vez. Le acarició el pene con la mano, ya duro, y lo hizo retroceder hasta el borde de la cama.

—Quiero que sigamos.

Tommaso alcanzó el cajón de la mesilla. Chiara lo observó ponerse el preservativo y, cuando volvió hacia ella, se tumbó de lado y levantó una pierna sobre su cadera. Eligió una postura que ya conocían y que no necesitaba novedad.

Él se acomodó frente a ella y rozó la entrada con el pene. Chiara lo atrajo por la cadera.

—Sí.

Tommaso entró despacio. La cercanía reducía el movimiento y aumentaba la fricción; la pierna de Chiara se cerró más alrededor de él mientras encontraba el ritmo.

Ella lo besó, una mano en su nuca y la otra entre sus propios muslos.

Tommaso mantuvo la profundidad cuando Chiara empezó a tocarse el clítoris.

—Un poco más fuerte —pidió ella—. Igual de lento.

Ajustó los empujes sin acelerar. El cuerpo de Chiara respondió con una tensión progresiva, más silenciosa que la primera.

Tommaso la sentía contra él, el talón presionándole la espalda, la mano moviéndose entre ambos.

Cuando ella volvió a correrse, le clavó los dedos en la nuca y soltó una risa breve en mitad del temblor.

Tommaso se quedó quieto dentro de ella.

—¿Qué?

Chiara tardó un segundo en recuperar la voz.

—Mañana hay que comprar detergente.

Él apoyó la frente contra la suya.

—Llevo años compitiendo contra enemigos indignos.

—El detergente cumple plazos.

Tommaso la besó antes de que pudiera ampliar la comparación. Chiara movió la cadera y el placer le atravesó el abdomen con una intensidad que ya estaba demasiado cerca del límite.

—Si haces eso otra vez, voy a correrme.

Ella repitió el movimiento deliberadamente.

—Bien.

Tommaso retomó el ritmo, esta vez un poco más rápido porque Chiara lo acompañó. Llegó al orgasmo pegado a ella, con el cuerpo sostenido por la pierna que lo rodeaba y la mano de Chiara en la nuca. Se quedó quieto después, sin intentar convertir la intensidad en una frase importante.

Cuando su respiración se regularizó, se retiró, se ocupó del preservativo y volvió del baño con agua. Chiara estaba sentada contra el cabecero, recogiendo su pelo con una goma que había encontrado en la mesilla. Tommaso le tendió el vaso; ella bebió y se lo devolvió.

Durante unos minutos hablaron del detergente, de quién había gastado el último y de si comprar dos botellas constituía previsión razonable o una forma doméstica de inmovilizar capital. Chiara ganó la discusión por agotamiento ajeno y decidió comprar dos.

Después dejó el vaso en la mesilla.

—El viernes sigue molestándome.

Tommaso se tumbó de lado hacia ella.

—A mí también.

—No quiero que muevas la reunión.

La frase no lo liberaba del coste ni pedía una demostración. Él asintió.

—No voy a moverla.

Chiara le pasó los dedos por el antebrazo una sola vez y apagó su lámpara. El viernes seguía roto para los dos; el domingo seguía disponible. Ninguno necesitó convertir la diferencia en una prueba de permanencia.

El lunes, la plataforma todavía no había resuelto la apelación de la fotografía técnica.

Comunicación publicó en la web propia el antes y el después de la reparación, con el tiempo real, el repuesto utilizado y el equipo responsable; la campaña pagada utilizó la imagen espectacular como entrada sin fingir que aquella iluminación pertenecía al trabajo de modelería.

Gabriele dejó registrado el rechazo del proveedor.

Filippo no encontró ninguna cuenta personal que sacrificar a la ciencia.

A las seis y veintiocho, Tommaso pasó por el segundo piso con la caja vacía de repuestos camino de logística.

Chiara seguía frente al portátil. En una esquina de la mesa estaba la hoja de la reparación de La Voce Segreta : cuarenta y nueve minutos reales, cinta sustituida, herraje nuevo, prueba completada.

Pina y Leone figuraban por su nombre; debajo estaban el coste y las horas.

Tommaso levantó la caja.

—Bajo esto y salimos.

Chiara miró el reloj del ordenador. Terminó la frase que estaba escribiendo, envió el mensaje y no abrió la notificación que apareció después.

A las seis y media cerró el portátil.

Tommaso recogió la caja y las dos tazas. La hoja de reparación quedó sobre la mesa, con el coste, las horas y los nombres todavía visibles.

FIN