Sujetadores en la oficina EPÍLOGO Hora de salir #3
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EPÍLOGO Hora de salir #3

Chiara no intervino para mejorar la frase.

Tommaso vio que Beatrice regresaba al comedor solo para coger una mandarina y escuchó la última parte sin ningún interés aparente en aprender una lección sobre trabajo.

Preguntó si podía llevarse dos al salón.

Anna dijo que una; Beatrice negoció dos porque Marta también estaba allí por videollamada y terminó aceptando una y media, después de partir la segunda con su abuela.

El debate institucional perdió la sala frente a una fruta con bastante rapidez.

El desacuerdo del día llegó durante la sobremesa y fue lo bastante pequeño para no merecer una crisis, aunque a Tommaso le estropeó el primer sorbo de café.

La reunión de un proveedor de Portofino que debía terminar el viernes por la tarde se había movido al sábado a primera hora.

Él tendría que dormir allí el viernes. Chiara había contado con esa noche porque Beatrice estaría con Anna y los dos llevaban dos semanas encajando agendas alrededor de lanzamientos y escuela.

—Me dijiste que volvías el viernes —dijo Chiara, sin disimular la molestia.

Tommaso dejó la taza en el plato.

—Eso era antes del cambio. Puedo volver el sábado después de comer.

Chiara negó con una pequeña presión de los labios y señaló su propio calendario, abierto al lado del azucarero porque había estado comprobando una llamada del lunes.

—El sábado por la tarde tengo trabajo que no puedo mover.

Había soluciones que podían fabricarse con dinero o con la disponibilidad de otras personas. Tommaso conocía suficientes. No utilizó ninguna.

—Entonces no nos vemos hasta el domingo. No me gusta, pero no voy a mover a Filippo ni a pedir que el proveedor cambie otra vez.

Chiara sostuvo el fastidio un instante antes de asentir.

—A mí tampoco me gusta.

Beatrice terminó su vaso y se levantó con el plato.

—Yo no pienso quedarme mientras organizáis el domingo.

No había interés romántico en la frase; quería volver al salón porque Marta acababa de escribirle. Anna le pidió que llevara también la fuente vacía, Beatrice la recogió y la conversación murió por falta de audiencia.

Más tarde, Anna se llevó a Beatrice para la noche que ya tenían acordada; Teresa se marchó con Natalia y Filippo recogió su chaqueta después de aceptar que nadie pensaba compensarle por las verduras.

Tommaso y Chiara se quedaron frente a una cocina donde el fregadero, tres recipientes abiertos y una mancha de salsa en la encimera habían sobrevivido a cualquier reforma de gobierno.

—Tú platos —dijo Chiara, acercándole un paño—. Yo guardo lo que sobra.

Tommaso abrió el grifo.

—Mi evaluación anual reconoce capacidad de delegar.

Chiara llenó un recipiente, lo cerró y escribió la fecha en una etiqueta.

—La tuya. Esta es mi cocina.

Él aceptó la distribución. Habían terminado casi todo cuando descubrió, detrás de una silla, el sujetador negro que Chiara se había quitado aquella mañana antes de ducharse y había dejado sobre un respaldo en vez de llevarlo al cesto.

Era Valceri, de los que ella compraba para sí, y había pasado suficientes lavados para que una de las letras interiores de la etiqueta empezara a borrarse.

Tommaso lo sostuvo por un tirante.

—Tenemos un problema grave de trazabilidad.

Chiara se volvió con el recipiente todavía en las manos.

—Tenemos un problema grave de que estás sosteniendo mi ropa interior mientras el lavavajillas sigue abierto.

Él bajó la vista al electrodoméstico, después al sujetador.

—Dos incidencias. Necesitaremos responsables distintos.

Chiara dejó el recipiente en la nevera y se acercó. Tommaso esperaba que le quitara la prenda de la mano; en cambio, ella pasó dos dedos por el tirante y tiró hasta obligarlo a acercarse.

—Cierra el lavavajillas.

Lo hizo con el pie sin soltar el sujetador. Chiara se lo quitó entonces y lo dejó sobre la encimera.

—Y ahora deja de auditar mis lavados.

Tommaso apoyó una mano junto a su cadera, todavía sin tocarla.

La cocina olía a detergente, café viejo y la salsa que ninguno había limpiado del todo.

Nada de aquello se parecía a la habitación de hotel donde se habían acostado por primera vez ni a la celebración de su regreso.

Chiara llevaba un pantalón blando y una camiseta demasiado grande; él tenía las mangas remangadas y una gota de agua en el antebrazo.

Ella le enganchó dos dedos en la cinturilla.

—Ven.

El beso empezó allí, entre la encimera y un paño húmedo.

Tommaso la besó despacio hasta que Chiara le mordió el labio inferior y tiró de él con más fuerza.

La mano que tenía en su cintura bajó a su cadera; cuando ella se pegó contra su erección, el cambio fue suficiente para que él la sujetara con ambas manos y la levantara apenas lo necesario para sentarla en el borde limpio de la encimera.

Chiara separó las rodillas y volvió a atraerlo. Tommaso le pasó las manos por los muslos por encima del pantalón, disfrutando de la presión con la que ella le rodeaba las caderas, hasta que Chiara le cogió una muñeca y la llevó más arriba.

—Por dentro.

Él metió la mano bajo la camiseta y encontró su piel caliente, primero en la cintura y después en el pecho. Chiara no llevaba sujetador. Tommaso sonrió contra su boca.

—La trazabilidad mejora.

Chiara le dio un tirón de pelo lo bastante breve para cambiarle el ángulo de la cabeza.

—Una palabra más sobre trazabilidad y duermes en Portofino esta noche también.

Tommaso dejó de hablar y la besó. Le acarició un pecho, rozó el pezón con el pulgar y notó cómo Chiara arqueaba el cuerpo hacia la mano.

Ella le abrió el cinturón con menos paciencia, bajó la cremallera y metió los dedos por dentro de su ropa interior.

La primera caricia sobre el pene le hizo perder el ritmo del beso.

Chiara sonrió esta vez sin ocultarlo.

—Eso también puede esperar hasta el domingo, si prefieres.

—Retiro cualquier observación técnica.

Ella lo acarició dos veces más, lentas, y luego retiró la mano.

—Dormitorio.

Tommaso cogió el sujetador de la encimera antes de seguirla. Chiara se volvió al verlo.

—Al cesto.

—Estoy colaborando.

Lo dejó donde ella señalaba y cerró la puerta del dormitorio detrás de los dos. Chiara se quitó la camiseta mientras caminaba hacia la cama; Tommaso la alcanzó cuando estaba bajándose el pantalón y le besó la espalda, después la cadera, hasta que ella se giró y le tomó la cara entre las manos.

Se besaron de pie, desnudos de cintura para arriba, con la facilidad de quienes conocían el cuerpo del otro y todavía podían sorprenderse por el momento exacto en que el deseo dejaba de ser una idea y exigía atención.

Chiara le quitó la camisa y volvió a meter la mano en sus calzoncillos.

Tommaso le apartó el pantalón y las bragas juntas; ella levantó un pie y después el otro sin romper el contacto de la boca.

Cuando Chiara quedó desnuda, Tommaso bajó una mano entre sus piernas.

Encontró su vulva húmeda y la acarició con dos dedos por fuera, esperando la presión de su cuerpo en lugar de preguntar algo que ella ya estaba respondiendo.

Chiara abrió más las piernas y guio su muñeca para que el movimiento se concentrara sobre el clítoris.

—Más lento.